Los Monstruos también merecen ser amados LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #12
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #12

Victoria abrió la boca, indignada, con las mejillas encendidas por la humillación pública, mientras Julián tiraba sutilmente de su suéter para obligarla a retroceder. Pero antes de que pudiera articular una sola palabra de réplica, una presencia imponente congeló por completo el ambiente.

La puerta del taller de arte se abrió de par en par.

Marisol apareció en el umbral, alta, impecable, desprendiendo esa autoridad natural que nadie en la preparatoria se atrevía a desafiar.

Sus ojos café recorrieron el pasillo, deteniéndose un segundo de más en Valeria, antes de barrer con la mirada a Victoria y a Julián.

—¿El pasillo de mi aula ahora es un patio de vecindad? — preguntó Marisol, con una voz tranquila, madura y de un peso absoluto—. Victoria, Julián, al salón ahora mismo si no quieren que los reporte con la dirección por el desorden que están armando.

Los dos no lo pensaron dos veces; bajaron la cabeza y se alejaron a paso rápido entre la multitud que comenzaba a dispersarse.

Marisol esperó a que el pasillo quedara casi desierto.

Luego, miró fijamente a Florencia y finalmente a Valeria.

Una sutil corriente de aire pareció recorrer el espacio; la maestra captó de inmediato el magnetismo silencioso que se había encendido entre la joven pintora y la chica nueva.

Percibió la cercanía de Florencia, la forma en que su hombro casi rozaba el lado izquierdo de Valeria, funcionando como un escudo espontáneo.

—Entren al aula —ordenó Marisol, suavizando el tono solo lo justo—. El lienzo no espera, y la luz de hoy es demasiado buena como para desperdiciarla en discusiones estériles.

Florencia sonrió de lado, guiñándole un ojo a Valeria antes de dar el primer paso hacia el salón.

Valeria respiró hondo, sintiendo en el aire el contraste perfecto de esa mañana: por un lado, la frescura libre y luminosa de Florencia; por el otro, el rastro sutil del perfume que emanaba de Marisol al pasar a su lado.

Su lado izquierdo estaba resguardado, su cueva seguía a salvo, pero el juego de su vida adulta acababa de abrir sus cartas sobre la mesa.

Valeria cruzó el umbral. Estaba lista para el diseño de su propio destino.

Al sonar la campana que anunciaba el final de la jornada escolar, el aula de arte se vació con la prisa habitual.

Los alumnos salieron hacia los pasillos, ansiosos por dejar atrás los muros de la preparatoria.

Valeria, manteniendo su ritmo pausado y calculador, comenzó a juntar los frascos de aguarrás, las espátulas y los pinceles que habían quedado dispersos en las mesas de trabajo.

No tenía prisa; se había quedado con el pretexto exacto de ayudar a Marisol a ordenar el desorden del taller y trasladar el material pesado a la bodega del fondo.

Cuando la última silueta se perdió por el pasillo y el silencio sepulcral se adueñó del salón, Valeria cargó una caja de madera con óleos y avanzó hacia el almacén. Marisol ya estaba adentro, acomodando unos caballetes de repuesto en las estanterías altas.

Valeria entró y, con un movimiento sutil del pie, empujó la puerta de madera hasta que escucho un clic rotundo, dejándolas a oscuras, apenas iluminadas por la luz tenue que se filtraba por la rendija superior.

El aire confinado de la bodega las envolvió de inmediato: el olor seco del polvo, el penetrante aguarrás, pero sobre todo, esa dulce aroma que emanaba de la piel de la maestra.

Marisol se dio la vuelta, soltando el trapo sobre la mesa.

La calma pedagógica de la mañana se había evaporado; sus ojos café tenían una fijeza oscura, esa vibración contenida de alguien que está a punto de perder la paciencia.

Ver a la argentina bloqueando el pasillo no solo la había irritado, la había encendido.

—La luz extranjera se está acercando demasiado, mi pequeño ser —dijo Marisol.

Su voz era un hilo tenso que rebotó en las paredes de la bodega.

Dio un paso, acortando el espacio hasta que sus pechos rozaron los de Valeria, sintiendo el calor que emanaba a través de la tela—. A mí no me gusta compartir el lienzo.

Valeria no parpadeó. Sintió el pulso martilleándole en la garganta, una mezcla de excitación eléctrica al ver a su guía fuera de control.

—Te lo dije ayer —susurró Valeria, recargándose contra el estante, sintiendo la madera fría contra su espalda—. Mi lado izquierdo es tuyo. Nadie entra si yo no abro la puerta. —Entonces asegúrate de que no haya más copias de esa llave —gruñó Marisol.

No esperó. Le rodeó la nuca con una mano y tiró de ella, un movimiento brusco, lleno de esa urgencia de quien reclama propiedad.

Sus bocas se encontraron con una ferocidad que ignoraba cualquier sutileza, chocando los labios, buscando el aire que les faltaba.

Las manos de Marisol no acariciaban, hurgaban; se colaron bajo la ropa, subiendo por sus muslos con una destreza que buscaba la fuente de su humedad.

Entre el olor a solventes y el polvo, la cortesía se rompió.

Marisol la obligó a abrirse, hundiéndose en ella sin preámbulos, sus dedos entrando con una firmeza que hizo que Valeria se arqueara contra el estante, provocando que los frascos vibraran sobre la madera.

No era una danza, era una colisión. Cada roce era un marcaje: Marisol la sentía tensarse, la sentía reaccionar a su ritmo experto, y no le dio tregua, presionando justo donde sabía que Valeria perdía la batalla.

Valeria se entregó al caos, dejando que el sonido de sus propios gemidos llenara la bodega, una melodía cruda que delataba el grado de su rendición.

Sus manos se aferraron a los hombros de Marisol, clavando las uñas, mientras el placer se volvía una espiral que le nublaba la vista.

Cuando el espasmo finalmente le recorrió el cuerpo, Valeria se desmoronó contra ella, jadeando contra su cuello, sintiendo el pulso de Marisol acelerado por el esfuerzo y el deseo.

Marisol no se alejó. Se quedó ahí, con la respiración pesada, apoyando la frente contra la suya, disfrutando el rastro de su entrega. Con una lentitud que contrastaba con la brutalidad de un segundo antes, deslizó los dedos por el costado de Valeria, un toque apenas perceptible, antes de separarse.

El aula estaba en silencio. Marisol se alisó la ropa con manos que todavía temblaban y abrió la puerta. La luz cruda y blanca del pasillo volvió a entrar, golpeándolas como una bofetada de realidad que no borraba lo que acababa de suceder.

El pacto de la piel estaba sellado. La cueva seguía intacta, resguardada bajo llave, pero las cartas del juego ya estaban echadas.

El silencio del departamento se sentía distinto esa tarde. El

olor a óleo fresco de "Abrazar la niebla" y el rastro del perfume de Marisol seguían impregnados en la piel de Valeria, pero una inquietud sutil, una especie de alarma intuitiva, la obligó a colgarse la mochila al hombro.

Necesitaba recuperar un par de libros específicos que se habían quedado en el fondo del clóset de su antigua casa, volúmenes de anatomía y perspectiva que le hacían falta para terminar el lienzo.

Cruzó la ciudad con el ritmo calculador de siempre, pero a medida que se acercaba a los rumbos de su pasado, el aire comenzó a tornarse denso, cargado de un presentimiento oscuro.

Al llegar a la vieja casa, Valeria empujó la puerta de madera con la yema de los dedos, entrando como una sombra, en silencio. Lo primero que la golpeó fue el olor pestilente a humedad, a sudor rancio y al alcohol que su madre adoptiva consumía hasta perder la conciencia.

Avanzó por el pasillo hacia la estancia principal, pisando con cuidado para no hacer crujir la duela.

Al asomarse por el marco de la puerta, la escena la congeló por completo.

El monstruo dentro de ella observó en silencio, con una mezcla de asco profundo y un terror que se le instaló en el estómago.

En el centro de la sala, el ambiente era una postal de la decadencia.

Su madre yacía seminoqueada en el sillón principal, con los ojos vidriosos apuntando al techo, balbuceando incoherencias en medio de una estupidez etílica y química, con la mirada completamente perdida, las pupilas dilatadas al máximo y la respiración rota, intoxicada por la sustancia que corría por sus venas.

De pie sobre ella, como un depredador que vigila su territorio, estaba el Lobo. Su rostro era una máscara de furia contenida. Al teléfono, su voz sonaba como un rugido sordo, discutiendo con el dr. Carlos el director corrupto del hospital psiquiátrico.

—¡Me importa un carajo tus riesgos! —dijó el Lobo, apretando el auricular con una fuerza que blanqueaba sus nudillos—.

Ya te entregué una fortuna para mantener los papeles limpios y el maldito silencio en ese hospital.

¿Y ahora me sales con que necesitas más dinero?

No soy tu banco, imbécil.El Lobo colgó de golpe, arrojando el teléfono sobre la mesa.

Valeria, oculta en la penumbra, no se movió.

Su mente analizó la situación con una frialdad matemática: el director del psiquiátrico estaba extorsionando al lobo.

Valeria observó la miseria de esa gente, el horror de la adicción y la crueldad sin cadenas que alguna vez amenazó con devorarla.

El asco la hizo retroceder un paso, pero el monstruo no gritó; El asco y el terror iniciales se transformaron de inmediato en la frialdad de un estratega que encuentra piezas clave en el tablero.

Con movimientos de sombra, aprovechando que el Lobo caminaba de espaldas hacia la ventana maldiciendo entre dientes, deslizó la mano hacia la mesa de la entrada donde él había arrojado el teléfono.

Con los ojos fijos en la silueta de su padre, memorizó el número de la última llamada reflejado en la pantalla iluminada. Lo anotó mentalmente, repitiendo los dígitos como un mantra: ese número la llevaría directo al complice del lobo, al secreto que tanto ocultaban.