Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 10 Diez #2
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10 Diez #2

—Tiene la barbilla distinta. Tiene la barbilla de mi madre, supongo, ahora que lo pienso. Pero es más joven y está llena de energía. Te encantaría.

—Lo que intentas es colocarla —se burló Hayley.

—No, yo quiero a mi hermana. Solo quiero que… —Dejé la frase a medias y me lo planteé. ¿Qué quería yo para Lucy? Acababa de dar todo un discurso durante la cena sobre querer que la gente me aceptara tal como era y, sin embargo, ahí estaba, esperando cambiar a Lucy. No parecía muy justo.

—Oye. —Bree chasqueó los dedos delante de mi cara—. ¿Dónde te has ido?

Salí de golpe de mi ensimismamiento y me encogí de hombros.

—Estaba pensando en que quiero ser libre para ser una friki sin que la gente me juzgue y, sin embargo, quiero que ella cambie. Es bastante hipócrita, ¿no?

—¿Quieres que cambie o que sea más responsable?

—la desafió Bree—. Porque obligar a alguien a cargar con sus propios marrones no es lo mismo que querer que cambie.

Me imagino que, como tu hermana es mucho más joven, creció sabiendo que tú acudirías al rescate a arreglarle los desastres cada vez que armara uno.

—Supongo que es verdad. —Me rasqué la mejilla—. Es solo que no quiero ser de esas personas que exigen que alguien cambie para merecer cariño.

—Ay, no te pongas rara —Bree hizo una mueca—. Estás haciendo lo mejor que puedes hacer por tu hermana.

Se centró en Hayley.

—Puede que le vinieras bien a alguien que necesite que le digan lo que tiene que hacer. A ti te encanta mandar.

—Parece que pasa sin más —protestó Hayley—. Pero ahora no estoy de humor para una relación, así que déjalo ya. Además, es la hermana de Wylie. Siempre he creído que salir con los parientes de las amigas es una mala idea. Y no quiero salir con la hermana vaga de Wylie.

—Ella no ha dicho que fuera vaga —objetó Bella.

—Sé leer entre líneas.

Hayley me lanzó una mirada elocuente.

—No he usado esa palabra exacta —concedí—. Aunque Lucy es vaga de verdad. En algún momento tendrá que ponerse las pilas y darse cuenta de que es una adulta. Lo que no sé es cuándo va a pasar eso… ni si llegará a pasar.

—Nunca lo sabrás si no la obligas a intentarlo —dijo Bree—. No lo digo por maldad. Podría ser lo más generoso que hagas por ella en toda tu vida.

Apreté los labios y asentí.

—Lo tendré en cuenta.

EL EVENTO CON LOS LECTORES ESTUVO LLENO DE energía y me lo pasé bien. De algún modo —y me pareció un pequeño milagro— conseguí sacarme a Huxley de la cabeza y centrarme en las historias que me contaban los lectores. Todas resultaron entretenidas, y fue agradable ver un abanico de gente tan variado.

Eso creía, hasta que me tomé un respiro y me acerqué a la barra a por un cóctel. Fue entonces cuando uno de los lectores que había estado escuchando a Nathan hablar sin parar de la secuela de una película llamada Smile se separó del grupo y me siguió.

Me había fijado en él a lo largo de toda la noche, en cómo me seguía con la mirada cada vez que me movía entre las mesas.

Al principio pensé que solo tenía curiosidad porque yo era una cara nueva.

Puede que hubiera asistido a los eventos de años anteriores y no supiera quién era.

Pero no dejó de mirarme fijamente durante horas, sin darme un segundo de tregua.

No me di cuenta de que me había seguido hasta la barra hasta que me giré, con una cosa llamada Valencia Spritz bien agarrada en la mano, y estuve a punto de estamparme contra él.

—Ay, perdona.

Me agarró por los hombros y me enderezó, aunque no corría ningún peligro de caerme. Me dedicó una sonrisa lo bastante amable, pero tenerlo tan cerca me inquietó.

—No te había visto.

Intenté dar un paso atrás, pero alguien se había colocado en el hueco que yo acababa de ocupar para pedir una copa, así que no tenía adónde ir.

—Lo siento.

Traté de esquivarlo, pero la azotea estaba demasiado abarrotada para escapar con facilidad.

—¿Qué prisa tienes? —preguntó con lo que en otras circunstancias podría haber sido una sonrisa encantadora. Esa noche no me gustó nada.

—Tengo que volver al evento.

Hice un gesto vago.

Él miró por encima del hombro hacia donde todo el mundo charlaba y se lo pasaba en grande. Luego se encogió de hombros.

—No parece que te estén echando de menos.

Al volverse hacia mí me soltó otra vez esa sonrisa rara.

—Soy Chad.

Uf. Chad. Odiaba el nombre de Chad. Era tan… Chad. En la universidad salí brevemente con un jugador de lacrosse llamado Chad. Era un completo imbécil, algo que no supe ver entonces porque me habían sobreprotegido de niña. Aún tenía malos recuerdos de Chad.

—Soy Wylie Dixon.

Le tendí la mano en un saludo cordial.

Él la aceptó de buena gana y la retuvo entre las suyas.

—¿Eres escritora?

Lo formuló como una pregunta. Bueno, más o menos.

—Lo soy —confirmé, intentando retirar la mano. No la soltó. ¿Cómo podía sentirme tan vulnerable y aislada con literalmente cientos de personas moviéndose por el bar de la azotea? No tendría que haber sido posible.

—¿Y qué escribes? —preguntó, sin darse cuenta de mi nerviosismo o sin que le importara lo más mínimo.

—Romance de ciencia ficción.

Él hizo una mueca.

—Bueno, supongo que no está mal.

Su respuesta me irritó.

—Vaya, gracias, hombre.

Conseguí liberar la mano por fin, pero me costó más esfuerzo del que esperaba.

—Debería volver.

Di un paso enorme hacia la izquierda, tan grande que casi me caí, pero él se plantó delante de mí para cortarme la vía de escape.

—¿Qué prisa tienes?

—El evento solo dura una hora más —respondí—. Se supone que tengo que hablar con los lectores. Firmé un contrato y todo eso.

Seguro que contra eso no podía discutir.

—Bueno, ¿y qué te parece esto? —casi ronroneó, inclinándose más hacia mí—. ¿Qué tal si te acompaño a casa cuando acabe el evento? Así podemos conocernos mejor.

Eso no iba a pasar, aunque planteaba una pregunta interesante: ¿cómo sabía él que pensaba volver andando a casa?

En lugar de preguntárselo, lancé una mirada desesperada hacia la mesa, con la esperanza de que Bree o Bella se dieran cuenta de que estaba en apuros y vinieran a ayudarme. Pero no las vi.

A quien sí vi fue a Huxley. Estaba de pie junto a la mesa en la que yo había estado antes de ir a la barra, asintiendo con educación mientras una mujer hablaba sin parar de algo que claramente no le interesaba nada. Pero no la estaba mirando a ella. Me estaba mirando a mí.

Solo tuve un instante para pensarlo. Al fin y al cabo, odiaba a Huxley.

Pero no le tenía miedo y, por alguna razón, Chad me ponía los pelos de punta.

Antes de darme cuenta de lo que iba a hacer, levanté la mano y empecé a saludar.

Y no fue un saludo cualquiera. Fue un saludo de pánico en estado puro.

Huxley no dudó ni un instante antes de echar a andar en mi dirección.

Le ofreció alguna disculpa vaga a la mujer con la que estaba hablando y luego vino directo hacia mí, con los hombros cuadrados.

Parecía un gladiador a punto de entrar en combate.

O puede que fueran mis hormonas de adolescente, que volvían a rugir una vez más.

En cualquier caso, venía hacia mí, y nunca en mi vida me había alegrado tanto de ver a alguien.