Los Monstruos también merecen ser amados LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #3
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #3

Victoria no argumentó. El espejo de su rostro se deformó por la rabia.

Se abalanzó sobre ellos, tirando las pinturas al lodo, pero su verdadero objetivo era Valeria.

En su mano derecha ocultaba un trozo de vidrio afilado, un pedazo de un frasco de ginebra que había encontrado roto cerca de la basura de Constanza.

Con la velocidad de un animal herido, Victoria cruzó el rostro de su hermana en un instante, buscando destruir la mirada que Julián tanto admiraba.

El grito de Julián rompió el aire del jardín, pero Valeria no gritó.

Sintió el frío del vidrio, la calidez inmediata de la sangre corriendo por su mejilla izquierda y el dolor agudo que le nubló la vista, pero sostuvo la mirada de su hermana con una dignidad inquebrantable.

No hubo miedo en sus ojos brillantes; solo una profunda y temprana comprensión de la monstruosidad que la rodeaba.

Julián, aterrorizado por la sangre y la violencia de la escena, retrocedió.

La superficialidad de su infancia no supo cómo procesar la herida.

Dejó caer la caja de madera y huyó corriendo hacia su casa, cruzando la reja para no volver a mirar a Valeria a los ojos.

El lazo se había roto; el vecinito se había marchado, espantado por la marca física, dejando a Valeria sola frente a su agresora.No iba a permitir que el único niño del lugar prefiriera al "monstruo" antes que a ella.

Leonor salió al jardín de inmediato, alertada por el grito.

Al ver la escena, apartó a Victoria de un empujón firme y cubrió el rostro de Valeria con su pañuelo de seda, que pronto se tiñó de rojo.

En la casona, el accidente se maquilló como un juego de niñas que terminó mal.

Constanza, dopada en su habitación, apenas se enteró; Aureliano miró la venda en el rostro de Valeria con una indiferencia que se acercaba en el asco.

Para él, una niña con una imperfección ya no era útil para su vitrina.

Lo que nadie supo fue lo que ocurrió semanas después, cuando la herida cerró.

La piel de Valeria, joven y noble, sanó de manera casi milagrosa, dejando una línea delgada, una herida apenas perceptible que con el tiempo habría desaparecido por completo.

Pero Valeria ya no era la misma niña. Había aprendido la lección de la supervivencia.

Una noche, frente al espejo, Valeria tomó una decisión.

Miró debajo de la venda la línea casi invisible en su mejilla.

Sabía que si volvía a ser perfecta, Victoria buscaría otra forma de destruirla y los ojos acechantes de Aureliano regresarían a posarse sobre ella.

Con pulso firme, Valeria reabrió la marca en su piel.

Se creó una cicatriz falsa, más profunda, más ancha, una armadura de carne que se convertiría en su escudo definitivo.

A partir de ese día, dejó caer su cabello oscuro sobre el lado izquierdo de su rostro, cubriendo la marca a medias.

Decidió ser el monstruo ante los ojos de los demás para mantener su alma intacta, libre de las cadenas invisibles de esa casa, esperando el momento en que los libros, el arte, el jazz y el tiempo le permitieran ser, por fin, ella misma.

Victoria, aburrida de sus propios juguetes, bajó a los arbustos con la única intención de destruir.

Con una vara de madera, comenzó a golpear los tallos, aplastándolo todo a su paso, riendo mientras los pétalos de las rosas y las azaleas quedaban deshechos en el lodo.

Lo quería todo para ella, y lo que no podía poseer, lo destruía.

Valeria la observaba desde la distancia, inmóvil.

Cuando Victoria se cansó y entró corriendo a la casa, Valeria se acercó despacio a las ruinas del jardín.

Entre la maleza pisoteada y los tallos rotos, descubrió la única sobreviviente: una pequeña flor silvestre, blanca, de pétalos perfectos, que había quedado resguardada bajo la sombra de una piedra grande.

Con un respeto casi sagrado, Valeria la cortó con cuidado.

No se la quedó. Caminó con paso firme hacia la biblioteca, buscó el lado izquierdo de Leonor y, sin decir una sola palabra, depositó la flor en su mano.

Fue su primer regalo, el símbolo de que ella aun con su cicatriz, siempre protegería la belleza en medio del caos.

—Gracias, mi pequeña Valeria —susurró Leonor, guardando la flor entre las páginas de un libro de arte. Ambas se habian ganado el lado izquierdo de cada una. La adolescencia llegó a la casona como una marea

silenciosa que terminó de arrastrar los restos de la infancia. Los años no suavizaron las líneas del espejo; al contrario, grabaron con fuego el papel que cada hermana había elegido interpretar en el teatro de las apariencias.

Victoria floreció hacia el exterior, convirtiéndose en el reflejo exacto de lo que Aureliano, Constanza y la alta sociedad esperaban de ella.

A los quince años, era la chica más popular del colegio al que ambas asistían.

Su belleza era magnética, pero de una sensualidad afilada y calculadora.

Sabía que sus ojos perfectos y su apellido abrían cualquier puerta.

Se rodeó de una corte de amigas que la imitaban y de muchachos que coleccionaban sus desdenes.

En los pasillos de la escuela, el nombre de Victoria era un sinónimo de estatus.

Consigo traía el eco de las fiestas de fin de semana, la ropa de diseñador y esa risa fuerte que utilizaba para acallar el vacío de una madre que ya ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que estuvo sobria.Y al lado de la reina de las apariencias, caminaba su novio oficial: Julián.

El vecinito de la infancia había crecido bajo el mismo molde de superficialidad.

Era el chico guapo, el complemento perfecto para la fotografía que Victoria quería mostrarle al mundo.

Sin embargo, detrás de la sonrisa ensayada de Julián y de sus ademanes populares, el espejo mostraba una cobardía silenciosa.

Cada vez que cruzaba los pasillos del colegio y se topaba de frente con la silueta de Valeria, Julián desviaba la mirada con una prisa incómoda.

Nunca pudo perdonarse haber huido aquel día; no le temía a Valeria, le temía a la culpa que su presencia le provocaba.

Valeria, por su parte, habitaba una dimensión completamente distinta, una donde la soledad no era un castigo, sino un santuario elegido.

En la escuela, era invisible por voluntad propia.

Vestía el uniforme con una pulcritud que rayaba en lo militar, y mantenía el mechón de cabello oscuro cayendo estratégicamente sobre el lado izquierdo de su rostro, ocultando la falsa cicatriz que mantenía a raya la envidia de su hermana y el asco estético de Aureliano.

Los demás alumnos la llamaban "el monstruo" o la "rara" a sus espaldas, pero a Valeria esas palabras no le hacían mella; las cadenas invisibles del rechazo social eran, en realidad, las llaves de su libertad.

Mientras Victoria se desgastaba intentando complacer a un séquito de desconocidos, Valeria pasaba los recesos oculta en las esquinas más profundas de la biblioteca escolar, devorando libros, observando obras de arte y poesía, con la firmeza de quien acumula armas para una batalla futura.

Era feliz en su aislamiento. Su mente era un territorio libre, limpio del veneno familiar.

La felicidad de su adolescencia ocurrían los viernes por la tarde, cuando el automóvil de la abuela Leonor se estacionaba frente al colegio.

Esas visitas de Leonor eran los pétalos que sostenían la resistencia de Valeria. Lejos de la mirada de Aureliano y de la indiferencia de Constanza, la abuela se llevaba a su nieta predilecta a recorrer los viejos cafés del Centro Histórico o las librerías de la calle de Donceles.

—Que el mundo ruede y se despedace en su propia vanidad, mi niña —le decía Leonor en voz baja, mientras compartían un café y el humo de la ciudad se colaba por los ventanales—. Tu mente es tu único templo. Nadie puede encadenar a quien ha aprendido a pensar por sí misma.

En esos encuentros, la complicidad cobraba fuerza.

Leonor no solo le llevaba libros o discos de bach y jazz que alimentaban las largas noches de insomnio de Valeria; le llevaba la certeza de que el tiempo de la farsa estaba contado.

Juntas, en el lado izquierdo del asiento trasero del auto, repasaban los planos mentales de aquella "cueva" como le llamaban al departamento, que seguía construyéndose en secreto, esperando el día en que Valeria cumpliera los dieciocho años y pudiera, finalmente, cerrar la puerta de la casona para siempre.Los años de la preparatoria pasaron con el ritmo denso de un blues nocturno.

Victoria y Julián se consolidaron como la pareja dorada de su círculo; sus fotografías en las redes sociales y en las secciones de sociales de los diarios retrataban una juventud idílica, hecha de viajes a la playa, fiestas de graduación y promesas de un futuro brillante y predecible.

Mientras los libros de texto de historia estaban abiertos sobre la mesa del comedor, pero ninguno de los dos los miraba.

La casa se sentía inmensa, flotando en ese silencio denso de las primeras horas de la tarde, interrumpido solo sonido lejano de la lluvia.

Los padres de Julián no volverían hasta el domingo y su hermano pasaría las próximas tres horas en el club deportivo.

Tenían tiempo. Un lienzo en blanco. Y Victoria lo sabía perfectamente.

Julián intentaba concentrarse en subrayar un párrafo, pero la cercanía de Victoria lo inutilizaba.

Podía oler su perfume, un aroma dulce pero intenso que parecía adueñarse del comedor.

Sentada a su lado, ella no hacía ningún esfuerzo por simular que estudiaba.

Lo observaba de reojo, con una media sonrisa analítica, registrando la rigidez de los hombros de él, la forma en que apretaba el bolígrafo con demasiada fuerza.

—Estás nervioso —dijo Victoria. No fue una pregunta; fue una constatación.