Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 8 Ocho #2
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8 Ocho #2

Para mí todo aquello era nuevo.

—Pensaba que esta firma era solo para mí. —¿Había sonado quejica? No quería lloriquear delante de Huxley. Eso me haría parecer débil.

—Lo siento. —Casey parecía sinceramente arrepentida—. No me di cuenta de que lo habías entendido así. Siempre fue una firma doble. Lo que ha pasado es que Margot Corning ha tenido que cancelar porque su única hija se ha puesto de parto y va a ser abuela por primera vez.

Margot Corning, que escribía comedias románticas contemporáneas sin una pizca de humor.

Me sacaban de quicio. Las comedias románticas tenían que ser graciosas.

Está en el propio nombre. Comedia romántica.

Las de Margot, en cambio, eran traumáticas.

Abordaban temas como el hambre infantil y el abandono.

Sus libros estaban llenos de enfermedad mental y maltrato físico. ¿Qué narices tenía eso de gracioso?

—Menos mal que Huxley estaba por aquí para ocupar su lugar —dijo Casey, con la atención puesta por completo en el móvil—.

Hemos tenido mucha suerte. —Sacudió la cabeza al leer algo que no le gustó—.

Están montando mal vuestra mesa de firmas.

Tengo que arreglarlo. Vosotros quedaos fuera de la vista otros quince minutos. Luego ya podremos empezar.

Se marchó antes de que pudiera opinar sobre nada de aquello.

—Genial —murmuré.

Huxley no dijo nada de inmediato. Ni siquiera me miró a los ojos. Estaba demasiado concentrado en mi pelo.

—Sí, tenía un envoltorio de caramelo en el pelo —espeté—. No es culpa mía. Lucy me robó el secador con difusor —y lo rompió—, así que tuve que ponerme delante del ventilador para secarme el pelo. No me di cuenta de que había envoltorios de Smarties en la almohada.

—Claro que no. —Sonrió y luego negó con la cabeza—. Lo siento, pero…

Alargó el brazo y me sacó otro envoltorio del pelo.

—No quiero que salgas delante de las lectoras con plástico en el pelo.

—No. —Le quité el envoltorio e hice una mueca—. Ya soy bastante desastre de por sí.

No dijo nada, pero cuando por fin reuní el valor para mirarlo, estaba frunciendo el ceño.

—¿Quién te ha dicho eso?

Me sorprendió su vehemencia.

—¿Quién me ha dicho qué?

—Que eres un desastre.

—Eh… todo el mundo que he conocido en mi vida. —Me detuve un instante—. Tú incluido.

Juro que, por un momento, fue como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Se le sacudieron los hombros y desvió la mirada hacia la ventana. Cuando volvió a centrarse en mí, parecía decidido.

—Si alguna vez te dije eso, lo siento —empezó—. Era un adolescente la última vez que pasamos tiempo de verdad juntos. Los breves encuentros de la época de la universidad no cuentan, porque duraban quince minutos como mucho. Los adolescentes son unos cretinos.

—Yo nunca fui una cretina.

—No, tú eras un ángel. —Por un instante pareció arrepentido—. Odiaba que mi madre te tuviera más cariño a ti que a mí.

Di tal respingo que casi me salí de los zapatos.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es, y lo odiaba. —Extendió las manos—. Hacía lo típico del deportista de instituto: creerme por encima de todo el rollo de las convenciones. Eran todos frikis, ¿no? Los había visto durante la mayor parte de mi vida y estaba convencido de que eran todos unos perdedores.

»Pero eso no es culpa tuya —continuó—. No debería haberte llamado desastre. Fue una crueldad.

—Pero era un desastre —repliqué—. Y lo sigo siendo.

—Wylie…

Negué con la cabeza con vehemencia.

—Es verdad. No soy capaz ni de ponerle límites a Lucy. ¿Sabes que no ha aguantado en un trabajo más de tres meses en toda su vida? Y no exagero lo más mínimo.

El cambio de tema descolocó claramente a Huxley, que tardó un momento en recomponerse.

—Bueno, dejando a un lado el tema de las patadas en la rodilla, que todavía no he superado, puede que no sepa qué quiere hacer.

Yo pasé por una época así, en la que no sabía qué quería hacer.

Escribir no me parecía una buena opción porque sabía que todo el mundo daría por sentado que solo estaba siguiendo los pasos de mi madre.

—¿Por eso decidiste escribir romántica?

Se encogió de hombros.

—Sabía que la romántica era un buen gancho.

No me molesta escribirla. Cualquier otra cosa que hiciera iba a estar bajo la lupa.

O sea, si escribía fantasía épica, estaba demasiado cerca de la ciencia ficción.

El misterio y el thriller quedaban más lejos, pero al menos compartían algo de público.

La única con la que sabía que no compartiría público era la romántica.

Tenía una lógica extraña. Su plan era inteligente. Y, obviamente, también era un escritor con talento, porque nadie llega tantas veces a lo más alto de las listas como él sin tenerlo.

—No hace falta que intentes que me sienta mejor —dije—. Sé que soy un desastre. Savannah iba a ser mi gran oportunidad para empezar de cero. Iba a dejar de ser un desastre desde el primer día.

—Pero Lucy —supuso.

—Lucy —confirmé con tono sombrío—. La quiero, pero mamá y yo la echamos a perder.

—¿Cómo?

—Está consentida hasta la médula.

—Ah. —Esbozó una sonrisa torcida—. ¿Te has planteado la mano dura?

—La última vez que lo intentamos, se recorrió varios estados haciendo autostop. O sea, ¿quién hace autostop en los tiempos que corren? Ni siquiera era seguro hacer autostop en la época en la que todo el mundo lo hacía.

Se rio entre dientes.

—¿Crees que es posible que lo hiciera para mandar un mensaje?

—Ah, desde luego. Pero no ve más allá de ese mensaje. Solo quiere hacer lo que le da la gana.

No tenía ni idea de por qué le estaba contando mis penas, pero era el único de la ciudad que conocía a Lucy. Tenía que quejarme con alguien.

—No piensa buscar trabajo. Sale de fiesta todas las noches. Me robó el dinero del reparto de la lavandería.

Esa última parte no había tenido ninguna intención de decirla en voz alta.

—Échala de casa —ordenó.

—¿Perdona? —Me reí como si hubiera contado el chiste más divertido del mundo.

—Échala de casa —repitió—. No eres su madre, Wylie. No es tu trabajo criarla. Tendría que haberla criado tu madre.

—Mi madre era demasiado mayor para ser la madre de Lucy —dije antes de darme cuenta de que iba a decirlo—. Y eso no es culpa de Lucy. Mamá simplemente no tenía energía suficiente para ella.

—Tiene gracia, porque a tu madre sí le quedaba energía para Mick.

Supe que se arrepintió de esas palabras en el mismo instante en que salieron de su boca, porque parecía estar intentando hacerse más pequeño. Aun así, eso no aplacó mi enfado lo más mínimo.

—Déjalo ya —gruñí—. Deja de sacar el tema de Mick.

—¿Cómo voy a dejarlo? Mick es la razón por la que todos acabamos en esta situación. Bueno, tu madre y Mick.

—Ah, claro, como si tu madre no hubiera tenido nada que ver —le espeté.

—¿Perdona? —Huxley arqueó las cejas casi hasta el nacimiento del pelo—. ¿Y cómo va a ser culpa de mi madre?

—Lo sabes de sobra.

—No lo sé.

—Sí que lo sabes —gruñí. Me estaba poniendo de los nervios. Bueno, lo de «estaba» sobraba: me tenía de los nervios, directamente, y encima me los roía como una rata.

—Que te digo que no lo sé —replicó con brusquedad—. Si tienes algo que decir, dilo.

Antes de que pudiera responder, apareció Casey. Su mirada iba de uno a otro —con cierta cautela—, pero mantuvo la voz alegre.

—¿Estáis listos? Los lectores lo están, desde luego. No queremos disgustarlos.

Me aparté de Huxley. De algún modo habíamos acabado más cerca el uno del otro, aunque no sabía cómo había ocurrido. Era como si fuéramos imanes o algo así, lo cual me incomodó aún más de lo que ya estaba.

—Yo estoy listo —respondí con una sonrisa radiante del todo innecesaria mientras siguiéramos fuera de la vista de los lectores.

—Yo también —dijo Huxley—. Acabemos con esto.

—Genial. Ese es el espíritu —soltó Casey con sorna. Bajó la vista al móvil y volvió a mirarlo—. Vale, tenemos dos horas. Vamos a mantener la calma y la profesionalidad, ¿vale? Sea lo que sea lo que os pasa, cuando acabe el evento sois libres de liaros a tortas.

—Entre nosotros no pasa nada —respondí—. Ni siquiera nos conocemos. Todo va bien.

—De maravilla —convino Huxley—. De hecho, mi vida nunca ha estado mejor.

—Genial. —Casey asintió—. Pues vamos allá.