LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #5
Aquella tarde , Valeria limpiaba sus pinceles con una paciencia meticulosa, sumergiéndolos en el frasco de vidrio mientras escuchaba el murmullo ruidoso de sus compañeros que salían del aula.
Victoria ya se había marchado, del brazo de Julián, dejando tras de sí el eco de su risa dominante y el vacío de su presencia.
Valeria se acomodó el mechón de cabello oscuro sobre la mejilla, disfrutando del regreso del silencio.
Fue entonces cuando la puerta de madera crujió.
Valeria no levantó la vista de inmediato, pero su percepción animal detectó el cambio en el aire.
Unos pasos lentos, firmes pero arrastrando una sutil pesadez, se detuvieron en el umbral.
Al alzar los ojos café, Valeria la vio por primera vez.Era Marisol.
Vestía una blusa negra de cuello alto y un abrigo largo que parecía envolverla en una armadura de elegancia distante.
Tenía treinta años recién cumplidos, pero en la profundidad de sus ojos oscuros se leía la fatiga de quien viene huyendo de un incendio.
Traía el cabello recogido y las manos metidas en los bolsillos, observando el salón vacío como quien inspecciona un refugio temporal.
Marisol caminó despacio entre las hileras de caballetes desiertos, para empezar a familiarizarse con su nuevo salón de clases.
No miraba los dibujos escolares; buscaba el silencio.
Sin embargo, al llegar al fondo del aula, sus pasos se detuvieron en seco.
Ahí estaba Valeria, inmóvil, sosteniendo el trapo manchado de óleo, observándola con una madurez que no correspondía a sus diecisiete años.
Las miradas de ambas se cruzaron en el centro del salón vacío.
No hubo palabras, ni la típica condescendencia de una maestra presentándose ante su alumna.
En ese segundo, el tiempo se estancó. Marisol clavó sus ojos en el rostro semicubierto de Valeria; vio la firmeza de su postura, la inteligencia oculta detrás del cabello y, sobre todo, esa quietud magnética que la diferenciaba de cualquier adolescente que hubiera conocido.
Por su parte, Valeria sintió el primer vuelco real en el pecho.
Al mirar a Marisol, no vio la autoridad de una profesora; reconoció, con la intuición de los libros, a un alma rota que buscaba desesperadamente la paz.
Un hilo místico, invisible pero tan real como las líneas de oro de sus lienzos, quedó tenso entre las dos.
Marisol dio dos pasos más hacia el caballete de Valeria, desvió la mirada hacia el cuadro a medio terminar —donde unas figuras místicas ya empezaban a brotar de la pintura— y luego volvió a mirar a la joven .
—Tienes una técnica perturbadoramente madura para este lugar —dijo Marisol, con una voz suave, grave, que cortó el aire del salón con el respeto de un igual.
—El arte es lo único que nos pertenece por completo — respondió Valeria, con su voz firme y pausada, sosteniendo el cruce de miradas sin pestañear.Marisol sonrió de medio lado, una sonrisa melancólica que delataba el inicio de una complicidad.
En ese recibimiento silencioso, bajo la luz de la tarde que empezaba a morir, el primer encuentro se consumó.
Ninguna de las dos sabía que esa tarde era el principio del fin de sus inviernos.
Marisol no respondió de inmediato. Las palabras de Valeria parecieron rebotar en las paredes del aula vacía, flotando con el peso de una verdad absoluta. La maestra dio un paso más, acercándose tanto que Valeria pudo percibir un sutil aroma a tabaco que emanaba de su abrigo negro.
Con los brazos cruzados, Marisol inclinó la cabeza para observar el lienzo con detenimiento. En la pintura, líneas delgadas de óleo blanco y oro se entrelazaban como raíces sobre un fondo de penumbra, buscando una salida hacia la luz.
—Es surrealismo místico —comentó Marisol, más para sí misma que para la alumna—.
Hay mucho de Remedios Varo aquí, pero con una crudeza distinta.
Una crudeza que viene de la observación, no de la fantasía.
¿Por qué ocultas los rostros de tus figuras?
Valeria dio un paso a la izquierda, buscando la cercanía del hombro de Marisol.
—Porque la gente suele usar los rostros para mentir —dijo Valeria, con una madurez respetuosa, sin rastro de timidez—El alma, la energía, Las manos, las raíces, el color, eso no puede fingir. Un rostro se maquilla; el alma no.
Marisol desvió la vista del cuadro y la clavó en la joven.
El mechón de cabello oscuro seguía cumpliendo su función de escudo, cayendo sobre el lado izquierdo del rostro de Valeria.
Sin embargo, a esa distancia, la pintora experimentada notó la ligera asimetría en la caída del pelo, el esfuerzo deliberado por mantener una mitad en las sombras.
Marisol sintió una punzada de curiosidad, pero también un respeto profundo por ese misterio.
Esa chica no buscaba atención, buscaba desaparecer en el centro de su propio arte.
—Soy Marisol —dijo la maestra, extendiendo una mano limpia de anillos, con los dedos largos y las uñas cortas de quien trabaja la materia—.
Aunque supongo que ya lo sabías por el anuncio de la dirección.Tomo su mano y la saludo amablemente.
El contacto fue breve pero firme, una corriente de calidez que encendió un fuego lento en el pecho de la joven.
—Valeria —respondió simplemente, sosteniendo la mirada triste y cansada de la mujer de treinta años.
—Bien, Valeria. Si vas a habitar el fondo de mi salón, solo te pediré una cosa —Marisol se dio la vuelta despacio, caminando hacia el escritorio para recoger su portafolio, pero se detuvo antes de salir—.
No diluyas tu fuerza para encajar con el resto.
Este lugar está lleno de copias. Sería una lástima que el único original decidiera esconderse.
La puerta del salón se cerró tras ella con un chasquido suave, dejando a Valeria a solas con el olor a trementina y el eco de sus audífonos, donde la voz en francés seguía cantando a las hojas muertas.
Al día siguiente, el salón de arte volvió a llenarse de ruido.
Victoria entró barriendo el espacio con su presencia impecable, quejándose del calor y exigiendo que Julián le cargara la mochila.
Julián obedeció con una sonrisa automática, pero en cuanto se sentó en su banca, sus ojos buscaron inconscientemente el fondo del aula.
La comunicación entre la maestra y la alumna nació en el silencio de ese salón.
No necesitaban hablar. Marisol se paraba detrás de ella, contemplando el lienzo durante minutos enteros, asimilando la genialidad respetuosa y firme que emanaba de cada pincelada de Valeria.
Y en ese silencio compartido, Valeria sintió el primer vuelco real de su juventud, al pasar los días. Se enamoró de Marisol.
No era el capricho superficial que Victoria sentía por Julián; era una devoción profunda, artística, un fuego que la quemaba por dentro.
Valeria empezó a pintar a Marisol en secreto.
Creaba lienzos donde la silueta de la maestra emergía entre las olas del mar, pero siempre la pintaba sin rostro.
Lo hacía para protegerla, para que nadie más supiera que Marisol era su musa absoluta, mientras en sus audífonos sonaba una y otra vez "Les feuilles mortes", dejando que la melancolía del jazz francés acompañara el trazo de sus pinceles.
Valeria sabía que ese amor no sería correspondido pero estaba dispuesta a entregarse por completo a ese deseo silencioso, con el alma descarnada, a esa primera experiencia del amor.
El momento del descubrimiento ocurrió una tarde lluviosa, cuando todos los alumnos ya se habían marchado.
Valeria se había quedado rezagada, retocando el brillo de una hoja de oro en su cuadro.
Marisol se acercó despacio, con el respeto de quien entra a un templo sagrado.
La luz de la tormenta se colaba por los ventanales del salón, idéntica a la noche en que las gemelas llegaron a la casona.
Marisol no miró el lienzo esta vez; miró a Valeria. Con un movimiento suave, casi imperceptible, la maestra extendió la mano y, con la yema de los dedos, apartó con delicadeza el mechón de cabello oscuro que cubría el lado izquierdo del rostro de la joven.
Valeria contuvo el aliento. Esperó el rechazo, el asco o la lástima a la que había acostumbrado al mundo.
Pero Marisol, con su ojo clínico de pintora y su sensibilidad herida, observó la línea con detenimiento.
Pasó el dedo sobre la marca y una chispa de comprensión brilló en sus ojos.
—Es falsa —susurró Marisol, con una voz suave que no cargaba juicio, sino una inmensa ternura—. Te la maquillas todos los días.
Valeria la miró fijamente con sus ojos brillantes. Por primera vez en su vida, el escudo no era necesario. Frente a Marisol no había peligro. La maestra entendió de inmediato, sin que Valeria tuviera que deletrear el horror en que vivía, que esa cicatriz era una armadura de supervivencia.
—Déjame ayudarte —dijo Marisol, tomando un pincel fino y un poco de pigmento mate de la mesa—. Si vas a usar un escudo ante el mundo, hay que perfeccionarlo para que nadie más lo note.
-Gracias-, respondio Valeria, sin quitar su mirada de las manos de su musa.
Esa tarde, mientras la ciudad se ahogaba en la lluvia, Marisol se convirtió en la guardiana del secreto de Valeria. Fue el primer puente hacia la libertad.