Los Monstruos también merecen ser amados LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #13
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #13

Se internó más en la casa, esquivando el cuerpo inerte de su madre en la estancia.

Al pasar frente a la habitación de su hermana, la puerta abierta de par en par le ofreció una visión aún más perturbadora.

Victoria estaba acostada en su cama, semivestida, con la mirada perdida en el techo y la respiración demasiado lenta.

El lobo, encendido en rabia por la enorme cantidad de dinero que acababa de perder, había decidido cobrarse la deuda ahí mismo, utilizó a Victoria como moneda de cambio, drogándola para someterla a su control absoluto.

Valeria se acercó y le habló en voz baja, luego un poco más firme: —Victoria. Reacciona—. Nada. Ni un parpadeo. No era raro ver a su madre alcoholizada hasta el desmayo, pero ver a Victoria en ese estado absoluto de sumisión y vulnerabilidad era una anomalía alarmante.

El instinto de la pintora, acostumbrada a analizar la composición de las cosas, la hizo actuar.

Sacó un pequeño tubo de ensayo de plástico que cargaba en su mochila para las mezclas de pigmentos.

Con una precisión quirúrgica que le hizo contener el aliento, tomó una muestra de saliva de los labios entreabiertos de Victoria; necesitaba saber exactamente qué sustancia le habían suministrado para dejarla así.

Antes de salir de la habitación, sus ojos captaron un vaso con agua a medio terminar sobre el buró.

Con el pulso firme, vertió una muestra del líquido en otro contenedor.

Guardó todo en el fondo de su mochila, ajustó los cierres para evitar cualquier ruido y se deslizó sigilosamente hacia la salida.

La madera de la puerta principal no emitió un solo crujido cuando Valeria se escabulló hacia la calle, dejando atrás ese infierno denso para volver a respirar el aire de la ciudad.

Tenía los números, tenía las muestras y tenía el control.

El monstruo ya no solo se defendía; ahora empezaba a investigar.

Al alejarse de la casa, el aire de la calle le supo a ceniza, pero el pulso de Valeria ya no flaqueaba. No regresó a la cueva. Con las muestras bien aseguradas en el fondo de la mochila y los dígitos quemándole la memoria, se adentró en los laberintos de la ciudad.

Para rastrear un número telefónico, sin levantar alertas, no podía usar conexiones ordinarias.

Se dirigió hacia el centro, buscando los callejones del barrios donde los mercados de tecnología ilegal y el flujo de información en el mercado negro respiran bajo sus propias leyes.

Tras pagar una cifra considerable a un técnico de mirada esquiva en un local atiborrado de pantallas rotas y cables colgados, obtuvo lo que buscaba.

El número estaba a nombre del director del hospital.

Con la identidad confirmada, su siguiente parada fue un laboratorio clínico discreto, donde un contacto de confianza recibió los tubos de ensayo. —Tardará un par de días —le dijeron. Valeria asintió. El monstruo sabía esperar.

Al día siguiente, el aula de la escuela se sentía incompleta, habitada por un vacío denso.

Que el lugar de Victoria estuviera desierto no sorprendía a nadie; sus ausencias eran la norma, el resultado predecible de sus excesos. Pero el banco de Valeria, vacío, era una anomalía que distorsionaba el ambiente. El monstruo jamás faltaba.

Marisol permanecía sentada, con la espalda recta, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia la silla vacía. Una inquietud sutil, una punzada de alarma que intentaba disimular bajo su habitual postura elegante, la hacía morderse el labio apenas perceptiblemente.

Del otro lado del salón, en el flanco derecho, Florencia tampoco lograba concentrarse.

La chica argentina mantenía el carboncillo quieto sobre el papel, con la mirada fija en el espacio donde Valeria solía sentarse con su misterio a cuestas, la ausencia de esa presencia magnética la llenaba de una intriga punzante.

En un momento de silencio, las miradas de Marisol y Florencia se cruzaron.

Fue un instante limpio, un choque eléctrico de comprensión absoluta.

No hicieron falta palabras, en la mutua tensión de sus hombros, ambas se leyeron con una claridad implacable.

En ese cruce de ojos, la fachada de la rivalidad escolar se desmoronó para dejar al descubierto una verdad compartida: a las dos, de formas distintas pero con la misma intensidad obsesiva, les gustaba el monstruo.

La ausencia de Valeria las había puesto en el mismo bando de la incertidumbre, celosas del secreto que cada una guardaba con ella, pero unidas por la misma fascinación hacia esa chica que parecía hecha de sombra, óleo y misterios.

El golpe en la puerta del departamento fue suave, pero en el silencio del refugio de Valeria, resonó con fuerza al abrir, se encontró con los ojos oscuros de Marisol.

No traía la postura rígida del colegio; venía con el cabello ligeramente revuelto por el viento de la tarde y una mezcla de alivio en la mirada.

—El monstruo jamás falta —dijo Marisol a modo de saludo, dando un paso al frente sin esperar invitación—. Así que vine a ver qué parte del mundo se estaba cayendo.

Fue una grata sorpresa. Valeria, que acababa de pasar horas organizando mentalmente las piezas del tablero, sintió cómo la armadura se le caía de los hombros.

—Una leve fiebre —mintió Valeria, con la voz un poco más baja de lo normal, dejando que la excusa justificara el cansancio real que cargaba en el cuerpo—.

Solo necesitaba un día.Marisol la observó en silencio, analizando su rostro con la minuciosidad de quien busca una grieta en una pared de concreto.

En una esquina del estudio, el lienzo de "Abrazar la niebla" descansaba cubierto sutilmente por una manta; un secreto protegido de miradas indiscretas, incluso de la de su musa.

Al notar la palidez de Valeria, el instinto de Marisol tomó el control de una forma inédita.

Ella, que jamás tocaba una cocina y para quien el mundo doméstico era un concepto totalmente ajeno, se amarró el cabello y se dirigió al pequeño espacio de la estufa.

Valeria la observó desde el umbral, divertida, viendo cómo Marisol inspeccionaba los sartenes torpeza.

con una mezcla de incertidumbre y absoluta

El resultado fue: un sándwich delicioso y perfectamente tostado que Marisol logró terminar sin quemar, servido con un orgullo que no pudo ocultar.

Valeria no pudo evitar sonreír, una sonrisa auténtica que iluminó sus facciones habitualmente severas.

Compartieron el plato ahí mismo, en la barra, mientras Valeria preparaba el café para ambas, dejando que el aroma denso y oscuro inundara el espacio.

Esa complicidad simple abrió las compuertas de una conversación de almas abiertas.

Sentadas en los bancos de la barra, con las tazas humeantes entre las manos, hablaron de la piel, del peso de las expectativas, del arte y de los abismos que cada una escondía.

La distancia que el colegio imponía se disolvió por completo.

Marisol dejó la taza. El ruido de la cerámica sonó seco, demasiado fuerte en el silencio del espacio.

Se acercó a Valeria y la tomo de la cara con las manos; estaban tibias, seguras.

El beso no fue un ritual, fue una necesidad.

Valeria abrió la boca, dejando que el aliento de Marisol invadiera el suyo.

No hubo pretensiones, solo el roce de pieles que se buscaban con una urgencia que no dejaba lugar a la frialdad ni al control.

Se quitaron la ropa con torpeza, chocando hombros, buscando la desnudez de la otra como quien intenta quitarse un peso de encima.

Cuando el peso de sus cuerpos se encontró sobre el colchón, la cama crujió.

Ya no eran una pintora y su musa, ni una maestra y su alumna; eran solo dos cuerpos sudorosos, aprendiendo el mapa del otro a través del tacto y la fricción.

Marisol la guio, marcando un ritmo que Valeria, con toda su lógica y su cabeza siempre al servicio de la matemática, jamás habría podido planear.

Fue un caos necesario. El "monstruo" que vivía en Valeria se quedó sin defensas, desarmado por el simple hecho de sentir que, por primera vez, no tenía que librar ninguna batalla.

Solo tenía que existir. Al terminar Valeria mantenía la mirada fija en el techo, acariciando con lentitud el hombro desnudo de Marisol.

Sabía que el amanecer traía de vuelta la realidad del mundo exterior, pero antes de que las máscaras se volvieran a colocar, el monstruo necesitaba hablar.

No con la voz de la estratega, sino con la voz de quien ha caminado por el fuego.

—Sé que los inviernos que nos llevamos son varios —soltó Valeria en un susurro, rompiendo el silencio con una suavidad imprevista. Su voz sonaba profunda, madura, despojada de cualquier pretensión—. Pero entiendo que tu presencia es un regalo que el universo puso en mi camino.

Marisol se incorporó ligeramente, apoyando la barbilla en su mano para mirarla, intrigada por el tono de sus palabras.

Valeria giró el rostro hacia ella, sosteniéndole la mirada con una honestidad que desarmaba.

—Te amo en libertad, Marisol —continuó Valeria, y una sonrisa casi imperceptible asomó en sus labios—.

Los libros me han mostrado que nada nos pertenece, que retener es una ilusión.

Y así será entre nosotras, hasta que tú decidas continuar tu propio viaje.

No pretendo encadenarte. Entiendo tus cargas, el peso de tu pasado, de tus expectativas, de todo lo que te agobia afuera de estas paredes y yo solo quiero hacerlas más ligeras.

Quiero ser un pétalo en tu vida, no otra espina clavada por diez años.

Marisol se quedó completamente inmóvil. Las palabras de Valeria no sonaban como las de una compañera de colegio; vibraban con el peso de alguien que hubiera vivido muchas más vidas, alguien que conocía el desapego no por frialdad, sino por pura sabiduría.