5 Cinco
CINCO
El final del evento con las lectoras fue como ver un arcoíris después de una tormenta de mil demonios. Lo único que sentí fue alivio.
Me despedí deprisa de Nathan y de Brody —me caían bien de verdad, aunque Nathan fuera un poco payaso— y me marché en dirección contraria a la de todos los demás. O, bueno, esperaba que fuera la dirección contraria. Quería evitar toparme con Wylie y tener que soportar otra conversación incómoda más.
Así que, con eso en mente, decidí poner el punto de recogida del Uber a unas manzanas de distancia.
Me orienté hacia el River District —había un paseo fluvial al otro lado del hotel de cuatro edificios— y me escurrí entre los edificios.
Una vez cerca del río Savannah, pude volver a respirar, aunque me sorprendió la poca actividad que había junto a aquellas aguas que corrían sin prisa.
Esperaba encontrarlo a reventar de gente. Pero no: reinaba la calma.
En fin, tampoco estaba mal. Necesitaba pensar.
Empecé a caminar y me fijé especialmente en las galerías que se veían a través de las ventanas del hotel.
Los dos restaurantes que había justo delante estaban tranquilos, con apenas unos cuantos bebiendo en la barra y mirando la tele.
El Starbucks y las tiendecitas de joyería y souvenirs estaban cerrados.
Las parcelas de césped destinadas a los huéspedes con perro estaban vacías.
Caminé envuelto en una especie de niebla hasta llegar al extremo del cuarto edificio, con la cabeza puesta en Wylie.
Madre mía, se había convertido en una mujer preciosa.
En eso mi madre tenía razón. Jamás se me habría ocurrido que alguien que había sido todo ángulos afilados —codos desgarbados y rodillas huesudas— pudiera tener semejantes curvas años después.
Wylie seguía siendo delgada. Pero esa delgadez hacía que pareciera más propia de una pasarela de moda que del puente del Enterprise dando órdenes a gritos en klingon. Resultaba… desconcertante.
¿Qué hacía aquí? Como nuestras madres se habían repartido, básicamente, una costa cada una y allí se habían quedado, salvo cuando sus asistentes les cuadraban las agendas para alguna convención, había dado por hecho que ella seguiría en la costa oeste.
Por lo visto, no. Estaba aquí y, al parecer, echando raíces.
Aunque estaba de realquilada en el apartamento de Bella.
Puede que eso significara que solo pensaba quedarse unos meses.
Quizá fuera solo una especie de prueba y acabara odiando Savannah.
Pero ¿cómo iba a odiar Savannah? Era una ciudad maravillosa, con ríos y océano a mano, y con el tipo de historia que, yo lo sabía, volvería loca a Wylie.
Le encantaban las historias de fantasmas y todo lo paranormal.
O le encantaban en la época en que la conocí.
Puede que eso también hubiera cambiado, igual que su aspecto.
Solo consideré esa posibilidad unos segundos.
No, Wylie era quien era en lo más profundo.
Puede que hubiera florecido físicamente —y, joder, menudo cuerpo tenía—, pero no iba a cambiar quién era por dentro.
Y, curiosamente, cuando recordaba cómo era ella en la época en que éramos adolescentes, me daba vergüenza.
Mi madre también tenía razón en eso. Una vez que conseguí salir de la sombra de lo que se suponía que debía ser un chico adolescente, algunas de las cosas que tanto entusiasmaban a Wylie me parecieron entrañables.
Madre mía, ¿cómo había podido pasar eso?
Estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que iba a chocar con la única otra persona que había en el paseo fluvial hasta que la tuve casi encima. Por lo visto, ella estaba igual de distraída que yo, porque no me vio venir directo hacia ella.
Extendí las manos en un gesto defensivo y conseguí agarrarla por los hombros. Ella ahogó un grito —¿se pensaba que iba a atacarla?— y después me dedicó toda su atención.
Wylie parpadeó tres veces muy seguidas y luego abrió la boca al mismo tiempo que yo.
—¿Qué haces aquí? —dijimos a la vez.
Me di cuenta de que la estaba tocando —¿por qué tenía unos hombros tan perfectos?— unos tres segundos demasiado tarde y por fin retiré las manos.
Wylie apretó la mandíbula y entrecerró los ojos.
—Yo lo he preguntado primero —dijo al final.
¿Que me había preguntado qué primero? Me había quedado un instante perdido en el marrón de sus ojos —resultaba reconfortante, por algún motivo— y se me había ido por completo de la cabeza lo que estaba haciendo.
—Eh… He decidido pasar por el paseo fluvial y pedir el Uber por esa zona. —Señalé en una dirección imprecisa.
—Ah. —Hizo una mueca—. Yo he venido por aquí a propósito porque pensaba dar la vuelta para llegar a mi casa.
Lo que significaba que había venido por aquí para evitarme, aunque no quisiera admitirlo.
Todo giraba en torno a mí. Por alguna razón, me gustó la idea.
Pero ¿por qué? ¿Qué me pasaba? Ver a Wylie me había desbaratado el día entero.
Todo había ido exactamente como lo había imaginado, hasta la cena.
Ahora nada parecía funcionar como debía.
—Ya veo.
Fue lo único que se me ocurrió decir.
Para mi sorpresa, puso los ojos en blanco de forma exagerada.
—No te estoy acosando ni nada parecido. Es justo lo contrario, de hecho. Intentaba evitarte.
Por algún motivo, su respuesta —sobre todo la manera de decirla— me pareció divertida. Se me dibujó una sonrisa sin pedirme permiso.
—Sí, ya me había dado cuenta.
—¿Cómo lo has sabido?
—Porque yo intentaba hacer lo mismo, tonta.
El viejo insulto —tonta— me salió solo, sin que me diera tiempo a pensarlo.
La llamaba «tonta» cuando éramos pequeños.
Mucho más pequeños que ahora. Cuando nos conocimos, yo tenía once años y ella casi diez.
Los insultos de patio de colegio no solo estaban permitidos: se esperaban.
Seguí llamándola «tonta» después, incluso de mayores.
Aunque no era un insulto. En realidad, la mayoría de esas pullas estaban llenas de cariño, aunque yo no me diera cuenta hasta ahora.
—No me acabas de llamar tonta —replicó, indignada.
Me reí. No pude evitarlo.
—No es la primera vez.
—No, y entonces también lo odiaba. —Cruzó los brazos sobre el pecho.
En Savannah, en mayo casi todos los días eran cálidos. Por la noche aún podía colarse algo de fresco en el aire, aunque aquella no era una de esas noches. ¿Tendría frío igualmente? Más que nada, parecía incómoda.
—Oye —empecé.
—En cualquier caso… —dijo ella al mismo tiempo.
Me subió la risa a la garganta, porque de algún modo parecía aún más fastidiada, lo cual no debería haber sido posible. Levanté las manos en señal de paz.
—Siento lo que dije en la cena.
Lo decía de verdad, y quería quitarme la disculpa de encima cuanto antes.
—No pretendía decirlo. Es solo que me sorprendió verte y, después de todos estos años, tenía la cabeza hecha un lío.
Pareció sorprendida por mi sinceridad.
—Lo entiendo —dijo tras una pausa—. Tú también eres la última persona a la que esperaba ver.
—Es solo que… ha pasado mucho tiempo.
—Sí.
Movió el cuello en círculos.
—Supongo que logré convencerme de que nunca nos cruzaríamos, porque fui a las primeras convenciones y tú no estabas. Evité buscarte a propósito, porque me parecía tentar a la suerte.
—Sí.
Sentí una pequeña punzada cerca del corazón al pensar que había estado preocupada por un posible encontronazo.
—Casi mejor que ya lo hayamos quitado de en medio, y delante de un grupo pequeño. Habría sido aún peor si hubiera pasado cerca de los lectores.
—Sí.
Desvió la mirada hacia el río. Estaba oscuro, así que era casi imposible distinguir el agua. Aun así, por lo visto, para ella eso era mejor que mirarme a mí.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó en voz baja.
Me esperaba la pregunta. Aun así, me descolocó.
—Va por el marido número seis.
Cuando se volvió hacia mí, tenía los labios un poco curvados.
—¿Sí? Pensaba que a estas alturas ya iría por el número ocho.
—No sé. Este lleva tres años enteros. Puede que aguante.
—¿En serio? —Enarcó las cejas hasta el nacimiento del pelo.
—No, ya está haciendo planes para divorciarse, aunque no me lo haya admitido ni nada. Sus abogados la adoran porque paga una fortuna por acuerdos prenupciales blindados cada pocos años.
—¿Se ha planteado salir con alguien en lugar de casarse? —preguntó Wylie—. Quiero decir, hoy en día no pasa nada si solo quiere irse a vivir con alguien.
—Se lo preguntaré la próxima vez que hable con ella.
La conversación se apagó y un silencio incómodo se instaló entre nosotras. No lo soporté.
—¿Cómo está tu madre? —pregunté, solo porque no sabía qué otra cosa decir.
—Está bien —respondió Wylie. Esta vez la sonrisa le salió apagada—. Hablo con ella una vez a la semana por videollamada. Lucy y yo nos vamos alternando.
—Tu hermana.
Casi me había olvidado de la hermana pequeña de Wylie. Lucy tenía seis años cuando nuestras madres se distanciaron. Yo la veía muy poco. En las convenciones siempre la acompañaba una niñera y nunca pisaba la zona de expositores.
—¿Cómo está?
—Despistada —respondió Wylie, y abrió las manos en un gesto de «qué se le va a hacer»—. O sea, la quiero, siempre la he querido, pero no consigue mantener un trabajo y salta de una pasión a otra como una abeja buscando polen. Creo que ahora está en Wyoming.
—¿Wyoming?
Me pareció un destino raro, aunque no me sorprendía que Lucy fuera despistada. Francamente, la última vez que la había visto, había dado por hecho que Wylie iba por ese camino. Que Lucy hubiera tomado el relevo no me sorprendía.
—¿Qué hace en Wyoming?
—Buscar una vaquera.
Respondió con sencillez y con un cariño desconcertado. Yo seguía sin entender nada.
—¿Qué?
Se rio de mi desconcierto.
—Es lesbiana. Lleva buscando a la mujer de sus sueños desde los dieciséis. Hace unos tres meses decidió que tenía que ser una vaquera, como Teeter en Yellowstone, así que se fue al oeste.