Madera de escritor (Escribir lo correcto 3)
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1 Uno
UNO
EN LA ACTUALIDAD
—Me alegra que te guste —dijo Bree James mientras paseaba la mirada por su antigua casa, que resultaba ser, casualmente, mi nueva casa.
Se la veía nostálgica, como si aquella casa fuera la clave para que todos sus sueños se hicieran realidad. Luego sacudió la melena rubia.
—¿Recuerdas lo que te dije de la comunidad de propietarios? Todo lo que puse en el jardín queda amparado por derechos adquiridos, según las normas antiguas. No pueden obligarte a quitar nada.
No tuve valor para decirle que muchas de las cosas de las que hablaba —la extraña pila para pájaros con gnomos de cemento, la fuente con forma de molino de viento que presumía de un oso mecánico que salía de un granero y eructaba a cada hora en punto, y la estatua desnuda del cenador— irían desapareciendo a lo largo de los próximos meses.
Yo, Huxley Ambrose, no podía con el oso raro.
Bree insistía en que gruñía, no eructaba, pero estaba clarísimo que eructaba.
Lo había comprado en un almacén de liquidación de cervezas porque el oso llevaba una lata en la mano.
No era de extrañar que la comunidad de propietarios hubiera creado una norma nueva después de que ella lo instalara.
Bree llevaba casi tres años en guerra con la comunidad de propietarios de The Landings, una urbanización exclusiva de Skidaway Island, cerca de Savannah, Georgia.
Desde el segundo en que se mudó allí se había marcado como meta vital sacarlos de quicio.
Y se le daba de maravilla, a juzgar por el estado de su antiguo jardín.
Tenía más adefesios —ejem, piezas artísticas— que todas las demás casas de The Landings juntas.
Se había desvivido por esquivar todas y cada una de sus normas porque estaba convencida de que eran unos prepotentes insoportables.
Francamente, a mí me daba por pensar que la prepotente e insoportable era Bree, pero nunca lo mencioné. No era porque le tuviera miedo ni nada parecido —bueno, no del todo—, pero disfrutaba torturando a la gente. Ni se molestaba en negarlo.
No había querido renunciar a la casa, algo que dejó muy claro cuando fui a verla, al mudarme a la zona unos meses antes.
No quería venderla porque el juego con la comunidad de propietarios le divertía demasiado.
Pero su marido, Brody Bates, la obligó. Estaba harto de tener dos casas en una urbanización ultraexclusiva.
Y también estaba harto de pagar dos veces las exorbitantes cuotas anuales que hacían falta para acceder a todas las instalaciones de la urbanización.
Eso había desembocado en peleas sobre en qué casa se instalarían de forma permanente una vez casados.
La casa de Brody era más grande y en su jardín no había una estatua de mujer desnuda que cambiaba de sombrero doce veces al año.
Bree tenía que disfrazar la estatua en cada fiesta si no quería que la comunidad de propietarios la sancionara.
De lo contrario, habrían tenido motivos para obligarla a retirarla.
Por eso llevaba gorro de Papá Noel en diciembre y sombrero de bruja en octubre.
Tenía un atuendo de Mardi Gras, un gorro de pavo y un conjunto del Cuatro de Julio con luces.
Había un gorro de trébol para San Patricio, un sombrero raro que se parecía bastante a un huevo de Pascua y un conjunto de corazones para San Valentín.
Según ella misma reconocía, para algunos meses había tenido que echar mano de la imaginación.
Que se hubiera tomado la molestia de encargar un gorro de Juneteenth demostraba hasta qué punto estaba comprometida con su misión.
Aun así, Brody acabó plantándose. Estaban tirando el dinero, algo que no era tan grave cuando eran solo ellos dos. Pero en cuanto añadieron un bebé a la ecuación, se puso serio.
Así fue como conseguí comprar la casa de Bree sin que llegara a salir al mercado.
Bree lo quiso así para que la comunidad de propietarios no pudiera entrometerse ni imponer condiciones a la venta, de modo que, en cuanto se hizo la oferta, la operación se cerró rápido y sin ruido.
Ella quería que yo pudiera conservar todos sus añadidos.
Aunque fueran horrendos, y lo eran.
—Me gusta muchísimo —le aseguré—. Es increíble. No me puedo creer que la dejaras ir.
Brody, que estaba sentado en una de las sillas de la mesa de la cocina con la niña en brazos, me lanzó una mirada asesina.
Bajé la barbilla y compuse el gesto para que no viera que estaba sonriendo.
Me divertía verlo retorcerse en todo lo relativo a su mujer.
Estaba claro que ella tenía la personalidad más dominante de la pareja. Brody era mucho más tranquilo.
—Tu primer evento de lectores es esta noche —dijo Brody mientras recolocaba a la niña para que la cabeza le quedara apoyada en el hombro.
Brontë Bates —Bree y Brody no podían ponerle a su hija un nombre que no empezara por B— todavía no mostraba mucha personalidad, por lo que yo veía.
Tenía nueve meses y el pelo oscuro de su padre.
Aparte de eso, era un misterio. A veces se reía.
Otras parecía pensativa. Y cada vez que su madre se exaltaba, soltaba risitas y se retorcía.
Sí, los bebés eran un misterio para mí. Esta, en cambio, no daba mucha guerra, así que no me importaba tenerla cerca.
Asentí.
—Es mi primer evento aquí —confirmé—. He estado en eventos de lectores en otros sitios, pero tengo entendido que los de aquí funcionan de otra manera.
—Este es el tercer año que los hacemos —confirmó él—. El año pasado fue distinto porque nos obligaron a ir de campamento además de hacer los eventos quincenales en restaurantes. Este año vuelven a los restaurantes y lo de acampar queda descartado.
En secreto, me sentí aliviado. Lo de acampar no era lo mío.
—¿Tan desastroso fue el campamento? —pregunté, con la esperanza de que dijera que sí para no tener que preocuparme nunca más por la posibilidad de que repitieran aquel fiasco.
En cambio, se encogió de hombros.
—Hubo algunos problemas.
—Sí, como que el organizador del evento acosara a Bella —soltó Bree con un resoplido—. Era un imbécil, y no quieren volver a darle a nadie el poder que tenía él.
Había oído historias sobre aquel evento, pero no quería indagar demasiado.
A la mujer a la que le había pasado —Bella Oakley— solo la conocía de pasada.
Ahora que me había incorporado a la comunidad de escritores de Savannah, que estaba en plena ebullición, esperaba que eso cambiara, sobre todo con los eventos de lectores a la vuelta de la esquina.
—En cierto modo me alegro de que solo hagamos los restaurantes —admití—. Dos veces al mes ya es bastante, de todos modos.
—Solo es durante el verano —respondió Bree mientras se acercaba a Brody y a la niña.
Era una persona escandalosa, pero se aproximó con delicadeza, le acarició la cabeza a Brontë y le sonrió a su marido.
—Nos los tomamos como citas de pareja.
Bueno, ahora sí que tenía toda mi atención.
—¿Qué quieres decir?
—Mira, tenemos que buscar una canguro, porque no podemos llevar a un bebé a un encuentro con lectores —empezó ella.
—Podríais —objeté—. A vuestros lectores les encantaría ver a Brontë, con lo metidos que están en vuestra historia de amor.
Bree y Brody habían salido en todos los titulares cuando se liaron, gracias a una lectora obsesionada que intentó separarlos por medios bastante retorcidos.
Desde que los conocía —que no era tanto tiempo, porque me había enterado de la casa a través de mi agente, que casualmente conocía a la agente de Bree—, siempre se habían mostrado recelosos con el tema de aquella fan. No les gustaba hablar de ello.
—Sí, bueno, nosotros no vamos a hacer eso.
—Bree se mostró categórica y negó con la cabeza al unísono con Brody—.
Brontë no ha pedido estar en el foco de atención.
Y sí, somos escritores, no estrellas de Hollywood, pero hemos aprendido por las malas que a veces a los fans les da igual que queramos nuestra intimidad. No llevaremos a Brontë a ningún evento.
—¿Ni cuando sea mayor? —pregunté.
Bree se mostró tan tajante que el pelo rubio empezó a bambolearse de un lado a otro.
—No. Ni hablar.
—Pero tú te criaste en el circuito de las convenciones, ¿no? —preguntó Brody—. Recuerdo haber leído que tu madre te llevaba con ella de gira de promoción cuando eras niño.
—Pasaba bastante a menudo —confirmé con una sonrisa—. De hecho, me gustaba estar de gira con ella.
—¿Incluso después de todo el escándalo del Imperio Galáctico de Coronado? —me pinchó Bree.
Se me tensaron los hombros al oír mencionar la trilogía de películas que había cambiado para siempre la vida de mi madre. Demonios, también había cambiado la mía.
—No voy a decir que las cosas no estuvieran tensas una temporada —contesté con evasivas, mientras me volvía a la cabeza la imagen de mi madre, fuera de sí, gritándole a Agnes Quincy delante de miles de fans en el Centro de Convenciones de Austin, en Texas.
También hubo una bofetada. La bofetada que se oyó en todo el mundo.
Bueno, hasta lo de Will Smith en los Óscar.
Mi madre, siempre serena y controlada, se había enterado de «la traición» tres minutos antes de subir al escenario con Aggie.
Mantuvo la calma un total de treinta segundos.
Después le soltó un bofetón a Aggie y se abalanzó sobre su amiga de toda la vida.
Hubo tirones de pelo, acusaciones de ser una zorra y el juramento de que nunca volverían a trabajar juntas.
Aquello había ocurrido doce años antes —cinco años después de anunciar el gran proyecto de ciencia ficción— y no habían vuelto a hablarse.
Mi madre se tomaba las promesas en serio hasta el extremo, y había prometido que algún día bailaría sobre la tumba de Aggie.
—¿Tensas? —Bree soltó una risa hueca—. He oído que Agnes Quincy todavía tiene calvas de todo el pelo que le arrancó tu madre.