Madera de escritor (Escribir lo correcto 3) 2 Dos
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—Este sitio es genial.

Recorrí con la mirada el apartamento de alquiler y bendije mi buena suerte por haber dado con algo tan perfecto.

Y no solo era perfecto: tampoco resultaba excesivamente caro.

Vale, sí, era más caro que cualquier sitio en el que hubiera vivido por mi cuenta.

Pero, por una vez en la vida, ganaba lo suficiente para mantener lo que mi madre llamaba un estilo de vida «como es debido».

Me marqué un bailecito de caderas y me acerqué a la ventana para asomarme a Lincoln Street.

Vivir en pleno centro de Savannah siempre había sido mi sueño, desde que mi madre me trajo aquí después de una convención en Atlanta y me dejó deambular a mi antojo.

Ella se recorrió todos los spas de la ciudad y yo hice todas las rutas de fantasmas que pude encontrar.

Adoraba esa ciudad más que nada en el mundo, así que, cuando surgió la oportunidad de quedarme con el contrato de alquiler de una amiga —se había casado y, acto seguido, había tenido un bebé—, no lo dudé ni un segundo. Esta iba a ser mi oportunidad.

Yo, Wylie Dixon, por fin estaba lista para ser una adulta.

—Me alegra que te guste.

Bella Oakley estaba sentada en el sofá con su bebé.

Se me daba fatal adivinar edades —y Bella me lo había dicho más de una vez, así que me incomodaba volver a preguntar—, pero estaba bastante segura de que la niña solo tenía unos meses.

Básicamente, por lo que yo veía, lo único que hacía era hacerse caca y llorar.

Por lo demás, no tenía mucha personalidad.

—¿Verdad que sí, Sidney?

Bella levantó a la bebé para que mirara a su alrededor, pero la pequeña no pareció demasiado impresionada.

Tenía los ojos grandes y expresivos de Bella, y yo había dado por sentado que Sidney Pamela Cooper era clavadita a su madre.

Luego conocí a su padre, Nathan Cooper, y ya no lo tuve tan claro.

La bebé era una mezcla de sus dos padres.

—¿Y de dónde salió el nombre? —pregunté mientras me dejaba caer en el sofá.

No le había pedido a Bella que se asegurara de que mi mudanza saliera sobre ruedas, pero era demasiado buena gente como para no pasarse a ver cómo le iba a alguien que acababa de llegar a una ciudad nueva. Era una de las razones por las que me caía tan bien.

—Sidney Prescott es la protagonista de las películas de Scream —explicó Bella—. Y Pamela Voorhees era la madre de Jason Voorhees. Sabes quién es, ¿no?

Aquello sonaba a examen.

—Es el asesino de la máscara de hockey —me aventuré.

El terror no era mi género favorito —ese siempre sería la ciencia ficción—, pero, mientras crecía, había pasado en algún momento por todas las convenciones del país. Sabía perfectamente quién era Jason Voorhees.

Eso no significaba que no tuviera preguntas.

—¿Por qué le ibas a poner a tu bebé el nombre de una asesina? Ella era la asesina de la primera película, ¿no?

Bella esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

—Muy bien. —Asintió con entusiasmo—. Me alegra mucho que lo sepas.

—¿Qué es lo que sabe? —preguntó Nathan mientras entraba en mi apartamento a base de fuerza bruta con la enorme maleta que había insistido en subir por las escaleras.

La empresa de mudanzas había traído todo lo demás, pero yo había hecho el viaje conduciendo, para tener coche.

Eso significaba que todas mis cosas más importantes iban en esa maleta.

Le había echado un vistazo a la estrecha escalera que subía a mi piso y me había preguntado si tendría que deshacer el equipaje en el coche y hacer varios viajes escaleras arriba.

Por suerte, entonces Nathan acudió al rescate.

—Sabe quién es Pamela Voorhees.

A Bella le brillaron los ojos mientras su marido metía la maleta rodando en el salón.

—¿Ah, sí? —Nathan sonrió de oreja a oreja—. Acabas de alegrarle el día a mi preciosa esposa.

Bella puso los ojos en blanco.

—No te pongas cursi.

—No puedo evitarlo.

Nathan fue hasta el otro sofá y se sentó al lado de Bella. Su primer impulso fue besarle la mejilla. El segundo, coger en brazos a su hija.

—Oye, sé que acabas de llegar, pero ¿tienes una lista de cosas que quieras hacer ahora que estás aquí? Podemos ayudarte.

—Ah.

No es que estuvieran intentando ponerme en un aprieto —eso lo tenía claro—, pero aun así sentí bastante presión.

—No tengo ninguna lista ni nada. Ya he estado aquí antes. Aunque hace años.

—¿Viniste con tu madre? —preguntó Bella.

Bella y yo nos habíamos conocido en un encuentro en Nueva York organizado por nuestra editorial.

Yo era una autora novata —promocionando mi primera novela de romance de ciencia ficción— y ella también estaba allí.

Tenía unos cuantos libros más a sus espaldas.

Se dio cuenta enseguida de lo nerviosa que estaba y se acercó a mí.

Conectamos al instante, pero solo porque fue ella la que se presentó.

En situaciones así, yo tendía a ponerme nerviosa y a parlotear sin parar. No podía evitarlo.

Me había criado rodeada de gente del sector y, aun así, me seguía poniendo nerviosa.

Por eso había enviado el manuscrito con un seudónimo —Beverly Dax, por mis dos personajes favoritos de Star Trek— y esperaba poder conseguir un contrato independiente del de mi madre.

Agnes Quincy era famosa, hasta el punto de ser una de las pocas autoras cuyo nombre conocía todo el mundo, pero yo no quería vivir de su fama.

Querían mi libro. Estaba emocionadísima.

De hecho, me moría por contárselo a mi madre.

Luego los conocí en persona y todo se vino abajo, porque la editora de adquisiciones que lo había leído me reconoció.

Fue delicada cuando me explicó que mi intención de hacerlo todo por mi cuenta era muy noble.

Sin embargo, también señaló que ganaría mucho más dinero si reconocía abiertamente quién era mi madre.

Me encantaba la ciencia ficción. Quería escribirla, igual que mi madre.

Pero ellos me apartaron de la idea de escribir ciencia ficción pura y dura.

Temían que las comparaciones con mi madre me destrozaran.

Los lectores no tienen piedad, me explicaron.

Aunque al noventa y cinco por ciento le encantara —algo totalmente posible—, el cinco por ciento restante que lo odiara se emplearía a fondo en hundirme la moral.

Así que se tomó una decisión. Me encantaba la ciencia ficción y conocía hasta el último detalle de las naves espaciales y los viajes interestelares.

Pero el romance era la reina de todos los géneros, así que tenía sentido casar mi pasión con el mercado más grande que había.

Y de ese modo, Wylie Dixon se convirtió en el debut más sonado del romance de ciencia ficción en…

bueno, según ellos, en la historia. Francamente, imaginé que eso se debía a que el romance de ciencia ficción no se había convertido en un género importante hasta hacía unos pocos años. Pero eso no lo mencioné.

Mi primera trilogía había superado todas las expectativas con creces. Gracias a eso conseguí un adelanto enorme por la segunda, y con ese dinero pude pagar este apartamento. Si no, habría acabado en algo bastante más pequeño y mucho más lejos del bullicio del casco histórico.

Mi madre estaba orgullosa. Al principio se enfadó porque había intentado hacerlo todo por mi cuenta, pero se le pasó bastante rápido.

—No creo en esa tontería de los hijos de famosos —me había dicho cuando estábamos en su enorme ático de San Francisco—. La gente siempre ha usado sus contactos para hacerse un hueco. Cómo no vas a usar tu relación conmigo para sacar ventaja a los demás. Así funcionan las cosas, y punto.

Hasta le había gustado la idea del romance de ciencia ficción.

—La ciencia ficción pura es difícil —me había explicado—. Sobre todo si eres mujer. No te conviene que te comparen conmigo todo el tiempo. Eso sería duro para las dos. Así puedes seguir escribiendo lo que te gusta. Lo que pasa es que los lectores no serán exactamente los mismos.

Yo había asentido —entendía todo lo que me decía— y luego me había tragado el desaliento que sentía en el estómago. No es que me disgustara el romance. Lo leía constantemente. Simplemente quería escribir lo que escribía mi madre. Era lo que había soñado escribir desde niña.

Mi madre no había sido «lista» cuando empezó.

Se había arriesgado y le había funcionado.

¿Me escocía que nadie pensara que yo debía arriesgarme?

Sí. En el fondo sabía que todos querían lo mejor para mí.

Decidí hacerlo por la vía «fácil» para empezar.

La verdad es que escribir un libro nunca es fácil.

Lo que sí era más fácil era recurrir a los contactos de mi madre, y me beneficié mucho de ello.

Aun así, en algún rincón de la cabeza seguía dándole vueltas a varias ideas para novelas de ciencia ficción dura. No había renunciado a ese sueño. Solo lo había aparcado una temporada.

Eso sí, gracias a ese retraso podía permitirme el mejor apartamento que había visto nunca en el distrito histórico de Savannah. Para mí, merecía la pena.

—¿Qué estábamos diciendo? —pregunté, al darme cuenta de que la conversación se había perdido por completo. Era lo normal en mí. Me distraía con facilidad.

—Tu madre —insistió Bella en voz baja—. ¿Viniste aquí con ella?

—Pues sí y no. —Abrí las manos—. Un año sí me trajo, después de una convención —fue en Atlanta—, y necesitaba desconectar un poco. Fue después del asunto de Austin.

Hice una mueca solo de pensar en «el asunto de Austin», como se lo conocía en nuestra familia.

El «asunto de Austin» había perseguido a mi madre durante años después de ocurrir.

Todavía la perseguía, y de forma espectacular.

No es que ella hablara del tema, claro. Se negaba en rotundo.

Eso significaba que yo tampoco podía hablar de ello.

Jamás obligaría a mi madre a hablar de algo doloroso, y nada le dolía más que su ruptura con Eleanor Ambrose.