Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 9 Nueve
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El evento con las lectoras salió sobre ruedas, aunque varias veces pillé a Wylie tragándose el fastidio con un resoplido cuando yo contestaba a las preguntas. Mi madre siempre decía que yo tenía un encanto que se veía a kilómetros. De niño no lo entendía. De adulto, sí.

Se me daba bien tratar con la gente, solo que todo era puro teatro.

No les deseaba ningún mal a nuestras seguidoras —ni lo más mínimo—, pero no conectaba con ellas.

La tendencia de mi madre a meter gente en nuestras vidas y luego echarla en cuanto se aburría me había enseñado a no encariñarme con nadie.

Wylie era otra historia. Era encantadora sin proponérselo. La gente se sentía atraída por ella y ni se daba cuenta. Tenía esa clase de entusiasmo contagioso que hacía creer a la gente que era auténtica, porque lo era.

Así que, cuando las lectoras le preguntaron cuál era su pareja favorita para shippear y contestó que Beverly Crusher y Jean-Luc Picard, se quedaron un poco decepcionadas.

No eran nombres de actualidad. Ahí no había ningún Will y Once, ni siquiera Jamie y Claire.

Sin embargo, cuando explicó por qué los shippeaba y se enrolló hablando de amores que duran toda la vida y del anhelo que los acompaña, hasta yo acabé enganchado a Crusher y Picard.

¿Cómo había pasado eso?

Luego, cuando ya las tenía comiendo de la palma de la mano, volvió a desempolvar su klingon. Sonaba como si estuviera haciendo fuerza para ir al baño. Aun así, todo el público se puso en pie y aplaudió cuando terminó.

De algún modo, resultaba irritante y asombroso a la vez.

Mientras la observaba, noté que el enfado que había sentido antes con ella se iba disipando.

Me dediqué a mirar del público a ella y de ella al público para comprobar lo emocionado que estaba viendo a Wylie ser Wylie.

También había gente allí para verme a mí, por supuesto.

Incluso hubo unas cuantas mujeres que coquetearon conmigo e intentaron colarme su número.

A mí me interesaba mucho más ver a Wylie dejar embobado a cualquiera que se cruzara con ella.

Era como si proyectara luz de sol directamente sobre ellos.

Tenía toda la intención de disculparme —otra vez— en cuanto acabara el evento. Me había pasado de la raya —otra vez— y sabía que una disculpa igual no le sentaba demasiado bien. Aun así, estaba decidido a intentarlo.

Pensaba que Wylie había ido al baño, así que esperé a que saliera al pasillo.

Aunque me mandara a paseo, iba a decirle que lo sentía.

Pero no salió. Cuando localicé a Casey, me dijo que Wylie ya se había marchado.

Se ofreció a apuntar mi número y pasárselo a Wylie por si accedía a llamarme, pero no me molesté. Habría sido una pérdida de tiempo.

Wylie estaba cabreada. No la culpaba. No dejaba de ser odioso con ella.

Lo más inquietante —bueno, aparte de lo evidente— era que no sabía por qué perdía los papeles una y otra vez.

Normalmente era capaz de esconder mis emociones.

La vida de gira con mi madre me lo había enseñado.

Delante de los fans no se permitían rabietas, y siempre había fans cerca, aunque no los vieras.

Con los años había aprendido a moderar mis emociones.

Con todo el mundo menos con Wylie, por lo visto.

Así que me fui a casa. Fue la decisión inteligente.

Pasé los tres días siguientes terminando de deshacer las cajas.

Conseguí colocar cada objeto en una estantería, en un armario o guardarlo en algún sitio.

Desmonté todas las cajas y llevé el cartón a la hoguera, que, curiosamente, vista desde arriba parecía una vagina gigante.

No tenía ni idea de si eso era lo que Bree pretendía cuando la mandó construir, pero tenía la ligera sospecha de que sí.

Una vez hecho eso, empecé un libro nuevo. Técnicamente, me quedaban otras dos semanas libres, pero nunca venía mal adelantar trabajo. Así que desenterré el esquema y volví a familiarizarme con Thorn y Paisley.

Y entonces decidí que odiaba los nombres de Thorn y Paisley.

Odiaba más los nombres de Lisa y Jeffrey, así que volví a Paisley. Thorn, eso sí, quedaba descartado.

Probé Paisley con Jeffrey, pero no cuadraba.

Después me puse a pensar en el nombre de Wylie. Kylie con W. No tenía ni idea de dónde lo había sacado Aggie. Nunca se lo había preguntado. Wylie era un nombre raro, ¿no?

Tampoco es que Huxley fuera un nombre normal. Lo había leído en unas cuantas novelas románticas, eso sí, lo que significaba que ya se había popularizado. Wylie, en cambio, no.

Luego empecé a pensar en las pecas desperdigadas por la nariz de Wylie. Ya las tenía cuando éramos niños, pero entonces yo odiaba las pecas. Ahora, por alguna razón, de pronto me gustaban las pecas.

Después pensé en los labios de Wylie. Eran carnosos, pero no falsos. Por suerte, no se había pasado con el relleno. No me parecía de las que se tocan la cara. No era vanidosa. En realidad, por lo que yo veía, no se daba cuenta de que era guapa.

No tenía el trasero de una Kardashian. Era esbelta por naturaleza, así que tenía el trasero pequeño pero adorable.

Tampoco tenía unos pechos desmesurados, como una Kardashian.

Los suyos eran más bien pequeños y, aun así, encajaban con su figura espigada.

En eso me recordaba a Zendaya, aunque ella era blanca de campiña irlandesa.

No me cabía duda de que tenía cuidado con el sol.

Con una piel tan pálida, no le quedaba otra.

Todo lo que de joven no le encajaba ahora le sentaba perfecto. Mi madre había tenido razón. Era un bombón. Antes yo soñaba con Anna Paquin y pensaba que nadie podía estar a su altura. Ahora sabía que Anna le tendría envidia a Wylie si alguna vez se cruzaran.

Además, después del final nefasto de True Blood, no conseguía entender mi antiguo amor por esa serie ni por la mujer que llevaba el peso de la trama. Puede que fuera por la hierba que fumaba entonces. Tenía tanto sentido como cualquier otra explicación.

Así que Thorn y Paisley no pasaron el filtro. Cada vez que intentaba que Paisley funcionara con otro nombre, lo odiaba.

Ahí fue donde entraron Kylie y Hensley. Me llevó dos días enteros dar con los nombres. Esos sí me sonaban bien. Me quedaba con ellos. Sin embargo, en cuanto tomé la decisión, llegó la hora del segundo evento con lectoras.

Habían organizado una cena y, aunque me preocupaba lo que me iba a encontrar al llegar, le mandé a Brody un pulgar hacia arriba cuando me escribió para recordarme a qué hora quedábamos.

¿Estaría Wylie? Dos semanas antes, la posibilidad no me habría entusiasmado.

Ahora no tenía tan claro qué era lo que quería.

Solo sabía una cosa: si Wylie no aparecía en la cena, me llevaría una decepción. Me dije que era porque quería seguir dándole guerra. Aunque no sé si me lo creía.

El segundo evento con lectoras se celebraba en The Lost Square, cerca del River District y con terraza en la azotea.

Habían apartado una sección entera del tejado para el evento, pero Bree había reservado antes una mesa para siete, así que por ahí estábamos cubiertos.

Hayley Clifton, que durante el primer evento había estado fuera cuidando de un padre enfermo, se unía a nosotros esa noche.

Agradecí que hubiera otra persona soltera en la mesa, porque eso significaba que no todas las miradas estarían puestas en Wylie y en mí.

Todos estaban ya sentados cuando llegué a la mesa.

—Perdonad —dije mientras me sentaba en la silla que había entre Nathan y Brody. Parecía que la distribución de los asientos estaba pensada precisamente para que Wylie y yo quedáramos lo más lejos posible el uno del otro—. He venido en Uber desde The Landings y el tráfico era horrible.

—Hora punta —dijo Nathan—. Esa es una de las cosas que no echo de menos. El tráfico de Skidaway Island al centro siempre es una pesadilla. Ahora vivimos en un sitio desde el que podemos ir caminando a casi cualquier parte.

—¿No es genial? —ronroneó Bella de forma exagerada mientras se inclinaba y le ofrecía los labios a Nathan—. Soy un genio.

En lugar de decirle que era una boba, él le tomó la cara entre las manos y le plantó un sonoro beso en los labios que ella le ofrecía.

—Eres la mujer más inteligente del mundo —convino al apartarse—. Y no solo porque te casaras conmigo.

—Ay, qué asco —se quejó Bree, que los fulminó con la mirada—. Vosotros dos me dais ganas de vomitar.

—Claro, como si yo no hubiera tenido que escuchar a Brody decirte que tienes el cerebro más creativo del mundo cuando hablabais de vuestros manuscritos actuales hoy, hace un rato —protestó Nathan.

—No hablábamos de manuscritos —replicó Bree con una sonrisa—. Hablábamos de lo que hicimos anoche en el dormitorio.

—Madre mía. —Nathan le lanzó un panecillo, aunque sin mucha convicción—. Los asquerosos sois vosotros, sin duda.

Como no sabía qué otra cosa hacer, levanté la mirada.

Wylie estaba sentada frente a mí, con los ojos clavados en el plato.

No pensaba ni mirarme. Aquello debería haber sido algo bueno.

En cambio, tuve que contenerme para no dar un golpe en la mesa solo para que levantara la barbilla. Era un impulso extraño.

Por suerte, el camarero eligió ese momento para tomarnos nota. Fingí estar absorto en la carta, aunque en realidad me daba igual. No era quisquilloso con la comida.

Wylie pidió algo llamado Marsh Bird para beber y el Spanish Bikini para comer.

Cuando leí que llevaba queso con jalapeño y mermelada de higo, pasé página rápidamente.

Cuando el camarero llegó a mí, seguía sin saber qué quería.

Me distraía una y otra vez la forma en que Wylie se tiraba de un mechón de pelo suelto.

Se le movía todo el rato porque estábamos en una azotea.

—Esto… yo tomaré una cerveza de barril —dije, optando por la opción fácil. La carta era ecléctica, pero limitada, así que fui a lo seguro al pedir la comida—. Para mí la hamburguesa, al punto, y las patatas, por favor.