4 Cuatro
CUATRO
Ver a Huxley fue como si me vaciaran los pulmones de oxígeno. Se me olvidó cómo respirar y concentré toda mi atención en el menú.
¿Qué hacía aquí?
¿Vivía aquí ahora?
Madre mía, ¿por qué?
A lo mejor solo estaba de visita. Eso sería lo mejor para mí. Sí, solo estaba de visita. Tenía que ser eso.
La conversación se había reanudado en la mesa cuando conseguí controlarme, pero solté la pregunta por encima de todos sin pensarlo.
—¿Cuánto tiempo vas a estar en la ciudad?
Ninguno de los demás cometió el error de creer que me dirigía a él. Todas las miradas se volvieron hacia Huxley para ver qué contestaba.
—Vivo aquí —respondió.
Eso fue todo. No dijo nada más.
—Me compró la casa —intervino una rubia.
Conocía su cara por el revuelo que había causado su boda en el mundillo de los autores. Cuando dos de los nuestros se enamoraban, la cosa se vivía como una novela romántica de la vida real. Bree y su marido, Brody, eran prácticamente famosos.
—Ah.
No supe qué pensar de aquello, así que volví a mirar el menú. De repente, se me había quitado el apetito. Comería de todos modos, pero no lo disfrutaría.
—Bree es la que te comenté —dijo Bella con voz suave desde mi derecha. Parecía sinceramente preocupada—. La que tuvo la pelea con la comunidad de propietarios.
—Vale. —Sonreí para animarla—. Pues qué bien.
Bella se quedó sin expresión ante mi respuesta, como si le hubiera hablado en otro idioma. Por suerte para Huxley, no fue en klingon, al que tendía a recurrir siempre que me sentía abrumada. Como ahora. Desde luego, me sentía abrumada.
—¿Y tú? —preguntó Huxley—. ¿Solo estás de visita?
Parecía esperanzado.
Negué con la cabeza.
—Acabo de quedarme con el contrato de alquiler del antiguo piso de Bella. Estaré aquí al menos nueve meses.
—Entiendo.
Por suerte, la camarera eligió ese momento para traer las bebidas que se habían pedido.
Así pude regular la respiración. Huxley siempre había tenido ese efecto en mí.
De adolescente estuve coladísima por él, aunque él nunca se dio cuenta, y me convertía en una idiota que solo sabía balbucear en cuanto lo tenía delante.
Eso era antes del incidente de Austin. No lo había visto desde entonces, salvo en la pantalla del televisor, cuando hacían algún reportaje sobre su éxito con la novela romántica, o en algún artículo de periódico.
No escuché lo que pidieron los demás. Cuando la camarera llegó a mí, no estaba preparada. Pedí lo primero que vi en el menú.
—Yo quiero el Beef Tell-Tale Heart.
Bella me lanzó una mirada rara.
—¿Quieres un sándwich de huevo? Si nunca te he visto comer huevos.
Era verdad que para desayunar prefería las tostadas francesas y las tortitas, pero huevos había comido alguna vez. Eso no significaba que ahora quisiera un sándwich de huevo.
—Ah, eh…
Bella se apiadó de mí y me quitó el menú.
—Va a tomar el Beef Pit me sentí idiota.
—Lo siento. Puedo marcharme.
—No seas ridícula —dijo Bella, y le lanzó a Bree una mirada de reproche—. No te vas a marchar. Yo solo… eh… ¿estás bien?
Menuda pregunta con trampa.
—He estado mejor.
Me acerqué al lavabo y abrí el grifo. Tenía toda la intención de echarme agua fría a la cara para ver si despertaba de aquella pesadilla. Pero Bree me detuvo.
—Si haces eso, vas a llegar hecha un desastre al evento con las lectoras —dijo—. Solo… cuéntanos qué está pasando.
Cerró el grifo.
Tuve que pensarlo. ¿Qué estaba pasando? Era un chico al que había conocido hacía un millón de años. Ni siquiera había tratado con él de adulta. ¿Por qué me comportaba así?
—¿Es la primera vez que lo ves desde… aquello? —preguntó Bella con voz amable.
—¿Quieres decir desde que la madre de él le cruzó la cara a la madre de ella delante de miles de personas? —puntualizó Bree.
Su respuesta me arrancó una risa que no esperaba. Bree tenía fama de ser directa y de decir lo primero que le pasaba por la cabeza. Le daba igual lo que pensaran los demás e iba completamente a su bola. Eso lo valoraba en la gente. Por lo visto, hacía honor a su fama.
—No lo he visto desde aquel día —reconocí—. Lo vi antes de que ocurriera y luego… ni siquiera llegué a despedirme de él ni nada. Tampoco de Eleanor.
Solo pensarlo me ponía triste.
—Bueno, entonces verlo tuvo que ser un buen golpe —dijo Bella con pragmatismo—. ¿Sois enemigos? ¿O lo erais?
—No. —Negué con la cabeza—. Nunca nos peleamos. No le caía demasiado bien cuando éramos más jóvenes. Pensaba que era una friki.
—¿Eso te lo dijo él? —La expresión de Bree se ensombreció—. No me gustan los abusones.
—Nunca me lo dijo —le aseguré—. Siempre se le notaba, sin más. El tema del klingon le irritaba muchísimo.
Bree esbozó una sonrisita socarrona.
—Pues a mí me parece genial.
—A mí también —dijo Bella con entusiasmo—. ¿A quién le importa lo que a él le guste?
—No pasa nada.
Ahora que estaba lejos de él y podía volver a pensar, no pasaba nada. ¿Verdad? No pasaba absolutamente nada.
—Me estoy comportando como una idiota. Es solo que me he llevado una sorpresa enorme.
—No tenía ni idea de que fuera él quien había comprado la casa de Bree —dijo Bella—. Me contó que era otro autor, pero no pregunté quién. He estado un poco distraída con la niña.
—No pasa nada —le aseguré, sonando como un disco rayado—. Solo me ha pillado desprevenida. No se me dan bien las situaciones emotivas, por si acabáis de descubrirlo.
—Tranquila —me aseguró Bree—. Yo soy igual. No tienes que hablar con él ni nada.
—Eso sería un poco raro, ¿no?
Bree se encogió de hombros.
—Yo evité hablar con Brody todo lo que pude cuando lo conocí.
—¿En serio?
¿Y cómo le había salido bien? Ahora estaban casados.
—Bueno, me estaba enamorando de él y no quería admitirlo. Puede que nuestras situaciones no sean exactamente iguales, pero no pasa nada. No tienes que pasar tiempo con él.
—Pero… el evento de lectoras.
Era un evento organizado por varias editoriales. Era algo importante. Había tenido tanto éxito que lo estaban usando como modelo en otros mercados.
—No quiero arruinarlo.
—No lo vas a arruinar.
Bree hizo un gesto con la mano.
—Los eventos están organizados de forma que no tengáis que estar ni cerca el uno del otro. Todo irá bien. Te lo prometo.
Fue un alivio. No quería causar problemas. Huxley era un autor mucho más importante que yo. Si había que elegir, lo contentarían a él.
—Solo una cosa —dijo Bree, clavando en mí una mirada limpia—. ¿Tú y él alguna vez… ya sabes?
Me quedé en blanco.
—¿Si sé qué?
—Ya sabes —insistió.
Parpadeé, pero no respondí.
Soltó un suspiro exasperado.
—Ya sabes, echar un casquete, hacer la bestia de dos espaldas, darle al mambo.
—Te está preguntando si te acostaste con él —intervino Bella—. Solo que lo hace de una forma muy infantil.
La niebla de mi cerebro se disipó.
—Por supuesto que no. No digas tonterías.
—Solo preguntaba.
Bree sonrió con suficiencia.
—Ha sido una reacción muy interesante, por parte de los dos.
—Era una adolescente —le recordé.
—Si no me equivoco, los adolescentes tienen sexo. Es una de sus actividades favoritas.
—Bueno, nosotros no.
Solo pensar que algo así hubiera pasado entonces me daba ganas de hiperventilar. Era ridículo.
—En aquella época ni siquiera sabía que yo existía.
—Solo quería asegurarme.
Bree levantó las manos en señal de súplica.
—Todo irá bien —reiteró Bella—. Los dos os habéis llevado una buena impresión. Ahora os iréis calmando y no será para tanto.
Deseé con todas mis fuerzas que tuviera razón. Sin embargo, cuando andaba cerca de Huxley Ambrose nunca nada acababa de asentarse. Siempre me había revuelto algo por dentro.
—Todo irá bien —repetí, porque parecía ser lo que se esperaba de mí—. No es para tanto, en absoluto.
EL RESTO DE LA CENA FUE SObrE RUEDAS, o tan sobre ruedas como podía ir después de nuestro ridículo reencuentro. Tuvimos cuidado de no cruzar la mirada durante la cena, aunque juraría que un par de veces sentí sus ojos clavados en mí cuando no miraba. Probablemente fuera mi imaginación, me dije.
La conversación giró en torno al evento de lectoras y qué podíamos esperar, así que estaba bastante tranquila cuando llegó el momento de empezar a tratar con los asistentes.
Me habían dicho —en más de una ocasión— que tenía un don natural para la cháchara.
Al menos así lo llamaba mi madre. Personalmente, no creía que parlotear fuera un don, pero por alguna razón siempre parecía jugar a mi favor.
A la gente le resultaba encantador, aunque, en el fondo, yo sabía que a veces era una completa imbécil.
A las lectoras parecía gustarles.
Bree y Bella se aseguraron de que mi puesto estuviera cerca de donde ellas se sentaban, para que, si tenía dudas, estuvieran cerca para resolvérmelas o para suavizar cualquier posible metedura de pata.
Los hombres se apostaron al otro lado de la zona exterior, probablemente porque querían interrogar a Huxley igual que Bree y Bella me habían interrogado a mí, pero la distancia me permitió respirar y relajarme.