16 Dieciséis #2
Yo no conocía esa parte de la historia —Huxley nunca hablaba de esas cosas cuando éramos más pequeños—, así que me limité a esperar.
—Por entonces estaba tan desesperado por ser popular que usé a mi madre como una especie de moneda de cambio.
También conseguía entradas gratis a las convenciones para todos.
Esos cuatro años fueron los peores de mi vida, porque vivía con el miedo constante de que esa gente, que en realidad no me caía bien, descubriera la verdad sobre mí.
—¿Y cuál era la verdad? —pregunté—. ¿Me vas a decir que eres un friki encubierto? Porque no me lo creo.
—La verdad es que nunca he sabido quién soy. O, bueno, desde luego entonces no lo sabía —se corrigió de inmediato—. No empecé a averiguarlo hasta que salí de la universidad. De hecho, sigo averiguándolo. Tú también tienes derecho a descubrir las cosas a tu propio ritmo.
No tenía claro adónde quería llegar con todo aquello.
—Gracias. Supongo.
Soltó el aire con fuerza.
—Lo que digo es que el tío que solo quería acercarse a ti por tu madre era un idiota. No tiene ni idea de lo que se ha perdido, porque tú eres…
—¿Una friki divertida? —lo interrumpí para llenar el silencio, de pronto incómodo.
Puso los ojos en blanco.
—Eres divertida. Y también eres una friki. Pero ser friki no tiene nada de malo, y no me gusta que hagas chistes a tu costa porque no te ves como yo te veo.
El pulso se me aceleró y de repente tuve que concentrarme para respirar bien.
—¿Qué significa eso?
—Significa que he oído lo que has dicho. Ese comentarillo mordaz sobre que él te dijera que eras guapa y que eso tendría que haber sido una señal de alarma. No me gusta que pienses esas cosas de ti misma.
—¿Qué cosas?
—¿No sabes lo guapa que eres?
Me recorrió la cara con una mirada franca.
—Yo…
¿Acababa de llamarme guapa? El corazón me latía tan rápido que pensé que iba a desmayarme.
—Me lo imaginaba.
Se inclinó lo justo para cogerme la mano, que descansaba sobre la mesa. Supuse que me estaba tomando el pulso, convencido de que me iba a desplomar y morir de un infarto. En lugar de eso, me recorrió los dedos con los suyos.
—El día que me enteré de que estabas aprendiendo klingon, tuve una conversación con mi madre —soltó de la nada.
A esas alturas estaba más que desconcertada. No sabía ni dónde tenía la cabeza.
—Me puse a despotricar y a decir que no quería sentarme contigo en el gran anuncio de las películas del Imperio Galáctico de Coronado —continuó.
—Me acuerdo.
Mi voz salió patéticamente débil.
—Fui a desahogarme con ella porque te había visto hablando con el guardia de seguridad —explicó—. Le he dado muchas vueltas a esa conversación estas últimas semanas, y ya no la veo igual que antes.
Me quedé rígida en la silla. Si estaba a punto de decir algo realmente cruel, quería tener la barbilla bien alta para encajar el golpe.
—Siempre creí que me había enfadado porque el klingon era tan… bueno, es un idioma inventado, y nunca he entendido eso de Star Trek —dijo—. Ni siquiera me gusta la ciencia ficción. No fui capaz de admitirlo ante nadie, ni ante mí mismo, hasta que llegué a la universidad.
Estaba oficialmente escandalizada.
—¿Cómo que no te gusta Star Trek?
Se rio de mi indignación.
—De eso hablamos luego. Ahora necesito que escuches esto. —Tragó saliva con dificultad—. No estaba enfadado porque hablaras klingon aquel día. Estaba enfadado porque le hablabas klingon al guardia de seguridad.
Parecía pensar que ahí dentro había una distinción importante, pero yo no conseguía ver cuál.
—Esto…
—No me gustaba que el guardia de seguridad te prestara atención —insistió—. Estaba celoso.
Me quedé ahí sentada como una idiota.
—Estaba celoso —repitió, como si asimilara la información de nuevo—. Entonces no me di cuenta. Mi madre sí. Sus palabras de aquel día me han estado resonando mucho en la cabeza desde que te volví a ver.
—¿Qué te dijo?
Me moría de ganas de oírlo y, al mismo tiempo, me daba miedo.
—Dijo que me estaba comportando como un crío y que me arrepentiría de no aprovechar la oportunidad de pasar el rato contigo, porque te ibas a convertir en la chica más interesante de cualquier sala.
Resoplé, pero me contuve.
—¿Y qué te dijo de verdad?
Movió el dedo con el que seguía señalándome.
—Eso es lo que me dijo. Me dijo que serías un bombón, el tipo de mujer por la que los hombres se derriten, y yo estaba tan metido en mis propios sentimientos que me negué a escucharla.
»Ahora entiendo que los adolescentes son unos idiotas con el tema de los sentimientos —continuó—. Pero hasta anoche no comprendí lo que me estaba diciendo en realidad.
¿Anoche? Entonces fue cuando empezó a comportarse de otra manera. ¿Qué estaba a punto de decir?
—Yo… tú… no estoy segura de…
Era raro que me quedara sin palabras, pero ahí estábamos.
—¿Me estás preguntando qué intento decir? —me instó con delicadeza.
Asentí y tragué saliva.
—Estoy diciendo que estaba celoso cuando era un adolescente —dijo—. No creo que entonces hubiera funcionado entre nosotros, así que me alegro de haber sido tan corto. En cuanto a ahora, lo que digo es que puede que no quiera que seamos solo amigos.
—¿Puede?
Esta vez sonrió de oreja a oreja, y aquello le hizo algo a mis partes femeninas, que empezaron a calentarse sin tener ninguna culpa.
—Quiero pasar tiempo contigo sin estar encerrado en la zona de amigos —aclaró—. No sé si quiero llamarlo salir juntos, porque no quiero que sea muy distinto de lo que hemos estado haciendo.
—¿Y eso de no querer llamarlo salir juntos es lo mismo que lo de Kevin con las etiquetas? —pregunté.
Se le ensombreció la expresión.
—No, no lo es. Solo digo que, de ahora en adelante, nuestras salidas van a notarse un poco diferentes.
—¿Puedes ser un poco más concreto? —pregunté.
—No, porque todavía no he planeado nuestra primera salida.
Me rasqué la mejilla distraídamente.
—¿No crees que deberías preguntarme si me apetece que cambien los parámetros de nuestra relación? —acabé preguntando.
Eso pareció captar su atención.
—Tienes razón. Debería preguntarlo.
Respiró hondo y pareció armarse de valor.
—Podemos cambiar los parámetros —dije antes de que hiciera la pregunta obvia—. Solo te estaba tomando el pelo.
Entrecerró los ojos, pero se le curvaron los labios.
—Genial. ¿Alguna petición para nuestras salidas?
—Pues sí, la verdad. Hay un tour de fantasmas en un coche funerario descapotable al que quiero ir —empecé a enumerarlos con los dedos—. El cementerio de Bonaventure. Hay un crucero por el río… y un tour en tranvía. Ah, y una excursión para ver delfines.
Se echó a reír a carcajadas en cuanto hice la primera pausa para respirar.
—Bueno, eso me da mucho en lo que pensar. Seguro que puedo apañármelas con eso para empezar.
—Ni de lejos había terminado —me quejé.
—Guárdate algo de diversión para más adelante, Wylie. Tenemos que ir despacio —la sonrisa se le borró del rostro—. No podemos arriesgarnos a contárselo a nuestras madres hasta que sepamos que esto es real.
Entendía perfectamente a qué se refería, así que asentí.
—Vale, pero tengo muchísimas ganas de hacer ese tour en coche funerario.
La sonrisa le volvió, más amplia que nunca.
—Tomaré nota.