Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 13 Trece
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13 Trece

TRECE

El tiempo vuela cuando uno se lo pasa bien. Es uno de esos dichos gastados que, aun así, sigue siendo cierto. Un mes más tarde, le daba vueltas a eso mientras estaba plantado con Wylie delante del Colonial Park Cemetery y miraba la verja con recelo.

—¿En serio? —la desafié—. ¿Esto es lo que quieres hacer?

Wylie y yo habíamos acabado cayendo en una rutina.

Trabajábamos en la cafetería tres días a la semana, casi siempre juntos, y dos días a la semana nos lanzábamos a alguna aventura.

A veces esas aventuras eran sencillas, como tomar café en una de las mil placitas que todavía no habíamos visitado.

Otras veces eran más intensas, como cuando Wylie insistió en que nos leyeran el futuro en una tienda.

Yo me había resistido, pero ella estaba tan emocionada que no pude evitar ceder.

Por supuesto, yo no me creía nada de la adivina —Madame Lenora, cómo no—, pero Wylie iba tan burbujeante y radiante de camino a comer que no me arrepentí de haber cedido y de haberla acompañado.

Vivía la vida con tal exuberancia que a mí también me entusiasmaba, un fenómeno que no reconocí hasta que llevábamos tres semanas enteras de amistad.

Porque eso era lo que había, que quede claro.

Éramos amigos que, casualmente, pasaban cinco días a la semana juntos.

Me permitía creerlo porque entre nosotros nunca ocurría nada romántico.

No nos dábamos la mano. Besos, desde luego, ninguno.

Claro que había contacto físico —nos rozábamos constantemente, mucho más a menudo de lo que lo harían otros amigos—, pero no dejaba de repetirme que eso pasaba porque éramos muy buenos amigos. Prácticamente me lo creía.

Prácticamente.

—No tienes que entrar conmigo —dijo ella mientras cambiaba el peso de un pie al otro.

Hacía calor ese día, una humedad opresiva, y llevaba unos pantalones cortos que dejaban al aire un kilómetro de pierna y unas chanclas que sonaban al caminar.

No podían ser cómodas para paseos largos y, sin embargo, Wylie las llevaba todo el tiempo. Lucían un estampado de Wonder Woman.

Llevaba el pelo recogido en lo alto de la cabeza.

Me había fijado en que, cuando la humedad se disparaba hasta la estratosfera, no se molestaba en hacerse nada más que recogérselo.

Me había explicado que se le encresparía y se le enredaría tanto que luego sería imposible pasarle el cepillo si no tiraba por ese camino.

Incluso usó un episodio de Friends como referencia, porque era Wylie.

A mí, de todos modos, me gustaba que lo llevara recogido.

Cierto, tenía sueños en los que lo llevaba suelto y ondeando, y yo lo agarraba con el puño mientras ella se inclinaba sobre mí y…

Mejor no pensar en los sueños. Los amigos sueñan unos con otros, ¿no? No tenía nada de particular.

—No he dicho que no vaya a entrar contigo —repliqué—. Es solo que… es un cementerio, Wylie. No es un museo.

—En cierto modo es un museo de la muerte —replicó ella. Si le molestó mi tono, bastante quejumbroso, no lo demostró—. La muerte siempre me ha fascinado.

Le lancé una mirada de reojo.

—¿Porque eres morbosa?

—Porque creo que el alma sigue adelante y quiero saber cómo.

—O sea… ¿crees en los fantasmas?

—¿Tú no?

«¿Te refieres a que tú me rondas en sueños como un fantasma?» Por suerte, no hice esa pregunta en voz alta. Se quedó encerrada en mi cabeza, que era donde debía estar.

—No sé qué creo —admití.

—Dicen que Savannah está llena de fantasmas. Por ejemplo… hay uno en el bar de The Olde Pink House. Deberíamos ir, por cierto. —Se contuvo—. Aunque normalmente no salimos después de las tres. Quizá eso va contra las reglas.

Ahora tenía toda mi atención.

—¿Qué reglas?

Se encogió de hombros y apartó la mirada.

—No sé. Parece que seguimos unas reglas concretas.

Y yo que creía que era el único que se había dado cuenta.

—¿Qué es The Olde Pink House? —pregunté para cambiar de tema.

No quería arriesgarme a una conversación seria sobre «las reglas» a esas alturas.

Era demasiado peligroso, porque si los dos reconocíamos «las reglas» y concluíamos que existía el riesgo de cruzar la línea de la amistad, todo aquello podía terminarse.

Y yo necesitaba de verdad que no se terminara.

—Es un restaurante genial. —Se frotó las manos e hizo un pequeño baile—. Mi madre me llevó cuando vinimos a Savannah la primera vez. Está en una casa enorme.

—Déjame adivinar. Es rosa.

Sonrió de oreja a oreja.

—Dicen que la comida es increíble. Pero si quieres ir, tengo que reservar con semanas de antelación para conseguir mesa. —Hizo una pausa—. Aunque para entonces puede que ya estés harto de mí.

Me irritaba cuando decía cosas así. Estaba intentando quitarle esa costumbre de menospreciarse. La usaba como mecanismo de defensa, y yo lo detestaba. Era increíble tal y como era, y tenía que darse cuenta.

—Yo me encargo de la reserva —dije. Tampoco iba a esperar semanas para que nos dieran mesa. Si tenía que tirar de alguien, tiraría del agente de mi madre para colarnos al principio de la cola—. Sigo sin entender por qué te emocionan tanto los fantasmas.

Se encogió de hombros.

—¿Por qué no?

—Necesito algo más concreto.

Inclinó la cabeza y la luz le dio en la cara de tal modo que le resaltó las pecas. Odiaba lo obsesionado que estaba con esas pecas.

—¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres un tiquismiquis? —preguntó de sopetón.

Fruncí el ceño.

—¿Te ha dicho mi madre que me preguntes eso?

Su sonrisa desapareció. Por acuerdo tácito —es decir, nadie lo mencionaba nunca—, jamás sacábamos el tema de nuestras madres, salvo por accidente.

Mi madre no tenía ni idea de que había retomado el contacto con Wylie.

Teníamos cuidado de que nunca nos fotografiaran juntos en los eventos literarios, por si aparecíamos en algún blog de cotilleos que nos vinculara con nuestras madres.

Aun así, yo la acompañaba a casa después de cada evento.

Simplemente no nos tratábamos durante los eventos.

También teníamos cuidado de mantener el trato neutral en las cenas de grupo previas a los eventos.

Ya no discutíamos delante de los demás. En realidad, no hacíamos nada delante de ellos.

Nuestra amistad era solo nuestra, que era como a mí me gustaba.

—¿Y cómo van las cosas con Lucy? —pregunté para cambiar de tema. Con la mano le indiqué a Wylie que entrara primero al cementerio.

—Sigue sin hablarme —contestó Wylie mientras avanzaba por la acera.

—¿Sigue trabajando?

—Sí. Es solo un trabajo de camarera en una cafetería pequeña, pero la verdad es que deja dinero en la encimera una vez a la semana para cubrir su parte de las facturas.

—¿De verdad cubre la mitad? —No pude evitar mostrarme escéptico. Todavía no había visto a Lucy de adulta —tampoco me hacía ninguna ilusión—, pero sentía que la conocía a través de las historias de Wylie. No me cabía ninguna duda de cómo iban las cosas en realidad.

—Bueno, pues… —Wylie dejó de caminar, pero no terminó la frase.

—Lo tomaré como un no —murmuré.

—Es un trabajo de camarera —replicó Wylie con énfasis—.

Y encima es su primer trabajo de camarera.

Tampoco es que pudiera colocarse en un sitio donde se dieran buenas propinas.

Esos puestos solo los consiguen las camareras con experiencia.

Lo está haciendo bien. Pero eso no significa que pueda pagar la mitad de las facturas.

Entrecerré los ojos.

—¿Cubre un tercio de las facturas?

—Eh…

Gruñí.

—Más le vale cubrir una cuarta parte, Wylie —le advertí.

Sonrió con timidez.

—Eso es lo que cubre. Le pediría más, pero solo sale una vez a la semana. Es todo lo que puede permitirse. Mi madre ha accedido a no enviarle dinero, así que vive con estrecheces, para lo que ella está acostumbrada.

No parecía que Lucy estuviera sufriendo. No es que quisiera verla sufrir ni nada de eso. Yo no era así. Aunque me dio un pinchazo en la espinilla, justo donde me había pateado, me obligué a no regodearme demasiado.

—Supongo que es un comienzo —dije a regañadientes.

—Lo es, y no quiero ser demasiado dura con ella —convino Wylie—. No puede cambiar sus prioridades de la noche a la mañana. Está trabajando en ello, que es lo importante.

—¿Pero sigue sin hablarte?

—No. —Wylie negó con la cabeza—. Aunque trabaja de noche, así que básicamente se mete en la cama una hora antes de que yo me levante por la mañana. Y luego, la mayoría de las veces, llego a casa cuando ya se ha ido a trabajar. No nos cruzamos mucho.

—¿Y qué hace cuando os cruzáis?

—Finge que no existo. —Wylie extendió las manos en un gesto de «¿qué se le va a hacer?». Era una persona muy expresiva, y me encantaba lo mucho que gesticulaba—. Está progresando. Es lo único que me importa ahora mismo.

No tenía nada que objetar, así que decidí cambiar de tema.

—¿Cómo va tu libro?

—Bien —respondió mientras se detenía a examinar una tumba. Era antigua, y se entristeció al echar la cuenta de los años. La tumba era de un niño—. Voy por las tres cuartas partes. ¿Y tú?

—Más o menos igual. Creo que voy un poco por detrás de ti.

—¿Vas a hacer gira de promoción con este?

Buena pregunta. A estas alturas había hecho ya varias giras.

A mis lectoras les encantaban con locura las sesiones de preguntas y respuestas en las que participaba en las librerías.

Esas giras solían durar tres meses largos.

No tenía claro si me apetecía otra, aunque las disfrutaba cuando estaba en la carretera.

Intenté convencerme de que no tenía tantas ganas de largarme tres meses porque necesitaba un descanso, no porque echaría muchísimo de menos a Wylie. Quiero decir, solo llevábamos un mes tratándonos. Éramos solo amigos. No podía apoderarse de mi vida sin más.

Y sin embargo sabía, en el fondo, que ella era la razón por la que no quería ir. Era la razón por la que no contestaba a esa pregunta de mi agente. Sabía que debía ir. Pero no me apetecía nada.