Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 3 Tres
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Poe’s Tavern no era lo que esperaba. Como conocía la obra de aquel hombre, daba por hecho que sería un despliegue macabro de bebidas sanguinolentas y cuervos por todas partes. Había algunos adornos con cuervos, sí, pero el ambiente no era ni de lejos tan lúgubre como imaginaba.

—Vaya. —Eché un vistazo a la fachada del edificio—. Es muy… normal.

Brody me miró. Se había cambiado y llevaba unos chinos sencillos y un polo.

Parecía tranquilo y cómodo. Bree se había decidido por unos pantalones vaporosos que le llegaban a media pantorrilla y que ondeaban cada vez que se giraba de golpe, o sea, prácticamente cada diez segundos, porque era un torbellino de actividad.

Se había recogido el pelo con una pinza que parecía un cóctel.

Lo había colocado de forma que un mechón le sobresalía disparado por encima de la pinza y, aun así, el resultado tenía un aire pulcro.

Me fascinaba el esfuerzo que había invertido en el pelo, y no parecía encajar con la mujer que había llegado a conocer en las últimas semanas —la mujer que compró a propósito una estatua desnuda y la disfrazaba en cada fiesta para tocarle las narices a la asociación de vecinos—, pero no hice ningún comentario.

Brody se rio entre dientes al ver mi desconcierto.

—Hay una zona exterior en ese lado del edificio. —Señaló—. Reservaremos toda esa zona para el evento.

—Que no empieza hasta dentro de hora y media, ¿verdad? —insistí.

—Ajá. —Brody se compadeció de mí; mi nerviosismo era evidente—. Te recomendaría dos cócteles si estás nervioso. Ni uno más. No te conviene emborracharte. Eso solo empeoraría las cosas.

—No tengo la menor intención de emborracharme —le aseguré, y lo decía completamente en serio—. Supongo que me altero con facilidad.

—A mí también me pasaba cuando empezaron con estas cosas —me aseguró—. Te acostumbrarás enseguida.

—Tú te acostumbraste solo porque aquel primer año te pasabas todo el tiempo mirándome —replicó Bree—. Te estabas enamorando y yo te calmaba el alma crispada.

La mirada que le lanzó Brody rebosaba adoración.

—Me estaba enamorando —admitió—. Pero tú no calmas nada, querida.

Su respuesta fue descarada.

—Tú lo pones todo más tenso. Aunque, por lo visto, eso era justo lo que buscaba.

—Ay, qué mono. —Bree giró sobre sí misma para acercarse a él, pero se le enganchó la sandalia en los adoquines irregulares y tropezó.

Por suerte, Brody estaba mirando y logró sujetarla antes de que saliera volando contra una pared o escaleras abajo.

—Siempre igual, Bree —la reprendió mientras ella soltaba una risita—. Un día de estos te vas a partir la cabeza si no tienes cuidado.

—No, si te tengo a ti para sujetarme —replicó ella.

La forma en que se miraban a los ojos me dio que pensar. Para ellos, aunque hubiéramos venido en grupo, eran las dos únicas personas del mundo. No resultaba molesta, aquella manera de mirarse, pero sí era íntima, y me hacía sentir como un intruso.

Durante un momento —apenas un segundo, en realidad— sentí una emoción a la que no supe ponerle nombre. ¿Era anhelo? Puede que sí. Sin embargo, se esfumó tan rápido como había aparecido, y sacudí la cabeza.

—Sois empalagosos hasta decir basta —solté, y lo decía muy en serio—. Me sorprende que no os dé una sobredosis con todo el azúcar que os lanzáis.

—Oye. —Estaba claro que a Bree le costaba separarse de Brody, pero me dedicó toda su atención—. Tenemos una hija que se mete en todo, y cuando digo todo es todo, a pesar de que la casa está a prueba de niños. Aunque eso me lleva a una divagación en la que siento la necesidad de meterme.

Se puso las manos en las caderas.

—En los viejos tiempos, y hablo de la época de la expedición Donner y de La casa de la pradera, nadie ponía las casas a prueba de niños y a nadie le daba un ataque por eso. ¿Por qué tenemos que hacerlo nosotros?

—Em, Bree, no creo que la principal preocupación de la expedición Donner fuera poner las casas a prueba de niños —apuntó Brody, muy servicial—. Vamos, que si las casas no estaban a prueba de niños, mejor para ellos, porque un accidente significaba comida.

Hice una mueca.

—¿Podemos no hablar de la expedición Donner cuando estamos a punto de comernos unas hamburguesas? —pregunté, horrorizado por el cuadro que estaban pintando.

—Solo digo que eso de poner la casa a prueba de niños es una chorrada —dijo Bree—.

Y en cuanto a lo otro, aguántate. —Negó con la cabeza mirándome—.

Deberías buscarte una buena chica, quizá otra escritora, porque son las únicas que van a entender este estilo de vida, y sentar la cabeza.

Te sentirás mejor cuando no vayas tan estirado.

Aquella pulla, aunque la soltara con buen humor, fue como un azote en el trasero desnudo.

—No soy ningún estirado —me quejé.

Me lanzó una mirada desafiante.

—No lo soy —insistí—. Solo soy… pragmático.

—Ajá. —Bree me engarzó el brazo con el suyo y me arrastró hacia la puerta—. Necesitas soltarte. Por desgracia para ti, la única otra persona soltera del grupo de escritores es lesbiana. No creo que vayas a ser su tipo.

No sabía si echarme a reír o a gritar.

—No necesito novia.

Qué va, era lo último que necesitaba.

—Créeme.

—De hecho, creo que Bella y Nathan traen esta noche a una autora nueva —intervino Brody—. Es alguien que Bella conoció en un sarao de una editorial en Nueva York hace unos meses.

—Ah, ¿te refieres a esa de la que conseguimos librarnos porque yo seguía de posparto?

—Sí. —Brody sonrió de oreja a oreja—. Si no recuerdo mal, te hizo mucha ilusión tener una excusa como es debido.

—Fue glorioso —coincidió Bree—. Odio esas fiestas —me explicó—. Aunque sí recuerdo que Bella comentó que estaba subarrendando el piso a alguien.

—¿Sabes a quién? —pregunté, con la esperanza de distraer a Bree de su empeño en buscarme novia. Eso estaba descartado, dijera ella lo que dijera.

—No estoy seguro de que llegara a decir el nombre —respondió Brody—. Solo que escribía romántica.

Yo escribía romántica. Sí, has oído bien. El hijo de Eleanor Ambrose había decidido escribir novela romántica y no ciencia ficción. Ella se lo tomó como un insulto, pero yo había sido estratégico al elegir mi nicho.

La romántica era el género más vendido por algo.

Casi todos los autores eran mujeres. O eran hombres que fingían ser mujeres.

Yo opté por lo contrario: puse mi cara y mi nombre real en cada libro.

Y eso entusiasmaba a las lectoras, precisamente porque era raro.

Me había convertido en toda una sensación en los círculos de la romántica contemporánea, y eso se había traducido en grandes anticipos.

No me arrepentía de mi elección. Aun así, estaba tramando un giro hacia otro género.

Pensaba seguir escribiendo romántica —era demasiado lucrativa para dejarla—, pero iba a aprovechar mi posición como uno de los autores estrella de mi editorial para negociar un segundo seudónimo cuando estuviera listo.

Solo necesitaba decidir qué más quería escribir.

Todavía no lo tenía claro. Lo único que podía afirmar con absoluta certeza era que no sería ciencia ficción.

Nunca se lo diría a nadie, y mucho menos a mi madre, pero odiaba todo lo relacionado con las naves espaciales.

No le veía la gracia. Dame una buena novela de misterio con un asesinato de por medio o una historia postapocalíptica cualquier día de la semana. Pero ciencia ficción, ¿en serio? Puaj.

—¿Sabes de qué subgénero? —insistí. No era que me preocupara competir con esa mujer —en ese momento vendía más que nadie—, pero necesitaba saber si era del tipo que intentaría hacerme la pelota para sacarme una cita promocional o algo así. Odiaba a esa gente.

—No lo sé. —Brody negó solemnemente con la cabeza—. Lo siento.

—No pasa nada —le aseguré—. Era simple curiosidad.

—Estoy bastante segura de que ya están dentro —dijo Bree—. Lo averiguaremos enseguida.

Los seguí escaleras arriba —parecía que las escaleras eran un problema en casi todas partes en Savannah, lo que hacía preguntarse por la accesibilidad— y mantuve una sonrisa cortés mientras le explicaban a la encargada que nos uníamos a un grupo.

Nos indicaron la derecha y, cuando doblamos la esquina, me quedé sin aliento.

La mujer sentada a la mesa con Bella Oakley y Nathan Cooper, a quienes reconocí de varios saraos literarios de Nueva York, era impresionante.

Era delgada, pero con algunas curvas exactamente en los sitios adecuados.

Llevaba pantalones negros y sandalias de tiras, algo en lo que solo me fijé porque le estaba enseñando algo de una de las sandalias a Bella.

Llevaba una camisola blanca debajo de una chaqueta larga de punto. Aunque no era una de esas chaquetas gruesas de lana. Era ligera y vaporosa, y flotaba a su alrededor mientras se balanceaba de un pie al otro.

El pelo fue lo que de verdad me cautivó.

Era largo, de un castaño oscuro intenso, y le caía por debajo de los hombros en ondas.

Parecía sedoso y, cuando la luz le daba de cierta manera, casi brillaba.

La cara tampoco se quedaba atrás. Tenía los pómulos altos y la nariz de curva suave.

Apenas llevaba maquillaje, y las cejas oscuras resaltaban sus labios de un rosa pétalo.

Levantó la vista y dejó ver unos ojos castaños de conejito, y fue entonces cuando me quedé de piedra. Reconocí esos ojos. Los habría reconocido en cualquier parte.

—Huxley —dijo ella en una exhalación entrecortada.

Me quedé paralizado al oír mi propio nombre. Esto no podía estar pasando y, sin embargo, estaba pasando.

—Wylie.

Nos miramos como dos pistoleros a punto de desenfundar. Aquello era el O.K. Corral.

—Uy, uy —dijo Bree a mi izquierda. Era evidente que había captado que la situación era exactamente lo contrario de lo normal, y aun así parecía no entender por qué—. ¿Quién...? —Clavó la mirada en Wylie y luego me miró a mí.