Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 11 Once #2
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11 Once #2

La conduje hacia uno de los pasajes entre los edificios del hotel JW Marriott River District. Miré rápidamente por encima del hombro para ver si distinguía a Chad, pero no lo vi. O había entrado en el Saddlebags o había captado el mensaje y se había ido a casa.

—El klingon ahora me parece… raro —dije al fin.

—¿Lo ves? No te gusta que sea una friki.

Apartó la mano de la mía y eché de menos el tacto de su piel contra la mía. Sin duda, allí estaba sintiendo algo raro. No conseguía entender qué me estaba pasando.

—Deja de poner en mi boca lo que no he dicho —gruñí mientras salíamos por el otro lado del edificio.

Igual que la última vez que habíamos paseado por allí, el paseo del río estaba prácticamente desierto. Miré alrededor, desconcertado.

—¿Por qué no hay más gente por esta zona?

Ella siguió mi mirada y recorrió con la vista aquel tramo silencioso de un extremo a otro.

—A mí me gusta así.

—A mí también —reconocí—. Pero ¿no debería haber músicos en directo a lo largo de todo este tramo? ¿Y los bares? —Señalé hacia el District Seafood—. ¿Por qué no están a reventar de gente?

Se encogió de hombros y luego levantó la barbilla.

—Jo, ¿qué es eso? Huele genial.

A mí el estómago también me había rugido de anticipación al captar el olor.

—No lo sé. Mi cena estaba buena, pero vuelvo a tener hambre. —Bajé la vista hacia ella—. ¿Y tú?

De repente, puso cara de desconfianza.

—¿Y el helado?

Me reí.

—Te invito a cenar y a un helado, y a un cóctel. —Indiqué el bar con la cabeza—. Tenemos que hablar. —Ya me había resignado a eso—. Este sitio es tan bueno como cualquier otro. Es bonito. La brisa del río se agradece. Aquí fuera nadie nos va a interrumpir.

Se quedó callada un instante y después se encogió de hombros.

—Acepto con una condición.

—¿Cuál? Si esperas que mienta y diga que hablar klingon es guay, vas a llevarte una decepción.

—No es eso. —Puso los ojos en blanco—. No soy tonta. Sé que siempre vas a odiar el klingon.

—¿Entonces?

—¿Haces esto porque te da miedo que Chad ande acechando por aquí en algún sitio para seguirnos?

Me encogí de hombros.

—No creo que lo esté, pero quiero asegurarme de que estás a salvo. Aunque no es la única razón. De verdad que tenemos que hablar. No quiero odiarte, Wylie. Y tampoco quiero que tú me odies. Tiene que haber una manera de superar esto.

Soltó un suspiro largo, interminable.

—Vale. Con eso puedo vivir.

PEDIMOS GAMBAS CAJÚN Y patatas fritas, y bebimos cerveza de barril.

Y nos reímos mientras recordábamos los viejos tiempos.

Nos reímos mucho. La conversación no se puso seria hasta que íbamos de camino a su casa.

Tenía toda la intención de dejarla allí sana y salva, aunque estaba convencido de que Chad había desaparecido horas antes.

—¿Cómo está tu madre de verdad? —preguntó ella al pasar por delante de una tienda de pelucas que le arrancó una sonrisa de oreja a oreja. Madre mía, cómo me gustaba su sonrisa. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo bonita que era?

Me encogí de hombros. Responder a esa pregunta con sinceridad nunca era fácil.

—Va por su sexto marido, Wylie. Es una mujer profundamente infeliz que jamás admitirá que lo es.

—Yo creo que solo está buscando a la persona adecuada —contestó ella—. Lo veo con Lucy. Ella también está siempre buscando. Esa energía inquieta les resulta atractiva a los de fuera, hasta que les toca cargar con las consecuencias de ese estilo de vida. Entonces ya no es tan atractiva.

Lo que dijo me pareció casi profundo.

—¿Cómo está Lucy? ¿Sigue dándole patadas a la gente por un Kit Kat?

Wylie se rio entre dientes.

—Lucy es una persona muy segura de sí misma, pero sigue perdida. Solo que no se da cuenta. No estoy segura de poder ser lo que ella necesita que sea.

—¿Y qué es eso?

—Una madre. —La sonrisa de Wylie fue de resignación cuando se volvió hacia mí—.

No tuvimos la misma madre. Mamá estuvo presente en mi vida, atenta, le importaba.

Cuando llegó Lucy, ya estaba agotada. Y, además, bueno, estaba cabreada por haber tenido un segundo hijo con un inútil.

Aunque el padre de Lucy al menos sí pagaba la manutención.

—Nunca he entendido muy bien por qué tu madre esperó tanto entre Lucy y ti —admití—. Acabaste pasando la mitad de tu tiempo cuidando de Lucy porque tu madre tenía otras cosas que quería hacer.

—Mamá quiere a Lucy —insistió ella—. Lo que pasa es que, en cierto momento de la infancia de Lucy, tenía tantas cosas entre manos que Lucy no recibió suficiente atención. Por eso ahora Lucy va saltando de una cosa a otra. Busca a alguien, a cualquiera a estas alturas, que le dé esa atención.

—Y esa no puedes ser tú, Wylie —objeté—. Tienes tu propia vida que vivir.

—Lo sé. Pero aun así me da lástima.

—Bueno, la vida no es perfecta para nadie. —Esperaba que sonara razonable y no a reproche—. Lucy tiene que aprender a valerse por sí misma. Si sigues sacándole las castañas del fuego, en realidad le haces un flaco favor cuando lo que intentas es ser buena con ella.

—Lo sé. De verdad que lo sé —añadió, apresurándose a llenar el silencio cuando hice una mueca—. Pero sigue siendo mi hermana.

—Ya es hora de que vivas tu vida como tú quieras vivirla —insistí—. No deberías estar siempre sacrificándote por los demás. Tienes derecho a ser feliz, Wylie.

—Ni siquiera sé cómo sería eso en mi caso.

Yo sentía lo mismo, así que me limité a encogerme de hombros.

—Puede que Savannah nos ayude a averiguarlo a los dos.

—Puede. —Soltó un suspiro cuando llegamos a su edificio—. Aquí vivo yo. —Señaló con el dedo.

Asentí, como si no lo supiera ya. No quería despedirme de ella. Ni siquiera habíamos empezado a hablar de nuestros problemas. Aunque no cambiaría esta noche por nada. Era la primera vez en mucho tiempo que me divertía, que me divertía de verdad.

—Mañana voy a estar trabajando en Savannah Coffee Roasters, a partir de las diez más o menos —solté antes de darme cuenta de que iba a decir algo.

—¿Qué? —preguntó ella, claramente desconcertada.

—Te lo decía por si mañana pensabas salir a escribir o algo. Podríamos escribir juntos. —Me sentí como un idiota al decirlo. ¿Y si se reía de la propuesta?

Pero no lo hizo. Solo sonrió.

—Bueno saberlo. —Se acercó y me dio un abrazo. No hubo nada sexy en él. Era un abrazo entre amigos y nada más—. Gracias otra vez. —Dio un paso atrás.

Quería decir algo, pero no conseguía decidir qué. En vez de eso, señalé el edificio con la cabeza.

—Esperaré aquí hasta asegurarme de que has entrado sana y salva.

—Estoy bien —insistió.

—Vete, Wylie —susurré.

Dijo algo en klingon. Aunque sabía que no lo decía con mala intención, todo ese idioma es gutural, así que no sonó nada agradable.

Me subió la risa y no pude contenerla.

—Anda, vete, friki.

—Adiós.

Se despidió con la mano y empezó a cruzar la calle.

La seguí con la mirada hasta que entró en el edificio. Luego me quedé mirando la puerta cinco minutos largos. Cuando por fin saqué el móvil para pedir un Uber, seguía sonriendo.