LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #7
Valeria se quedó inmóvil, observándola. No solo escuchaba sus palabras, sino que parecía estar bebiendo de su sabiduría, cautivada por la forma en que Marisol lograba diseccionar la existencia a través del arte.
Se sintió desarmada por esa visión, enamorándose de la profundidad de Marisol, de su capacidad para encontrar belleza incluso en el exilio del alma.Valeria rompió el silencio con voz suave, dejando que la lección de la pintora aterrizara en su propia realidad: — “Capacidad para encontrar belleza incluso en el exilio del alma”, repitio, es justo lo que yo veo del perdón, una belleza, un regalo personal, no es para liberar al otro,— explicó, sosteniendo la mirada con una madurez que sobrecogía—.
Es para romper las cadenas invisibles que nos atan al pasado.
Yo no perdono a los malvados por bondad, lo hago para que su veneno ya no me pertenezca.
Los libros y el arte me enseñaron lo que tú acabas de decir: solo el perdón te devuelve la libertad, la verdadera escencia del ser, lo que somos realmente sin mascaras, sin mentiras, sin adornos.
Es para mi ese el mayor regalo que solo se encuentra en soledad.
En ese momento, Marisol escuchó atentamente algunos de los dolores ocultos en la calma de la joven, sabiendo que, a través de Varo y a través de ellas mismas, finalmente estaban encontrando la salida del laberinto.
Fascinada por la agudeza de Valeria, Marisol sintió que una coraza de diez años comenzaba a agrietarse. Con la copa casi vacía, se atrevió a poner su propia historia sobre la mesa, resumiendo una década de entregas, promesas rotas y la dolorosa ruptura que la había dejado en el invierno.
—Pasé diez años construyendo una vida sobre la arena, Valeria —confesó Marisol, con los ojos empañados por el recuerdo—.
Terminé tan rota que me prometí a mí misma no volver a desear ser amada.
Esa fórmula me funciona de maravilla con mujeres de mi edad; manteniéndolas a distancia, en la superficie, protegía mi dolor.
Lo que jamás imaginé... lo que nunca estuvo en mis planes, fue sentir esta atracción por una mujer menor que yo.
Me asusta lo que me haces sentir aquí dentro.
Valeria no respondió con palabras. Con una humildad y una belleza magnética, se acercó despacio.
Su mano, cálida, se posó en la mejilla de Marisol, borrando con un solo tacto el frío de los últimos diez años.
Marisol no retrocedió; se dejó arrastrar por la luz de esos ojos brillantes que la desarmaban por completo.
En medio del jazz francés, sus labios se encontraron, fue su primer beso.
Un beso lento y profundo, donde Valeria no solo saboreó el dulzor del vino, sino el calor de su saliva, rindiéndose al tacto de la piel suave de una mujer.
Mientras la besaba, delineó la curva de su cintura con una caricia.
Marisol, por su parte, apoyó los codos sobre los hombros de Valeria, dejando que el tiempo se diluyera; era imposible apartarse de la mujer que le robaba el pensamiento.
Al separarse, se miraron y sonrieron con suavidad ante la entrega absoluta de ese primer beso. Fue en ese instante exacto cuando Marisol lo entendió: en esa cueva, el monstruo era el único capaz de enseñarle a sanar.
La lluvia continuaba su compás afuera, pero dentro del departamento el tiempo parecía haberse suspendido.
El eco de las confesiones compartidas, el peso de los dolores que por fin habían encontrado un cauce para salir, y el calor de la cena y el vino habían dejado que se derrumbaran los temores de ambas.
La noche, ajena al mundo, se redujo al pulso de la lluvia contra el cristal.
Dentro, el aire estaba denso, cargado de una electricidad que no pedía permiso.
Marisol, con la soberbia elegancia de sus treinta años, observó a Valeria.
Había en la mirada de la joven —casi dieciocho años de historias no dichas— una transparencia que pedía ser leída.
—Ya no hay nada que temer aquí —susurró Marisol. Su voz, un roce contra los labios de Valeria, disolvió el último rastro del pasado en aquel santuario.
Se despojaron de la ropa, de las armaduras que las ataban a la tierra, quedando expuestas en su forma más pura.
Marisol era una visión de madurez serena; Valeria, un lienzo que empezaba a florecer entre sus propias cicatrices.
Cuando sus pieles se encontraron, no hubo prisa, solo una sintonía matemática.
La fricción de sus cuerpos no era solo deseo, era una transmutación: el dolor antiguo disolviéndose en el calor de la otra.
Marisol la atrajo con una paciencia sagrada.
Sus manos, expertas y reverentes, memorizaron cada centímetro de la firmeza de Valeria, recorriendo sus costados, sus caderas, trazando un mapa que Valeria sentía estremecerse bajo sus dedos.
Los labios de la mayor descendieron por el cuello de la joven, dejando un rastro de calor que arrancó un gemido profundo, una entrega total a la arquitectura de ese instante.
El lenguaje se extinguió, sustituido por el compás de sus respiraciones y el choque de sus pechos.
Marisol, arrodillada ante ella, abrió su sexo con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus deseos.
Valeria sintió el primer contacto, húmedo y firme, cuando Marisol comenzó a probarla con la lengua humeda y caliente de quien descubre un fruto nuevo.
Cada movimiento, cada entrada precisa de sus dedos, era una declaración.
Marisol no apartaba la mirada; observaba el deleite en el rostro de la joven, leyendo la verdad de aquel regalo que llevaba su nombre.
El ritmo era lento, constante, hasta que la muñeca de Marisol marcó una cadencia más profunda, provocando en Valeria un torrente de sonidos, una mezcla de dolor placentero y esa humedad que, al final, se rompió en un espasmo incontrolable; Valeria se desbordó sobre ella, encontrando en la boca de Marisol el refugio final, un sello de rendición absoluta.
Valeria cerró los ojos, incapaz de articular palabra, dejando que la mirada de Marisol la cobijara en la penumbra.
Se besaron, y el sabor del vino tinto se mezcló con la calidez de su saliva; un sabor denso, frutal.
"Me encantas", susurró una voz que parecía venir de otra vida.
En el clímax de esa comunión, bajo la vigilancia silenciosa de la luna, las cicatrices de ambas se fundieron en un florecimiento de pétalos invisibles, dejando una marca que quedaría escrita, para siempre, en la memoria de su piel.
La mañana siguiente al encuentro en la cueva amaneció con un cielo limpio, lavado por la tormenta de la noche anterior.
En el salón de clases, Valeria se sentó en su caballete del fondo con una quietud distinta, casi sagrada.
En sus labios aún habitaba el sabor del vino tinto y la memoria táctil de aquel primer beso profundo; en su mente, las palabras de Marisol resonaban como la partitura de un jazz definitivo.
Se sentía plena, blindada contra el mundo exterior.
Su entrega total a ese amor prohibido e inteligente le había devuelto el control de su propio destino.
Con su habitual madurez respetuosa, acomodó el mechón de cabello oscuro sobre su mejilla izquierda y deslizó el pincel sobre el lienzo, flotando en su propia victoria silenciosa.
Marisol entró al aula unos minutos después.
Su postura era impecable, sosteniendo la distancia profesional que el colegio exigía, pero al cruzar la mirada con Valeria por una fracción de segundo, sus ojos oscuros delataron un brillo de complicidad y un alivio profundo.
La cota de sus diez años de invierno se había disuelto en esa cena.
Como era costumbre, la puerta se abrió de par en par para recibir el torbellino de la superficialidad.
Victoria entró barriendo el espacio con su presencia impecable, riendo mientras le ordenaba a Julián dónde colocar sus materiales.
Julián obedeció de inmediato, con la sonrisa automática del novio perfecto.
Pero esa mañana, la esquina del fondo ya no era un espacio solitario. A unos metros de distancia, sentada en una banca lateral, la alumna de intercambio observaba la escena.
Florencia, la argentina de ojos azules transparentes, jugaba con un lápiz entre sus dedos, ignorando por completo el revuelo popular que Victoria intentaba armar a su alrededor.
No le interesaban los apellidos ni las jerarquías escolares; toda su atención estaba fija en el perfil de Valeria.
Florencia, que exploraba toda su libertad de ser mujer de una manera graciosa y popular pero jamás escandalosa, supo desde el primer instante que la joya más pura de ese colegio no estaba en la vitrina de las apariencias.
Con una gracia natural y libre, Florencia miro con una sonrisa diminuta al ver cómo Valeria ignoraba el mundo exterior.
Notó la pincelada firme de la joven, la luz inteligente de sus ojos café y la humildad con la que habitaba su propio espacio.
Aún no se cruzaba ninguna palabra entre ellas, pero en el silencio del aula, los ojos de la recién llegada ya habían comenzado a descifrar la belleza del monstruo, intuyendo que el destino solo estaba esperando el tiempo exacto para unirlas.
El roce del carboncillo contra el papel de Florencia era el único sonido que competía, en una frecuencia casi imperceptible, con el trazo del pincel de Valeria.
Victoria continuaba su monólogo en la primera fila, quejándose del color del uniforme y de los planes para la fiesta de fin de cursos.
A su lado, Julián asentía con la cabeza, pero su mente estaba en otra parte.
Sus ojos seguían fijos en la esquina del fondo, atrapados en una contradicción que lo carcomía por dentro: sentía una punzada de celos al notar la cercanía física de la nueva alumna con Valeria, pero al mismo tiempo, el miedo a la mirada pública y al control de Victoria lo mantenía anclado a su banca, condenado a la superficie.