LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #10
—Nadie puede entrar a la cueva si yo no abro la puerta, Marisol —respondió Valeria, con una firmeza respetuosa— . Mi lado izquierdo es tuyo. Eso no cambia por un par de ojos azules.
Marisol sonrió, depositando un beso sutil en el hombro de Valeria antes de tomar su portafolio.
—Lo sé, mi pequeño ser. Pero el arte me ha enseñado que los lienzos más hermosos son los que se atreven a combinar el oro con la luz del día.
No le temas a lo que viene de fuera. Estás lista para experimentar el mundo en tus propios términos.Con esas palabras, Marisol salió del salón, dejando el recordatorio de su lugar seguro flotando en el aire.
Valeria terminó de limpiar sus pinceles, guardó sus cuadernos escritos a mano en la mochila y se acomodó el mechón de cabello oscuro.
Al salir al pasillo del colegio, la luz de la tarde de la Ciudad de México caía de lado sobre los muros de piedra.
A lo lejos, cerca de la salida, vio la silueta rubia de Florencia, quien caminaba sola, riendo por algo que miraba en su teléfono con esa gracia natural y libre que la caracterizaba.
Valeria respiró hondo. Faltaban solo unos meses para cumplir los dieciocho años.
La preparatoria estaba por terminar y la tensión en la casona se sentía en el aire.
El monstruo ya no se escondía por miedo; se guardaba por estrategia, lista para jugar el juego de la vida adulta con sus propias reglas, sin contratos, sin cadenas, y con la absoluta libertad de decidir a quién permitirle descifrar su belleza.
Valeria lo sabía. Cada vez que se miraba al espejo y apartaba el mechón de cabello para retocar el maquillaje de su falsa cicatriz, sonreía con una madurez respetuosa y firme.
Estaba lista para el siguiente movimiento en el tablero.
La cueva la esperaba, y con ella, el inicio de su verdadera historia, el aula de arte, y los nombres de las mujeres que vendrían a enseñarle que los monstruos, cuando aman en libertad, son capaces de incendiar el mundo.Al día siguiente, despues de clases, el eco de las risas de los pasillos se fue apagando a medida que Valeria cruzaba el gran portón de la entrada.
Afuera, el bullicio de la tarde en la Ciudad de México la recibió con su habitual torrente de cláxons, vendedores ambulantes y el olor a asfalto caliente mezclado con el polen de las jacarandas.
Apenas dio unos pasos sobre la acera cuando una voz inconfundible y ligera, interrumpió su marcha.—¡Che, Valeria! Esperá.
Valeria se detuvo, manteniendo la espalda recta, y giró lentamente.
Florencia se acercaba a paso rápido. El sol de la tarde le daba de lleno en el rostro, haciendo que sus ojos azules parecieran casi transparentes.
No venía con la prisa de quien persigue, sino con la soltura de quien sabe que el tiempo le pertenece.
—Te vi salir y pensé que veníamos para el mismo lado — dijo Florencia, deteniéndose a una distancia perfecta, la justa para no invadir pero lo suficientemente cerca para que Valeria pudiera notar el aroma a menta y a limpio que desprendía—.
Bueno, en realidad no sé hacia dónde vas, pero asumo que cualquier lugar es mejor a tu lado.
Valeria sostuvo la mirada, midiendo el terreno con la precisión de un arquitecto frente a un plano complejo.
—Voy hacia la condesa —respondió Valeria, con una voz tranquila, madura, que no revelaba el más mínimo titubeo— . Y no suelo caminar acompañada.
Florencia soltó una risa suave, genuina, que no se vio afectada por la distancia de la pintora.
—Qué carácter, che. Mirá que yo tampoco soy de pegar el hombro a cualquiera, pero me dio curiosidad. Sos un misterio silencioso.
Valeria comenzó a caminar de nuevo, a un paso pausado pero firme. Florencia, sin pedir permiso pero sin resultar impertinente, se acopló a su ritmo, con las manos metidas en los bolsillos.
—No me defiendo, Florencia —comentó Valeria, mirando al frente mientras cruzaban la primera esquina—. Solo delimito mi espacio. El ruido es para los que no tienen claras sus fronteras.
—Fronteras! —repitió la argentina, paladeando la palabra con una sonrisa de lado—. Me gusta cómo suena eso. Pero a veces las fronteras están para cruzarse, ¿no crees? O al menos para ver qué hay del otro lado del muro.
Florencia guardó silencio durante unos pasos, asimilando la respuesta con una mezcla de respeto y fascinación.
La luz de la tarde comenzaba a teñirse de un naranja dorado, proyectando sus siluetas alargadas sobre las fachadas de los edificios mientras se internaban en las calles que conectaban hacia la condesa.
—Cruzar un muro sin invitación suele ser peligroso — añadió Valeria, rompiendo el silencio con una voz suave pero tajante, sin desviar la vista del camino—.
La mayoría de las personas solo buscan propiedad.
Quieren poseer lo que ven, ponerle una etiqueta y meterlo en una caja.
A mí no me interesan los contratos.Florencia se detuvo un segundo, obligando sutilmente a Valeria a hacer lo mismo.
La miró de frente, con esos ojos azules desprovistos de la soberbia preparatoria, mostrando una lucidez esperaba encontrar en alguien de su edad. habitual de la
que Valeria no
—¿Y quién habló de propiedad? —preguntó Florencia, ladeando la cabeza con una sonrisa ligera—.
El viento no le pertenece a nadie y viaja por todos lados.
A mí me aburre la gente que se entrega con un manual de instrucciones, Valeria.
Prefiero las cosas que se descubren de a poco, las que no te piden nada a cambio más que el momento.
Sos libre, se te nota en la forma de caminar. Y yo también lo soy.
Valeria la observó en silencio. Su mente estratega analizó cada facción, cada tono de la voz extranjera.
Sintió el peso de su propia madurez, esa que Marisol había moldeado con tanta precisión entre las sábanas y el arte, y reconoció que Florencia compartía un destello de esa misma independencia, aunque desde un lugar mucho más luminoso y despreocupado.
La cueva seguía cerrada, pero la puerta ya no parecía tan pesada.
—La libertad tiene un precio alto, Florencia —dijo Valeria, retomando la marcha, esta vez permitiendo que la distancia entre sus hombros se acortara apenas unos centímetros—. No todos saben pagarlo.
—Bueno, por suerte a mí me gusta apostar fuerte — respondió la argentina, alcanzando su paso con esa gracia natural—. Decime, ¿falta mucho para llegar a tu zona? Porque me vendría bárbaro un café, y tengo la impresión de que vos conocés los mejores lugares de esta ciudad.
Valeria la guió a través de un par de calles arboladas hasta cruzar el umbral de una cafetería de techos altos y mesas de madera desgastada, un rincón discreto donde el aroma a grano tostado flotaba como un bálsamo.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana, donde la luz del revés de la tarde entraba con suavidad.
Florencia, con una soltura que parecía desafiar las dinámicas del espacio, sacó de su mochila un pequeño porongo de madera con detalles de plata y un termo.
Con movimientos pausados y casi rituales, acomodó la yerba y vertió el agua caliente, preparando su mate ante la mirada atenta y silenciosa de Valeria.
El mesero se acercó a la mesa cargando los dos expresos cortos que Valeria había pedido sin necesidad de mirar la carta.
Al dejar la taza, los ojos del hombre se desviaron inevitablemente hacia el lado izquierdo del rostro de Valeria.
Fue una fracción de segundo, esa mirada persistente, incómoda y cargada de una mezcla de morbo y extrañeza que Valeria conocía de memoria: la reacción del mundo exterior ante una belleza innegable pero profundamente marcada por la cicatriz.
Valeria no se movió; tensó la mandíbula por puro instinto estratega, lista para levantar el muro.
Sin embargo, Florencia ni siquiera parpadeó ante el gesto del mesero. Con una naturalidad, deslizó el mate hacia el centro de la mesa.
—Tomá, probá —dijo Florencia, ignorando por completo la presencia del hombre, que terminó de retirarse a toda prisa—.
Es amargo, como me gusta a mí, pero si le prestás atención, tiene un fondo dulce al final.Valeria, un tanto desconcertada por la absoluta indiferencia de Florencia ante la mirada cruel del entorno, tomó la bombilla entre sus labios con cautela.
El calor de la infusión y la intensidad de la yerba le rasparon la garganta de una forma nueva, directa.
—Es fuerte —comentó Valeria, devolviéndoselo mientras sentía el contraste del sabor—. Pero limpio. Ahora te toca. El café se toma sin azúcar si de verdad quieres conocer su sabor.
Florencia sonrió, tomó la pequeña taza de expreso y le dio un sorbo corto, saboreándolo con los ojos entrecerrados.
—Amargo y concentrado. Se parece a vos, Valeria —dijo, dejando la taza con un tintineo sutil—. No entiendo por qué la gente le tiene tanto miedo a las cosas que queman un poco.
Valeria la observó fijamente, buscando algún rastro de lástima o incomodidad en esos ojos azules que la miraban de frente, pero solo encontró una claridad absoluta, limpia de juicios. Florencia no estaba evitando la cicatriz, simplemente no la usaba como una etiqueta.
Antes de que Valeria pudiera verbalizar la distancia que su mente intentaba calcular, Florencia se inclinó levemente a través de la mesa.
Cortando el aire con esa ligereza suya, depositó un beso sutil, tibio en la mejilla derecha de Valeria.
No tocó la piel herida; fue un gesto suave en su lado intacto, pero cargado de una firmeza silenciosa, una declaración muda de que estaba dispuesta a ser un escudo contra cualquier mirada ajena que pretendiera juzgarla.
Valeria se quedó inmóvil, sintiendo el rastro del calor de los labios de Florencia en la piel. Por primera vez en mucho tiempo, el monstruo no supo qué estrategia seguir.