Los Monstruos también merecen ser amados LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #2
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #2

Mientras la tormenta golpeaba con furia los ventanales de la casona, Constanza arrulló a las gemelas con una frialdad ensayada.

Victoria, la que el destino transformaría en la gemela perfecta, sensual y dominante, dormía plácidamente, adaptándose de inmediato al calor de la seda y el lujo.

A su lado, Valeria, la que el mundo llamaría el monstruo, la que se refugiaría en los libros, el jazz y el arte para sobrevivir, abrió los ojos en la penumbra.

Unos ojos brillantes, idénticos a los de la madre que acababa de morir en el sótano del psiquiátrico.

En ese recibidor de mármol y maderas finas, la farsa había comenzado.

Las gemelas habían sido bienvenidas al nido del lobo, no como hijas, sino como los personajes principales de una mentira que tardaría 18 años en desmoronarse.Aquí comienza la historia.

Las primeras cicatrices ya han sido marcadas en la piel de estas niñas, pero también los primeros pétalos de su resistencia.

Observa con atención, porque en esta tormenta nadie podrá esconder quién es realmente.

El tiempo en esa casa no corría; se estancaba como el agua en un pozo profundo. Constanza cargaba a las gemelas ante las cámaras de la sociedad con la barbilla en alto y una sonrisa de porcelana. Nadie dudó. En ese mundo de apellidos cruzados, la verdad es un lujo que nadie se atreve a financiar.

Fue en ese escenario de alfombras gruesas y silencios obligados donde las niñas empezaron a dejar de ser dos gotas de agua para convertirse en el derecho y el revés de una misma moneda.

A los cuatro años, Victoria ya sabía usar la mirada para conseguir lo que quería.

Tenía la astucia heredada, sin saberlo, de la sangre de Aureliano.

Se movía por los pasillos con una gracia natural, imitando el andar altivo de Constanza, buscando siempre el centro de atención.

Aureliano la miraba con orgullo; veía en ella la pieza perfecta para su vitrina social.

Victoria exigía, dominaba y aprendía rápido que el llanto, bien dosificado, era un arma de control.

Valeria, en cambio, habitaba los márgenes.

Mientras su hermana corría por el jardín pisoteando las flores, ella se quedaba inmóvil bajo la sombra de los enormes fresnos, observando las hormigas, el movimiento de las hojas, el rastro de la lluvia en la tierra.

No hablaba mucho, pero sus ojos brillantes registraban cada grieta de la casa.

Valeria tenía una percepción casi animal para el peligro.

Sabía, con esa intuición limpia de la infancia, que cuando el ambiente de la casa se cargaba de un olor espeso a ginebra, era mejor esconderse detrás de los cortinajes del salón principal.

Aureliano empezó a notar esa distancia. La mirada de Valeria le incomodaba.

Había algo en la fijeza de esos ojos infantiles que le recordaba a la mujer del psiquiátrico, un recuerdo lejano que su conciencia intentaba borrar con el alcohol que él mismo le servía a su esposa por las noches para adormecerla.

Su intención silenciosa con Valeria comenzó a cambiar: ya no era solo indiferencia, era la necesidad de quebrar esa resistencia silenciosa que la niña arrastraba desde la cuna.

Pero el destino, que nunca deja los hilos sueltos, colocó el contrapeso exacto en la balanza.

Una tarde de otoño, un automóvil antiguo cruzó las rejas de la casona.

Del asiento trasero descendió una mujer de cabellos plateados, espalda recta y un abrigo de lana azul marino que olía a papel antiguo, perfume caro y café recién molido. Era la madre de Aureliano. La abuela.

La única persona en esa familia que no necesitaba aparentar nada porque ya lo había entendido todo.

Al cruzar el umbral y ver a las dos niñas, la anciana pasó de largo la escena ensayada de Constanza y fijó sus ojos sabios en las pequeñas, pero sobre todo en Valeria, que la observaba oculta tras la pata del piano de cola.

En ese instante, sin palabras, un pacto secreto de salvación quedó sellado entre las dos.

La abuela Leonor no creía en las casualidades; creía en los testigos que la carne arrastra a través de las generaciones.

Aquella tarde, mientras Constanza rellenaba su copa de ginebra en el bar y Aureliano presumía el éxito de sus últimas inversiones, Leonor se agachó frente a las niñas.

Con una delicadeza que no existía en esa casa, apartó el cabello de las gemelas para limpiarles el rastro del jardín.

Fue un segundo. Un movimiento milimétrico. Al acomodar el cuello del pequeño vestido de Valeria, la tela se deslizó hacia la izquierda, justo debajo del omóplato. Ahí estaba. Un lunar oscuro, de bordes perfectos, idéntico a una pequeña Luna nueva.

Leonor sintió un vuelco en el pecho, pero sus facciones de piedra no se movieron.

Conocía esa marca centímetro a centímetro: era el mismo lunar que su hijo Aureliano cargaba en la espalda desde el día en que nació.

Un rasgo genético tan específico que ni el propio Aureliano había notado jamás en sí mismo, demasiado ocupado mirando hacia fuera, construyendo imperios de mentiras.

En ese instante, la abuela lo supo sin necesidad de preguntas.

El alivio que inundó el pecho de Leonor al descubrir aquel lunar fue tan inmenso como el silencio que guardó.

Ella, que durante meses había tolerado la absurda farsa del viaje al extranjero y sospechaba con total certeza que esas niñas eran adoptadas para tapar las carencias de Constanza, respiró por primera vez en paz.

No conocía el horror del hospital psiquiátrico, ni los hilos perversos que su hijo Aureliano había tejido en la oscuridad; solo vio la marca de la carne, la firma inconfundible de su propia herencia.

Eran sus nietas biológicas. El destino, de una manera misteriosa que ella no alcanzaba a comprender, había devuelto la sangre de su sangre a esa casona.

Desde ese día, el orden de la casona cambió en silencio.

Mientras Victoria se convertía en el orgullo superficial de Aureliano y en la muñeca de aparador de Constanza, Leonor decidió robarse el lado izquierdo de Valeria.

Se convirtió en su sombra protectora, en el escudo invisible que la mantendría a salvo de la putrefacción de su propio hogar.

—Ven, mi niña —le decía Leonor, abriendo los brazos en la biblioteca de la casona, el único espacio donde el olor a ginebra y ambición no lograba entrar.

Allí, sentada en las rodillas de la abuela, Valeria encontró su verdadero nacimiento.

Mientras Victoria perfeccionaba sus berrinches en el jardín, exigiendo ropa nueva y juguetes caros, Valeria aprendía a escuchar el crujido de las páginas de los libros antiguos.

Leonor le enseñó el amor por las palabras que sanan, la transportó a mundos donde los incomprendidos eran los héroes y le heredó su pasión más profunda: el jazz.

En las tardes lluviosas, mientras el tocadiscos de la abuela inundaba la habitación con melodías que se colaban por las venas, Valeria entendió que no estaba sola.

Su mente se volvió ágil, selectiva y fuerte.

La complicidad entre ambas creció como una raíz subterránea, volviéndose inquebrantable.

Leonor veía cómo Aureliano ignoraba a la pequeña Valeria y cómo Constanza se desvanecía en alcohol y trofeos de bailes de Victoria.

Por eso, con la firmeza de quien planea una fuga perfecta, la abuela empezó a construir el refugio definitivo.

A espaldas de todos, Leonor adquirió un departamento en una zona apartada y bohemia de la ciudad.

Un espacio de techos altos, ventanas amplias que miraban a las copas de los árboles y paredes listas para ser pintadas.

Sería el secreto de ambas, la cueva sagrada que Valeria heredaría al cumplir los dieciocho años.

El lugar donde los monstruos, por fin, tendrían permitido florecer.Los años pasaron, las pequeñas comenzaron a crecer, una tarde una familia nueva se mudo al vecindario, con ellos un vecinito nuevo, se llamaba Julián.

Durante meses, la reja de hierro que dividía los jardines fue el escenario de un juego de miradas silencioso.

Julián intentaba seguirle el ritmo a los caprichos de Victoria, pero en cuanto ella se distraía, él corría hacia el rincón del árbol donde Valeria dibujaba en las hojas libres de los libros viejos que le prestaba la abuela.

A Julián le fascinaba escucharla hablar; Valeria no usaba palabras vacías.

Le contaba las historias de los músicos de jazz que Leonor ponía en el tocadiscos, o le explicaba cómo los colores cambiaban cuando se mezclaban y aparecian nuevos tonos, como uniendo amarillo con azúl daba verde.

Había una gravedad hermosa en su voz, una firmeza amorosa que hacía que Julián se olvidara por completo de los juguetes caros.

Victoria observaba desde el balcón del segundo piso, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaban en las palmas.

Para ella, el mundo se dividía en lo que le pertenecía y lo que debía desaparecer.

Que Julián prefiriera la compañía del "monstruo" —como ella ya llamaba a su hermana para rebajarla— era una humillación que su ego de porcelana no iba a tolerar.

La envidia se le metió en el cuerpo como un veneno espeso, el mismo que corría por las venas de Aureliano.

El quiebre definitivo ocurrió una tarde, bajo el presagio de una de esas tormentas que siempre parecían marcar los momentos de sus vidas.

Julián había cruzado la reja trayendo consigo una pequeña caja de pinturas de madera que le había robado a su hermano mayor; quería regalárselas a Valeria.

Cuando Victoria los vio sentados en el pasto, compartiendo el secreto de los colores, algo se rompió dentro de ella.

—¡Esas pinturas son mías! —gritó Victoria, irrumpiendo en el círculo con los ojos encendidos.—No son tuyas, se las traje a Valeria —respondió Julián con la inocencia firme de la infancia.