Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 2 Dos #2
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2 Dos #2

—¿El «asunto de Austin» es cuando Eleanor Ambrose perdió la cabeza y atacó a tu madre en una sala llena de gente? —insistió Nathan.

Bella le lanzó una mirada escandalizada.

—¡Nathan!

—Solo preguntaba —respondió él, intentando parecer inocente. No le salió demasiado bien.

—No pasa nada —le aseguré—. No sois los primeros que me preguntáis por el «asunto de Austin», y dudo mucho que seáis los últimos. —Hice el gesto de las comillas con los dedos y sonreí, aunque nada de aquello me parecía gracioso.

—¿Qué pasó?

Nathan decía lo primero que le venía a la cabeza. Eso lo había aprendido rápido. Personalmente, lo agradecía. Significaba que no tenía que preocuparme de que dijera una cosa y pensara otra. Ese siempre había sido mi mayor miedo.

Bella, sin embargo, no estaba nada contenta.

—Te vas a enterar —murmuró—. En cuanto lleguemos a casa esta noche, me voy a poner en modo Pinhead contigo.

¿Pinhead? ¿Y eso qué demonios era?

Nathan no parecía nada preocupado.

—No me amenaces con pasarlo bien, nena —dijo con lo que debía de creer que era una voz sexy. A mí solo me dieron ganas de reír—. Sabes que el tema cenobita me pone.

Bella puso los ojos en blanco hasta que volvió a posarlos en mí.

—No le hagas caso. Le dije que no se metiera en tus asuntos personales.

—En realidad, me dijo que no hurgara en los trapos sucios —replicó Nathan—.

No puedo evitarlo, y te pido disculpas, pero nunca se ha hecho público el motivo de ese ataque.

No puedes culparme por tener curiosidad.

O sea… Eleanor Ambrose perdió los papeles, sin más.

Parecía una luchadora de la WWE cuando salió de los bastidores.

Juro que dio un salto de tres metros para echarle las manos encima a tu madre.

Se detuvo un instante, como si necesitara recomponerse.

—Fue de lo más excitante.

Bella lo asesinó con la mirada.

—Como no tengas cuidado, esta noche te hago ver La casa de la pradera.

Eso bastó para devolver a Nathan a la realidad.

—Vaya, nena, eso ha sido brutal. —Se apoyó a su hija en el pecho —Sidney se había quedado frita por el esfuerzo que supone ser un bebé— y le frotó la espalda con suavidad.

—No olvides que aprendí a torturar a la gente de los mejores. —Bella se volvió de nuevo hacia mí—. No le hagas caso. Es insufrible cuando quiere. No puede evitarlo.

—Yo también te quiero, Bellarina mía —arrulló Nathan.

Estaba claro que Bella quería mantenerse impasible, pero no lo consiguió. Una sonrisa se le extendió por la cara antes de que recuperara la seriedad.

—Si no quieres contarnos nada de la pelea, no tienes por qué —dijo ella—. No es asunto nuestro.

Opté por la sinceridad.

—No sé qué provocó la pelea —dije.

Bella se quedó inmóvil.

Nathan, que se había quedado a media palmadita en la espalda de su hija, se irguió.

—¿Perdona? —dijo tras un instante.

Abrí las manos y me encogí de hombros. Siempre me reaccionaban igual. Y eso nunca cambiaba mi respuesta.

—No sé qué provocó la pelea. Mi madre nunca me lo ha contado.

—¿Y no se lo has preguntado? —Nathan parecía de verdad indignado—. ¿Me estás tomando el pelo?

—Nunca quiso hablar del tema —respondí—. Lo que pasó al principio…

Dejé la frase a medias y me rasqué la mejilla. ¿Cómo iba a explicar el caos que se desató tras el ataque en la convención?

—Mi madre acabó en el hospital —empecé—. Todas las heridas eran superficiales, pero Eleanor le atizó bien y trató de estrangularla, así que tuvieron que asegurarse de que no tuviera la tráquea dañada ni nada parecido.

Bella asintió para animarme. Puede que le hubiera parecido escandaloso que Nathan insistiera, pero, si yo iba a contar cosas por voluntad propia, estaba más que dispuesta a escuchar.

—A mí no me dejaron entrar en la habitación del hospital mientras pasaba todo aquello —continué—. Tuve que esperar fuera. En un momento dado apareció la policía.

Aquel recuerdo hizo que el nudo de angustia que tenía en el estómago amenazara con rebelarse.

—La tía Eleanor…

Me contuve y me corregí automáticamente.

—A Eleanor podrían haberla acusado de agresión y lesiones —expliqué—. Había muchos testigos, evidentemente. Pero mi madre se negó a presentar cargos.

—¿Sabes por qué? —preguntó Bella. Parecía mucho más comprensiva que Nathan, que se relamía por conseguir información.

—Nunca lo quiso decir.

Suspiré con fuerza.

—Lo único que me contó después fue que ya estaba hecho y que no había vuelta atrás. No quería que Eleanor sufriera. Simplemente no quería saber nada más de ella.

»Mi madre siempre ha sido así —continué—. Cree firmemente en dejar que sea el karma el que reparta los castigos. Bueno, a menos que seas un asesino en serie o tengas tendencia a la violencia contra mujeres y niños. Entonces, curiosamente, está a favor de la pena de muerte. No hay por dónde cogerla.

Eso hizo reír a Bella.

—Lo entiendo —dijo para animarme—. Esos temas nunca son fáciles. Me gusta que la gente se pare a pensar las cosas, aunque luego resulte confuso.

—Sí.

Me rasqué la mejilla.

—Así que, respondiendo a tu pregunta original, sinceramente no sé qué provocó la pelea, Nathan.

Aquello no era del todo cierto. En el fondo sospechaba que sí sabía qué había provocado la pelea. Solo que nunca lo había oído de boca de mi madre.

—Ella no habla del tema, y ya es demasiado tarde para sacarlo ahora.

Abrí las manos.

—Entonces era demasiado pequeña para enterarme de los detalles escabrosos.

—Vaya chasco.

Nathan arrugó la nariz.

—Siempre había dado por hecho que tú conocías todos los detalles jugosos. Bueno, tú y Huxley.

El nombre me dejó clavada en el sitio. Huxley Ambrose, mi primer amor platónico.

De pequeños nos habían arrastrado juntos de convención en convención.

Luego, después del «incidente de Austin», no volví a verlo nunca más.

Había estado en mi vida y, de repente, desapareció, y dejó un vacío que no sabía si se llenaría algún día.

—Si Huxley lo sabe, nunca me lo contó —respondí encogiéndome de hombros—. Lo siento.

—No es culpa tuya —me aseguró Bella—. Puede que fuera algo insignificante y que a las dos les dé vergüenza haber dejado que descarrilara su gran alianza profesional o algo así.

—Sí, no creo que fuera algo insignificante.

No podía pensar demasiado en ello. Se me revolvía el estómago.

—Háblame del evento de lectores de esta noche.

Era hora de cambiar de tema.

—¿Qué puedo esperar?

—Eso lo vemos todo durante la cena —respondió Bella mientras se levantaba—.

Lo que me recuerda que tenemos que llevar a Sidney con su abuelo para que haga de canguro y cambiarnos de ropa.

Nos reunimos todos en el restaurante antes del evento de esta noche, así que podrás conocer a algunos de los otros autores.

Aquello lo agradecí más de lo que ella podía imaginar.

Por fuera parecía que conocer gente nueva me resultaba fácil, pero siempre me ponía nerviosa, porque tenía tendencia a decir justo lo que no debía en el peor momento posible.

Siempre había sido así, aunque de adolescente la mayoría de la gente lo achacaba a que era desgarbada y torpe.

Por desgracia, era un rasgo del que nunca llegué a librarme con los años.

Era un peligro en las apariciones públicas. Mi madre había intentado aleccionarme, y hasta ella se rindió, frustrada.

—Sé tú misma, y punto —me dijo al final—. Eres la mejor persona que conozco. Si a la gente no le gusta, pues que se vayan al cuerno. No merecen conocerte.

Y ahí quedó la cosa.

—Me parece bien —dije, y lo decía de verdad.

Conocer a los autores aparte de los lectores sería una ventaja. Así podría averiguar quiénes serían aliados y a quiénes tendría que ignorar.

—¿Dónde nos vemos y a qué hora?

—En Poe’s Tavern —respondió Bella—. Está por el River District. Es un sitio muy mono. La comida es más de hamburguesas y patatas fritas que de marisco, pero son buenas hamburguesas.

—Me encanta una buena hamburguesa —le aseguré—. ¿Cómo tengo que vestirme?

Me entraron ganas de darme una bofetada por no haber preguntado eso antes. Solo tenía unas pocas opciones en la maleta, y el resto de mi ropa estaba sepultada en cajas a las que no llegaría hasta el fin de semana, como muy pronto.

—Básicamente, elegante informal —respondió Nathan mientras se levantaba.

Llevaba pegada al pecho a una bebé profundamente dormida, y entendí por qué Bella se había enamorado de él. A pesar de su carácter directo, estaba claro que ese hombre adoraba a sus chicas. Era… bonito. Sí, eso era. Todo aquello era muy, muy bonito.

—Elegante informal.

Asentí con la cabeza.

—Con eso me las puedo arreglar.

Alargué la mano y le apreté la de Bella cuando se dirigía a la puerta.

—Gracias por todo. No te imaginas lo agradecida que estoy.

Me miró de forma extraña.

—Aquí nos cuidamos los unos a los otros. Es lo que hacemos. Va a ser divertido. Te lo prometo. Relájate. Esto es todo muy relajado y tranquilo. Confía en mí.

Y la verdad es que confiaba en ella, así que asentí.

—Nos vemos en unas horas.