15 Quince
QUINCE
Nuestro siguiente evento con lectores era en un restaurante que me moría por visitar.
Había pensado en llevar a Wylie —algo me decía que le encantaría fingir que tenía una pata de palo—, pero todavía no lo habíamos organizado.
Solo llevábamos cenando juntos una semana y media, y teníamos cuidado de espaciar nuestras citas que no eran citas.
Eso significaba que todavía no habíamos pisado The Pirates’ House.
—Esto es divertido —comenté mientras miraba a mi alrededor. Había una estatua de un pirata en un rincón y, en otro, lo que parecía una mazmorra siniestra cerrada con una verja.
—Ya hemos estado aquí —respondió Brody—. Es divertido. Y la comida también es buena.
—Guay.
No me di cuenta de que le estaba apartando la silla a Wylie hasta que varios pares de ojos se clavaron en mí.
—Eh…
De repente me sentí como un animal de zoo expuesto al público y no tenía ni idea de qué hacer.
Apartarle la silla a Wylie para que nos sentáramos juntos me había salido de forma natural.
Ni se me había ocurrido que todavía no nos habíamos sentado uno al lado del otro en ninguna de las cenas de autores. Habíamos tenido cuidado… hasta ahora.
—Gracias —dijo Wylie con alegría mientras se sentaba. Fingió que no era nada importante, pero estaba claro que notaba la tensión, porque parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas. Intentaba parecer natural, pero no le estaba saliendo bien.
—Yo…
¿Qué se suponía que tenía que decir en ese momento?
—Ay, no te dé un aneurisma —me regó Bree.
Ya estaba sentada junto a Brody y esa noche no tenía precisamente pinta de ser apta para todos los públicos. Ni siquiera para mayores de trece. No, iba derecha al «no recomendada para menores de dieciocho». Daba miedo pensar en lo que se venía encima.
—Ya sabemos que estáis saliendo.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Qué?
—Ya te he dicho que no estamos saliendo —replicó Wylie. Se la notaba cansada—. Que tengas una espía que nos vio juntos en The Olde Pink House —una espía a la que, por cierto, no piensas identificar— no significa que estemos saliendo. Cenamos y nos fuimos a cazar fantasmas. Eso no es una cita.
—Yo creo que depende de cómo lo hagas —argumentó Nathan.
No parecía ni de lejos tan implicado en la conversación como Bree—.
A Bella y a mí, personalmente, nos encanta una buena noche de ruta de fantasmas.
No hemos hecho muchas desde que Sidney se unió a la familia, pero no recuerdo ni una sola que no acabara en ñaca-ñaca.
Bella le lanzó a su marido una mirada escandalizada.
—No acabas de llamarlo ñaca-ñaca.
La sonrisa de Nathan se volvió lasciva.
—Sí, lo he hecho.
—Es una palabra rarísima.
Bella escondió la cara entre las manos.
—No te preocupes, Bellarina. —Nathan le dio unas palmaditas en la muñeca—. Luego te haré sentir mejor con el ñaca-ñaca a base de un poco de ñaca-ñaca.
Centró su atención en mí.
—Las rutas pueden ser citas. Aunque creo que hay que tener un tipo de personalidad muy concreto para considerarlas citas. Entiendo que para ti no lo sean.
Casi lo dijo como si fuera un insulto, y tuve que reflexionarlo en serio. Yo era divertido, ¿no? Era el tipo de tío capaz de convertir una ruta de fantasmas en una cita. Eso es lo que haría un tío divertido.
No me di cuenta de que me estaba obsesionando con el tema hasta que Wylie me lanzó una mirada extraña.
—Siéntate —siseó—. Estás haciendo que esto sea incómodo.
Puede que pensara que lo había dicho tan bajo que solo lo oiría yo. No fue así.
Los demás estallaron en risas y yo negué con la cabeza mientras me sentaba.
—No es para tanto —dije a todos los de la mesa, recuperándome con relativa rapidez—. Wylie y yo hemos estado recordando nuestra infancia. Es inofensivo.
—Sí. —Wylie asintió con la cabeza—. Su madre era como una tía para mí, una tía muy divertida, así que en cierto modo eso lo convierte en mi hermano.
No me di cuenta de que estaba frunciendo el ceño hasta que mi mirada se cruzó con la de Bree. Me observaba demasiado de cerca. Era solo que… en realidad no me veía como un hermano, ¿no? No es que yo quisiera otra cosa —por supuesto que no—, pero no teníamos un aire de hermanos. Para nada.
—¿Has leído Juego de Tronos? —preguntó Bree—. Cersei y Jamie eran hermanos.
La miré de golpe.
—¿Puedes no llevarlo a terreno escabroso? —Me horrorizaba la imagen que estaba pintando.
—Sí. Voy a tener pesadillas —convino Wylie.
Pesadillas por el tema de los hermanos, esperaba. No porque la simple idea de estar cerca de mí desnudo bastara para traumatizarla de por vida.
Buf. Me habría dado un bofetón. ¿Por qué se me había ido la cabeza hasta ahí? ¿Qué me pasaba?
—Pasábamos mucho tiempo juntos de niños —intervino Wylie—.
Más o menos perdimos la costumbre cuando nos fuimos a la universidad, pero siempre pensé, en el fondo, que tendríamos la oportunidad de volver a vernos después.
Luego pasó el incidente y perdimos esa oportunidad.
Solo estamos pasando tiempo juntos y recuperando el tiempo perdido.
—El incidente del que no nos queréis dar detalles jugosos —insistió Bree.
Entonces me tocó a mí frustrarme.
—Ya te he dicho que no sé qué pasó en realidad entre nuestras madres. La mía no habla del tema.
Los ojos de Wylie se posaron en mí con curiosidad.
—Creía que era solo mi madre la que no quería hablar de eso.
Extendí las manos y me encogí de hombros.
—No. Simplemente no hablamos de ello cuando estamos juntos, y sé que es mejor no preguntar.
—Yo también dejé de preguntar hace mucho tiempo —dijo Wylie—.
Solo pregunté dos veces. Y las dos veces me cortaron en seco.
Luego lo dejé pasar porque… bueno, porque sí.
—Le ofreció a Bree una sonrisa de resignación—.
Siento que seamos una decepción tan grande para ti, pero no tenemos los detalles jugosos que buscas.
Bree abrió la boca, pero la frené antes de que cogiera carrerilla.
—Y tampoco hay cotilleos picantes sobre romances.
—Desde luego que no —convino Wylie. Estaba concentrada en la carta—. Un hombre y una mujer pueden ser amigos sin que acabe en romance. Eso lo sabes, ¿no?
—Sí —coincidió Nathan—. Mira a Hayley y a mí. Somos los mejores amigos y nunca ha habido nada romántico entre nosotros.
Hayley lo miró con sequedad.
—No sé si nuestra falta de relación es el mejor argumento que tienes sobre el tema.
—Sobre todo porque para ella los penes son material de pesadilla —apuntó Bree—. Y, oye, no estoy diciendo que un hombre y una mujer no puedan ser amigos (yo nunca diría algo así), pero no estoy segura de que vosotros dos podáis serlo.
Intenté no ofenderme y fracasé.
—¿Y eso qué significa? —espeté, sorprendiéndome incluso a mí mismo con mi vehemencia. Pues sí. Estaba ofendido, sin duda.
Ella levantó las manos en señal de rendición.
—No estoy diciendo que te pase nada malo, así que no te alteres. Solo digo que entre vosotros salta demasiada chispa para que podáis ser amigos.
Miré a Wylie de reojo. ¿Chispa? Entre nosotros no saltaba ninguna chispa. En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, sentí el chispazo. Me recorrió de la coronilla a la punta de los pies. Esa debía de ser la chispa a la que se refería Bree.
—No hay ninguna chispa —insistió Wylie. No me miró al decirlo, lo que me hizo pensar que mentía.
O puede que yo solo lo deseara—. Déjalo ya.
—Me acercó su carta para que la viera—. Estoy pensando en pedir la Mardi Gras Pasta, pero también quiero los tomates verdes fritos.
Me temo que será demasiado. ¿Quieres compartirlos conmigo?
Tuve que esforzarme para concentrarme en ella durante lo que me pareció un rato larguísimo.
—Eh… sí —dije al fin, asintiendo. Quería los tomates verdes fritos. Pues iba a tener tomates verdes fritos.
—¿Pasa algo? —preguntó mientras me escrutaba, con una arruguita entre las cejas—. ¿Estás bien?
—Estoy perfectamente —le aseguré, y lo decía en serio—. Todo va de maravilla.
Se inclinó y me dio una palmadita en la rodilla por debajo de la mesa, que me provocó una descarga eléctrica.
—No dejes que Bree te afecte —susurró—. Es lo que busca. No es feliz si no está torturando a alguien.
—Te he oído —refunfuñó Bree.
—Sí, lo sé. —Wylie le sonrió—. Por eso lo he dicho tan alto.
Sonreí porque todos los demás de la mesa sonreían. Por dentro, sin embargo, mis emociones eran un torbellino. Puede que Bree hubiera dado en el clavo. Puede que la chispa fuera algo más de lo que me permitía creer.
En el fondo, sabía que la chispa me consumiría si pensaba demasiado en ella. Y ahora Bree me la había restregado por la cara. Ya no había escapatoria. Era consciente de ello y no tenía ni idea de qué hacer con lo que sentía.
¿Y si todo estaba a punto de estallar y abrasarnos a todos?
LA CENA ESTUVO BIEN. EL AMBIENTE de la mesa acabó calmándose, aunque noté los ojos recelosos de Bree sobre mí todo el rato.
Todos charlaron sobre lo que tenían entre manos.
Los padres orgullosos también pusieron al día a los demás sobre cómo iban sus bebés, lo que me permitió desconectar mentalmente de la conversación.
No es que tuviera nada contra los bebés (me parecían estupendos), pero no conseguía interesarme demasiado por los bebés de los demás.
Quizá si tuviera un bebé propio, con Wylie, por supuesto.
¿Con Wylie? Estaba claro que se me iba la cabeza.
¿Ahora me planteaba tener bebés con Wylie?
Era ridículo. Ni siquiera sabía si ella quería tenerlos.
Es más, por lo que yo sabía, igual no quería hijos porque la habían obligado a hacer de madre de Lucy aunque no la hubiera parido. Eso le quitaría las ganas a cualquiera. Además, yo no podía estar con Wylie. Simplemente era imposible. Nuestras madres se odiaban.