LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #9
—No te detengas... dame más fuerte —le rogó entre gemidos y jadeos.
Valeria no se detuvo. —No te detengas...
dame más fuerte —le rogó nuevamente entre gemidos.
Siguió el ritmo salvaje hasta que la chica se arqueó, terminando entre sus dedos.
Valeria sonrio observando la escena, que placentero fue experimentar en esa otra piel lo que su maestra había despertado en ella: el arte de recorrer el fuego sin quemar las naves.
Fue un intercambio de pura física y juventud, un laboratorio de sensaciones donde Valeria comprobó que podía poseer el instante con una firmeza respetuosa y voraz.
Horas más tarde, cuando el primer rayo de sol de la mañana comenzó a colarse por los ventanales e iluminó las copas de los árboles, Valeria ya estaba de pie.
Se vistió despacio, observando el cuerpo dormido de la mujer entre sus sábanas.
No había culpa en su pecho, tampoco esperanza.
Había entendido la fórmula de Marisol a la perfección: aquello era un pacto sin contratos, una entrega limpia que nacía y moría en el mismo colchón.
Escribió una nota breve en un trozo de papel que tenia un petalo rojo grabado:
-Gracias por la noche. Hay café caliente en la cocina. Cierra la puerta al salir. Julio te espera detras de la puerta, el chofer te llevara a donde le indiques, ten una gran vida.
Dejó la nota sobre la mesa de noche, se acomodó el mechón de cabello oscuro sobre el lado izquierdo del rostro y salió del departamento antes de que la mujer despertara.
Un sutil adiós de hasta nunca.Caminó por las calles vacías de la condesa mientras la ciudad despertaba.
Había cruzado la línea de fuego; el monstruo había aprendido a jugar con las reglas de los adultos, libre de las cadenas del amor idealizado, lista para regresar el lunes al salón de clases y sostenerle la mirada a quien se atreviera a buscar su luz.El lunes por la mañana, Valeria cruzó el umbral del colegio
con una pisada que ya no arrastraba el peso de la casona.
Su cuerpo guardaba la memoria de un fin de semana definitivo: en su flanco izquierdo seguía latiendo el fuego sagrado e inteligente de Marisol; en el derecho, la certeza de haber devorado la noche bajo otra piel, libre de contratos y dueña absoluta de su presente.
Al sentarse frente a su caballete del fondo, se acomodó el mechón de cabello oscuro con la calma de quien reajusta una corona, lista para escribir el siguiente párrafo de su aislamiento elegido.
Victoria llegó al salón arrastrando una tormenta de frustración.
La cena de etiqueta con Aureliano y Constanza había sido un fracaso de apariencias y reproches mudos, y su ego necesitaba urgentemente ser alimentado.
Se sentó en la primera fila, exigiendo con la mirada la atención de su séquito, pero esa mañana el orden del aula estaba roto.
Julián no la miraba a ella. El vecinito había escuchado los rumores falsos de la fiesta del viernes; alguien juraba haber visto a "Victoria" o a una sombra idéntica a ella saliendo hacia el centro de la ciudad con una actitud magnética que su novia jamás tenía en privado.
Julián miraba a Valeria intentando descifrar el misterio, intuyendo con miedo que el "monstruo" dominaba un lenguaje prohibido que él jamás alcanzaría a comprender.
Desde su escritorio, Marisol levantó la vista.
Su ojo clínico de artista y amante notó el cambio de inmediato.
Valeria no la miraba con la ansiedad de la espera; la miraba con una madurez respetuosa, un brillo café en los ojos que reflejaba una plenitud descarnada.
Marisol trazó una sonrisa invisible, reconociendo que su alumna de arte y vida había asimilado la fórmula de la libertad: amar sin poseer, experimentar sin cadenas.
El pacto silencioso entre ambas estaba más fuerte que nunca, sellado en las sombras de la cueva.
Fue en ese instante de tensiones cruzadas cuando una risa ligera y un acento arrastrado rompieron la estática del salón.
—Che, qué denso está el aire acá hoy, ¿no?
—soltó Florencia, entrando al aula con esa gracia natural y libre que la caracterizaba.La argentina, rubia y de ojos azules transparentes, caminó entre las bancas ignorando por completo el saludo ensayado que Victoria intentó lanzarle para marcar territorio.
Florencia no jugaba bajo esas reglas coloniales.
Pasó de largo del grupo popular, pero al llegar a su mesa lateral en el fondo, no se sentó de inmediato.
Se detuvo a un metro del caballete de Valeria.
Florencia, se quedó estática observando el lienzo de la joven. Luego, bajó la mirada hacia las manos de Valeria, que sostenían el pincel con un pulso impecable, y finalmente subió los ojos hasta encontrarse con la mirada café del monstruo.
Florencia no sonrió como las otras veces; sus ojos azules brillaron con una seriedad repentina, fascinada por la energía felina y madura que emanaba de Valeria tras el fin de semana.
La argentina estiró la mano, tomó un trozo de carboncillo de su propia mesa y, sin romper el contacto visual, habló por primera vez, apuntando con la voz directamente al corazón del silencio.
—Vos no pintás para que te vean —dijo Florencia, con su acento suave, directo y melódico—.
Pintás para que no te encuentren. Pero a mí me encanta buscar.
Las palabras de Florencia quedaron suspendidas en el aire del fondo del salón, vibrando con la afinación perfecta de una cuerda. En la primera fila Victoria y las quejas de sus amigas funcionaban como un ruido blanco, lejano y amortiguado.
Valeria detuvo el trazo del pincel. Sostuvo la mirada de la argentina con esa firmeza pausada y respetuosa que desconcertaba a los adultos.
No hubo prisa en sus ojos café, ni el sobresalto de quien se siente descubierto; solo una evaluación minuciosa de la chica rubia que acababa de desafiar su fortaleza de silencio.
El mechón de cabello oscuro permaneció inmóvil, pero la luz inteligente de su mirada se intensificó.
—Quien busca donde no lo llaman, suele encontrar lo que no está lista para entender —respondió Valeria, con su voz grave, modulada con la precisión de una escritora que mide el peso de cada sílaba.Florencia soltó una risa diminuta, un sonido limpio y libre que no buscaba la aprobación de nadie en el aula.
Apoyó el peso de su cuerpo en la esquina de la mesa de Valeria, cruzando los brazos con una soltura que desparramaba una gracia natural.
—A mí no me asustan los secretos, Valeria —dijo Florencia, pronunciando su nombre con el arrastre melódico de su acento—.
Al contrario. En mi país decimos que las cosas más lindas siempre están escondidas abajo de las piedras.
Y vos tenés unos ojos que brillan demasiado como para pertenecerle a la sombra.
A unos metros, sentado en su banca, Julián sintió un vuelco de impotencia en el estómago.
La cobardía que lo amarraba al libreto de novio popular le impidió intervenir, pero sus nudillos se tornaron blancos al apretar el lápiz.
Ver a Florencia —la chica que todo el colegio codiciaba por su belleza y su misterio— acercarse con esa humildad y fascinación genuina hacia el "monstruo" le provocaba un cortocircuito que no sabía cómo procesar.
Victoria, notando la distracción de su novio, le plantó una mano en el hombro con un ademán posesivo y dominante, obligándolo a regresar la vista al frente.
Desde el escritorio, Marisol observaba la escena.
Su postura seguía siendo la de la maestra distante, pero sus ojos captaron cada matiz del intercambio.
Una punzada sutil de una emoción que se negó a bautizar como celos cruzó por su pecho al ver la cercanía de la argentina con Valeria.
Sin embargo, su madurez y la claridad de su fórmula de cero amor la hicieron sonreír para sus adentros.
Sabía que Valeria la amaba en libertad, que su piel y su lado izquierdo le pertenecían en la cueva, pero también entendió que el magnetismo de su pequeño monstruo era un fuego que ya no se podía ocultar debajo del uniforme escolar.
Valeria regresó la vista a su lienzo, humedeciendo el pincel en el óleo con pulso impecable, pero dejó la puerta abierta.
—La sombra no es un escondite, Florencia —sentenció Valeria, dando una pincelada firme sobre el fondo oscuro— .
Es un santuario. Y para entrar, hay que saber caminar sin hacer ruido.
—Entonces voy a tener que aprender a caminar despacito — susurró Florencia con una simpatía directa, antes de regresar a su banco lateral, dejando sobre la mesa de Valeria un hilo invisible de luz que el monstruo, por primera vez, no tuvo intenciones de cortar.
El resto de la clase transcurrió en una especie de tregua suspendida.
Valeria no volvió a mirar hacia el flanco derecho, concentrando toda la energía de sus manos en las líneas de su cuadro, pero la presencia de Florencia se sentía en el aire como una corriente de aire fresco que aligeraba el ambiente denso del aula.
Al sonar la campana que anunciaba el final de la jornada escolar, el salón se vació con la prisa habitual.
Victoria salió arrastrando a Julián, quien no pudo evitar lanzar una última mirada hacia atrás, una mirada cargada de frustración y derrota que Valeria simplemente ignoró.
Marisol se tomó su tiempo para guardar sus materiales, asegurándose de que el aula quedara completamente desierta antes de acercarse al caballete del fondo.
Se paró detrás de Valeria, apoyando una mano madura y firme sobre el hombro de la joven.
—La luz extranjera tiene buena puntería, Valeria — comentó Marisol en voz baja, con una honestidad tranquila y libre de reclamos—.
Vio a través de tu escudo al primer intento.
Valeria inclinó la cabeza, buscando la mirada de su maestra de vida. Los ojos café de la joven brillaron con esa complicidad inquebrantable que solo ellas compartían.