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SIETE
Vivir en The Landings tenía sus ventajas.
Había varios restaurantes con buena comida y todo el mundo se movía en carritos de golf.
Bree había insistido en llevarse el suyo al vender la casa, aunque ella y Brody iban juntos a todas partes.
Decía que necesitaba uno «por si acaso».
Era rosa Barbie y lo tenía forrado de pegatinas, así que tampoco me apetecía demasiado quedarme con el suyo.
El de Brody sí lo habría aceptado encantado.
Me habría ahorrado la tarea de salir a comprarme uno.
Bree se autoinvitó cuando fui a elegir mi vehículo. Conocía a una mujer.
No, literalmente. Su vendedora de carritos de golf era una antigua residente de The Landings y había ayudado a Bree a saltarse las normas de la comunidad.
Al parecer, su misión en la vida había sido sacar de quicio a la junta de propietarios antes de divorciarse y mudarse.
Estuvo encantadísima de prestarle su experiencia a Bree —había formado parte de la junta una temporada— como forma de torturar a quienes antes consideraba sus amigos.
Bree tenía un montón de ideas sobre el aspecto que debía tener mi carrito de golf. Las rechacé todas.
—El azul es aburrido —insistió mientras yo sacaba la tarjeta de crédito para pagar.
Mi carrito no estaría listo hasta dentro de unos días y luego lo entregarían a domicilio. No me podía creer lo caros que eran. Aun así, viendo cómo circulaba el tráfico por la urbanización, estaba claro que era la opción más sensata.
—Pues resulta que a mí me gusta el azul —respondí, negando con la cabeza.
Me caía bien, pero era agotadora. No tenía ni idea de cómo la soportaba Brody. Él, por supuesto, estaba loco por ella. Entre Bree y Brontë, vivía en el cielo. Iba por la vida con una sonrisa permanente en la cara. Habría resultado inquietante de no saber lo feliz que era.
¿Había sido yo así de feliz alguna vez? No se me ocurría ningún momento.
No me consideraba una persona infeliz, pero la clase de felicidad que él desprendía era de otro mundo.
Y no era solo él. Nathan parecía igual de feliz, y todo lo que había oído sobre Nathan —había tenido fama de mujeriego empedernido durante años— me hacía pensar que era imposible que fuera tan feliz como aparentaba.
Y, sin embargo, jamás vi a ese hombre sin una sonrisa en la cara.
—Por lo menos necesitas unas pegatinas —insistió Bree—. O sea… el azul es aburridísimo sin pegatinas.
Se fue contoneando hasta el expositor de pegatinas.
—Mira. Hay un klingon. Tienes que llevarte esa.
No me miró al decirlo, pero era evidente que estaba pescando información.
—No voy a ponerle un klingon. Odio la ciencia ficción.
Bree se giró, despacio, y entrecerró los ojos.
—¿Lo sabe tu madre?
—Mi madre no me echa en cara lo que elijo para entretenerme.
Cogí el recibo, le sonreí a la vendedora y me dirigí hacia la puerta.
—No voy a comprar pegatinas.
—Vale, me equivocaba —dijo Bree mientras me seguía a regañadientes—. El azul no es aburrido. Lo aburrido eres tú.
Me detuve en la acera, delante de la tienda, y bajé la mirada hacia ella.
—Eres un grano en el culo —dije al final—. ¿Te lo ha dicho alguien alguna vez?
—Solo todos los que me han conocido.
—¿Hasta Brody?
—Ay, Brody pensaba que era el mayor grano en el culo del mundo cuando nos conocimos.
—¿Y una semana después se enamoró de ti?
—Qué va. —Se le borró la sonrisa—. Me odió durante años. Hubo un incidente con un café en una convención. Estaba convencido de que intentaba arruinarle la vida. Fue todo un drama.
Recordaba vagamente la historia del café.
—¿Y cómo acabasteis enamorándoos, entonces?
Se encogió de hombros.
—Bueno, casi me atropelló con su carrito de golf (yo iba en mi scooter, que me encanta, pero ya no me deja montar porque dice que voy a acabar siendo una estadística) y discutimos. Después no dejábamos de cruzarnos.
Tenía una sonrisa boba.
—A veces, cuando algo tiene que pasar, simplemente pasa.
—Ya, bueno, tendré que creerte.
Estaba impaciente por quitármela de encima para poder dar una vuelta por el centro de Savannah. Todavía no había tenido mucho tiempo para explorar.
—Me voy a quedar por aquí a echar un vistazo. Gracias por acompañarme.
«Aunque habría elegido el carrito mucho más rápido sin ti». No dije la segunda parte, pero quedó implícita.
Bree no se tomó como algo personal mi evidentísima invitación verbal a largarse.
—Yo también tengo que hacer unas compras.
Comprar ropa para un niño es complicado.
A esta edad se les queda pequeña en un mes.
Brody y yo hemos acordado comprar ropa para un mes y nada más.
Hay conjuntos que mi madre y el padre de él le mandaron a la niña de recién nacida y que no llegó a ponerse nunca.
—Supongo que nunca lo había pensado —medité—. Pero tiene sentido.
Sonreí.
—Ha sido un placer pasar un rato contigo.
Me di la vuelta para marcharme.
—Lo mismo digo.
Pensé que eso era todo lo que iba a decir y me felicité por haber salido indemne. Pero no había terminado.
—Algún día quiero oír la historia de cómo tu madre le cruzó la cara a la madre de Wylie.
Me quedé inmóvil, sopesando mis opciones, y luego me giré a mirarla por encima del hombro.
—No sé qué pasó para que llegara a eso. Mi madre no habla del tema.
Ya se lo había dicho, pero estaba claro que no me había escuchado.
—Eso ya me lo has dicho. —Sonrió con suficiencia—. El caso es que es imposible que no sepas algo de todo aquello.
—Pregúntale a Wylie.
Me giré otra vez, esta vez decidido a seguir mi camino sin pararme.
—Wylie dice que tampoco lo sabe. No me creo a ninguno de los dos.
—Eres un alma desconfiada. Puede que eso diga más de ti que de nosotros.
—Sí, sí, sí. Pero que sepas que voy a llegar al fondo del asunto.
No me preocupaba. Nadie lo había conseguido antes que ella. Y ella tampoco lo lograría.
SAVANNAH ERA UNA CIUDAD TURÍSTICA hasta la médula.
Había una tienda para cada cosa, incluidas las piedras —¿había escasez de piedras y yo no me había enterado?
— y los recuerdos de piratas. Había una cafetería distinta en cada manzana, restaurantes con todo tipo de temáticas e incluso algo llamado The Olfactory Company, donde no pude evitar entrar.
La colección de objetos del interior me hizo gracia.
Desde los marcos de fotos antiguos hasta el estuche de afeitado a la antigua, pasando por las estatuas desnudas pensadas para una estantería, no para un jardín.
Por un momento pensé en comprarle una a Bree para amortiguar el golpe cuando retirara la estatua del jardín, pero la mujer del mostrador no dejaba de lanzarme miradas de sospecha cada vez que intentaba tocarlas.
La colección de máscaras de Mardi Gras me llamó la atención —siempre me habían encantado—, pero lo único que compré fueron unos cuantos prismas para colgar delante de las ventanas.
De niño, coleccionarlos había sido una de mis aficiones favoritas.
No tenía ni idea de qué había sido de aquella colección —se había perdido con los años—, pero tener unos cuantos en la casa nueva me parecía un buen augurio.
Al salir, busqué una cafetería. Necesitaba cafeína con urgencia. Encontré Savannah Coffee Roasters a unas manzanas de allí y el ambiente me gustó de inmediato. El interior de ladrillo resultaba agradable a la vista, y el primer sorbo de mi café con leche me confirmó que había elegido bien.
Sin embargo, al girarme para salir, vi lo que no había visto al entrar. Wylie estaba en el rincón, con la tableta delante, absorta en lo que estuviera haciendo. A juzgar por la velocidad a la que movía los dedos sobre el teclado, debía de estar escribiendo.
Mi primer instinto fue huir. Si no me había visto entrar, probablemente tampoco me vería salir. Por supuesto, escogió justo ese momento para levantar la barbilla, como si hubiera notado que alguien la observaba, y su mirada me encontró al instante.
Se me tensó el pecho y supe que no me quedaba otra que darme por enterado de que estaba allí. Lo habíamos hablado. Estábamos bien. Las personas que están bien entre sí no huyen de las cafeterías para evitarse.
Así que, en lugar de eso, me planté una sonrisa amable en la cara —o al menos eso esperaba— y me dirigí a su mesa.
—Hola.
—Hola. —Su respuesta fue suave—. No sabía que vinieras por aquí. Puedo irme.
Hizo ademán de recoger sus cosas, pero la detuve.
—No pasa nada, Wylie.
Aunque sí pasaba. Por alguna razón —y tendría que pensar en el motivo más tarde—, que estuviera tan incómoda conmigo era como una puñalada en las tripas.
No es que quisiera quedar con ella ni nada parecido.
Pero tampoco quería que saliera corriendo cada vez que me viera.
Teníamos que encontrar un término medio.
Con eso en mente, me senté en una de las sillas libres de su mesa, sin que me invitara.
—Es casi imposible que acabemos en la misma cafetería, con la cantidad que hay aquí. Ha sido casualidad, y no espero que te vayas.
—Vale. —Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa que me aceleró un poco el pulso—. ¿Qué haces por estos lares? Pensaba que vivías en la capital del pijerío con Bree y Brody.
—Ah, pues sí, ahí vivo. —El término me hizo sonreír de lado. Tenía razón. The Landings era pijo hasta decir basta. Aunque a mí no me molestaba—. Tenía que venir al centro a comprar un carrito de golf. Cuando acabé, decidí aprovechar que ya estaba por aquí y echar un vistazo.
—¿Un carrito de golf? —Parecía desconcertada.
—Todo el mundo en The Landings conduce carritos de golf. Es raro y, a la vez, no sé por qué, mola. —Levanté un hombro en un gesto de «qué le vas a hacer»—. Al principio no pensaba hacerlo, pero ir en coche cuando todos los demás van en carrito es un poco peligroso.
—Creo que ya sabía eso de los carritos de golf —dijo ella—. Bella me lo contó. Nathan vivía antes en The Landings.
Aquello era algo de lo que podíamos hablar, y era terreno seguro, así que me lancé a por el hueso que me tiraba.
—Pues no lo sabía, la verdad. Pensaba que vivían juntos en el apartamento de Bella.