Los Monstruos también merecen ser amados LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #6
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #6

Pero el universo de la preparatoria aún guardaba una última pieza antes del desenlace de los dieciocho años.

Semanas después de aquel encuentro con Marisol, la puerta del salón de clases se abrió para recibir a una alumna de intercambio.

Venía del sur, cargando un aire fresco y un acento extranjero, melódico y directo que rompió la monotonía del salón.

Se llamaba Florencia. Su voz, arrastrada y firme, se plantó en medio de la superficialidad del colegio como un terremoto silencioso, y sus ojos, desde el primer instante, pasaron de largo de la popularidad de Victoria para clavarse en la mirada oculta del monstruo silencioso del fondo.El departamento que Leonor perfeccionaba para su nieta, estaba casi listo.

Este le seria entregado en absoluto secreto, el cual se convertiria en la verdadera línea de salida para la vida de Valeria.

Antes de cumplir los dieciocho años, las escrituras de aquella cueva, pasaron a sus manos como un pacto de sangre y libertad.

No era solo un espacio de techos altos y ventanales amplios que miraban a las copas de los árboles; era el espacio sagrado donde los libros la liberarían definitivamente del dolor externo, del pasado y de las cadenas invisibles de la casona.

Leonor observó a su nieta en silencio, admirando la limpia transparencia de su mirada, esa luz que Valeria aún no sabía que poseía, pero que la hacía tan vulnerable y, a la vez, tan fuerte.

Con una elegancia pausada, ajena a las prisas del mundo, la abuela extendió su mano y colocó sobre la palma de Valeria una llave de bronce antiguo, pesada y fría, envuelta en un pequeño pañuelo de seda.

—Es tuyo, mi niña —dijo Leonor, con una voz que cargaba la firmeza de la tierra y la suavidad de un susurro de madrugada—.

Un departamento. Un espacio propio en este mundo tan ruidoso.

Nadie más en la familia lo sabe, y así debe quedarse. Es nuestro secreto.

Valeria abrió los ojos, confundida, mirando el metal en su mano como si fuera un objeto de otro planeta.—Abuela, yo, no puedo aceptarlo, ¿por qué tanto misterio?Leonor sonrió con una melancolía serena, acomodando un mechón de cabello detrás de la oreja de su nieta.

—Escúchame bien, Valeria. El arte, la música y las leyes del universo operan en un orden perfecto que la razón de los hombres a veces no alcanza a comprender.

Hay una fuerza limpia que traza hilos invisibles y nos cuida, pero aquí en la tierra, las mujeres necesitamos un pedazo de suelo firme donde resguardar nuestra propia energía.

Este lugar no es un simple regalo de ladrillos; es tu santuario.

Tu refugio para cuando el mundo allá afuera se vuelva demasiado denso y las máscaras de los demás comiencen a asfixiarte.

La abuela hizo una pausa, clavando sus ojos sabios en los de Valeria, sus ojos se llenaron de lagrimas, la abrazo y por un instante ese velo de misterio que siempre la rodeaba se quebro.

—En la vida te vas a cruzar con personas de una belleza perfecta, seres que parecen impecables ante los ojos de los demás, pero que cargan la verdadera oscuridad en el alma.

Y también conocerás monstruos heridos, almas con cicatrices profundas que esconden una bondad inmensa.

Tu corazón es limpio, Valeria, no juzga al observar, y por eso debes protegerlo.

No permitas que nadie apague tu luz ni te arrastre a su propia penumbra.

Recuerda siempre una cosa: no podemos salvar a quien ha elegido no ver nada.

El que tenga ojos, que vea, pero tú no te desgastes intentando iluminar habitaciones que quieren permanecer oscuras.

Valeria sintió un nudo en la garganta, percibiendo en las palabras de su abuela una profundidad mística, casi como un presagio, una corriente de amor absoluto que trascendía el tiempo y el espacio.

—Toma esta llave —concluyó Leonor, cerrando los dedos de Valeria sobre el bronce—.

Que este lugar sea el sitio donde tus heridas se transformen en pétalos, donde puedas escuchar el susurro de tus propios sueños en las madrugadas.

Pase lo que pase en el futuro, incluso cuando mis ojos ya no te miren, búscame en la brisa, en la música, en la energía que no muere.

Sabrás que sigo contigo, cuidándote sin necesidad de que me veas.

Pasaron algunos días, Valeria llevaba libros a su cueva, y sus objetos mas preciados, nadie notaba su ausencia, asi que podia disfrutar de su nuevo hogar.

Marisol no salia de sus pensamientos, como olas del mar sobre la arena en cada instante del día. Y como un acto de pura devoción y agradecimiento por haber sido la única en ver su verdad y perfeccionar su cicatriz, Valeria decidió invitar a Marisol a su refugio.

La noche del encuentro, el departamento estaba impregnado de óleo fresco, madera y café.

Marisol llegó puntual, envuelta en su habitual elegancia distante, sosteniendo con cuidado una pavlova.

Y una botella de vino. Valeria, dueña de esa madurez respetuosa y firme que la definía, la recibió con la cena lista: una pasta rústica con salsa de tomate tersa y profunda, coronada por albóndigas jugosas que se deshacían al primer bocado.

Encima, queso parmesano que aportan una salinidad perfecta, al lado, rebanadas de pan de masa madre de costra crujiente, listas para compartir la salsa, el vino tinto robusto fue perfecto porque abrazo la calidez del plato, y transformo la cena en un ritual de complicidad silenciosa, cocinada por sus propias manos.

Se sentaron a la luz tenue de las lámparas, rodeadas por los lienzos sin rostro y los libros apilados en el suelo.

Mientras compartían el vino, la conversación fluyó hacia las profundidades del alma.

No era la charla de una maestra y su alumna; eran dos mujeres heridas que encontraban un territorio de paz en medio de la tormenta.

Marisol, con la madurez de sus treinta años, se convirtió esa noche en su maestra de vida, en su lugar seguro. Le habló del dolor de su pasado, de cómo las cicatrices del alma tardan en cerrar, pero también de cómo el arte es una herramienta capaz de transmutar el sufrimiento en belleza.

Valeria la escuchaba con el corazón expuesto, entregándose por completo y en silencio a ese primer amor profundo, sabiendo que, aunque Marisol cargaba un duelo demasiado grande para corresponderle por completo en el plano físico.

La luz de las velas proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de la cueva.

De fondo, el tocadiscos dejaba correr la melancolía de "Les feuilles mortes", envolviendo el espacio en un aura de jazz y complicidad.

Marisol sostuvo la copa de vino entre sus dedos, mirando a su alrededor: los libros apilados, los óleos secándose y la madurez respetuosa con la que Valeria se movía por la cocina.

Cuando Valeria se sentó nuevamente a su lado, ocupando como siempre el flanco izquierdo, Marisol dejó la copa sobre la mesa de madera y suspiró. El peso de la realidad social pareció regresar a sus ojos.

—Valeria, no veo correcto estar aquí —dijo Marisol, con una voz suave pero cargada de una honestidad protectora— . Fuera de estas paredes, soy tu maestra. Hay una línea que no deberíamos cruzar.

Valeria la miró con esos ojos café, brillantes, fijos y desprovistos de cualquier rastro de duda. Con pulso firme, apartó el mechón de cabello que cubría su mejilla, dejando expuesta la cicatriz que ambas habían perfeccionado.

—Aquí no eres mi maestra, Marisol —respondió Valeria, con una firmeza amorosa que parecía pertenecer a una mujer de otra época—. Aquí eres mi amiga. Eres la única persona que ha visto mi verdad sin juzgarme. Este es mi refugio, y en mi cueva las reglas del mundo exterior no entran.

Marisol se quedó en silencio, desarmada por la seguridad de la joven.

A medida que la cena avanzaba, la diferencia de edades comenzó a desvanecerse en el aire.

Marisol descubrió en Valeria una conversación fascinante, una mente de una cultura y una profundidad psicológica que jamás había encontrado en nadie de su propia edad.

Esa noche hablaron de la geometría del dolor y, sobre todo, del poder del perdón, pero fue al tocar el tema de Remedios Varo cuando Valeria le pregunto a Marisol que si cuales eran algunos de sus artistas favoritos y la menciono a ella, algo cambió en la atmósfera.

—Me conmueve Remedios Varo porque pinta el mundo como yo quisiera habitarlo —confesó Marisol, con una calidez que iluminaba su rostro—.

Es un lugar donde la inteligencia no está peleada con la sensibilidad, donde el misterio no necesita resolverse y donde las mujeres avanzan guiadas por una brújula interior, incluso cuando el camino parece difícil.

Sus personajes no parecen buscar un destino; los veo buscándose a sí mismos.

Quizá por eso siento que algunos de sus cuadros hablan de mí: de aprender a soltar, de reconstruirme, de convertir la incertidumbre en movimiento y la soledad en un espacio fértil.Marisol hizo una pausa, sumergida en sus propias palabras.

—Históricamente, Varo fue una mujer que tuvo que exiliarse para encontrar su voz.

Emocionalmente, esa idea resuena conmigo porque a veces también hay que abandonar una vida conocida para descubrir quién se es cuando ya no se pertenece al pasado.

Hay algo profundamente emotivo y romántico en su obra; no un romance entre dos personas, sino con el conocimiento, con los libros, con la imaginación y con la posibilidad de transformarse. Por eso siempre regreso a ella.