Los Monstruos también merecen ser amados LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #8
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #8

Florencia, ajena a las tensiones invisibles del grupo popular, cambió de postura con una soltura envidiable.

Apoyó la barbilla en su mano izquierda, balanceando el lápiz entre sus dedos largos.

Su mirada azul, limpia de los prejuicios, no se apartaba del perfil del "monstruo".

A esa distancia, Florencia pudo notar la maestría con la que Valeria manejaba la luz y la sombra en su bastidor, pero lo que realmente la cautivó fue el destello de los ojos café de la joven.

Había en ellos un brillo distinto esa mañana, una luz de plenitud y secreto que Valeria intentaba camuflar detrás de su habitual gravedad.

Sin romper el silencio, Florencia deslizó su cuaderno de bocetos un poco más hacia el borde de su mesa, orientándolo sutilmente hacia la dirección de Valeria.

Con trazos rápidos, directos y cargados de esa gracia natural que la caracterizaba, la argentina no estaba dibujando el modelo de la clase; estaba dibujando las manos de Valeria sosteniendo el pincel, capturando la humildad de sus movimientos.

Desde el escritorio, Marisol observaba el aula con la mirada de quien vigila un tablero de ajedrez donde las piezas más importantes ya han hecho su movimiento.

Mantenía la espalda recta, corrigiendo unas láminas con aparente desinterés, pero su flanco izquierdo permanecía alerta, sintonizado con la presencia de Valeria en el fondo.

El recuerdo de la cueva seguía latiendo en su pecho.

Sin embargo, al levantar la vista, el ojo clínico de la maestra captó la insistencia de los ojos azules de Florencia sobre Valeria.

Una chispa de intuición, madura y respetuosa, cruzó por la mente de Marisol: la libertad de la extranjera había comenzado a orbitar el santuario del monstruo.

Valeria, sumergida en la melodía de su jazz, percibió la fijeza de esa nueva mirada.

No era la mirada de asco estético de Aureliano, ni la envidia punzante de Victoria, ni la culpa cobarde de Julián.

Era una mirada ligera, fresca, que no pretendía herir ni poseer.Despacio, con una firmeza amorosa y pausada, Valeria giró un poco la cabeza hacia la derecha.

Por primera vez, sus ojos café se encontraron de frente con los ojos azules de Florencia.

El mechón de cabello oscuro se movió sutilmente, revelando un fragmento de la falsa cicatriz.

Florencia no se tensó, ni desvió la vista con prisa incómoda; al contrario, su sonrisa diminuta se ensanchó, mostrando una calidez respetuosa que pareció acortar la distancia física entre sus bancas.

En ese cruce de miradas en el fondo del salón, el mapa del futuro de Valeria terminó de trazarse en silencio.

Tenía la cueva que su abuela le había heredado, el amor profundo y la guía de vida de Marisol en su lado izquierdo, y ahora, en el lado derecho, una luz extranjera y libre que comenzaba a reclamar su propio espacio en la historia…

El corazón de Valeria, su lado izquierdo absoluto, solo latía por Marisol.

Tras aquella primera noche en la cueva, los encuentros en el departamento de techos altos se volvieron una constante, un refugio clandestino donde el tiempo exterior se suspendía.

Allí, protegidas por los libros que Leonor le había heredado, compartían mucho más que el vino tinto, cultura, libros y las melodías de jazz francés. Compartian la piel.

Entre risas cómplices, confidencias a media luz y experimentos de adultos, Valeria comenzó a descubrir los territorios del deseo y del cuerpo.

Para ella, era delicioso despojarse de la armadura de la casona y conocer ese lado de su reciencien vida adulta que apenas comenzaba a florecer en su anatomía.

Sin embargo, Marisol se mantuvo siempre fiel a su ley de supervivencia: su fórmula de cero amor, diseñada para proteger su alma herida de decepciones, era una línea inquebrantable.

No correspondía al sentimiento de Valeria con la misma intensidad romántica que la joven anhelaba.

Pero Valeria no sufrió por ello; la biblioteca de la abuela ya le habían enseñado una de las lecciones más respetuosas y firmes de la existencia: que NADA nos pertenece, ni las cosas, ni los amantes.

Entendió que aferrarse a la posesión era encadenar el alma, y que a Marisol debía amarla en absoluta libertad.

Solo tenía el hoy, el presente limpio y descarnado, y deseaba experimentarlo todo con la madurez de quien no teme al invierno.La oportunidad de expandir ese horizonte llegó un viernes por la noche, bajo el pretexto de una de las fiestas más esperadas del círculo escolar.

Victoria no asistiría debido a un compromiso familiar fuera de la ciudad con Aureliano y Constanza, una de esas cenas de etiqueta destinadas a sostener la farsa social del apellido.

Valeria, que había sido ignorada y dejada atrás en la casona por el asco estético de su padre, vio en esa ausencia el escenario perfecto para un experimento personal.

Decidió ocupar la piel de su hermana. Por una sola noche, se despojó del uniforme pulcro, peinó su cabello oscuro se quito la falsa cicatriz, y adoptó un nombre falso: un escudo de identidad para moverse en la penumbra.

Al llegar a la fiesta, la transformación fue total.

Ocupando esa presencia sensual, magnética y dominante, pero cargada de una humildad y una inteligencia que Victoria jamás poseyó, Valeria se convirtió en un imán absoluto para ambos géneros.

Los hombres de la preparatoria, acostumbrados a la superficialidad ruidosa, se daban la vuelta impactados por el brillo misterioso de sus ojos café; las mujeres quedaban fascinadas por su aire de misterio.

Sin embargo, los intentos de los muchachos pasaron de largo.

Valeria solo estaba interesada en el género femenino.

Con la certeza de que Marisol jamás la amaría de la forma tradicional, su mente se abrió a la exploración sin culpas.

Decidió probar la vida en sus propios términos, jugar con fuego y llevar a alguien a su cueva.

Quería experimentar en otra piel, con la firmeza amorosa de quien toma las riendas de su biografía, lo mismo que Marisol había despertado en ella: el arte de poseer, el instante antes de que se convierta en una hoja seca.

La música comercial y las risas predecibles de la fiesta escolar no tardaron en aburrirla.

Esa farsa perfumada le quedaba demasiado chica a la piel que Valeria estrenaba esa noche, el labial rojo oscuro intacto y una mirada que devoraba la penumbra, dio media vuelta.

Dejó atrás el jardín de los adolescentes populares, abordó un auto y se dirigió al centro de la ciudad, buscando el un bar clandestino de ambiente que Marisol le había mencionado alguna vez entre copas.

Un lugar de luces rojas neón, humo espeso y cuerpos libres de etiquetas.Allí el aire vibraba distinto.

Valeria pidió una copa, tomó moderadamente para mantener la agudeza de sus sentidos y se sento en la barra.

No tuvo que esperar. Su magnetismo místico, esa mezcla de la sensualidad de su hermana con la profundidad intelectual de su propia alma, no tardó en hacer efecto.

Una mujer un par de años mayor, de cabello castaño claro y ojos verdes felinos, se acercó a ella fascinada por el brillo de sus ojos y su sonrisa coqueta.

—No te he visto por aquí. ¿Cómo te llamás? —le preguntó, con una voz que se perdía entre los graves de la música electrónica.

Valeria solto una sonrisa diminuta, sosteniendo el cruce de miradas con una madurez que desarmaba.—Lilith —mintió Valeria, bautizándose con el nombre del mito de la primera mujer libre—. Solo estoy de paso.

—Un nombre peligroso para una noche tan corta, Lilith — respondió la mujer, acercándose lo suficiente para que sus hombros se rozaran.Bailaron.

El experimento corporal fue una revelación deliciosa para Valeria.

Ya no era la alumna entregada a la guía de su maestra; ahora era ella quien marcaba el ritmo, quien dominaba el espacio con pasos firmes y pausados.

Entre el calor de la pista y los reflejos del neón, Valeria exploró la libertad de su propia anatomía, sintiendo el deseo ajeno quemarle la piel.

Cuando la madrugada empezó a enfriar las calles, Valeria invito a su cueva.

Al cruzar el umbral del departamento de techos altos, bajo la sombra de los libros heredados de la abuela y los lienzos sin rostro, las luces no se encendieron.

Valeria guio a la mujer hacia la cama en absoluta penumbra.

El encuentro tuvo una intensidad descarnada, casi salvaje, la musica de esa noche fue distinta, a la que compartía con Marisol.

Valeria utilizó sus manos, le quito la ropa con respeto y deseo a esa chica de ojos verdes que la miraba con curiosidad, la chica se quito la falda quedando solo en un diminuto hilo color negro y tacones, se saco la blusa dejando expuestos sus hermosos pezones, valeria se acosto sobre ella sin dejar de besarla, el sabor era distinto, la piel tambien lo era, los gemidos eran más fuertes, ambas se cuidaron de no compartir fluidos.

Los dedos se convirtieron en los verdaderos protagonistas, entrelazándose con besos que no daban tregua.

De pronto, la felina tomó la mano de Valeria y la guió directamente hacia su sexo húmedo.

Valeria comprendió de inmediato el mensaje: deseaba ser penetrada por ellos.