16 Dieciséis
DIECISÉIS
Algo le pasaba a Huxley. No conseguía precisar qué.
El cambio se había producido en algún momento del evento con las lectoras, más cerca del final que del principio. Había desaparecido durante media hora larga. Nathan también había desaparecido. Habían vuelto por separado y, aun así, Huxley era otro hombre cuando reapareció.
Estaba coqueteando. Al menos, estaba casi segura de que era coqueteo. Nadie había coqueteado nunca conmigo, así que no podía estar segura. Pero lo parecía. Desde luego, era una energía muy distinta de la que había lucido al principio de la noche.
No tenía ni idea de qué hacer al respecto.
Había bebido demasiado o algo así, o eso me dije —el alcohol siempre baja las inhibiciones—, pero siguió coqueteando durante todo el camino hasta mi apartamento.
Todavía no había visto el interior, y no podía invitarlo a subir porque las luces estaban encendidas, lo que significaba que Lucy estaba en casa.
Ella no tenía ni idea de que Huxley y yo habíamos estado quedando y, teniendo en cuenta que seguía con sus altibajos conmigo, un día bien y otro mal, por el tema del trabajo —presentarle a Hayley había suavizado un poco su postura—, no podía arriesgarme a contarle lo de Huxley.
Lo usaría en mi contra y se lo diría a mamá.
Nos quedamos en la calle, delante del edificio, hablando media hora entera.
No pidió subir. Sin embargo, parecía reacio a marcharse.
Al final, no me quedó más remedio que darle las buenas noches.
Mi vejiga estaba presentando una queja. No me besó al despedirse, aunque hubo un momento en que pensé que podría hacerlo, pero me dio un abrazo largo.
No fue tan excitante como un beso, pero había emoción detrás de ese abrazo, algo real que no supe identificar.
Y entonces se marchó. Se alejó calle abajo y pidió un coche.
Lo sé porque lo observé desde la ventana.
Lucy incluso me pilló mirando, pero mentí y le dije que me hacían gracia los borrachos de la acera de abajo. ¿Me creyó? Difícil saberlo.
Decidió que la gente de la calle no era lo bastante entretenida para mantener su atención y volvió a su habitación a enfurruñarse.
O puede que fuera a escribirle a Hayley.
Sabía que eso pasaba mucho. Me quedé en la ventana hasta que llegó el coche de Huxley.
Incluso después, seguí allí plantada, mirando.
¿Me estaba equivocando? Tenía que estar equivocándome. Yo le caía bien a Huxley, como amiga, lo cual era una diferencia enorme respecto a lo que sentía por mí cuando éramos adolescentes. Era una mejora. No, era genial. Me gustaba pasar tiempo con él, aunque fuera solo como amigos.
Pero ¿y si él quería ser más que amigos?
Descarté la posibilidad tan rápido como se me había ocurrido. Huxley nunca iba a mirarme así. Simplemente estaba borracho, y yo le estaba dando demasiada importancia a los pequeños roces y las sonrisas. Quería verlo, así que era lo que veía.
Me lo creí hasta que me encontré con él al día siguiente en la cafetería —nos tocaba otra sesión de escritura— y plantó los pies a ambos lados de los míos debajo de la mesa. No los movió cuando nos rozamos. Los dejó ahí. Si acaso, los acercó un poco más.
Se me secó la boca cuando levanté la vista y lo encontré mirándome.
—¿Tenías resaca esta mañana? —pregunté, esperando que asintiera y me contara sus penas.
En cambio, hizo una mueca.
—Anoche solo me tomé una copa con la cena.
—Pero…
Repasé mentalmente el tiempo que habíamos pasado juntos la noche anterior. Tenía razón. Solo lo había visto beber un cóctel.
—Ah.
—¿Ah?
Arqueó una ceja y me lanzó una sonrisa torcida. Lo hacía aún más guapo, lo cual no debería haber sido posible.
—Lucy ya me habla un poco —solté, desesperada por cambiar de tema.
—¿Ah, sí? —Me apretó los pies entre los suyos—. ¿Y eso te hace feliz?
—Es mejor que compartir techo con ella —ese apartamento no llega a cien metros cuadrados— y que finja que no me ve.
Eso le hizo fruncir el ceño.
—A mí eso me suena a chantaje emocional. Intentaba acorralarte para no tener que conservar el trabajo.
—Odia su trabajo —confirmé—. Se queja constantemente, de que le duelen los pies y la espalda.
—Creo que eso es normal cuando sirves mesas. Salí con una camarera de cócteles cuando estaba en la universidad. Decía que caminaba quince kilómetros por noche. No tengo ni idea de si era verdad o si a ella solo le parecía así.
Hablar de sus exnovias era arriesgado y, aun así, no pude contenerme. Volví a meterme de lleno en aguas peligrosas.
—¿La querías? A la novia, digo.
Negó con la cabeza.
—No. En absoluto. Fue solo un rollo de dos meses. Ya sabes cómo son esas cosas.
—No mucho, la verdad.
Siguió mirándome y juro que tardó treinta segundos enteros en asimilar mis palabras.
—Espera… ¿me estás diciendo que nunca has tenido un rollo?
—¿Qué consideras tú un rollo? Una vez salí con un tío durante seis meses y no quería ponerle etiquetas a nada. ¿Eso es un rollo?
—No, eso es un imbécil —respondió sin andarse con rodeos—. Un rollo es algo que pasa en un fin de semana, o incluso en unas semanas. Nunca más de un mes.
—Ah.
Bueno, eso era desconcertante. Siempre había archivado a Kevin como un rollo. Quizá debería replantearme eso.
—¿Qué tío no quería etiquetas contigo?
—No importa. —Negué con la cabeza.
—A mí sí.
¿De verdad quería hablar de mis exnovios? Porque, si era así, iba a ser una conversación corta.
—Yo… eh… no fue nada importante.
—¿Estabas en la universidad en esa época?
No lo preguntó con dureza; al contrario, me dedicó una sonrisa amable, de ánimo. Aun así, en sus ojos se estaba fraguando una tormenta.
—No. Tenía unos veinticinco años, creo. Fue cuando trabajaba de becaria en la editorial.
En realidad estaba escribiendo mi primer libro, pero avanzaba muy despacio y no dejaba de dudar de mí misma.
Mi madre me sugirió las prácticas para que aprendiera cómo funcionaba la otra cara del mundo editorial.
—Pues fue bastante lista por su parte. —Asintió con la cabeza en señal de aprobación—. Ojalá mi madre hubiera hecho lo mismo conmigo.
—Bueno, resultó ser un desastre.
Intenté sonreír al recordarlo, pero fue imposible.
—Conocí a Kevin cuando él trabajaba de ayudante en el departamento de arte.
Hacía como si estuviera loquito por mí —ya sabes, no dejaba de decirme lo guapa que era, lo cual debería haberme hecho sospechar que algo tramaba—, pero en realidad solo quería que lo presentara a mi madre.
Pensaba que ella podría conseguir que alguien le echara un ojo a la novela gráfica en la que estaba trabajando. Se la rechazaban una y otra vez.
Ya no quedaba ni rastro de buen humor en el rostro de Huxley.
—¿Me estás diciendo que intentó conquistarte porque quería acercarse a tu madre?
—Sí.
Se me encogió el estómago al recordarlo y alargué la mano hacia el café con leche.
—Fue vergonzoso. No dejaba de decir que no quería ponerle etiquetas a nuestra relación, y luego me enteré de que era porque tenía una novia de verdad y le había contado que solo salía conmigo para llevarle ventaja al resto de la competencia.
Le di un trago enorme al café para no tener que ver la lástima en los ojos de Huxley.
Pasó tanto tiempo sin decir nada que supuse que había vuelto a escribir. Sin embargo, cuando levanté la vista, me lo encontré mirándome con el ceño fruncido.
—¿Qué he hecho?
Instintivamente, me pasé la mano por la mejilla.
—¿Es comida? Te juro que me he lavado la cara esta mañana.
—No es comida. Es ese tío. ¿Dónde está ahora?
Era una pregunta rara, así que me encogí de hombros.
—Creo que sigue en Nueva York. Lo último que supe es que le habían dado un puesto fijo en el departamento. Aunque no para hacer novelas gráficas ni nada de eso. Tiene que hacer esos banners de redes sociales para los libros de los demás.
—Bueno, al menos lo están torturando —dijo Huxley con tono sombrío—. No me puedo creer que te hiciera eso.
—Lo raro es que no es el peor ex que he tenido.
—No sé si quiero oír hablar de los demás.
—No sería una historia muy larga. Solo he tenido unas pocas relaciones y todas acabaron mal. Creo que soy demasiado friki para la mayoría de los hombres.
—No eres una friki.
Casi le salió como un reflejo, y yo sonreí de lado.
—¿No lo soy?
—No, no lo eres. Eres… perfecta. Si alguien te dice que eres una friki, no le hagas caso. Tienes derecho a que te guste lo que te guste.
—Creo que tú fuiste el primero que me llamó friki —le recordé—. Bueno, aparte de mi madre. Aunque ella siempre lo decía con cariño y cierto desconcierto. A ella le parecía adorable.
—Eso es porque lo es.
—Es la única que lo ha creído.
—No, yo también lo creo.
Lo dijo con firmeza mientras se inclinaba hacia delante y apoyaba los codos en la mesa.
—Necesito que me escuches un segundo.
Hablaba con tanta seriedad que solo pude asentir. Fuera lo que fuese lo que iba a decir, era algo serio.
—Yo era de esos niños que necesitan la aprobación de los demás —empezó—. Para mí era importante ser popular. ¿Sabes que cada vez que entraba en un colegio nuevo (lo que pasaba a menudo, como seguro recordarás) lo primero que les decía a los otros chicos era que mi madre era una autora famosa?
Esperó a que yo dijera algo, así que rebusqué en mi cabeza qué podía contestar.
—Estoy segura de que cualquier otro niño en tu lugar habría hecho lo mismo —dije al fin.
—¿Tú lo hacías?
—No, pero yo no tenía que ir dando saltos de un colegio a otro. Siempre estuve en el mismo. Tenía amigos. No muchos porque, otra vez, todo el mundo pensaba que era una friki. Pero tenía amigos. Nadie esperaba que estuviera haciendo amigos nuevos cada dos por tres.
Levantó el dedo índice.
—Déjate ya del tema friki. Estoy intentando hablar contigo.
Me removí en la silla. Aquello era más incómodo a cada segundo que pasaba.
—Vale.
Esperó otro instante y luego asintió.
—Cuando era adolescente, en el último instituto al que fui, le hice prometer a mi madre que nos quedaríamos los cuatro años, porque no soportaba volver a tener que hacer amigos nuevos. Aceptó.