LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #11
El silencio que siguió al beso quedó suspendido en el aire, disolviéndose lentamente entre el murmullo de la música suave que sonaba de fondo.
Valeria tardó unos segundos en recomponer su postura, pero Florencia ya había regresado a su lugar con la misma naturalidad de siempre, tomando un sorbo de su mate como si el mundo no hubiera cambiado de eje hace un instante.Para desviar la atención de la vibración que aún sentía en la mejilla, Valeria recorrió el espacio con la mirada.
La cafetería compartía el local con una librería independiente; los muros perimetrales estaban cubiertos por estanterías de madera alta que albergaban cientos de lomos de libros, creando una atmósfera de santuario que Valeria conocía a la perfección.
—Veo que te gustan las historias —comentó Florencia, siguiendo la dirección de sus ojos y apoyando la barbilla en su mano—.
En Argentina tenemos a la indomable Silvina Ocampo, de esa literatura que te vuela la cabeza y te deja recalculando.
Pero acá todavía estoy explorando. ¿Qué se lee en ese silencio que te caracteriza, Valeria? Decime un libro que te defina.
Valeria dejó la taza de expreso vacío sobre la mesa y se puso de pie con calma.
Caminó hacia uno de los pasillos laterales, donde los libros de literatura mexicana descansaban bajo una luz cálida.
Sabía exactamente lo que buscaba. No le iba a recomendar los clásicos solemnes que dictaban en la preparatoria; quería mostrarle la verdadera piel de las letras de su país.Regresó a la mesa con dos volúmenes delgados pero de un peso contundente en sus historias.
Los deslizó sobre la madera, justo al lado del termo de Florencia.
—Si de verdad quieres entender lo que se esconde en las calles de esta ciudad cuando la noche cae, tienes que leer esto —dijo Valeria, señalando el primero—.
Se llama Amora, de Rosamaría Roffiel. Es la primera novela explícitamente sáfica que se escribió aquí.
Habla de la libertad de amarse entre mujeres, del autodescubrimiento y de la fuerza de tejer una red propia, sin los permisos de nadie.
Florencia tomó el libro, acariciando la portada con los dedos, atrapada de inmediato por la firmeza con la que Valeria hablaba de la obra.
—Y este —continuó Valeria, colocando el segundo ejemplar encima— es La señora de los sueños, de Sara Sefchovich.
Tiene ese toque sáfico sutil, pero sobre todo es un viaje a través de la imaginación y el deseo de una mujer que, atrapada en la cotidianidad, decide inventarse vidas, pasiones y mundos enteros para no morir en su realidad.
Florencia levantó la mirada de los libros, con los ojos azules brillando con una chispa de profunda complicidad.
—Amora y La señora de los sueños —repitió la argentina, saboreando los títulos con su característico acento—. Literatura mexicana con un toque sáfico. Me parece que me estás abriendo las puertas de tu biblioteca personal muy rápido, che. Y mirá que me encanta el desafío. Me los llevo los dos.
Valeria se sentó de nuevo, sintiendo que, a través de las páginas recomendadas, le estaba entregando a Florencia un mapa invisible de sus propios territorios.
Florencia pagó los libros con insistencia argentina, negándose rotundamente a que Valeria pusiera un solo peso. Al salir de la cafetería-librería, el aire de la tarde ya se sentía más fresco.
—Gracias por el mapa, Valeria —dijo Florencia, acomodando los dos volúmenes dentro de su mochila con un cuidado casi reverencial. Se detuvo a un paso de distancia, mirándola de frente—. Nos vemos mañana en el aula. No te me vayas a esconder detrás del caballete.
Valeria solo asintió con una leve sonrisa de lado, esa que mantenía las distancias justas. Vio a Florencia alejarse por la acera con su andar ligero, perdiéndose entre la marea de gente que caminaba hacia una parada.
El regreso a su departamento fue un trayecto silencioso y meditativo. En cuanto la llave giró en la cerradura y la puerta pesada se cerró, Valeria soltó un suspiro profundo. Cruzó la duela fría y se sentó en el borde de su cama, dejando que la penumbra de la tarde comenzara a invadir la habitación.
Involuntariamente, su mano derecha subió a su mejilla, justo en el lugar donde el beso de Florencia había dejado un rastro de calidez. Pero el gesto, en lugar de mantenerla en el presente, la arrastró inevitablemente hacia atrás en el tiempo, directo al recuerdo de su primer encuentro con Marisol.
Marisol había sido la única. La única que no solo se había atrevido a tocar su piel con la devoción de quien admira un relieve sagrado, sino la única que había recorrido su lado izquierdo sin un solo titubeo, sin la menor sombra de lástima o morbo.
Recordó la firmeza de sus manos maduras guiando las suyas, enseñándole que el cuerpo también es un lienzo que se reclama en total libertad, bajo una fórmula clara: cero amor, pura entrega.
Una complicidad absoluta que hoy llevaba a Marisol a llamarla, en la intimidad más profunda de sus encuentros, su "pequeño ser".
Buscando romper el trance, Valeria se puso de pie y se acercó al perchero de la entrada.
Ahí, colgada entre sus abrigos, encontró la bufanda de Marisol, olvidada la última noche que pasaron juntas.
La llevó a su rostro y respiró hondo. El aroma la inundó de inmediato: una mezcla inconfundible de notas dulces, maderas y ese rastro punzante de Thomas Kosmala #4 Après L'Amour.
Era el olor de Marisol, el olor de la tormenta después del encuentro.
Inspirada por ese aroma y por las palabras que su maestra le había dejado en el aula ("los lienzos más hermosos son los que se atreven a combinar el oro con la luz del día"), Valeria caminó hacia el estudio con una determinación magnética.
Encendió una lámpara tenue, colocó un lienzo en blanco sobre el caballete y comenzó a preparar sus materiales en absoluto silencio.
Esta vez no eran líneas rectas ni simetrías rígidas; la influencia de Remedios Varo guió el pulso de su mano.
Visualizó figuras estilizadas, seres de luz celestial, cielos cargados de una bruma mística y dorada.
Sería su gran regalo para ella, el tributo definitivo antes de graduarse de la preparatoria y dejar atrás esas aulas.
Con trazos seguros y el pincel impregnado de misterio, Valeria comenzó a dar vida a la obra. Ya tenía el título grabado en la mente, el nombre que definiría esa danza entre su cueva y el mundo exterior: "Abrazar la niebla".
Las horas se disolvieron en el estudio al ritmo en que la bruma del óleo iba cobrando forma sobre el lienzo.
Valeria pintaba con una concentración casi mística; cada pincelada era un intento de atrapar la esencia de Marisol, de congelar en texturas surrealistas esa guía que la había rescatado de sus propios escombros.
En "Abrazar la niebla", los cuerpos no tenían límites definidos; eran siluetas de viento y polvo de oro que se fundían con la atmósfera, una representación perfecta de esa entrega total, libre de contratos, que compartían.
El aroma de su perfume seguía flotando en el ambiente, desprendiéndose de la bufanda que Valeria se había colocado alrededor del cuello como un amuleto contra el frío de la madrugada.
Cuando el cansancio finalmente le reclamó los ojos, Valeria dejó los pinceles en el frasco con aguarrás y se limpió las manos.
El cuadro apenas era un boceto avanzado, pero la magia de Remedios Varo ya respiraba en los trazos iniciales.
Apagó la lámpara del estudio y se fue a la cama, dejando que el olor a pintura fresca y perfume que la arrullara hasta el amanecer.
Al día siguiente, el sol de la Ciudad de México despertó con una claridad limpia tras la lluvia nocturna. Valeria llegó al colegio con su puntualidad habitual, con la mochila al hombro cargando sus cuadernos escritos en tinta azúl y la mente en una calma tensa.
Al cruzar el pasillo principal hacia el salón de arte, la atmósfera de la preparatoria la envolvió de golpe con su ruido característico. Sin embargo, antes de llegar a la puerta del aula, una silueta conocida bloqueó su camino.
No era Florencia, y tampoco era Marisol. Era Victoria, flanqueada por Julián. Victoria, en cambio, sostenía una sonrisa amarga y venenosa en los labios, cruzada de brazos y con los ojos fijos en el lado izquierdo del rostro de Valeria.
—Vaya, miren quién decidió aparecer —soltó Victoria, elevando la voz lo suficiente para que los alumnos que pasaban por el pasillo voltearan—.
La gran artista. Nos enteramos de que ayer te fuiste muy bien acompañada de la nueva, Valeria.
Qué rápido te buscas defensoras. ¿Le enseñaste también lo que escondes detrás del cabello, o a ella sí le dio asco?
Julián soltó una risa nerviosa, buscando recuperar un poco de su orgullo perdido, mientras el pasillo comenzaba a quedarse en silencio, esperando la reacción del "monstruo".
Valeria ni siquiera pestañeó. Sostuvo la mirada de Victoria con esa frialdad analítica que desesperaba a los demás; para ella, esos ataques no eran más que ruido de fondo, intentos desesperados de mentes pequeñas por ganar una relevancia que no tenían.
Ajustó la correa de su mochila, lista para avanzar y dejarlos hablando solos, demostrando que sus fronteras seguían intactas.
—A mí me parece que el único asco acá lo das vos, Victoria.
La voz, cargada de ese arrastre argentino tan limpio y cantarín, cortó el murmullo del pasillo.
Florencia apareció detrás de ellos, abriéndose paso con una seguridad pasmosa.
Se colocó justo al lado de Valeria, cruzándose de brazos y mirando a Victoria de arriba abajo con una sonrisa que desbordaba desdén.
—Hay que tener una vida muy aburrida y bastante gris para andar tan pendiente de la piel de los demás —continuó Florencia, clavando sus ojos azules en los de la otra chica— Circulen, chicos, que dan pena.