Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 3 Tres #2
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3 Tres #2

—Mierda —dijo Nathan. Aún no lo había conocido en persona, aunque él obviamente sabía quién era yo. Tenía fama de ser muy directo. Si alguna situación requería a alguien directo, era esta—. ¿Qué probabilidades había?

—¿Probabilidades de qué? —preguntó Bella.

Parecía un ciervo paralizado ante los faros de un coche.

La reconocí de las entrevistas que había hecho con Nathan después de que se enamoraran.

A la gente le había encantado su historia de amor porque seguía el argumento de una novela romántica.

Ahora no parecía precisamente acaramelada.

—A ver, chicos —dijo Brody en voz baja mientras se acercaba a la mesa—. Creo que nadie cayó en que su nuevo amigo no iba a llevarse bien con su otra nueva amiga. Vamos a respirar hondo.

—¿Qué está pasando? —siseó Bella. No fue sutil en absoluto, aunque probablemente creyera que había bajado la voz—. Sé que ha pasado algo muy malo, pero no sé qué.

Aquello bastó para que carraspeara. No iba a permitir que la situación se me fuera de las manos.

Lo único que tenía a mi favor era que esto cortaría de raíz los instintos casamenteros de Bree.

No se atrevería a intentar emparejarme con Wylie.

Es decir, era la mismísima Wylie Dixon. ¿Qué narices hacía aquí?

Durante un momento, apenas una fracción de segundo, oí la voz de mi madre.

En unos años, todos los chicos que conoces estarán babeando por Wylie.

Estaba convencida de que Wylie acabaría siendo una rompecorazones. Y tenía razón. Wylie era la mujer más atractiva que había visto en la vida real. Claro, era la hija del demonio —al menos en el mundo de mi madre—, pero la hija del demonio se había hecho mayor y estaba buenísima.

Eso no significaba que estuviera de humor para reavivar viejos lazos.

—No pasa nada —dije, recuperando la voz. Sonó un poco más ronca de lo que esperaba, pero por lo demás me oí firme y con todo bajo control. Era lo que buscaba, así que continué—. No es para tanto.

—Desde luego que no —dijo Wylie. Su voz fue más bien un chillido, y sentí lástima por ella, aunque no tenía ni idea de dónde salía ese impulso—. No pasa nada. Yo estoy bien. Todo el mundo está bien. —Estaba parloteando y probablemente no se daba cuenta. Por alguna razón, eso me relajó.

Esta Wylie podía parecer una modelo —en serio, ¿de dónde había salido ese cuerpo?—, pero seguía siendo la Wylie de siempre. Era torpe y rara, y decía cosas ridículas.

—¿Alguien me va a contar qué está pasando? —exigió Bree con un gemido—. Voy a explotar con la tensión que flota alrededor de esta mesa.

Respiré hondo para centrarme.

—Esta es Wylie Dixon —empecé—. Su madre es Agnes Quincy.

—¿Agnes Quincy?

Bree frunció el ceño y reconocí el instante exacto en que comprendió lo que estaba ocurriendo.

—Ah. —Le dedicó a Wylie una mirada evaluadora—. Interesante.

¿Interesante? Era justo lo contrario de interesante.

—No pasa nada —insistí, negándome a ceder el control de la conversación—. Wylie y yo no tenemos ningún problema el uno con el otro.

Le lancé una mirada implorante.

—¿Verdad?

—Es cierto —confirmó ella—. No nos hemos visto desde que éramos niños. Nunca nos peleamos ni nada. Ni siquiera nos conocíamos de verdad.

—Exacto. —Sonreí para animar a Wylie a continuar—. Solo coincidíamos de vez en cuando.

—Yo le daba vergüenza —le soltó Wylie a Bella en un aparte muy poco discreto—. Pensaba que era idiota.

Por alguna razón, esa respuesta me encendió.

—Ah, no, no pensaba que fueras idiota —le espeté—. Pensaba que eras rara. ¡Sabías klingon, por el amor de Dios!

Hasta a mí me sorprendió mi reacción. ¿De dónde había salido eso? ¿Por qué se lo había gritado prácticamente a la cara?

—¿Sabes klingon? —Nathan volvió a mirar a Wylie de arriba abajo, esta vez con otros ojos—. Qué suerte que me pillaras cuando me pillaste, cariño —le dijo a Bella—. No hay nada más sexy que una mujer que sepa klingon.

Bella no parecía preocupada. Puso los ojos en blanco mientras Nathan y Brody chocaban los puños. Por lo visto, mi nuevo amigo, que tenía una mujer y una hija a las que adoraba, no estaba de acuerdo conmigo en el tema del klingon. El mundo se había puesto patas arriba de golpe.

—¿Y a quién le importa que sepa klingon? —replicó Wylie—. Era un hobby, y siempre quise aprender un segundo idioma.

—El klingon no es un idioma oficial —solté.

En serio, ¿cómo había acabado metido en semejante discusión?

—Es un idioma inventado.

—Bueno, también sé élfico. —Wylie puso cara de suficiencia—. Pasé por una fase en la que hacía cosplay de El Señor de los Anillos todos los fines de semana. Ay, esos vestidos.

Se llevó las manos al corazón con teatralidad.

—Qué orgullosa debe de estar tu madre —dije, antes incluso de darme cuenta de que iba a decirlo.

En serio, algo me pasaba. Había perdido el control de mi boca. Yo nunca era así.

Todos los de la mesa se quedaron de piedra.

—Vaya —dijo Nathan—. Algo me dice que eso no era lo que había que decir.

Probablemente intentaba rebajar la tensión, pero lo único que consiguió fue que Wylie se pusiera aún más rígida.

—No se te ocurra decir nada de mi madre —siseó con una voz grave y peligrosa.

No pegaba nada con su aspecto.

—No he dicho nada de tu madre.

Eso no era del todo cierto, así que cambié de táctica.

—Puede que esto sea mala idea. Quizá uno de los dos debería retirarse del evento de lectoras.

Le lancé a Wylie una mirada elocuente.

Se plantó.

—Yo no me retiro del evento. Llevo mucho tiempo esperándolo.

—Pues yo tampoco me retiro del evento —contraataqué—. Ahora mismo soy el autor de romance más vendido del mundo. Creo que los organizadores me preferirían a mí antes que a ti.

En cuanto lo dije, me arrepentí. Wylie se quedó con la cara de quien acaba de recibir un puñetazo y no una frase desafortunada, y los demás de la mesa —los cuatro— me lanzaron miradas asesinas.

Me las merecía. No debería haber dicho eso.

Había sido cruel… y rastrero… y yo detestaba a la gente que hacía justo lo que yo acababa de hacer.

Sin embargo, ver a Wylie había lanzado mi mundo entero a otra órbita, y era una órbita que acabaría chocando con un asteroide aniquilador de planetas antes de que todo terminara.

—Lo siento. —Levanté las manos—. Eso ha estado fuera de lugar. Es que… no veía a Wylie desde que éramos niños. Me resulta muy raro.

—Ni siquiera nos dejaron despedirnos —añadió Wylie, que, sorprendentemente, se puso de mi parte—. No es mala persona. Incluso cuando pensaba que yo era rarísima de pequeña —y eso era prácticamente todos los días—, nunca me dijo nada cruel. Es demasiado bueno.

Sentí una punzada en algún lugar cerca del corazón. ¿Se había dado cuenta de lo rara que me parecía cuando éramos pequeños? A pesar de mis quejas a mi madre, que eran constantes, nunca le había dejado ver ese lado de mí. Quizá había sido más perceptiva de lo que yo imaginaba.

—Lo siento de verdad —le dije a Wylie, y no me refería solo a las cosas crueles que le había dicho esa noche—. Esto me ha descolocado. No me imaginaba que ibas a ser tú. Mi madre…

Dejé la frase a medias.

Asintió, comprensiva.

—A mi madre no le va a hacer más gracia que a la tuya, probablemente. —Hizo una pausa—. ¿Qué te parece si cenamos, no nos hablamos directamente y luego nos evitamos en el evento?

Era la mejor oferta que iba a conseguir —la verdad es que no teníamos muchas opciones más—, así que asentí.

—Sí. Hagamos eso.

La camarera eligió justo ese momento para preguntarnos qué queríamos beber.

—Yo un vodka con soda —le dije antes de que nadie más pudiera pedir—. Y que no paren de venir.