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SEIS
Me dije que ver a Huxley no era lo peor del mundo. Habíamos aclarado las cosas —algo que llevaba mucho tiempo pendiente— y ya sabíamos a qué atenernos.
Aun así, estaba irritada.
Había sacado el tema de Mick, y para eso hay que tener agallas. Estaba convencida de que iba a esquivar esa conversación por completo, pero no fue lo que pasó. No, se metió de lleno, y me dejó echando humo.
No dormí bien esa noche y seguía agitada a la mañana siguiente. Así que, mientras me ponía a deshacer las maletas, saqué la tableta y llamé a mi hermana.
Cuando contestó, llevaba puesto un sombrero de vaquero. Era rosa, con purpurina, y la camiseta llevaba estampada una cara enorme de Ellen DeGeneres.
—Increíble —fue todo lo que logré decir cuando le eché un buen vistazo a lo que llevaba puesto—. ¿No crees que eso es un poco…?
¿Qué palabra estaba buscando siquiera?
Lucy se había cortado su larga melena castaña, así que ahora la llevaba por encima de los hombros, en un bob adorable.
La verdad es que me gustaba el corte. A mí siempre me había dado miedo llevarlo corto, pero verla tan mona me puso la cabeza a mil.
¿Me quedaría bien a mí? Nos parecíamos mucho, a pesar de que nos separaban más de diez años. Era una idea.
—¿Qué? —Lucy inclinó la cabeza, señal de que se sentía desafiante—. ¿Qué ibas a decir? —insistió cuando no respondí de inmediato.
Podría haberlo dejado pasar, pero no lo hice.
—Sé que Ellen fue la cara de las lesbianas del mundo entero durante una época…
—Fue una pionera —convino Lucy.
—Pero ahora la odia bastante gente —argumenté.
—¿Quién podría odiar a Ellen?
—Toda la gente que dijo que era borde detrás de las cámaras de su programa.
—Bah, eso son solo cotilleos. —Lucy descartó la idea con un gesto, como si espantara un mosquito—. Para mí, Ellen era maravillosa y se acabó.
—Vale. —Si quería creer eso, ¿quién era yo para decirle lo contrario?—. Si estás intentando encontrar a tu alma gemela —que es lo que intentas siempre—, ¿no crees que, como reclamo, deberías elegir a alguien un poco más apto para todos los públicos?
—No.
—Pues muy bien. —Suspiré—. ¿Cómo va la cacería?
—Bueno, no tan bien como esperaba. —Lucy torció el gesto—. ¿Sabías que no hay muchas lesbianas vaqueras?
—¿Eso pasa en general o es solo cosa de Wyoming?
Con Lucy nunca se sabía. Tenía la cabeza en mil sitios a la vez.
—Por ahora parece que es cosa de Wyoming. Aunque podría ser algo general. Lo averiguaré en tres días.
Oh, oh. La determinación de su cara me decía que se iba a mudar otra vez.
—¿Y adónde vas esta vez?
Estaba resignada a lo que viniera. Lucy era incapaz de quedarse quieta.
—He tanteado un par de sitios —respondió—. Estoy esperando respuesta de unos ranchos de Texas y Oklahoma. No había muchas opciones para una transición rápida.
Parecía sinceramente disgustada, así que no dije lo que quería decir.
Te lo dije.
Cada vez que Lucy se mudaba, yo le explicaba punto por punto por qué probablemente no iba a funcionar. No lo hacía por fastidiar —al fin y al cabo, era una hermana mayor sinceramente preocupada—, pero ella siempre se lo tomaba así y hacía justo lo contrario de lo que le sugería.
Por eso esta vez tuve que morderme la lengua.
—Venga, suéltalo —dijo Lucy después de varios segundos de silencio incómodo—. Sé que te mueres de ganas.
—No, a ti no te gusta que me meta en tu vida —repliqué.
—Eso nunca te ha detenido.
—Lo sé, pero…
—Suéltalo.
Me tragué un gruñido y cedí a mis peores instintos.
—Es una tontería ir a Oklahoma. Allí vas a tener los mismos problemas que tienes en Wyoming.
—¿Y por qué dices eso? —Lucy no parecía enfadada, sino más bien curiosa.
—¿Conoces muchas historias de Oklahoma que giren en torno a lesbianas felices?
—No, pero tampoco conozco muchas historias sobre lesbianas felices en Texas.
—Cierto, pero en Texas hay zonas con cierta apertura. Como Austin. ¿Has echado la solicitud a algún rancho cerca de Austin?
—No. La única vacante estaba cerca de Odessa.
Tuve que buscar Odessa en el móvil e hice una mueca.
—¿Se te ha pasado por la cabeza que a lo mejor el trabajo en un rancho no es lo tuyo? —pregunté, cambiando de táctica al vuelo.
—Quiero una vaquera sexy —se quejó Lucy—. No es culpa mía si mis bajos instintos lo exigen. El corazón quiere lo que quiere.
—Claro. —A veces, hablar con Lucy era como hablar con una pared—. Pues te deseo suerte a ti y a tus bajos instintos. ¿Cuándo crees que sabrás algo del nuevo puesto?
—Más le vale ser en los próximos tres días. Es cuando se acaban mis prácticas aquí y se termina el alojamiento gratis.
Nunca había oído hablar de prácticas de vaquera —estaba segura de que en realidad se llamaba de otra manera—, pero no era el momento de ponerse quisquillosa.
—Bueno, te deseo suerte.
—No, no es verdad. —Lucy negó con la cabeza—. Lo que te preocupa es que te pida dinero para un billete de avión.
Y sí que me preocupaba. Cada vez que Lucy decidía —siempre por un impulso— levantar el campamento y mudarse, mi madre o yo teníamos que pagar la factura. No había billete que no se le quemara en las manos. Eso significaba que nunca tenía nada ahorrado.
—¿Se lo has pedido a mamá? —pregunté, ya resignada a mi destino.
—Sí, me dijo que me las apañara sola. —Lucy entrecerró los ojos marrones y me clavó la mirada—. La verdad es que me sorprende que no te haya llamado para avisarte de que había llegado otra vez la hora de la mano dura.
La última vez que acordamos probar con la mano dura, Lucy hizo autostop desde Maine hasta Ohio. A mi madre casi le dio un ataque. De hecho, me sorprendía que estuviera dispuesta a intentarlo otra vez.
—Intentó llamarme anoche —admití—, pero yo estaba en un evento con lectoras.
—Ah, claro. —Lucy asintió varias veces—. Estás en tu nuevo piso de Savannah, ¿no? ¿Cómo va eso?
—Solo llevo aquí un día. Por ahora va bien. —No era del todo cierto, pero no quería preocupar a mi hermana—. Ahora mismo estoy deshaciendo cajas.
—Enséñame el piso.
Pasé los cinco minutos siguientes —el apartamento no daba para más— paseando la tableta de habitación en habitación para enseñarle mi nueva casa. Cuando terminé, silbó.
—Es un sitio genial —dijo entusiasmada—. Enséñame las vistas.
Lo hice. Había un pequeño parque enfrente y comercios por toda la calle.
—Vaya —dijo cuando me senté con una caja para vaciarla y apoyé la tableta en otra para poder verla—. Es un apartamento increíble. ¿Cómo has tenido esa suerte?
—Bella James. Es otra autora. Ella y su marido acaban de mudarse a una casa adosada que han comprado, así que estuvo encantada de subarrendarme este.
—Qué suerte.
—Pues sí. Estaba impaciente por venirme aquí, así que habría aceptado casi cualquier cosa, pero este piso es muy bonito.
—Solté un suspiro de satisfacción y entonces me acordé de que la noche anterior había visto a Huxley.
No me di cuenta de que estaba frunciendo el ceño hasta que Lucy carraspeó—. ¿Qué? —pregunté, forzando una sonrisa.
—¿Dónde se te acaba de ir la cabeza?
—A ninguna parte. —Era una mentirosa pésima. La respuesta, escueta, me salió demasiado rápido.
—¿A ninguna parte? —Inclinó la cabeza—. No te creo. ¿Qué ha pasado? ¿Fueron desagradables contigo los otros autores? Sé que anoche tenías un evento. La última vez que hablamos me dijiste que el primer encuentro con lectoras era la misma noche que llegabas y que te preocupaba llegar cansada.
—Nadie fue desagradable conmigo —le aseguré. Lo cual era casi del todo cierto.
—¿Tengo que ponerme las espuelas e ir a patearle el culo a algún autor?
Ay, cómo no: Lucy siempre por la vía más dramática. Era su estilo de siempre.
—Los otros autores no fueron desagradables conmigo. Es solo que…
Podría haberlo dejado pasar, pero no lo hice. Nunca lo dejaba pasar.
—Wylie. —Lucy hizo su mejor imitación de nuestra madre.
Suspiré y me rendí.
—Anoche me topé con Huxley Ambrose. Él también acaba de mudarse aquí.
—¡No me digas! —A Lucy se le quedó la boca abierta. Era muy pequeña cuando nuestra madre se asoció con Eleanor Ambrose. Lo único que recordaba de aquella época era el helado que le llevaba a la cama por las noches la niñera que viajaba con nosotras. Nunca llegó a participar en los eventos.
Asentí y me encogí de hombros.
—Me quedé tan sorprendida como tú.
—¿Y cómo fue?
—Bueno, podría haber ido mejor.
Entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos rendijas peligrosas.
—¿Qué te hizo?
—También podría haber ido peor —le aseguré—. Fue solo… muy, muy incómodo. No quiero hablar de eso.
Con mucha determinación, me puse a sacar adornos para la estantería.
Si pensaba que eso iba a funcionar con Lucy, estaba muy equivocada.
—Ni se te ocurra —me regañó—. Quiero saberlo absolutamente todo.
—No hay nada que contar. —Me escudé en las cajas para no mirarla a los ojos. Siempre sabía cuándo le mentía—. Al principio estuvo un poco borde y sacó el tema del klingon.
—¡No me lo puedo creer! —Lucy era muchas cosas, pero desleal no era una de ellas. A lo mejor le parecía raro que yo dominara el klingon, pero era la única que tenía derecho a burlarse de mí por ello. Si alguien más lo intentaba, se le echaba encima—. ¡Qué imbécil! ¿Y qué dijeron los otros autores?
—Los chicos se emocionaron un montón, por raro que parezca.
—Ya te dije que era una forma genial de conquistar a un tío. —Parecía orgullosa de sí misma.
—Los dos están casados. Y con hijos —añadí luego, como quien se acuerda de algo.
—Bueno, qué se le va a hacer. —Lucy extendió las manos en un gesto de «unas se ganan y otras se pierden»—. ¿Al menos te defendieron?
—No, pero Huxley se disculpó enseguida. Se dio cuenta de que no había estado bien.
—¿Que no había estado bien? Eso fue una jugada de cabrón como la copa de un pino.
—Se sintió culpable —insistí—. Estaba tan descolocado como yo. Creo que, cuando me vio, quiso salir corriendo por la puerta.
—¿Y qué pasó después?
—Nada. Acordamos dejarlo estar y todos pidieron la cena. Hablamos de todo menos del hecho de que la madre de Huxley agredió a nuestra madre, y luego llegó la hora del encuentro con las lectoras.