7 Siete #2
—Y vivían, pero solo porque a Bella no le gustaba el ambiente tan estructurado de The Landings.
A ella le gusta el ambiente histórico del centro.
Creo que Nathan no tuvo la casa mucho tiempo antes de ir y venderla.
Después vivieron juntos en el apartamento de Bella y buscaron en el distrito histórico un sitio del que pudieran enamorarse los dos.
—Y es obvio que encontraron algo, ya que tú vives en su antiguo apartamento —supuse.
—Ajá. —Sonrió de oreja a oreja—. Que a ellos les pillara en mal momento me vino de maravilla.
Me recosté en la silla. Mirarla de cerca era…
no se me ocurrían las palabras. Para un escritor, eso no era buena señal.
Pero estaba impresionante. Las pecas salpicadas sobre el puente de la nariz, que antes siempre me habían hecho verla imposiblemente joven, ahora la volvían ridículamente sexy.
Se había recogido el pelo largo en dos trenzas, estilo Laura Ingalls, pero hasta eso le quedaba bien.
Cuando era más joven, me habría reído de todo aquello. Ahora su aspecto no tenía nada de gracioso. De hecho, parecía el tipo de mujer a la que le pediría una cita. Era exactamente mi tipo.
No es que fuera a pedirle una cita a Wylie Dixon ni nada parecido. La simple idea era ridícula.
Necesitaba llevar aquello a un terreno seguro, porque mi mente se había ido sin querer a un lugar muy peligroso y que, desde luego, no iba a pasar.
—¿Y tú qué? —pregunté, y fruncí el ceño al darme cuenta de que me sudaba la nuca. ¿Qué narices me pasaba?
—¿Y yo qué de qué? —preguntó ella, en apariencia completamente relajada. Lo cual solo consiguió irritarme más.
—¿Tú querrías vivir en el distrito histórico o en The Landings?
—Bueno, nunca he estado en The Landings.
Tenía la invitación en la punta de la lengua, pero, por suerte, ella no había terminado de hablar.
—Pero Bella me ha hablado de él —continuó—. Claro que tuve que buscarlo, porque las cosas que me contaba eran… raras. No me lo podía imaginar.
—¿Y? —insistí al ver que no decía nada.
—Y que yo jamás podría vivir en un sitio así —respondió sin más.
Me burbujeó dentro la irritación y la dejé crecer. Cualquier cosa era mejor que los otros pensamientos a los que les había abierto la puerta, aunque fuera un instante.
—¿Y qué tiene de malo The Landings, exactamente?
Se encogió de hombros. Si había captado mi cambio de tono, no lo demostró.
—Es una especie de relevancia prefabricada —contestó—.
La gente de allí está, en su mayoría (y subrayo en su mayoría), interesada en que la vean como gente importante.
¿Por qué otra razón iba a vivir allí, si es carísimo?
En esta ciudad hay un montón de sitios más asequibles y con relevancia histórica de verdad.
Vamos, que Tybee Island tiene más cultura en un solo edificio que The Landings en sus mil ochocientas hectáreas.
¿Cómo demonios sabía ella cuántas hectáreas ocupaba The Landings? Yo no lo sabía.
—Así que, básicamente, lo que dices es que soy irrelevante y que necesito sacar pecho a base de casa.
Noté el instante exacto en que se dio cuenta de que aquello ya no era una conversación amistosa, y deseé poder volver atrás y hablar de otra cosa.
Tampoco es que yo le fuera leal a mi estilo de vida.
Había comprado la casa de Bree porque era bonita y porque me gustaba el planteamiento básico de The Landings.
Sabía que en un sitio así habría politiqueo, una falta de alma generalizada.
Pero no me molestaba, porque no pensaba hacerme amigo de esa gente. Una casa era solo una casa.
Mi madre nos mudó tantas veces de casa cuando era niño que nunca llegué a encariñarme con ninguna de ellas.
Jamás nos quedábamos más de unos pocos años.
Cuando ella cambiaba de marido —lo cual era frecuente—, cambiábamos de casa.
Todo aquello resultaba irritante, pero había acabado por volverme inmune.
¿Por qué entonces me tomaba tan a pecho que a Wylie no le gustara mi barrio? No era que me estuviera rechazando a mí. Yo no me había puesto a tiro para que me rechazaran. Entonces, ¿por qué?
—No he dicho que seas irrelevante. —Wylie arrugó la nariz y me lanzó una mirada furiosa—. Solo he dicho que ese tipo de vida en comunidad no es para mí. ¿Por qué te lo tomas tan a pecho?
Muy buena pregunta. Tenía que dejarlo pasar.
La voz de Morgan Freeman me invadió la mente. «Pero no lo dejó pasar, amigos».
No. Redoblé la apuesta.
—Que tú no puedas permitirte vivir allí no significa que ese estilo de vida tenga nada de malo —insistí—. Es un sitio bonito. Entiendo que no todo el mundo tenga dinero para pagarse un entorno así. No hay por qué avergonzarse.
Los ojos se le inundaron de indignación.
—No me avergüenzo de no vivir en The Landings.
—No pasa nada —insistí, odiándome por lo capullo que estaba sonando.
Yo no era así. Ella sacaba lo peor de mí. Siempre lo había hecho.
—No tienes por qué sentirte mal.
—No me siento mal.
—Ah, entonces estabas poniendo a caldo mi casa porque… ¿por qué?
—¡No estaba poniendo a caldo tu casa!
Prácticamente lo gritó, y varios pares de ojos se volvieron hacia nosotros. Se le encendieron las mejillas y bajó la voz. Casi podía oírla contar hasta diez, y a punto estuve de echarme a reír. Estaba completamente alterada.
Por supuesto, también estaba buenísima cuando se alteraba.
Madre mía, aquello era una pesadilla. ¿Por qué tenía que haber acertado mi madre con Wylie?
Habría sido feliz pasándome la vida entera pensando en ella como aquella chica desgarbada que hablaba klingon con el guardia de seguridad.
De hecho, ese era mi recuerdo favorito de Wylie.
—Creo que debería irme.
Le temblaban un poco las manos mientras guardaba la tableta en un bonito bolso bandolera de piel. Llevaba el sello de Cambridge Satchel Company, así que supe que no era ningún bolso baratito comprado en unos grandes almacenes. Parecía de esos que te regala tu madre.
Quería detenerla. Al fin y al cabo, yo le había interrumpido la sesión de escritura.
Ella no había hecho nada más que decir que no le gustaba The Landings.
Vamos, que a mí tampoco me gustaba The Landings.
Por ahora estaba bien, pero no iba a ser mi hogar para siempre.
Todavía no sabía qué aspecto tendría el «para siempre» en mi caso.
Yo no vivía una vida de «para siempre», gracias a mi madre.
En mi mundo era normal recoger los bártulos y mudarse cada dos años.
The Landings no era una causa por la que yo quisiera morir.
Y, sin embargo, ahí estaba yo.
—Wylie.
No me salió nada más. Su nombre. No sabía qué otra cosa decir.
—Ha sido genial volver a verte, Huxley —dijo ella, evitando mi mirada.
Me sentí fatal.
—Que te vaya bien en la vida.
Echó a andar hacia la puerta, pero se detuvo.
—Por cierto, Lucy se ha venido a vivir conmigo.
Tardé un momento en situar el nombre. Lucy. Su hermana. De pequeña era un peligro, porque pasaba más tiempo con la niñera que con sus padres. Una vez me dio una patada en la rodilla para robarme un Kit Kat.
—¿Y por qué debería importarme eso? —la desafié.
—Porque quiere hacerte daño. He intentado explicarle que todo está bien, que vamos a fingir que entre nuestras madres no pasó nada. Me dijo que eso era imposible. Yo le dije que no. Aunque puede que ella tuviera razón.
Dejé escapar un gruñido grave.
—Wylie, espera…
Ella negó con la cabeza para cortarme.
—Me voy. Disfruta del día por el centro y pasa una gran noche en tu comunidad sin alma. Espero que todo te salga dulce como un praliné.
¿Qué se suponía que significaba eso?
—Wylie…
Soltó una ráfaga de sonidos que no formaban palabras y los reconocí como klingon. No tenía ni idea de lo que había dicho, pero sabía que no era nada agradable.
Me quedé allí sentado como un idiota mientras la veía huir de la cafetería. En cuanto se marchó, estallé en carcajadas. No me lo esperaba.
¿Acababan de insultarme en klingon? No había nada más propio de Wylie en el mundo y… bueno… en cierto modo me había gustado.
Sin duda, a mí me pasaba algo.