4 Cuatro #2
Disfrutaba tratando con las fans. Quería saber qué las movía, qué las entusiasmaba y qué veían en los personajes cuando daban rienda suelta a su imaginación.
Bella se parecía más a mí. Le gustaba oír cómo habrían hecho ellas las cosas de otro modo.
Bree, en cambio, era justo lo contrario.
Refunfuñaba —y más de una vez— que, si las lectoras querían reescribir las historias, podían escribir sus propios malditos libros.
Normalmente, alguien como Bree me habría intimidado. Era franca hasta la médula y no había sala que no quisiera conquistar. Sin embargo, su sinceridad me resultaba refrescante. Simplemente había algo en ella que me parecía interesante.
El temperamento de Bella encajaba mejor con el mío.
Era más comedida y reflexiva, igual que yo.
A diferencia de mí, sin embargo, no se perdía en la emoción del momento.
En eso Bree se parecía más a mí. Por supuesto, Bree quería controlar el momento.
A mí me encantaba dejarme llevar por el río caótico de mis pensamientos a donde quisiera llevarme.
Llevaba dos horas en el evento y ya necesitaba un descanso.
Quedaba otra hora todavía, pero me hacía falta un rato para mí sola.
No me molestaba estar con gente —ni siquiera con un grupo tan numeroso como aquel—, pero a veces resultaba abrumador.
Calculé que con diez minutos de silencio aguantaría hasta el final.
Doblé la esquina del restaurante decidida a apoyarme en una pared yo sola durante esos diez minutos. Sin embargo, unas voces me frenaron en seco.
Las escaleras que subían a la taberna eran muy altas.
Todas las de Savannah —sobre todo las de la zona del River District— eran altísimas, por lo que yo había visto.
¿Sería porque el río se desbordaba con frecuencia?
¿O porque se salían con la suya conservando un diseño antiguo en la zona más turística?
No se me había escapado que alguien en silla de ruedas lo pasaría fatal para moverse por el River District.
Al principio me habían encantado los adoquines y las escalinatas, sobre todo las que llevaban carteles de «uso bajo su propia responsabilidad».
Me parecían monas y pintorescas, hasta que me di cuenta de que casi todas las escaleras tenían ese cartel.
Tampoco había rampas ni caminos llanos para quienes fueran en silla de ruedas, o para quienes tuvieran problemas para subir escalones.
Por suerte, ese no era mi caso, pero no todo el mundo podía subir las escaleras de la muerte y vivir para contarlo.
La escalinata de la taberna de Poe era doble: subía por los dos lados y los dos tramos se encontraban en el centro. Yo estaba en uno de los lados, sola. En algún punto del otro había un grupo de hombres. Supe que eran todos hombres por el sonido de las voces. Voces que reconocía de la cena.
Brody, Nathan y Huxley estaban en mitad de una conversación muy seria. Por suerte no podían verme, aunque tampoco estaban lejos. Los escalones, enormes, me tapaban. Era la mejor suerte que había tenido en todo el día.
—¿Ves? No es para tanto —dijo Brody.
Hablaba con una entonación más suave que Nathan, así que no costaba distinguir quién decía cada cosa.
—Ni siquiera te ha mirado desde ese primer encuentro incómodo.
—Y vaya si fue incómodo —dijo Nathan—. O sea… hasta a mí me dolió, y no tenía nada que ver conmigo.
—Gracias, Nathan —dijo Huxley con retintín.
Casi podía oír cómo ponía los ojos en blanco. ¿Sería el mismo gesto que reservaba para su madre cuando éramos pequeños? Por alguna razón, ese gesto siempre me había encantado.
Nathan farfulló algo.
—Solo digo que fue incómodo.
—Todos notamos lo incómodo que fue —dijo Brody—. Déjalo ya. Estamos aquí para asegurarnos de que nuestro amigo está bien.
—¿Y por qué no iba a estar bien? —replicó Huxley—. No es nada grave. Hace muchísimo tiempo que no formamos parte de la vida del otro.
—Sí, pero parecía que hubieras visto un fantasma —dijo Nathan—. En serio, se te fue todo el color de la cara. Hice una foto mental para poder describirlo bien en mi próximo libro.
—Eso sí que me deja tranquilo, Nathan —dijo Huxley con sequedad—. Gracias.
—No lo decía para insultarte —contestó Nathan—. Es que… parecía que estuvieras pasando un suplicio.
Brody soltó un gruñido apenas audible.
—No estás ayudando nada, Nathan. Ya vale.
—No estoy haciendo nada —insistió Nathan.
Hasta yo me daba cuenta de que estaba haciendo de las suyas. Tenía esa vena.
—¿Salisteis juntos de pequeños o algo? —preguntó Brody.
—Claro que no —respondió Huxley.
Una parte de mí agradeció que no se echara a reír con la pregunta, porque eso habría hecho trizas mi ya frágil ego.
—Habría sido un desastre monumental.
—¿Porque vuestras madres eran mejores amigas?
—Eso, y que teníamos que viajar juntos a menudo. Aggie… bueno, Agnes… era como una tía para mí. Y mi madre era lo mismo para Wylie. Nunca la vi como una hermana ni nada parecido —la verdad es que no estábamos tan unidos—, pero éramos una especie de familia rara.
—Hasta que a un miembro de la familia se le fue la mano —dijo Nathan.
—Déjalo ya —le ladró Brody a su mejor amigo—. Da igual lo que pasara en Austin.
—Da igual —convino Huxley—. Nada de eso importa. Pasó hace muchísimo tiempo. Es casi como si le hubiera pasado a otro, porque lo noto muy lejano.
—¿Vas a poder estar cerca de ella? —preguntó Brody—. O sea… ¿vas a retirarte de los eventos?
—No voy a retirarme de los eventos. —Huxley hablaba con voz serena—. Quiero hacerlos. Y en cuanto a Wylie, no es nada grave. ¿Me llevé un susto al verla? Desde luego, pero solo porque ha pasado muchísimo tiempo. Después las cosas se calmaron y todo fue bien.
Solté el aire que, sin darme cuenta, había estado reteniendo. Era justo lo que quería oír. Todo bien. Igual que yo, él estaba bien. En unas semanas nos reiríamos de esto y podríamos coincidir en una reunión sin que resultara raro. Todo iba a salir bien.
—Solo vamos a vernos cada dos semanas, ¿no? —continuó Huxley—. No va a ser tan difícil.
—Vale. —Brody parecía aliviado de oírlo—. Eso está bien. Mientras no seáis enemigos ni nada.
—No somos nada —le aseguró Huxley—. Fue su madre la que traicionó a la mía. No fue Wylie. Ella era inocente.
¿Traicionó? ¿Cómo que mi madre había traicionado a la suya? Mi madre fue la traicionada. ¿Cómo se atrevía? Me empezó a hervir dentro una rabia que no sabía que fuera capaz de sentir.
—Tengo una pregunta —intervino Nathan—. ¿Alguna vez os besuqueasteis en un autobús a oscuras o hicisteis algo un poco más subido de tono en algún almacén durante los viajes?
¿Qué le pasaba a esta gente para dar por sentadas esas cosas? ¿Eran todos unos pervertidos? Ya empezaba a preocuparme.
—Por supuesto que no. —Huxley parecía exasperado—. Yo era mayor que ella.
—Tampoco tanto.
—Era ridícula —respondió él—. ¿Te he contado que aprendió klingon? Porque aprendió klingon. Un desastre absoluto a la hora de arreglarse el pelo y maquillarse. Era una friki, así que no era el tipo de chica que yo buscaba.
Se me cayó el alma a los pies. Ya lo sabía, claro —todo—, pero oírselo decir no dejó de ser un golpe.
—Solo me aseguraba —dijo Nathan—. Si de verdad estáis decididos a manteneros a distancia, será más fácil si no hay chispas que esquivar.
—¿Y qué es lo contrario de las chispas? —replicó Huxley—. Porque eso es lo que tenemos nosotros. —Hizo una pausa y continuó—: Te garantizo que nunca habrá nada romántico entre Wylie Dixon y yo. Nunca.
Con eso me bastaba. Tampoco es que yo quisiera nada romántico con él. Ya no tenía dieciséis años. Pero oírselo decir con tanta crudeza bastó para apagar mis emociones.
Huxley Ambrose era una cara de mi pasado. Que estuviera en mi presente no significaba que tuviera que hacerle caso.
No, Huxley no era nada para mí, igual que yo no era nada para él. Mejor reconocerlo y poner límites. A la larga, sería mejor para los dos.