Los Monstruos también merecen ser amados LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #4
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #4

Ella estiró la mano y, con la yema del dedo índice, trazó una línea lenta desde la muñeca de Julián hasta el dorso de su mano, obligándolo a soltar el bolígrafo. El roce hizo que él se tensara aún más.

—No —mintió él, mirándola por fin. Tenían diecisiete años y una inexperiencia que a Victoria le resultaba fascinante, casi un juguete nuevo—. Es solo que, está todo muy solo.

—Es perfecto —susurró ella.

Victoria se levantó de la silla con esa seguridad que la caracterizaba, caminó detrás de él y le puso las manos sobre los hombros, inclinándose hasta que su respiración le dio directamente en el cuello.

Julián cerró los ojos, abrumado por la oleada de calor que le recorrió la espalda.

Ella comenzó a masajearle la espalda con una presión firme, casi brusca, recordándole quién dictaba el ritmo.

—Quiero ver tu habitación —ordenó al oído, con un tono suave pero inquebrantable.

Subieron las escaleras. Julián caminaba adelante, sintiéndose extrañamente como un prisionero en su propia casa.

Al entrar al cuarto, la luz de la tarde entraba con fuerza por la ventana, iluminando el desorden típico de un adolescente.

Esa luz natural lo hacía todo más real, más expuesto. No había penumbra para esconderse.

Victoria cerró la puerta a sus espaldas con un clic seco. Se volvió hacia él, se apoyó contra la puerta y cruzó los brazos.—Quítate la camisa —dijo, mirándolo fijamente a los ojos.

Julián dudó un segundo, una timidez instintiva lo frenó, pero la mirada de Victoria —limpia de cualquier rastro de duda, dominante— lo empujó a obedecer.

Se desabotonó la camisa con dedos torpes.

Sabía que ella lo estaba juzgando, midiendo su anatomía, y esa vulnerabilidad lo excitaba y lo aterrorizaba por igual.

Victoria se acercó despacio. Cuando estuvo a milímetros de él, no lo abrazó. En lugar de eso, le tocó el pecho desnudo, clavándole un poco las uñas justo sobre el corazón y continuo bajando sus manos, hasta llegar a su pantalón, sintiendo el latido caótico.

—Eres mío, ¿verdad, Julián? —preguntó, con una voz baja, casi arrastrada, mientras subía las manos hasta su cuello, obligándolo a agachar la cabeza.

—Sí —alcanzó a decir él, con la voz rota.

El primer beso en la cama fue un choque crudo.

Julián, llevado por el instinto y la urgencia de la novedad, intentó rodar sobre ella, buscar la posición tradicional, tomar una iniciativa que consideraba natural.

Pero Victoria lo detuvo en seco. Le puso una mano firme en el pecho y lo empujó hacia atrás contra el colchón con una fuerza que lo dejó sin aliento.

—No te muevas —le mandó, sentándose sobre sus muslos. Su falda del uniforme quedó arrugada entre ellos—. Yo digo cuándo.

Lo que siguió fue una lección de poder absoluto.

Victoria desmanteló la inexperiencia de Julián utilizándola a su favor.

Empezó a guiar sus manos, colocándolas exactamente donde ella quería, sobre sus senos jovenes, perfectos y desnudos, enseñándole los primeros placeres del cuerpo pero de manera racionada, como quien entrega migajas a un hambriento.

Cada vez que Julián intentaba acelerar el ritmo, abrumado por las sensaciones nuevas que lo hacían perder el control, Victoria se detenía por completo.

Lo miraba desde arriba, obligándolo a sostenerle la mirada mientras él respiraba agitado, suplicando en silencio.

El acto no tuvo la estética romántica de las películas.

Mientras ella sostenía su sexo erecto, lo acaricio con su boca, - no pares- suplicaba Julian.

Despues de unos minutos ella se volvio acomodar sobre los muslos de él y se dejo penetrar, fue realista, húmedo, ruidoso y torpe por parte de él.

El sudor pegaba sus cuerpos bajo la luz implacable de la tarde.

Julián estaba completamente entregado, con los ojos nublados y la mente en blanco, atrapado en el laberinto físico que ella manejaba a la perfección.

Victoria, en cambio, mantenía una lucidez casi fría.

Disfrutaba del placer, sí, pero disfrutaba más de la sumisión de Julián: cómo sus dedos se clavaban en las sábanas buscando apoyo, cómo dependía enteramente de ella para alcanzar el alivio.

Lo estaba reclamando. Estaba convirtiendo a ese chico en una pertenencia para el resto del ciclo escolar.Cuando todo terminó, el silencio de la casa regresó de golpe, pesado y denso.

Julián se quedó tendido boca arriba, con el pecho subiendo y bajando, asimilando el peso de su primera vez, sintiéndose extrañamente vacío y, a la vez, encadenado.

Victoria no se quedó a abrazarlo. Se levantó de la cama de inmediato, caminó descalza hacia el espejo del armario y se miró.

Su cabello estaba un poco revuelto, pero su rostro ya había recuperado la máscara de la chica popular de la escuela.

Empezó a vestirse con movimientos limpios y mecánicos, sin prisa. Miró el reloj de la mesa de noche: todavía quedaba una hora y media de las tres libres.

—Voy a usar tu baño —dijo sin volverse a mirarlo—. Baja y recoge los libros de la mesa. No quiero que tu hermano sospeche nada cuando llegue.

Julián se quedó mirando el techo, escuchando el sonido del agua de la ducha, entendiendo que, aunque estaba en su propia cama, ya nada de lo que había allí le pertenecía.

Victoria había aprendido a dominar a Julián a traves de los primeros placeres del descubrimiento de las sencaciones del cuerpo.

Estaba carente de culpas, con la misma soltura con la que manejaba los hilos de la culpa de su madre.

Lo quería porque era suyo, porque le pertenecía ante los ojos de los demás, aunque en las noches, cuando el alcohol que empezaba a robarle a Constanza le enturbiaba la mente, sentía una extraña insatisfacción que ni el control ni el lujo lograban calmar.

Julián, por su parte, se volvio adicto a la piel de Victoria, pero con el tiempo se convirtió en un experto en la simulación.

Cumplía el rol del novio perfecto, pero había tardes, sobre todo las tardes de lluvia intensa en la Ciudad de México, en las que se quedaba inmóvil en su habitación, mirando hacia la ventana del piso de arriba de la casona.

Sabía que detrás de esas cortinas no estaba Victoria, sino Valeria.

A veces, la silueta del "monstruo" se recortaba contra la luz tenue de una lámpara de escritorio.

Julián sentía un vacío inexplicable en el estómago; recordaba la magia de las conversaciones bajo el árbol y la mirada limpia de la niña inteligente que alguna vez lo había fascinado.

Pero el miedo a la marca, el miedo al "qué dirán" y la mirada vigilante de Victoria lo hacían huir, sumergiéndose de nuevo en la ruidosa corriente de su popularidad vacía.

A Valeria esa dinámica ajena no la tocaba.

Ella habitaba un universo en expansión dentro de su propia habitación.

El desprecio estético de Aureliano, que ya ni siquiera la saludaba al cruzar el recibidor, y el desvanecimiento progresivo de Constanza, que pasaba los días flotando en un olor de fármacos y ginebra, le dieron a Valeria el regalo más preciado para un artista: una invisibilidad absoluta.

Mientras su hermana acumulaba admiradores, Valeria acumulaba cuadernos, libros y pinturas.

Escribía a mano, con errores, pero con paginas enteras con las verdades que nadie se atrevía a pronunciar.

Pintaba en secreto, usando la tinta y el óleo para plasmar las figuras e hilos místicos que poblaban sus sueños, mundos donde los cuerpos se entrelazaban con raíces y las cicatrices se transformaban en líneas de oro.

La música de jazz, que se filtraba bajito desde su tocadiscos para no despertar los demonios del pasillo, era el lienzo sonoro de su resistencia.

Valeria no sufría. Su soledad era una elección concreta, un espacio de alta cultura y dignidad que compartía únicamente con Leonor en sus visitas clandestinas.

Los libros la habían liberado del dolor; cada página le recordaba que el pasado no era un destino, sino una secuencia de cadenas invisibles que ella estaba lista para romper.

Faltaban solo unos meses para cumplir los dieciocho años.

La preparatoria estaba por terminar y la tensión en la casona se sentía en el aire, como la estática que precede a un rayo.

Valeria lo sabía. Cada vez que se miraba al espejo y apartaba el mechón de cabello para retocar el maquillaje de su falsa cicatriz, sonreía con una madurez respetuosa y firme.

Estaba lista para el siguiente movimiento en el tablero.

El último año de preparatoria arrancó con un cambio sutil

en la rutina escolar que, para la mayoría, pasó desapercibido. El antiguo profesor de artes plásticas del colegio había muerto repentinamente en un accidente de auto durante el fin de semana. Para autoridades escolares contrataron a una sustituirlo, las mujer que no

encajaba con el molde acartonado de la institución.

Su nombre Marisol. Tenía treinta años, la mirada profunda y una actitud de silenciosa distancia que delataba a alguien que ha caminado por el fuego.

Marisol cargaba en la espalda el dolor de una relación de una década que acababa de desmoronarse en pedazos, dejándole cicatrices invisibles en el alma.

Era lesbiana, libre, pero profundamente herida; había aceptado el puesto solo buscando un rincón donde refugiarse de su propio invierno y reencontrarse con el silencio.

El salón de artes plásticas del último año de preparatoria era el único espacio del colegio que no olía a cera para pisos ni a uniformes almidonados; olía a madera vieja y a la humedad que subía de los jardines cuando la tarde empezaba a caer.

Para Valeria, ese salón era su trinchera.

Se sentaba siempre al fondo, donde el ala izquierda del salón quedaba en penumbras y la luz de los ventanales solo tocaba la esquina de su bastidor.