8 Ocho
OCHO
Mi piso era un desastre. Una auténtica cloaca de… porquería.
Vale, no era porquería. Era desorden. Entre las cosas de Lucy, que se negaba a guardar, y las cajas de la mudanza, con las que yo seguía peleándome, el piso parecía el escenario de una explosión en el que todavía buscaban supervivientes.
No iba a aguantarlo mucho más.
A Lucy, en cambio, le daba igual. Todas sus posesiones cabían en tres maletas.
Dos las había aparcado en el salón y la otra se la había llevado al cuarto de invitados, al que llamaba su cuarto, aunque yo le había dicho que no se iba a quedar conmigo a largo plazo. Por lo visto, ella pensaba otra cosa.
—¡Lucy! —bramé al darme un golpe en la espinilla con una de las cajas que había movido para abrir un pasillo entre el caos.
Agradecía que intentara ayudar, pero si de verdad quería ayudar —desde luego no estaba buscando trabajo ni contribuyendo a nuestra situación económica—, podría haber empezado a deshacer cajas.
Pero ¿lo hizo? Pues no.
—¡Lucy! —chillé por segunda vez.
Apareció en la puerta de su dormitorio. «¡El dormitorio de invitados!» Madre mía, ya lo estaba haciendo yo también.
—¿Gritabas? —dijo arrastrando las palabras.
Llevaba unas braguitas minúsculas y una camiseta de tirantes aún más minúscula. Sin sujetador. Sin pantalones.
—¿Por qué sigues en pijama? —me quejé.
—¿Por qué no? —preguntó encogiéndose de hombros.
—Son las cinco de la tarde.
—Pues sería un desperdicio absoluto vestirme ahora —dijo Lucy muy razonable—. Además, esta noche salgo. No me vestiré hasta dentro de unas horas.
De algún modo —y seguía sin entender cómo—, en las dos semanas que llevaba viviendo conmigo se había montado un grupo de amigos nuevo.
Y no una amiga ni dos: hablo de diez o quince cualquier noche.
Yo no había conocido ni a una sola persona nueva fuera del círculo de autores en el que me movía, y llevaba aquí una semana más que ella.
—¿Vas a salir a las ocho de la noche? —pregunté con escepticismo—. No parece muy productivo.
—Hablas igual que mamá —se quejó Lucy, y soltó un suspiro enorme—. Yo no soy vieja como vosotras dos.
—¡No soy vieja! —La insinuación me ofendió—. Simplemente soy responsable.
—Lo mismo da, que da lo mismo —canturreó sin ganas.
Me obligué a respirar hondo para calmarme.
Lucy tenía ese aire de hermana pequeña. Aunque no hubiera sido mi hermana pequeña, me habría irritado igual.
Aun así, no era culpa suya haber crecido casi sin que nadie la educara.
Mi madre era mucho mayor cuando la tuvo, así que ya no le quedaban las mismas fuerzas que había tenido conmigo.
¿Y Mick? Bueno, a él no le parecía que debiera meterse en cuestiones de crianza.
Ayudaba cuando hacía falta —como el año en que me mudé a la residencia universitaria y empaqueté muchísimas más cosas de las que cabían en una habitación que encima tenía que compartir con otras dos personas—, pero por lo demás se hacía a un lado y dejaba que mi madre tomara las decisiones.
Sabía por qué lo hacía, por supuesto. Lucy y yo teníamos padres distintos.
El de Lucy pasaba la manutención cuando ella era pequeña, pero casi nunca la veía.
El mío no se molestó en pagar nada y, básicamente, desapareció de la faz de la tierra cuando yo tenía cinco años.
Mamá nunca hablaba de él. Con el padre de Lucy era otra historia: lo ponía por los suelos a la menor oportunidad, sin darse cuenta de lo perjudicial que era eso para Lucy.
En fin, era un asunto muy largo.
Lucy era como era porque nadie le había dicho nunca que no.
Las niñeras le concedían todos los caprichos solo para tenerla callada.
No era de extrañar que hubiera crecido sin ningún sentido de la urgencia.
Siempre había habido alguien que se lo hacía todo.
Cualquier cosa que se le antojara, se la daban.
Por eso buscar un trabajo —y conservarlo— le resultaba algo tan ajeno.
—¿Y cómo va la búsqueda de empleo? —pregunté, pinzándome el puente de la nariz para atajar el dolor de cabeza que se avecinaba.
—Estoy en ello —dijo Lucy, con un destello de fastidio en los ojos—. ¿No te he dicho que estoy en ello?
—Sí, hace dos semanas —concedí—. Mientras tanto, soy yo la que paga todo el alquiler. Soy yo la que compra la comida. Y sé que el otro día cogiste el dinero que había en la encimera para el reparto de la lavandería.
Lucy tuvo la desfachatez de poner cara de ofendida.
—Pensé que era un regalo de agradecimiento. No es culpa mía que no me dijeras para qué era el dinero.
—¿Agradecimiento por qué?
—Por venir aquí a ayudarte.
—No necesitaba ninguna ayuda.
—Qué mona eres. —Me dio unas palmaditas en la mejilla—. Esta noche tienes ese evento de autores, ¿no?
Estaba clarísimo que intentaba cambiar de tema.
—Tengo una firma de libros —aclaré—. Es en una librería de la zona. Estaré fuera unas horas.
—Vale. Seguro que ya me habré ido cuando vuelvas. No me esperes despierta.
Ni se me ocurriría.
—Podrías empezar a deshacer algunas cajas antes de salir —sugerí.
Jamás tomaría la iniciativa por su cuenta, y yo tenía una entrega encima y la mudanza ya me había robado parte del tiempo de escritura.
—Uy, no me sentiría cómoda haciendo eso. —Lucy negó solemnemente con la cabeza—. Son tus cosas. Deberías ser tú la responsable de guardarlas.
Me planteé discutir con ella —lo que de verdad quería era ponerla de patitas en la calle—, pero en lugar de eso me limité a negar con la cabeza.
—Intenta no hacer mucho ruido cuando vuelvas esta noche, ¿vale? Mañana madrugo. Tengo que escribir un montón para ponerme al día.
Lucy ya había desconectado, porque me dedicó su habitual gesto de despedida con la mano.
—Que te lo pases bien.
La dejé haciendo… lo que fuera que pensara hacer. No tenía sentido intentar avergonzarla. Ella era así. En esencia, mi madre la había echado a perder. Y sí, yo también había puesto mi granito en el desastre. Pero ya no había forma de arreglarla. Tenía que aceptarlo. Punto.
¿No?
MI AGENTE, CASEY LENNOX, YA ESTABA en la librería de Whitaker Street cuando llegué.
—Llegas tarde —me regañó, aunque sin demasiada dureza—. Los lectores ya están haciendo cola.
¿En serio? La verdad es que resultaba hasta emocionante.
—No sabía que habría tanto interés —admití mientras me alisaba la camiseta por delante.
Había optado por una camiseta negra sencilla y ajustada porque tenía la mala costumbre de tirarme la comida y la bebida por encima.
Así, si me salpicaba el café —o lo que estuvieran sirviendo—, quedaría disimulado.
—Pues claro que hay interés.
Casey se colocó un mechón de pelo rubio detrás de la oreja. Me caía muy bien —era simpática y peleaba por mí sin descanso—, pero tenía un pelo que parecía un casco. Rubio y absolutamente inmóvil. Me temía que ni un vendaval le haría perder la forma. Era… desconcertante.
—¿Y esto qué es? —Casey agitó la mano delante de mi cara.
Confusa, busqué un espejo donde verme.
—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Tengo comida en la cara o algo?
—Ojalá. —Casey arrugó la nariz—. Es que estás… un poco desaliñada.
Alargó las manos hacia mi pelo para empezar a alisármelo.
No era la primera persona que me lo decía. Ni sería la última. Era lo que mi madre más me reprochaba de pequeña.
«¿Por qué tienes que ir siempre tan desaliñada, Wylie? ¿Has oído hablar alguna vez de un cepillo?».
La verdad es que mi madre, en realidad, me animaba a ser un poco desaliñada. Decía que las personas más interesantes del mundo eran así. Sin embargo, había un momento y un lugar para el desaliño, y los eventos con lectores no eran ni ese momento ni ese lugar.
—Lo siento. —Me pasé los dedos por el pelo, que hoy lo tenía rebelde e indomable—. Lucy me ha robado la espuma del pelo, así que no he podido domar el encrespamiento.
—Tu hermana parece un peligro público —se quejó Casey.
—Oh, lo es —dijo una voz masculina detrás de mí, y del susto casi me subí por las paredes—. Y jamás intentes recuperar un Kit Kat de sus manos. Es capaz de hacerte daño físico para protegerlo.
Me giré de golpe, con el pelo volando, y me topé de frente con Huxley. Era la última persona a la que quería ver.
—¿Qué narices…? —espeté, con la boca adelantándose a mi cerebro. Eso también me pasaba siempre, así que nadie —yo incluida— se sorprendió—. ¿Qué haces tú aquí?
Huxley, que iba vestido con pantalones chinos y un polo, sin un solo pelo fuera de su sitio, frunció el ceño. ¿Cómo conseguía tener ese aspecto tan impecable sin el menor esfuerzo, si seguramente pasaba menos tiempo delante del espejo que yo, y a mí aun así me consideraban desaliñada? Lo odiaba.
—Esto… esta es la firma de libros, ¿no? —Miró a Casey—. Josh me dio esta dirección y esta hora.
—¿Quién es Josh? —solté.
—Mi agente. —A Huxley se le curvaron los labios mientras me miraba—. Es que… no es que esté siendo raro —dijo, inclinándose hacia mí. De repente, invadió por completo mi espacio—. Es que tienes algo en el pelo.
Sus dedos me rozaron el cuero cabelludo y sentí una descarga recorrerme entera, directa a… un lugar al que esa descarga no debería dirigirse tratándose de Huxley. Retiró la mano con un envoltorio de plástico.
Se lo arrebaté y lo miré con rabia.
—Smarties, ¿eh? —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Recuerdo que de pequeña siempre llevabas los bolsillos llenos de esas cosas. Nunca entendí qué tenían de especial.
Era una pulla, pura y simple.
—Sí, seguro que en The Landings los Smarties están prohibidos —respondí con sorna—. Allí solo vale Cadbury.
¿Cadbury? Era una marca de chocolate caro, ¿no? Estaba casi segura de que sí.
—¿Como… esos huevos de Pascua que parecen tener yema dentro? —Huxley arrugó la nariz—. A mí no me gustan.
—A mí me encantan. Son como la droga dura de las golosinas de Pascua.
Dio la impresión de que quería sonreír, pero entonces giró la mirada hacia Casey.
—Creo que soy un sustituto de última hora. Josh no ha podido llegar a tiempo, así que me dijo que tú también harías de organizadora para mí.
Casey asintió con energía.
—Sí, así es.