11 Once
ONCE
Wylie estaba en apuros. No sé cómo lo supe, pero me bastó mirarle la cara —se había quedado pálida y esquiva— para saber todo lo que necesitaba saber. Estaba asustada, y el culpable era el tipo que la había estado observando toda la noche.
Lo había visto varias veces. Siempre se quedaba en los márgenes del grupo, haciendo como que se mezclaba con la gente, pero, por lo que yo veía, no hablaba con ninguno de los demás autores.
En algún momento me puse a vigilarlo solo para comprobar si interactuaba con alguien.
Cabía la posibilidad de que fuera tímido.
Nunca llegó a hacerlo, y tampoco seguía a ningún autor en particular, salvo a Wylie.
Era evidente que le gustaba lo que veía, porque, en cuanto la vio, no dejó de seguirle los movimientos. No me gustó nada.
Wylie, por supuesto, estaba ajena a todo.
Acabé vigilándola a ella tanto como al tipo que la seguía de un extremo a otro del bar de la azotea.
Se le iluminaba la cara cuando hablaba con los lectores.
Incluso cuando alguno se enredaba en los detalles más insignificantes de su libro —algo que a mí siempre me incomodaba, porque no siempre recordaba de qué me hablaban—, ella escuchaba con una atención absoluta.
Cuando Wylie le dedicaba a alguien toda su atención, era como si se convirtiera en el sol y el lector fuera una planta que no había visto un solo rayo en todo un invierno largo y brutal.
Wylie no tenía ni idea del efecto que causaba en la gente.
Me hacía sentir culpable. ¿Por qué estaba tan empeñado en darle la lata con el maldito klingon? No importaba. A los demás les parecía adorable. Demonios, a mí, en secreto, me parecía adorable. Pero no podía dejarlo estar, y no tenía ni idea de por qué.
En cualquier caso, el klingon ya no importaba. Lo que importaba era que Wylie parecía acorralada y, como todos los animales enjaulados, estaba a punto de arrancarse el brazo de un mordisco para escapar. No merecía sentirse así. Me aseguraría de que estuviera bien, de un modo o de otro.
Ya me estaba moviendo antes de ser consciente de ello y, al atravesar el grupo, me aseguré de aprovechar mis anchos hombros para apartar de un empujón al fan demasiado entusiasta de Wylie y dejar el camino libre.
—¡Aquí estás! —Mi voz retumbó tan fuerte que Wylie se sobresaltó—. Te estaba buscando.
Me lancé hacia ella y le planté un beso posesivo en la mejilla.
Ni yo mismo sabía que iba a hacerlo hasta que ya la estaba tocando.
Y, caray, ¿por qué tenía que tener la piel tan suave?
Olía a algo que me daban ganas de comerme, algo de lo que había estado hambriento toda la vida.
Por encima olía a coco y, por debajo, a otra cosa.
¿Lima? El gel de ducha que usara era divino.
—Hola —dijo ella con la voz un poco entrecortada.
Sonreí y le aparté el pelo de la cara antes de darme cuenta de lo que iba a hacer.
—Hola, cariño. Te estaba buscando.
«¿Cariño?». ¿De dónde había salido eso?
Wylie parecía desconcertada.
—Eh… Este es Chad —dijo por fin, decidida al parecer a dar por hecho que yo estaba allí para ayudar.
Puede que no quisiera aceptar mi ayuda —y no se lo reprochaba—, pero sabía que yo nunca le haría daño de esa manera, lo que me convertía en un rescatador aceptable—.
Acaba de ofrecerse a acompañarme a casa.
El miedo en sus ojos ante esa posibilidad me dio ganas de empezar a repartir puñetazos, algo que no había hecho nunca.
Uno de los maridos de mi madre —el cuarto, creo, Chet— decidió que tenía que aprender a defenderme.
Intentó enseñarme a boxear. No salió bien.
Ahora, en cambio, le daría un puñetazo a quien fuera por Wylie si hacía falta. Me daba igual romperme la mano.
—Ah, gracias, tío. —Le dediqué a Chad una sonrisa que, no sé cómo, era a la vez de hielo y de fuego—. Pero de eso ya me encargo yo. Nos vamos juntos a casa.
Chad retrocedió un paso sin darse cuenta. Puede que yo no fuera un luchador entrenado, pero le sacaba unos buenos quince centímetros y hacía ejercicio, así que tenía músculos. Al menos parecían impresionantes.
—Lo siento. —Chad levantó de inmediato las manos en señal de rendición—. No sabía que estabais juntos.
—No pasa nada —mentí. Si le había metido a Wylie aunque fuera un instante de miedo en el cuerpo, sí que había pasado algo. Pero yo estaba entrenado para manejar situaciones como esta, y llamar la atención de los demás lectores no era el camino—. No lo sabías.
Le eché el brazo por encima a Wylie y maldije para mis adentros cuando encajó a la perfección contra mi costado. Se notaba pequeña, pero no débil. Irradiaba calor, y volví a oler su colonia. Resultaba inquietante.
—Me alegro de que estuvieras por aquí para ofrecerle protección en el camino. Pero ya me encargo yo.
—Claro. Sí. —Chad lanzó una última mirada furtiva hacia Wylie—. Un placer conocerte —añadió sin convicción.
—Igualmente.
Wylie se plantó en la cara una sonrisa que yo sabía que era falsa y lo vio marcharse, sin moverse de mi lado hasta que desapareció por el pasillo que llevaba al ascensor.
—Gracias —dijo en voz baja—. No tenías por qué hacerlo y, aun así, lo hiciste.
—No me des las gracias por hacer lo mínimo, Wylie —respondí, también en voz baja—. Me fijé en que ese tipo te miraba durante todo el evento. Ya me daba mala espina.
—¿En serio?
Cuando se giró para mirarme, tenía los ojos húmedos y llenos de curiosidad. Se diera cuenta o no, no se había apartado de debajo de mi brazo.
—No me gustaba cómo te miraba —reconocí—. Aunque no me di cuenta de que te había seguido hasta la barra. Estaba distraído.
—Pero viniste de todos modos. —Me sonrió de oreja a oreja como si hubiera curado el cáncer o algo así—. Gracias.
Le sostuve la mirada un instante y odié la ráfaga de frío que me recorrió cuando se escurrió de debajo de mi brazo. Se iba a marchar, y ahí se acabaría todo. No tendría ocasión de disculparme. Seguiría con su vida, y seguiría odiándome.
—Wylie —la llamé cuando ya se había alejado dos pasos.
Se volvió a mirar con el ceño fruncido.
—Te acompaño a casa.
No lo dije como una pregunta. No iba a dejar que volviera sola a casa con ese tipo rondando.
—Cuando acabe el evento, nos vemos junto a los ascensores, ¿vale?
Por un momento pensé que iba a discutir conmigo. En cambio, asintió.
—Gracias.
Lo dijo tan bajito que casi no la oí.
—Te lo repito: no me des las gracias por hacer lo mínimo. Tú solo no te vayas sin mí, ¿de acuerdo? Es importante.
—No lo haré.
Esta vez, la sonrisa que me lanzó fue auténtica.
—Gracias, Huxley.
—De nada.
CUMPLÍ EL EXPEDIENTE durante la hora que quedaba del evento. No ignoré a los lectores presentes, pero tampoco me esforcé en darles conversación. En cuanto terminó, pasé por el baño y luego me fui al pasillo, donde le había dicho a Wylie que me esperara. Me alivió encontrarla allí, esperándome.
—¿Lista? —pregunté, intentando no darle demasiada importancia al alivio que me recorría.
Habría salido corriendo tras ella para asegurarme de que llegaba a casa sana y salva. Pero me había esperado. Eso tenía que ser buena señal, ¿no?
Ella asintió.
—Sí. Gracias otra vez por hacer esto.
Odiaba que me hiciera parecer un héroe por andar veinte manzanas.
—¿Necesitas ir al baño o algo? —insistí, en lugar de comentar lo que había dicho.
—Ya he ido.
—Vale. Vamos.
No nos despedimos de los demás. No tenía ni idea de si ya se habían marchado o si nos estaban viendo ir juntos hacia el ascensor.
Francamente, me daba igual. Al salir a la calle no dejé de buscar a Chad con la mirada, y estaba casi seguro de haberlo visto más abajo, en la acera, delante del Saddlebags, donde había una cola de gente esperando para entrar.
—Vamos por el paseo del río, ¿te parece? —decidí sobre la marcha.
Si ese tipo iba a seguirnos, quería poder verlo venir. De un modo u otro, quería saberlo.
—Claro.
La sonrisa de Wylie era dulce.
—Allí hay una heladería, en el hotel.
Eso bastó para sacarme de mi ensoñación protectora.
—¿Qué?
—Helado —repitió—. Yo… seguramente te parece una tontería lo del helado.
Se me encogió el corazón al ver la tristeza en su cara. ¿Por qué no paraba de portarme como un imbécil con ella? No conseguía entenderlo.
—Un helado me parece genial.
Se le iluminó la cara.
—¿En serio?
—En serio —asentí—. Nos lo comemos en el paseo del río y hablamos.
—¿Quieres hablar?
Parecía escéptica.
Aquello me hizo sonreír.
—¿No crees que deberíamos?
—Siempre que hablamos acabamos siendo bordes el uno con el otro.
—Yo he sido mucho más borde que tú.
—No tanto. No tienes ni idea de los pensamientos horribles que he tenido.
—¿Qué clase de pensamientos horribles?
Sentía curiosidad a mi pesar. Había llegado a la conclusión de que Wylie no tenía una sola gota de maldad en el cuerpo.
—Bueno, soy muy fan de Expediente X. Algunos de los episodios del monstruo de la semana tenían desenlaces especialmente espantosos.
—¿Como cuál? —La animé a cruzar la calle. Quería ver mejor la cola del Saddlebags.
—Pues en un episodio, un montón de insectos prehistóricos escapaban de un árbol que habían talado ilegalmente y envolvían en telarañas a unos leñadores estando todavía vivos. Luego los iban vaciando de fluidos poco a poco y los convertían en momias.
Parpadeé. Volví a parpadear. Y entonces estallé en carcajadas.
—Eres una friki de verdad.
Se encogió de hombros y apartó la mirada.
—No me molesta. Eres el único al que le molesta.
—No.
Le cogí la mano sin darme cuenta de que iba a hacerlo y tiré de ella hacia mí.
—A mí me parece bien.
—¡No es verdad! —Por suerte, se estaba riendo y no parecía enfadada—. El klingon te saca de quicio. Ya te sacaba de quicio entonces.
—No entiendo el klingon —admití—. Pero no puedes echarme en cara algo que pasó cuando tenía diecisiete años. Entonces era un idiota.
—Ahora tampoco te gusta el klingon —señaló ella.