Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 10 Diez
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Odiaba a Huxley Ambrose.

Nunca había odiado a nadie en toda mi vida —ni siquiera a la mujer que me destrozó el pelo con un corte pixie cuando tenía dieciocho años, después de decirle que quería parecerme a una de las concursantes de America’s Next Top Model—, pero a Huxley sí.

Es que era un imbécil integral.

Apenas fui capaz de mirarlo en toda la cena.

Aunque noté sus ojos clavados en mí varias veces.

Por suerte, el resto de la mesa me caía bien.

Se las arreglaron para mantener la conversación ligera, pese a la sombra que se había cernido sobre ella cuando volvió a salir el tema del klingon.

A mí, personalmente, me alegró poder hablar con Brody en mi segundo idioma.

Bree no paraba de reírse. ¿Y Huxley? Él solo fruncía el ceño cada vez que nuestras miradas se cruzaban por accidente, cosa que pasó pocas veces.

La charla de la cena se convirtió en una batalla campal de cultura pop.

Me preguntaron qué opinaba del final de Stranger Things.

Para mí, se lo criticaba mucho más de lo que merecía.

Claro, siempre hay fans que se quedan descontentos porque sus parejas favoritas nunca llegan a cuajar.

Pero yo no era de esas. El final de Once siempre me dejaría mal sabor de boca —¿cómo es posible que la chica tuviera que sacrificarse por todos los chicos y quedarse sin final feliz, por el amor de Dios? —, pero no por eso lo odiaba.

Me preguntaron por Paradise, de la que, por ahora, era muy fan. Me encantaban las buenas historias postapocalípticas.

Eso le dio pie a Bella para lanzarse a hablar de The Walking Dead, que yo había visto hasta el amargo final, pero solo porque llevaba ya demasiados años enganchada.

El final no fue bueno, aunque el spin-off de Rick y Michonne arregló bastante las cosas.

Eso sí, jamás superaría la muerte de Carl, que fue el mayor error de toda la franquicia.

Y entonces, por desgracia, la conversación derivó hacia Juego de Tronos.

—A mí me gustó el final —intervino Huxley de la nada—. Me pareció bueno.

Esta vez no pude evitar centrarme en él con la mirada más demoledora de mi repertorio.

—No puedes estar hablando en serio.

—Estuvo bien —insistió—. No tenía nada de malo.

Levanté la mano para empezar a enumerar cosas con los dedos antes incluso de darme cuenta de lo que estaba haciendo.

—¿Bran rey porque tenía las mejores historias? ¿A Cersei y a Jamie los sepulta un montón de escombros en vez de que los apuñale Arya? —Respiré hondo—. ¿Para qué servía Jon en la última temporada? Tenía tres frases que repetía sin parar y luego acabó otra vez al otro lado del Muro.

Nathan asintió.

—Estoy con Wylie en esto. La última temporada fue precipitada. Algunas cosas —como que la reina de los dragones resultara ser malvada— eran previsibles. Pero no lo montaron nada bien.

—Que Jon no participara en la batalla final contra el Rey de la Noche fue una auténtica estupidez —convino Brody—. Adoro a Arya, y desde luego ella tenía que estar ahí, pero Jon también.

—Yo siempre pensé que deberían haber hecho que pareciera que Jon estaba acabado y que Arya apareciera de golpe, con la cara de uno de los muertos, y que lo mataran entre los dos —aporté—.

Que Bran le diera esa daga tenía que servir para algo en la historia.

También creo que Jamie debería haber muerto en Invernalia —hubo muy pocas muertes importantes después de la mayor batalla de todas— y que luego Arya debería haberse puesto la cara de Jamie para ir a por Cersei.

—Oooh. —Nathan se inclinó hacia delante, intrigado—. Esa es buena.

—Aunque cualquier cosa habría sido mejor que Bran como rey —añadí—. Eso básicamente convierte al tío que dijo que ya no «deseaba» nada en el mal en estado puro.

—Interesante. —Brody apretó los labios.

Todas las miradas se volvieron hacia Huxley, expectantes.

—Sois todos unos frikis —respondió con un suspiro derrotado—. O sea, frikis totales y absolutos.

Por algún motivo, eso me hizo sonreír.

—¿Te sorprende? —lo desafié—. De pequeños siempre le decías a tu madre que odiabas pasar tiempo conmigo porque era una friki.

Perdió todo el color de la cara.

—Yo no… Yo… ¿Quién te ha dicho eso? —preguntó por fin. Había un atisbo de pánico en su voz.

—Te oí decírselo. —Se me encogió el estómago con el recuerdo—. Tienes una de esas voces que se oyen desde lejos.

Apoyó las manos en la mesa y las cerró en puños, visiblemente incómodo.

—Wylie…

Eso fue todo lo que consiguió articular. Después se le acabaron las palabras.

—No pasa nada —le aseguré, y se me fueron todas las ganas de pelear. ¿Por qué me había importado alguna vez lo que pensara ese tío? Mi enamoramiento de adolescente me lo había hecho ver todo de color de rosa. No era para tanto. En lo que a mí respectaba, no era nada.

—Hace mucho tiempo que dejé de preocuparme por lo que piensen los demás de mí —expliqué—. Mi madre siempre me decía que era agotador intentar ser algo para otra persona, y yo nunca la entendí. Pero al final acabé dándole la razón.

Extendí las manos en un gesto de «¿qué le vas a hacer?».

—Yo solo quiero ser yo misma. Si a la gente no le gusto, es su problema, no el mío.

—Desde luego —coincidió Bree al ver que Huxley seguía mirando sin decir nada—. Soy muy fan de que la gente sea ella misma. Por eso traje a Gertrude a mi vida. —Le lanzó a Huxley una mirada muy intencionada—. Todo el mundo necesita un poco de Gertrude en su vida.

Huxley clavó los ojos en ella.

—No me voy a quedar con esa estatua desnuda —le advirtió—. Ya te he dicho que, si la quieres, vengas a buscarla.

—En casa de Brody no tiene derechos adquiridos —se quejó Bree.

—Nuestra casa —la corrigió Brody—. Es nuestra casa.

Ella se encogió de hombros.

—Sin Gertrude no parece un hogar.

Brody gruñó.

—Encontraremos la manera de meter a Gertrude en el jardín de nuestra casa —prometió. Luego advirtió a Huxley—: No tires esa estatua. Si algo le pasa a Gertrude, me dará la lata el resto de mi vida.

—Vale. —Huxley suspiró con pesadez. Parecía derrotado por la vida—. Me quedaré con la estatua por ahora. Pero tenéis que sacarla de mi jardín.

—Sí, sí. —Bree soltó una serie de gruñidos y escupitajos y luego miró a Brody en busca de aprobación—. ¿Eso ha sonado a klingon?

Él sonrió.

—Lo bastante parecido, cariño.

—Ay, madre —murmuró Huxley mientras se hundía en la silla—. Esto empieza a sonar personal.

«Bien», pensé. Quería que, por una vez, fuera él el incómodo.

HAYLEY, brEE Y BELLA SE ACOMODARON conmigo en la misma zona de la azotea cuando terminó la cena.

Bree no paraba de soltar gruñidos aleatorios —sonaba más como una osa en celo que como una klingon— y luego preguntarme si había dicho alguna palabra.

Le recomendé una aplicación diseñada para ayudar a la gente a hablar klingon a la perfección.

Lo sabía porque había colaborado en su desarrollo, aunque nunca se lo había mencionado a nadie.

No me había hecho rica con la aplicación, pero había ganado lo suficiente para jubilarme antes de tiempo —no ahora, pero probablemente en diez años— si invertía el dinero con cabeza.

Ni mi madre ni Lucy lo sabían. Mi madre se habría sentido orgullosa y se lo habría contado a todo el mundo, y yo no quería ese tipo de atención.

Lucy habría querido el dinero. Y, como era mi red de seguridad, eso no iba a pasar de ninguna manera.

Hablando de Lucy, seguía poniéndome de los nervios.

—No conoceréis por casualidad algún rancho donde trabajen lesbianas buenorras, ¿no? —pregunté de repente mientras todas ponían sus tarjetas de visita —que en realidad eran marcapáginas— sobre las mesas.

Lentamente, tres pares de ojos se volvieron hacia mí.

—¿Perdona? —preguntó Bree—. ¿Hay algo que quieras contarnos?

—¿Mmm? —Levanté la barbilla y sonreí—. Perdonad.

No lo pregunto por mí. Mi hermana se está quedando conmigo y se le ha metido en la cabeza encontrar el amor de su vida en un rancho de caballos.

Quiere una vaquera sexy para ella sola. Me temo que, si no le encuentro una, va a vivir conmigo para siempre.

Despacio, el dedo de Bree se movió hacia Hayley.

—¿Qué? —Me erguí en el asiento y examiné a Hayley de arriba abajo. Era muy guapa. Odiaba que la gente dijera palabrotas. No armaba demasiado alboroto en el grupo, por lo que yo había visto. Pero de vaquera no tenía nada—. Tú no eres vaquera —solté sin pensar.

Hayley soltó una risa franca.

—Si buscas la versión femenina de Rip en Yellowstone, probablemente te lleves una decepción. Aunque, eso sí, crecí en un rancho.

—Por eso no le gustan las palabrotas —intervino Bree—. Su madre, que es clavadita a la señora Ingalls, odia las palabrotas. Así que ahora a Hayley le sale un sarpullido cada vez que oye algo que se parezca a un taco.

—Mi madre no se parece en nada a la señora Ingalls —protestó Hayley—. Deja de ir contándoselo a la gente.

—Es la verdad. —Bree logró mantener una expresión solemne, aunque se notaba que le costaba—. Sabe batir mantequilla, lleva vestidos de pradera y una vez usó pan para hacer una cataplasma.

—¿Y tú cómo sabes de cataplasmas? —preguntó Bella. Parecía genuinamente interesada.

Bree se encogió de hombros.

—Hay un canal en Pluto TV dedicado solo a episodios de La casa de la pradera. Me gusta regodearme en la desgracia ajena. Y esa serie es perfecta para eso.

Me lo podía imaginar. Pero, por fascinantes que me resultaran los hábitos televisivos de Bree, me interesaba mucho más la historia de Hayley.

—¿Estás soltera?

Bree soltó una risotada.

—Va a intentar hacer de casamentera con su hermana.

—Sin ofender, pero tu hermana parece un poco chiflada —respondió Hayley. No había ninguna maldad en su tono. Simplemente era directa—. Si estás tan desesperada por quitártela de encima, ¿por qué crees que yo querría quedármela? No soy una persona agradable.

—Lucy es un partidazo —argumenté—. Es guapa y tiene una personalidad genial.

—¿Se parece a ti? —preguntó Bella.

Asentí.