17 Diecisiete
DIECISIETE
Me sentí mejor en cuanto tomé la decisión. Luchar contra la atracción que sentía por Wylie no iba a funcionar. Era una tortura, y yo no tenía ninguna gana de torturarme. Además, era demasiado débil: al final habría cedido. Mejor hacerlo ya.
Si Wylie y yo decidíamos que aquello no iba a funcionar, nos daríamos cuenta antes que después. Y si iba a funcionar, nuestras madres tendrían que apechugar con ello.
Solo imaginarme la cara de mi madre cuando le dijera que estaba saliendo con Wylie Dixon me daba escalofríos. No tenía nada contra Wylie —siempre había sido su mayor defensora—, pero la realidad de que saliera con la hija de Aggie era algo completamente distinto.
Si la cosa salía bien y seguíamos juntos, las fiestas navideñas se convertirían en otro motivo de pelea. Y las convenciones, también. ¿Y qué pasaría si llegábamos a casarnos? ¿Cómo se tratarían la una a la otra? Teniendo en cuenta que Mick y Aggie estaban casados, las cosas se complicarían aún más.
Eleanor Ambrose no iba a tomarse nada bien la idea de sentarse a una mesa navideña con su exmarido, que resultaba ser el marido actual de su enemiga mortal. Solo ahora, mientras repasaba las ideas que Wylie me había dado para una salida, me detuve a pensar en cómo sería todo aquello en realidad.
¿Tendríamos que repartir la Navidad entre nuestras familias, un año con cada una? ¿Y si teníamos hijos? Era un lío. En realidad, era material de pesadillas. Pero eso no me impidió informarme sobre algunos de los tours que ella había mencionado.
Los tours en tranvía no me parecían mal.
Tenían buena pinta. También parecían abarrotados.
Los tours en coche fúnebre eran algo completamente distinto.
Podía comprar las seis plazas de uno de ellos y tenerlo todo para nosotros.
Eso sonaba infinitamente mejor como punto de partida.
Además, así no corríamos el riesgo de que nadie nos reconociera.
No pasaba a menudo, pero tampoco era algo inaudito.
Si nos tocaba la persona equivocada en el tour, alguien que no solo supiera quiénes éramos nosotros, sino también quiénes eran nuestras madres, la noche entera se iría al garete.
Entré en la página web y me alegró descubrir que podía reservar un tour privado sin necesidad de llamar por teléfono.
Rellené todos los datos, facilité mi tarjeta de crédito y me recosté en la silla.
Hecho. Nuestra primera cita oficial estaba programada.
Esperaba sentir una punzada de remordimiento.
Estaba siendo desleal con mi madre al poner mi felicidad por delante de la suya, ¿no? No sentí más que expectación.
Lo único que lamentaba era no haber conseguido una plaza hasta la noche siguiente. Me habría gustado poder llevarla a salir esa misma noche. Ahora tendría que esperar.
Parecía un poco aturdida cuando nos separamos en la cafetería. Los dos habíamos fingido escribir, aunque no estaba seguro de cuánto se había escrito en realidad. La acompañé hasta su apartamento, y no precisamente porque fuera un caballero. Simplemente no quería despedirme de ella todavía.
Estuvimos diez minutos de pie en la acera, charlando.
Era tan fácil hablar con ella. Era capaz de sacarle la gracia a cualquier cosa.
Había querido besarla al marcharme, pero me obligué a no forzar las cosas.
Yo había tenido toda una noche para reposar mi decisión, y no me la había replanteado ni una vez.
Ella también necesitaba ese tiempo. Si solo había aceptado las salidas porque no quería herir mis sentimientos…
Aparté ese pensamiento de mi cabeza casi de inmediato. No era que fuera imposible. Lo sabía. Pero si Wylie sentía por mí aunque fuera una pizca de lo que yo sentía por ella, no cambiaría de opinión.
Teníamos que llegar hasta el final. Necesitaba saber si podía funcionar. De lo contrario, siempre me quedaría la duda. No intentarlo era peor que la alternativa.
AL DÍA SIGUIENTE CONSEGUÍ escribir un capítulo del manuscrito de un tirón por la mañana. No fui a la cafetería, pero solo porque sabía que Wylie no estaría allí. Lo habíamos comentado el día anterior. Como íbamos a pasar la noche juntos, pasaríamos el día separados.
Fue una tortura.
Como no podía dejar de pensar en nuestra cita, hice algo que nunca hacía.
Me fui de compras. Había montones de tiendas de ropa en el centro, así que me paré a comprar unos cuantos pantalones informales y varios polos.
Mientras caminaba, cargado con las bolsas, pasé por delante de una tienda de camisetas que me llamó la atención.
Era uno de esos sitios de cultura pop con camisetas de películas y series.
El tipo de lugar que siempre había evitado como la peste porque…
bueno, no estaba seguro de por qué. Una parte de mí se preguntaba si sería porque las camisetas me recordaban a Wylie.
Cuando éramos más jóvenes tenía tantas camisetas distintas de cultura pop que era imposible llevar la cuenta.
No mentía cuando le dije que había estado celoso del guardia de seguridad aquel día, ni cuando le confesé que entonces no me había dado cuenta de por qué me portaba como un imbécil.
Todo aquello me había llegado como una revelación mientras estaba tumbado en la cama, despierto, la noche después del evento para lectores en Pirates’ House.
Fue como estar atrapado en un dibujo animado y recibir un yunque en la cabeza en el momento en que caí en la cuenta.
Había estado celoso del guardia de seguridad.
¿Porque recibía de Wylie una atención que yo quería para mí?
¿Porque a él le parecía guapa y yo no quería que nadie más que yo pensara que era guapa?
No podía ahondar tanto. Solo sabía que en ese momento había sentido celos y que lo había pagado con ella.
Me odiaba por ello.
Cuando repasaba el tiempo que había pasado con Wylie en la adolescencia, no me sentía orgulloso.
Claro, los adolescentes eran famosos por su incapacidad para reconocer sus propias emociones, pero eso no me parecía una excusa aceptable.
¿Habría sabido mi madre que estaba celoso?
Esa pregunta era más difícil de responder, y tampoco podía llamarla para preguntárselo.
No, iba a tener que andarme con mucho cuidado al hablar con mi madre durante una buena temporada. No me gustaba, pero no estaba dispuesto a encender la mecha —y, si llegábamos tan lejos, se lanzaría de cabeza por un precipicio emocional— hasta estar absolutamente seguro.
Allí de pie, en la tienda de camisetas, estaba seguro.
Solo ver todas las opciones e imaginarme a Wylie con ellas hacía que el corazón me fuera a estallar.
En ese instante supe que había evitado esas tiendas porque me recordaban a ella y que, después de que nuestras madres rompieran, no quería pensar en ella.
Ni siquiera habíamos podido despedirnos.
La dependienta se acercó toda sonrisas. Había algo coqueto en su actitud mientras me miraba de arriba abajo, y su sonrisa sugería que le gustaba lo que veía.
—¿Puedo ayudarle?
—Espero que sí —respondí—. Busco un regalo.
—Desde luego —asintió con la cabeza—. ¿Qué tipo de regalo? Puedo ayudarte. ¿Es para un sobrino, quizá?
Le bajó la mirada a mi mano izquierda, para ver si llevaba anillo.
Tuve que contener una sonrisilla.
—Es para mi…
¿Era demasiado pronto para llamarla mi novia? Probablemente sí. Eso no me detuvo.
—A mi novia le vuelve loca Star Trek. Es como una forma de vida para ella. Esta noche tenemos una cita especial y quiero llevarle algo que sé que le va a encantar.
A la dependienta se le torció el gesto.
—Ah, claro. Star Trek.
Hizo un ruido de exasperación y me indicó con un gesto que la siguiera.
—¿Pasa algo? —pregunté, aguantándome la risa.
—No. Es muy tierno que vengas a comprarle algo a tu novia. Es solo que… las chicas de Star Trek y Star Wars se llevan a todos los tíos. Es frustrante si no te gustan las batallas espaciales.
—¿Qué quieres decir?
No estaba de humor para charlas triviales y, sin embargo, pudo más la curiosidad.
—Lo que he dicho. En secreto, todos los tíos quieren una chica de Star Wars. Con las fans de Star Trek es aún peor, porque el fandom de Star Trek es más pequeño que el de Star Wars. Si a una chica le gusta Star Trek, tiene que quitárselos de encima a escobazos.
Pensé en Wylie y en si alguna vez había tenido que quitarse a los tíos de encima a escobazos.
Supuse que sí, aunque probablemente entonces no se diera ni cuenta de lo que estaba haciendo.
No tenía ni idea de lo atractiva que era.
Eso estaba clarísimo. Tenía la autoestima por los suelos.
Se aceptaba tal como era, por supuesto, pero no tenía ni idea de lo maravillosa que era.
Y yo pensaba cambiarlo.
—Bueno, tenemos unas quince camisetas entre las que elegir —dijo cuando llegamos al rincón del fondo de la tienda—. ¿Sabes si prefiere la serie original a La Nueva Generación?
—Sé que le gustan los klingons. Aunque creo que le gustan tanto la original como La Nueva Generación.
—Klingons, ¿eh? —La dependienta soltó un gruñido que me pilló desprevenido—. Apuesto a que está buenísima y habla klingon, ¿a que sí?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tú estás buenísimo y esa es la combinación imparable. —Señaló con el dedo—. Esa seguramente sea una apuesta segura, aunque sea sencilla.
La camiseta solo tenía texto. Decía: «Hablo klingon con fluidez». Se me ensanchó el corazón.
—Esa me la llevo seguro. ¿Qué más tienes?
Me ayudó a elegir cuatro camisetas. Luego vi una para mí.
—Necesito que seas sincera —le dije, señalando con la cabeza la camiseta con la cara de Kirk estampada. Decía: «¿Eso es un fáser en mi bolsillo? ¿O es que me alegro de verte?».
—¿Lo preguntas para ti? —preguntó.
Asentí.
—Me parece divertida. Aunque me preocupa que resulte demasiado agresiva sexualmente.
—¿No es tu novia?
—Sí, pero es algo nuevo.
—Ah. —Se animó considerablemente—. Bueno, si no hace mucho que la conoces…