1 Uno #2
El incidente del Centro de Convenciones de Austin era legendario a estas alturas.
Al fin y al cabo, los escritores no tenían fama de armar escándalos.
Ese era terreno de las estrellas de Hollywood.
Lo que la gente debía recordar era a Will Smith irrumpiendo en el escenario de los Óscar y abofeteando a Chris Rock.
Hablaban en susurros reverenciales de Orlando Bloom y Justin Bieber liándose a golpes en Ibiza.
Se reían, y a la vez se preocupaban, por todos los líos raros en los que se había metido Shia LaBeouf.
Pero se suponía que los escritores estaban por encima de todo eso.
No ayudaba que mi madre y Aggie se negaran a hablar del asunto después.
Por lo que yo sabía, no habían vuelto a coincidir en la misma sala.
Sus agentes incluso se sentaban una vez al año a repartirse todas las convenciones, para que nunca corrieran el riesgo de cruzarse delante de un público, aunque fuera un instante.
Así que, si mi madre iba a San Diego un año, eso significaba que Aggie iba a Atlanta. Se iban alternando. Sin dramas ni complicaciones. Mi madre ni siquiera mencionaba el nombre de Aggie. Resultaba todo rarísimo, cuando en su momento habían sido como hermanas.
—No sabría decirte nada de eso. —Extendí las manos y me encogí de hombros—. Yo no estaba allí cuando ocurrió.
—¿No viajabas con tu madre en esa época? —preguntó Brody.
—No. Estaba en la universidad.
Hice una mueca al pensar en aquella etapa de mi vida.
Daba la impresión de que todo lo que había salido mal entonces —y fue bastante más que el incidente de la convención— se concentró en un breve lapso de aquel año.
Cuando se calmaron las aguas, mamá se negó a hablar del tema, y yo no insistí porque…
bueno, porque sí. Nunca se me dio bien enfrentarme a mi madre cuando había mucho en juego, y ella lo usaba a su favor.
Al final, ya era demasiado tarde para sacarlo.
—La gente pagaría una fortuna por esa historia —apuntó Bree, con un brillo travieso en los ojos—. Yo pagaría bien por esa historia.
—No eres más que una cotilla —le replicó Brody, negando con la cabeza—. Está claro que no quiere hablar de eso. Déjalo en paz.
Bree murmuró entre dientes algo que no logré entender. Luego me dedicó una sonrisa encantadora.
—Lo siento. Le he dicho a Brody que sea claro y sincero conmigo cuando me paso de la raya. Por lo visto, hoy es uno de esos días. —Se encogió de hombros—. Pero no puedo evitar la curiosidad. Nadie sabe qué pasó entre tu madre y Agnes Quincy. La gente está desesperada.
—Lo sé. —Conseguí esbozar una sonrisa pesarosa, aunque me costó esfuerzo—. Pero tengo malas noticias para ti. No sé por qué se pelearon.
Era mejor quitarse aquello de encima cuanto antes, pensé. Así no volvería a sacar el tema.
Como era de esperar, las cejas de Bree se juntaron en un gesto de desconcierto.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No lo sé —respondí, opté por la sinceridad—. Quiero decir, oí algo sobre lo que podría haberlo provocado, pero nunca tuve confirmación, y mi madre se niega a hablar de ello.
—Pero… eso es un chasco —se quejó Bree—. ¿En serio me estás diciendo que no sabes si tenían un trío amoroso secreto que se fue al garete?
Entonces me tocó a mí sorprenderme.
—¿Ese es el rumor?
—Uno de ellos —respondió ella—. Pero hay un millón de rumores. Uno dice que tu madre era del Equipo Kirk y Aggie del Equipo Picard, y que eso fue motivo de conflicto durante años, hasta que al final estalló.
No me di cuenta de que tenía la boca abierta hasta que intenté hablar.
—Eh… Te garantizo que no es eso —dije por fin.
Brody le lanzó a Bree una mirada triunfal.
—Te lo dije.
Ella lo abrasó con la mirada.
—Yo nunca he dicho que fuera la verdadera razón.
—Dijiste que molaría.
—Lo que tú digas.
Bree lo despachó con un gesto de la mano, aunque un segundo después le lanzó un beso. Cuando volvió a centrarse en mí, supe que no había terminado con el interrogatorio.
—Alguna idea tendrás.
Ahí estaba el problema. Algo sí sospechaba. Pero no era un tema del que me apeteciera hablar.
—De verdad que no lo sé —respondí—. Es triste, porque Aggie me caía muy bien. Nos íbamos de vacaciones juntos dos veces al año cuando ellas eran amigas. Ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme de ella.
Brody chasqueó la lengua con comprensión.
—¿Era como una tía para ti?
—Exactamente.
Asentí con la cabeza.
—Me alegro de que siga escribiendo y de que le vaya bien. No leo ninguno de sus libros porque a mi madre le daría un ataque si me pillara con uno en las manos, pero sinceramente no le guardo rencor.
—¿Y tu madre?
—Oh, desde luego que sí.
Me encogí de hombros.
—No puedo ayudarte, Bree. No sé por qué se pelearon.
Lejos de disuadirla, aquello solo pareció animarla más.
—Tío, así es como se sabe que fue una pelea de las buenas. Ahora quiero saberlo más que antes.
—Pues no puedo ayudarte.
—¿Me puedes poner en contacto con tu madre? —preguntó ella—. Iré directamente a la fuente.
—Estoy bastante seguro de que no te lo va a contar.
—Puedo ser muy encantadora —insistió con voz melosa.
Se me escapó la risa y negué con la cabeza.
—No puedo ayudarte. Lo siento.
Claramente desesperado por cambiar de tema, Brody tomó el control.
—Por pura curiosidad, ¿cómo acabaste mudándote aquí? Nos alegra tenerte —añadió rápidamente—. Nuestra comunidad de autores es fuerte y se hace más fuerte cada año. Tu madre vive en Nueva York, o eso era la última vez que lo comprobé.
—Y Agnes vive en Los Ángeles —comentó Bree, pensativa, sin soltar el tema—. Es como si cada una se hubiera quedado con una costa.
Brody le lanzó una mirada exasperada que aun así rebosaba amor y devoción.
—Bree, déjalo ya.
Bree refunfuñó algo más, pero por la cara que puso supe que no iba a hacer lo que él le pedía.
—No sé cómo acabé aquí —admití—. Supongo que buscaba un cambio de aires. Vi un vídeo sobre vosotros… bueno, sobre vosotros, Nathan Cooper y Bella Oakley, y parecía que os lo estabais pasando genial.
Lo que no dije fue que, a esas alturas, llevaba años sin un solo buen momento. Necesitaba un cambio de aires, y cuanto más investigaba sobre Savannah, mejor pintaba.
—Bueno, nos alegra tenerte aquí.
Cuando Brody sonreía, se le iluminaba la cara entera.
—No te pongas nervioso por el encuentro con lectores de esta noche. Vamos a cenar todos juntos antes de que empiece —por lo visto, hay unos cuantos autores nuevos en la zona que nos van a presentar— y el ambiente será relajado. Te lo prometo.
—Me alegra oírlo, pero normalmente no me pongo nervioso en los eventos —le aseguré.
—Porque te has criado con ellos —supuso Bree—. Muchos autores son introvertidos. Aunque tú lo fueras, tu madre se encargó de que no pudieras permitirte serlo de niño. Estás excepcionalmente preparado para estas cosas.
—Supongo que tiene sentido.
Me encogí de hombros.
—Tengo ganas de que llegue.
Lo que no me apetecía nada era la siguiente conversación que tocaba tener.
—Bueno, sobre la estatua desnuda… —empecé.
—Se llama Gertrude y no puedes deshacerte de ella —siseó Bree—. Le gusta estar aquí. Se pondrá triste si intentas sacarla del cenador. Esa es su casa.
—La odio —confesé.
—Te lo dije —le gruñó Bree a su marido—. Te dije que Gertrude no estaría a salvo. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?
Brody parecía resignado cuando posó los ojos en mí.
—No va a soltar el tema nunca. Espero que estés contento.
No estaba descontento. Pero contento tampoco. No sabía qué haría falta para llegar a ese punto, pero estaba abierto a sugerencias.
—Gertrude me da escalofríos, tío. No lo puedo evitar.
—A mí también me los daba, pero aprendí a vivir con ella.
—Bueno, yo no soy tú. No puedo aprender a vivir con ella. Es que es… demasiado.
Bree reaccionó como si lo hubiera dicho de ella y se puso a despotricar. Por alguna razón, me pareció divertido.
Savannah me iba a gustar. Ya lo notaba. Nada iba a estropearme esto.
Absolutamente nada.