14 Catorce
CATORCE
Mi madre estaba de mal humor.
¿Yo? Yo iba flotando. Huxley nos había conseguido mesa en The Olde Pink House, tal como había prometido, y lo pasamos de maravilla. La comida estaba buenísima, y hasta se contagió del espíritu cazafantasmas en el bar de abajo, después de zamparnos nuestro propio peso en vieiras y patatas.
La cita —no una cita cita ni nada parecido— había sido la noche anterior, y veinte horas después seguía prácticamente eufórica.
Justo hasta que mi madre me llamó por videollamada.
—No estoy segura de que debamos tener esta conversación —dije, mientras ella seguía mirándome fijamente a través de la pequeña pantalla.
—¿Y con quién más voy a tenerla? —exigió—. Tu hermana me está volviendo loca.
—Supongo que no me había dado cuenta de que te llamaba tan a menudo —admití.
Estaba en el sofá con una manta de forro polar y el libro electrónico. Llovía, así que tenía toda la intención de acurrucarme con una buena lectura. Mi madre acababa de echar ese plan al traste.
—¿Cómo es posible que no te dieras cuenta? —me reprochó mamá—. ¿No vivís juntas?
Se distrajo un momento cuando otra figura llenó la pantalla, se le colocó delante y se inclinó hacia la cámara.
—Hola, Wylie —me saludó mi padrastro, Mick, con una sonrisa de oreja a oreja.
Seguía siendo un hombre atractivo —mi madre decía de él que era «un maduro distinguido e interesantísimo»— y siempre me sentía mejor cuando me regalaba una de sus famosas sonrisas.
—Hola, Mick.
Verlo me llenó de calidez. Había sido lo mejor que le había pasado a mi madre —a pesar del follón con Eleanor— y llevaban años felices juntos. Me costaba incluso recordar una época en la que él no estuviera en nuestras vidas, aunque yo ya era adulta cuando empezaron a salir.
—Hola, peque.
Mick se dejó caer en el sofá junto a mi madre —estaban en la biblioteca, porque veía el ventanal enorme detrás de ellos— y la hizo reír cuando le quitó la tableta para verme mejor.
—Se te ve bien. ¿Cómo va todo?
Me encogí de hombros.
—Bastante bien, salvo que Lucy no me habla.
—Eso es porque me habla a mí —se quejó mamá—. Dos veces al día, Wylie.
Parecía exasperada.
—Tienes que hacer algo para reconciliarte con tu hermana. No puedo con tantas llamadas.
—Díselo a ella —sugerí.
—Ya lo he hecho. Dice que está sola y que necesita hablar con alguien porque no tiene amigos.
—Tenía amigos —protesté—. Pero cuando le dije que ya era hora de que contribuyera a los gastos de la casa, todos la dejaron tirada porque ya no podía salir de fiesta.
—¿Se ha fundido toda la indemnización de lo de Wyoming? —preguntó Mick.
Le lancé una mirada de lástima.
—¿Qué indemnización? Eran unas prácticas. Le daban alojamiento y comida, y yo tenía que mandarle dinero para sus gastos todos los meses.
Eso debería habérmelo guardado. No me di cuenta hasta que mi madre torció el gesto.
—¿Qué? —quiso saber.
Suspiré.
—No te lo conté porque ella me pidió que no lo hiciera. Le daba vergüenza.
—Sí, ya lo sé. —La voz de mamá sonó fría, glacial—. A mí me dijo lo mismo cuando le mandé dinero a Wyoming.
—¡Oye!
Mick volvió la mirada hacia mamá.
—Acordamos que no ibas a hacer eso, y no porque yo quiera ser un controlador ni nada parecido. Hablamos de que lo mejor para Lucy era que empezara a resolver las cosas por su cuenta.
—Lo sé, Mick. —Mamá no parecía arrepentida, sino más bien enfadada—. De verdad que tenía intención de cumplirlo. Es solo que… bueno, es Wyoming. Me daba miedo lo que pudiera pasarle si tenía que buscarse un segundo trabajo.
Fruncí el ceño, desconcertada.
—No sé muy bien qué quieres decir —admití—. ¿Qué importa que estuviera en Wyoming?
—No lo sé. —Mamá se encogió de hombros—. Siempre he dado por sentado que la mayoría de esas cosas de las películas de terror pasan en sitios como Wyoming, donde no hay mucha gente. ¿Como ese asesino con la máscara de hockey? Me creo perfectamente que algo así pudiera pasar en Wyoming.
—Sí, Crystal Lake, Wyoming —concedí con sequedad.
No sabía si reír o llorar.
—Ahí es exactamente donde estaba ambientada la película.
—Te noto el sarcasmo —me reprochó mamá, y negó con la cabeza.
Se rio de sí misma —o puede que de las dos— y luego suspiró.
—Debería haber comprobado si también te estaba sacando dinero a ti.
Sonaba enfadada consigo misma.
—Habría sido lo más inteligente —convine con un suspiro.
—Eh, no os pongáis melancólicas —intervino Mick—. Tú sigues ayudándola porque la quieres. Eso es bueno. Pero tenemos que ir todos a una.
—Pensaba que eso era precisamente lo que estábamos haciendo —admití—. Y entonces llamó mamá para decirme que me reconciliara con Lucy.
—Porque estoy harta de que me llame para quejarse de ti —replicó mamá—. Es un suplicio.
Entendía su postura. Solo había un pequeño problema.
—Es un suplicio, sí, pero lo que intenta es calentarte la cabeza para que vengas a mí —como has hecho— y luego me obligues a ir yo a ella. Si voy yo a buscarla, tendrá la sartén por el mango. Y no parará de apretar hasta que ceda y le diga que no pasa nada por dejar el trabajo.
—Ah, no, no puede dejar ese trabajo. —Mamá negó con la cabeza—. Si lo deja ahora, no volveremos a conseguir que trabaje nunca.
Le di la razón.
—Eso significa que vas a tener que aguantar las llamadas —le advertí, aunque de pronto se me ocurrió otra cosa—. O podrías dejarla siempre en el buzón de voz en vez de contestar.
A mamá se le dispararon las cejas hacia la frente.
—¿Cómo dices?
—Podrías mandarla al buzón de voz una y otra vez —dije—. Al final lo pillará.
—Sí, y entonces empezará a mandarme mensajes.
—Deja sus mensajes sin leer una temporadita —sugerí—. Lo entenderá enseguida.
—Pero… ¿no es un poco cruel?
Mamá nos miró a Mick y a mí, y me di cuenta de que quería que uno de los dos dijera que sí.
—Es lo que hay que hacer —repuso Mick con un suspiro—. Aggie, todos queremos a Lucy. Tiene buen corazón. Solo necesita aprender a ser adulta.
—Creo que ayudaría que tuviera a otra gente con la que hablar —replicó mamá—. Si ha perdido a todos sus amigos, que de todas formas no eran amigos de verdad, lo normal es que se sienta perseguida.
Era un buen argumento, y me tomé un momento para pensarlo. Justo entonces se abrió la puerta del apartamento y Lucy entró arrastrando los pies. No iba vestida para trabajar, lo que significaba que había estado haciendo otra cosa.
—No lo habrás dejado, ¿verdad? —le exigí antes de pensarlo bien.
Me frunció el ceño.
—No. Tengo el día libre. ¿Sabes?, hasta la gente que no es escritora famosa tiene días libres.
Me recorrió una oleada de culpa, que era justo lo que ella pretendía.
Mamá era famosa, en efecto, y eso a veces resultaba intimidante cuando trataba con gente del mundo real.
Si mencionabas quién era tu madre, siempre te preguntabas si la gente quería acercarse a ti simplemente por rozar la fama.
Estaba agradecida por mis amigos escritores, porque ellos sabían ver más allá de eso.
—¿Sabes qué? —dije de repente—. Como tienes el día libre, puedes venir conmigo esta noche.
Se me escapó antes de poder decidir si era buena idea.
—¿Y por qué iba a querer hacer eso? —se burló Lucy.
—Porque voy a salir con unas amigas escritoras.
Como me preocupaba que sacara a Huxley, de quien todavía no le había hablado a mi madre, seguí hablando.
—Bree, Bella y Hayley quieren salir a tomar algo. Puedes venir con nosotras.
Lucy puso cara de duda, así que añadí un incentivo.
—Yo pago las copas.
Se animó al instante.
—¿En serio?
Asentí.
—Sí. Creo que ya es hora de que conozcas a gente nueva en la ciudad.
—Me parece una idea buenísima —se entusiasmó mamá—. Mañana quiero que me lo cuentes todo, Lucy.
Lucy miró con furia la parte de atrás de la tableta que yo sostenía. Mamá no podía verle la cara.
—No soy un animal de circo al que puedas exhibir —refunfuñó.
—Claro que no —dijo mamá con alegría—. No tienes nada de ritmo, así que nunca podrías ser el oso bailarín.
Me mordí la parte interna de la mejilla para no echarme a reír.
—Lo que sea.
Lucy se arrastró a regañadientes hacia su habitación.
—Voy a ducharme y a arreglarme.
Estaba claro que el reclamo de las copas gratis le pesaba demasiado para rechazarlo.
Sonreí mientras se alejaba.
—Genial. Nos vamos en dos horas. Estate lista.
brEE ELIGIÓ EL SITIO. Era más fácil dejar que decidiera ella, porque así, si no le gustaban los cócteles, la única a quien podría culpar sería a sí misma.
Sopesó un buen número de bares de azotea antes de decidirse por The Nest Rooftop Lounge, que tenía unas vistas espectaculares del río y una gran variedad de coloridos combinados y platos para elegir.
Lucy se había vestido de forma conservadora —para lo que era ella—, con unos pantalones piratas ajustados y una camisa holgada que le caía por un hombro.
No tenía ninguna duda de que iba de caza —nunca se sabía dónde podía aparecer de repente una vaquera despampanante— y, por suerte, no estaba de mal humor cuando nos unimos a las otras tres mujeres en una mesa.
Me tomé mi tiempo para presentar a todo el mundo. Para mi sorpresa, Hayley y Lucy intercambiaron sonrisas tímidas y acto seguido empezaron a lanzarse miradas cada vez que, era evidente, creían que la otra no las veía. Hubo una conexión instantánea entre ellas. No tenía ni idea de qué pensar.
No fui la única que lo notó. Bree y Bella se quedaron tan sorprendidas que guardaron silencio varios minutos mientras Lucy y Hayley hablaban de las bebidas solo entre ellas. Por suerte, estaban sentadas una al lado de la otra, lo que facilitaba la conversación.
—Vaya —fue todo lo que logré decir al final, cuando Lucy estalló en carcajadas por algo que Hayley había dicho y que solo ella pudo oír.
—Sí, es raro —convino Bree con una sonrisa—. Pero, ¿sabes?, Hayley creció en una granja. No es exactamente una vaquera, pero no le falta mucho.
Era interesante, medíté. Aunque no podía detenerme en eso. En cuanto llegó el camarero a tomar nota, me obligué a concentrarme en la carta.
—Yo tomaré el Dragon Berry Mojito —empecé.
—¿Ese es el de capas? —preguntó Bree, señalando un cóctel dos mesas más allá.