12 Doce
DOCE
Quedar con Huxley para tomar café era una mala idea.
Lo sabía y, aun así, decidí ir. Lo peor era que me había tomado la molestia de arreglarme el pelo y maquillarme.
Incluso me puse unos pantalones piratas vaporosos muy bonitos y una camiseta sin mangas que hacía que pareciera que tenía más escote del que tenía en realidad.
Normalmente me habría sentado a escribir mis palabras del día con unos pantalones piratas de chándal y unas zapatillas. Me habría recogido el pelo en un moño descuidado y me habría olvidado por completo del maquillaje.
Intenté no pensar demasiado en mi aspecto. Huxley había dejado claro que me veía como una friki y nada más. Aun así, me esmeré mucho más de lo habitual, tanto que Lucy —que acababa de llegar— hizo un comentario.
—Estás guapa —dijo ella mientras sacaba una botella de agua de la nevera.
No se tenía muy bien en pie.
No sé qué me pasó en ese momento —puede que fuera lo que Huxley había dicho la noche anterior—, pero algo se rompió dentro de mí.
—Tienes que buscarte un trabajo —dije. Mi tono no era cruel, pero sí firme—. Tienes que buscarte un trabajo y empezar a contribuir. No vas a sacarme ni un céntimo más y tienes exactamente dos semanas para encontrar un empleo remunerado o te vas a la calle.
No la miré a los ojos mientras me dirigía a la puerta.
—¿Qué demonios? —me ladró a mis espaldas—. No eres mi madre.
—No, pero soy tu casera.
Normalmente me habría echado atrás de inmediato. No me gustaban los enfrentamientos. En el fondo, era de las que siempre quieren contentar a todo el mundo.
—Llamar a mamá para pedirle dinero tampoco cuenta, y lo voy a comprobar. Ya es hora de que te hagas adulta, Lucy.
No me podía creer que lo hubiera dicho, pero me sentí mejor de inmediato.
—Sí que estoy buscando trabajo —replicó—. La semana pasada mandé dos currículums a unos ranchos.
Me volví para estudiarla.
—Eso no es buscar trabajo —dije—. Eso no es ni hacer lo mínimo. Y, además, tu futuro no está en un rancho. Si ni te gustan los animales…
Puso reparos.
—Me gustan los animales… de lejos.
—No te gusta limpiar lo que ensucian.
—Bueno, eso no le gusta a nadie.
—En un rancho, eso es básicamente lo que se hace.
Sorprendentemente, mi determinación no flaqueaba.
—Te quiero, Lucy. Pero no puedo ser tu excusa para no avanzar en la vida. Ya tienes edad de dejar atrás esa mentalidad de fiesta continua.
—Lo dices solo porque tú nunca te divertiste cuando tenías mi edad.
Lucy pasó al ataque en un instante.
—Siempre fuiste tan seria, tan empeñada en que mamá estuviera orgullosa de ti. En la vida hay algo más que trabajar sin parar.
—Estoy de acuerdo en que debe haber un equilibrio entre el trabajo y la vida personal —respondí—. Tú, en cambio, no crees que el trabajo tenga que formar parte de tu vida. Ya es hora de que te pongas las pilas.
Lucy entrecerró los ojos.
—No vas a echarme. Las dos lo sabemos.
—Claro que sí.
Se me encogió el estómago al decirlo, porque no sabía si estaba diciendo la verdad. ¿Tendría la fuerza suficiente para echarla? De momento, la cosa estaba en el aire. Pero ella no tenía por qué saberlo.
—No lo hago por crueldad, pienses lo que pienses.
A Lucy le asomó el labio inferior y empezó a temblarle.
Me armé de valor para mantenerme firme.
—Lo hago porque, si no haces un esfuerzo por tomar el control de tu vida ahora, no lo harás nunca.
—Puede que yo no quiera ser como tú, Wylie —contraatacó—. ¿Se te ha ocurrido pensarlo alguna vez? Nadie quiere ser como tú.
Parecía querer retirar esas palabras en el mismo instante en que salieron de su boca. Pero no lo hizo.
—No hace falta que seas como yo —respondí, agradecida de que no me temblara la voz mientras abría la puerta—. Solo hace falta que dejes de ser esto.
Señalé su atuendo de discoteca, que incluía unos pantalones cortos que le dejaban al aire la parte de abajo de las nalgas y un corsé que estaba a un meneo de dejarle un pecho al descubierto.
—¿Nos entendemos?
No dijo nada. Se quedó mirándome.
—Dos semanas —dije al cruzar la puerta—. Después te las apañas sola.
TODAVÍA ME TEMBLABA EL PULSO POR LA pelea con Lucy cuando llegué a la cafetería. Huxley ya estaba sentado a una mesa, con la tableta delante, y sonrió al verme. La sonrisa no le duró mucho, eso sí. Se puso en pie en un segundo.
—¿Qué te pasa?
Se acercó a mí a toda prisa.
¿Cómo era posible que supiera que algo iba mal? Estaba aguantando el tipo bastante bien. ¿O no?
Como no contesté, me retiró el pelo de la cara, me observó un buen rato y luego me arrastró hasta la mesa.
—Necesito un café —dije como una tonta.
Agarraba la funda del portátil con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
—Yo te lo traigo —dijo él.
—Si no sabes ni lo que me gusta.
Él sonrió de lado.
—Te gusta el azúcar. Eso significa un moca. Y si lleva caramelo, mejor que mejor.
—Yo…
¿Cómo podía acordarse de eso?
Se le dibujó una sonrisa enorme.
—Mi madre solía comentar lo que pedías en las cafeterías. Decía que, cuando ella era joven, pedía igual que tú y que después, al hacerse mayor, tuvo que acostumbrarse a cafés con menos sabor.
Se detuvo un instante.
—El caso es que, cuando le pregunté si algún día empezarías a tomar el café como una adulta, me dijo que no, porque tú eras más libre que ella —continuó por fin—. Supongo que te sigue gustando el café dulce.
Lo único que pude hacer fue asentir.
—Vale.
Me apartó el pelo de la cara con una caricia. Creo que ni se dio cuenta de que lo hacía. Su mirada escrutaba, pero no me presionó.
—Siéntate. Vuelvo en unos minutos.
Hice lo que me dijo, aunque básicamente iba en piloto automático. Saqué la tableta del bolso y le acoplé el teclado inteligente. Luego cogí el cuaderno de esquemas y lo abrí en el punto de la historia donde me había quedado. Cuando terminé, Huxley ya había vuelto con mi bebida.
—Un mocha de caramelo con leche de almendras, como prometí —dijo mientras me dejaba la taza delante.
Me quedé paralizada justo cuando iba a cogerla.
—¿Te acordabas de la leche de almendras?
¿Cómo? ¿Cómo podía acordarse de eso?
Se encogió de hombros.
—Por aquel entonces, nadie tomaba leche de almendras aparte de ti.
Decías que era más sana, pero yo sabía que lo habías leído en internet y que creías que era algo que debías hacer por tu salud, no algo que te apeteciera.
Entonces me reí, y ahora también me he reído un poco al recordarlo.
Supuse que no habrías dejado la leche de almendras por nada del mundo.
—Tiene menos calorías —dije sin mucha convicción.
—No tienes que preocuparte por eso.
—Algún día puede que sí.
—Eres perfecta tal como eres.
Dio unos golpecitos en la mesa para que lo mirara.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás tan disgustada? ¿Se ha presentado Chad en tu casa?
De repente parecía furioso.
—Debería haber estado más atento cuando te acompañé a casa. Tenemos que llamar a la policía.
Eran muchas preguntas que asimilar en muy poco tiempo, pero al final negué con la cabeza.
—No es eso.
Me sentía estúpida al tener que decirlo en voz alta, pero seguí adelante igual.
—Le he dicho a Lucy que tiene que buscar trabajo.
Su expresión se volvió cuidadosamente neutra.
—Entiendo.
—Sé que para ti no es gran cosa —dije a toda prisa—. Estoy portándome igual de niña que ella con todo este asunto. Es solo que... dijo algo.
—¿Qué dijo? Y otra cosa: ¿te dio una patada? Porque, y sé que esto me hace parecer mezquino, tampoco me da miedo denunciarla a la policía. Tiene un historial de agresiones.
Por alguna razón —y tendría que pensarlo a fondo más tarde—, la manera en que lo dijo me hizo estallar en carcajadas. No pude evitarlo.
—¿Esto sigue siendo por lo de la Kit Kat? —pregunté mientras me incorporaba.
Me sentía algo mejor.
—Esa chocolatina era mía. Yo era un adolescente. ¿Por qué iba a robarle una chocolatina si podía comprarme la mía?
Me encogí de hombros.
—Tenía cuatro o cinco años. Ni me acuerdo. No se puede negociar con una niña de esa edad. Son pequeños terroristas.
—¿Y qué es Lucy ahora? —preguntó—. ¿Sigue siendo una terrorista?
Vacilé y luego suspiré.
—Básicamente le he dicho que tiene dos semanas para encontrar trabajo. No ha sido solo por lo que dijiste anoche —añadí a toda prisa—. Me diste un empujón, pero ya llevaba tiempo pensándolo. No es una persona completa.
Se sentó en la silla de al lado, en lugar de la que ocupaba cuando llegué.
—¿Qué quieres decir?
—La han consentido toda su vida —expliqué—. Sé que yo también lo tuve fácil, pero me gusta pensar que a mí no me malcriaron tanto. Ella simplemente da por hecho que todo tiene que llegarle en bandeja de plata. Lo que pasa es que siempre fue así.
»Mi madre pagaba a una niñera para que viajara con nosotras, pero la niñera tenía instrucciones de darle a Lucy todo lo que quisiera para tenerla callada —continué—. Lucy no disfrutó de tanto tiempo con mi madre como yo, pero tuvo todo lo demás. Le habría venido mucho mejor el tiempo.
Huxley asintió, comprensivo. En realidad, si alguien podía entender lo que era pasar tanto tiempo de viaje como nosotras de pequeñas, era él.
—Es distinto, pero mi madre también era muy de darme todo lo que yo quería —reconoció—. No teníamos mucho dinero cuando era muy pequeño, pero en cuanto empezó a ganarlo, demostraba su amor gastándolo en mí. Eso me convirtió en... alguien que no era precisamente buena persona.
Negué con la cabeza.
—Siempre fuiste buena persona.
—No, no lo era.
Me rodeó la muñeca con los dedos y se quedó mirando el lugar donde nos tocábamos.
—No tienes que buscarme excusas, Wylie. Sé que entonces era un cretino.
—No eras tan malo —protesté.
Me lanzó una mirada cansada.
—¿No te cansas nunca de defender al chaval que fue tan odioso contigo que te hizo llorar?
—No me acuerdo de eso —dije automáticamente.
Era mentira, por supuesto. Me acordaba de haber llorado. Pero no hacía falta darle vueltas ahora. Era un crío. Los adolescentes son de sobra conocidos por su falta de tacto.