Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 12 Doce #2
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12 Doce #2

—¿No te acuerdas de cuando intentabas perfeccionar tu propia receta de cerveza romulana sin alcohol y yo te dije que dejaras de hacer el idiota? —me desafió—. Porque déjame decirte una cosa: yo me acuerdo de ese día, y llevo enfadado conmigo mismo desde entonces.

—¿Llevas diecinueve años enfadado contigo mismo?

No me cabía en la cabeza.

—Sip. Y que quede claro: ese día tú no hiciste nada mal. Yo estaba de mal humor porque mi madre y Mick se habían pasado la noche discutiendo y no me dejaron dormir y...

Pareció darse cuenta de lo que había dicho y dudó sobre cómo continuar. Había pronunciado la palabra que empieza por M. Yo seguía sin estar preparada para hablar del asunto de Mick.

—Dijo que no todo el mundo quiere ser como yo —solté.

Aquello bastó para que volviera a fijar su atención en mí.

—¿Quién ha dicho que nadie quiere ser como tú?

Respiré hondo.

—Lucy —expliqué—. Le dije que tenía que buscarse un trabajo y que solo tenía dos semanas para empezar a contribuir o la echaría de casa.

Asintió en señal de aprobación.

—Bien hecho. Si quieres, hago de segurata el día que haya que echarla. Aún tengo una cuenta pendiente con ella por aquel Kit Kat.

Casi me reí otra vez. Había que reconocérselo: seguía guardándole un rencor de campeonato por ese Kit Kat. Tenía algo de glorioso lo mezquino que estaba siendo. Entonces recordé la otra parte de mi conversación con Lucy y se me borró la sonrisa.

—Le dije que no era culpa suya haber acabado así, porque mamá y yo le habíamos permitido convertirse en esa persona —dije en voz baja—. Le dije que en realidad no vivía su vida y que ya era hora de que empezara a hacerlo.

»Me contraatacó con no sé qué de que soy demasiado seria y que nunca vivo mi vida —continué—. Dijo que nadie quiere ser como yo.

La expresión de Huxley se ensombreció.

—¿Perdona?

—Dijo que nadie quiere ser como yo y que, solo porque yo viva la vida de una determinada manera, eso no significa que ella quiera vivirla igual.

Y luego añadió que nadie quiere ser como yo.

—Estaba empezando a parlotear sin freno y no podía detenerme—.

Y tiene razón. Nadie quiere ser como yo.

Pero yo no intentaba obligarla a ser como yo.

Solo quería que se responsabilizara de una cosa en su vida.

No me parecía que fuera pedir demasiado.

Esperaba que respondiera con dulzura, en plan conciliador. En cambio, me apretó más la muñeca y levanté la mirada de golpe para escrutar su rostro feroz. No había nada dulce en él.

—Escúchame bien —dijo con algo parecido a un gruñido—. Tú siempre has sido tú misma.

—Querrás decir una friki.

—Sí, pero esa palabra no tiene la connotación que parece que tú le das —replicó—. Tú siempre has ido por tu camino. Yo entonces tenía demasiado miedo de lo que pensaran los demás. Quería ser guay a toda costa. Tú siempre fuiste guay. Lo que pasa es que no te dabas cuenta.

—Venga ya —bufé—. Nunca pensaste que yo fuera guay.

—En aquel momento no me daba cuenta de que lo eras —concedió—. Pero ahora, cuando te miro, lo único que veo es a alguien guay.

—¿Como Fonzie?

Fue una tontería decir eso. Se me escapó sin más.

Sonrió de lado.

—No me puedo creer que acabes de usar a Fonzie y la palabra «guay» en la misma frase. ¿Cómo sabes tú siquiera quién es? Es de mucho antes de nuestra época.

—Lo conocí una vez en una convención. Era un encanto. Me dejó probarme su chaqueta de cuero.

—Yo también lo conocí en una convención, y fue bastante genial.

—¿Te he contado alguna vez cuando conocí a Worf?

No tenía ni idea de por qué estaba cambiando de tema, pero quería hablar de cualquier cosa que no fueran las palabras hirientes de Lucy.

No me dejó salirme por la tangente.

—Me lo cuentas todo en un momento. Primero tenemos que terminar con esto.

Cómo no. Pues genial. Iba a echarme a llorar otra vez si no tenía cuidado.

—Lucy probablemente no es mala persona —reconoció—. Dejando a un lado el incidente del Kit Kat, por supuesto.

Apreté los labios, segura de que iba a echarme a reír.

—Tienes razón en que le enseñaron a vivir de una determinada manera y que ahora eso se vuelve en su contra —continuó—. Pero tú no eres responsable de Lucy. Sé que ya te lo he dicho, pero necesito que lo escuches de verdad. Tiene que empezar a cuidar de sí misma. Así funciona el mundo.

Respiró hondo.

—Y en cuanto a eso de que nadie quiere ser como tú, no es verdad, Wylie —continuó—.

Tú siempre has sido guay, y no porque sepas klingon.

Eso sigue pareciéndome rarísimo, y ya sé que la historia de cuando conociste a Worf me va a dar indigestión.

Es porque siempre te has sentido cómoda siendo tú misma.

Eso es lo que te hace guay. No le hagas caso a Lucy. Solo se está poniendo a la defensiva.

—Lo sé —admití—. Parecía que quería retirarlo en el mismo instante en que lo dijo. Es solo que a mí me cuesta. Nunca he sabido mantenerme firme.

—Es porque eres demasiado buena —se lamentó—. Siempre has dejado que la gente te pase por encima. Pero ya es hora de que te pongas tú en primer lugar. Tienes derecho a ser la protagonista de tu propia historia.

Nunca nadie me había subido tanto el ego. No sabía qué pensar.

—¿De verdad crees que soy guay? —lo desafié.

Soltó una carcajada seca.

—¿Dudas de lo que te estoy diciendo?

—Sí. —Levanté el mentón—. Dime una sola cosa que haya hecho y que a ti te parezca guay.

—Vaya, mira, me estás poniendo en un aprieto.

—Estoy esperando.

—Está bien. —Inclinó la cabeza y supe que estaba rebuscando en sus recuerdos. Estaba convencida de que iba a quedarse en blanco hasta que sonrió—. ¿Te acuerdas de cuando salió la primera temporada de The Walking Dead? Por entonces todo el mundo estaba loco con la serie.

—Sí. —Asentí con la cabeza—. Antes de que apareciera Negan y lo arruinara todo.

—Había una niña en una de las convenciones —insistió—. Tendría unos siete u ocho años, y había un grupo de críos bastante alborotadores en la cola para conocer a uno de los actores, no recuerdo a cuál, pero los chicos estaban en la cola con la niña, que iba disfrazada.

—Los chicos la estaban picando porque decían que una chica no podía ser tan guay como el personaje del que iba disfrazada, y ella se echó a llorar —continuó—.

Tú te plantaste allí al instante y le dijiste que podía ser lo que quisiera y que no les hiciera ni caso.

En dos minutos la tenías muerta de risa, y luego, cuando le presentaste al actor, a esos chicos les entraron las ganas de llorar a ellos.

Me dio un poco de vergüenza.

—Acababa de conocerlo gracias a mamá. Ella lo había apañado antes de que abrieran las puertas esa mañana. Fue pura casualidad.

—No, Wylie, fuiste tú —insistió—. Siempre has sido guay, y a esa niña le alegraste el día. Apuesto a que todavía se acuerda de ti.

—No fue nada.

—Deja de quitarte mérito. Tu mayor problema es que nunca has creído en ti misma como creen en ti los demás.

Me quedé callada unos segundos y me puse a pensar en serio en lo que me había dicho.

—¿Crees que Lucy creerá en mí algún día?

—Ya cree en ti, Wylie. Por eso fue a buscarte. —Me apretó la muñeca otra vez. No me la había soltado en ningún momento—. Lucy está a la defensiva. Cuando se calme, se dará cuenta de que lo único que haces es mirar por ella.

—¿Y si no se da cuenta?

—Se dará cuenta.

—Pero…

—No. —Negó con la cabeza—. Ya es hora de que creas en ti misma, Wylie Dixon.

Y dicho así, por primera vez en toda mi vida, quise creer. Quizá con eso bastara.