Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 6 Seis #2
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6 Seis #2

Me encogí de hombros, como diciendo: «y eso es todo, amigos».

Lucy conocía mis estados de ánimo demasiado bien para tragarse eso.

—Tiene que haber más.

Gruñí y me dejé caer al suelo, fuera del encuadre.

—Puede que, sin querer, lo oyera hablando con Brody y Nathan. Le pidieron la historia completa. No se la contó. Le preguntaron si alguna vez habíamos tenido algo. Se rio como si fuera lo más gracioso que había oído en su vida y volvió a sacar el tema del klingon.

—Voy a darle a ese tío un puñetazo en los klingons si no se anda con cuidado —soltó Lucy, hirviendo de rabia.

Por alguna razón, tenerla de mi lado —aunque llevara un sombrero de vaquero rosa con purpurina y estuviera a punto de pedirme dinero para el billete de avión— me hizo sentir mejor.

—Lo hablamos después, mientras paseábamos por el paseo del río —añadí—. Hemos acordado que no vamos a hablar del pasado y que cada uno irá a lo suyo.

No me di cuenta de que había metido la pata hasta que Lucy se quedó completamente callada. De hecho, se quedó tan muda que supuse que se había cortado la llamada. Pasaba a menudo en su rancho. Por lo visto, allí no tenían muy buen internet.

—¿Luce? —Me obligué a incorporarme. Seguía en la pantalla, mirándome con mala cara—. ¿Te has quedado congelada?

—No. —Parecía estreñida de tanto concentrarse—. Es que estoy intentando aclarar algo en mi cabeza.

—¿Qué?

—¿Qué hacías en el paseo del río con él? ¿Fuisteis juntos?

—Ay, no. —Negué con la cabeza—. Intentaba evitarlo, así que al salir di un buen rodeo alrededor del restaurante. Resulta que él hizo lo mismo. Gracias a nuestros intentos de evitarnos, acabamos en el mismo sitio y sin nadie alrededor.

—¿Y?

«¿Y qué?».

—Eh… eso es todo.

—No parece que eso sea todo.

—Pues lo es.

Seguía escéptica.

—¿Os cogisteis de la mano? ¿Hubo besos? ¿Qué tal unas cuantas miradas anhelantes? Con eso me conformaría.

La conversación había descarrilado por completo.

—¿Por qué iba a haber besos?

—¡Ja! —Clavó el dedo en la pantalla—. Sabía que todavía querías besarlo. Ese era tu sueño, ¿verdad? A los catorce años querías que él fuera tu primer beso.

Se lo había contado cuando ella cumplió veintiuno, la noche en que acabé más borracha que ella. Y llevaba arrepintiéndome desde entonces.

—A los catorce años quería muchas cosas, incluido entrar en la Flota Estelar. No todo lo que sueñas a los catorce se hace realidad. Tú deberías saberlo.

—Yo voy a encontrar a mi vaquera —replicó Lucy—. Y en cuanto a ti y Huxley…

—No hay ningún «Huxley y yo» —solté, dejándome llevar por el mal genio. Empezaba a irritarme de verdad—. No hay ningún «Huxley y yo», y nunca lo habrá.

—Venga ya. —Lucy hizo una mueca—. Escribes novela romántica.

¿No es esta la trama de la mejor novela romántica de todos los tiempos?

Dos amantes con el destino en contra, separados por familias enfrentadas, que se reencuentran veinte años después y forjan el amor de sus vidas.

—Se llevó las manos al corazón con teatralidad.

Puse los ojos en blanco.

—Yo escribo romántica de ciencia ficción, lo que significa que él necesitaría tentáculos.

—Y un pene de tres metros —dijo Lucy—. Leí ese libro raro que escribiste sobre el tío de los tentáculos, y un pene de tres metros es pasarse muchísimo.

—Centímetros —la corregí—. Eran veinticinco centímetros.

—Eso he dicho.

Miré el reloj de la pared.

—Debería irme ya.

—Ah, no. —Lucy chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. Creo que aquí hay algo que no me estás contando.

—Te lo he contado todo. Literalmente.

—Entonces dime por qué mi idea no va a funcionar.

Sonaba tan segura de sí misma que me daba pena romperle la ilusión. Pero no había más remedio.

—Sacó el tema de Mick —dije en voz baja.

Lucy se quedó helada.

—Eso fue… atrevido. —Pareció quedarse sin palabras un instante, algo impropio de ella. Luego se encogió de hombros—. A estas alturas eso debería ser agua pasada. ¿No se ha casado su madre diez veces desde entonces?

—Creo que solo han sido tres. —Intenté hacer el cálculo—. O cuatro, quizá.

—En cualquier caso, esa mujer no está hecha para el matrimonio. Que hiciera lo que hizo después de lo que ya le había hecho a mamá… —Dejó la frase en el aire.

Entendía lo que decía, y la verdad es que estaba de acuerdo con ella. Pero no era algo en lo que quisiera detenerme.

—Él tiene que ser leal a su madre, Lucy. Lo sabes tan bien como yo.

—Vale. —Puede que estuviera de acuerdo, pero no le gustaba nada—. Igualmente voy a ir a ayudarte.

De todas las cosas que podría haber dicho, esa era la que no me esperaba.

—¿Qué?

—Cambio de planes —dijo con firmeza—. Me voy a Savannah.

—Te garantizo que aquí no hay vaqueras lesbianas despampanantes para convertir en tu alma gemela. Aunque, curiosamente, hay un bar con un toro mecánico.

—Ah, de eso no te libras —dijo Lucy, tajante—. Voy a ir para ayudarte a superar lo de Huxley. Está clarísimo que te dejó traumatizada.

Curioso, yo no me sentía traumatizada.

—Estoy bien. Lo hemos hablado todo. No hay problema.

—Voy a mirar vuelos y estaré ahí en cuanto pueda —insistió, sin dar su brazo a torcer—. Voy a necesitar que me pagues el billete cuando encuentre uno.

Cómo no.

—Lucy…

—Tienes un cuarto de invitados y ningún invitado —replicó antes de que se me ocurriera qué decir—. A mí eso me suena a cosa del destino. Llevamos años sin vivir bajo el mismo techo.

Y a mí me parecía perfecto. Quería a mi hermana —de verdad que la quería—, pero convivir con ella era un trabajo a jornada completa.

—Lucy, voy a estar ocupada todo el verano. No voy a tener tiempo para ti.

—No es que necesite una canguro —me recordó—. Sé entretenerme sola. Seremos compañeras de piso. Será divertido.

—Una compañera de piso paga la mitad del alquiler —señalé.

Hizo como si no me hubiera oído.

—Ya te escribo y te cuento mis planes de viaje. Me muero por ver la cara de mamá cuando se entere de que vivimos juntas. Seguro que, para variar, nos viene a visitar.

No estaba segura de querer a mamá en Savannah con Huxley suelto por aquí. ¿Y si a su madre se le ocurría venir a verlo? Sería la catástrofe de todas las catástrofes.

—Lucy…

—Chao.

Colgó antes de que pudiera decir nada más.

Cerré los ojos un instante. Que Lucy se plantara en Savannah solo iba a empeorar las cosas.

Lo que menos me hacía falta era que se lanzara a la caza de Huxley para darle una patada en la rodilla por haberle robado un Kit Kat.

Eso ya lo había hecho de verdad cuando tenía cuatro años.

Y dudaba mucho que a Huxley le hiciera gracia verla a ella tampoco.

Aunque imaginarme la cara que pondría cuando Lucy se presentara a darle la lata me hizo sonreír. A lo mejor tener a mi hermana en casa unas semanas —solo hasta que encontrara otro curro— no era lo peor del mundo, después de todo.