Los Monstruos también merecen ser amados
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS
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El pasillo final del psiquiátrico olía a cloro,
encierro y olvido. Al fondo, en la última recámara, estaba ella: joven, con el cuerpo y el alma adormecidos por los sedantes.
Él entró. El sonido de la cerradura al pasar el cerrojo sonó como una sentencia. Ella apenas logró ponerse de pie cuando él la empujó contra la cama, cayendo encima con todo su peso.
—¿Qué haces? ¡Déjame! —el grito nació desgarrado, pero se ahogó contra las paredes de la habitación. Nadie acudió. Nadie iba a ayudarla.
—Lo preferiste a él antes que a mí —le susurró al oído con un aliento espeso—. Pues aquí perdiste. Ahora se hará lo que yo quiera.
Ella luchó. Arañó, forcejeó con las pocas fuerzas que la medicación le dejaba, pero él era furia.
De un tirón le desgarró la ropa, arrancándole la tela y la dignidad en el mismo acto.
El sostenía su sexo erecto, la penetró con violencia, una fuerza seca que le partió el cuerpo y el alma en dos.
Para someterla, le mordió la oreja y los pezones hasta hacerla sangrar, ignorando sus súplicas y llantos.
Afuera, a lo lejos, alguien atestiguaba el horror en silencio, esperando pacientemente a que el lobo terminara de saciarse.
Él la tomó por delante y por detrás, un ultraje destructor, hasta que derramó su esperma sobre el vientre de la mujer, como si quisiera ahogar la posibilidad de que algo volviera a florecer en ella.
Pero la tortura no había terminado.
Minutos después, con el cuerpo convulsionado por el llanto y el dolor, ella intentó arrastrarse para ponerse de pie. Él la frenó en seco.
—Estás equivocada, esto aún no acaba. ¿Qué no ves que la estamos pasando muy bien?La agarró del cabello con fuerza, obligándola a levantar la cara.—¿No ves que te amo? —le dijo, antes de escupirle directamente en los ojos y eyacular sobre su rostro.
El asco superó al dolor. Ella se incorporó bruscamente y comenzó a vomitar sobre el suelo. La respuesta de él fue un golpe seco, directo a la cara, que la sedó de inmediato.
El lobo se tomó su tiempo. Se ajustó la ropa cara, se acomodo el saco frente al reflejo de la ventana y, con la frialdad de quien sale de una reunión de negocios, abandonó la habitación, dejándola inconsciente en el piso.
Poco después, siguiendo las órdenes del director del psiquiátrico, un enfermero entró a la recámara. Su trabajo era ese: limpiar el desastre que el lobo dejaba a su paso. La lavó como a un objeto, la medicó para sepultar su memoria y cerró la puerta.
Los meses pasaron en un silencio de tumba.
Siete meses después, dos almas presionaban por salir de ese vientre. Dos vidas que el lobo juraba que eran de su primo, y que ya había comprado por adelantado, con la misma frialdad con la que se adquieren las joyas más finas y perfectas.
Dicen que la lluvia tiene la capacidad de lavarlo todo, pero hay noches en que el agua solo cae para testificar lo que los hombres intentan ocultar.
Esta noche es una de ellas. El cielo se rompe con una fuerza que estremece los muros del hospital psiquiátrico, un lugar diseñado para encerrar los dolores que a la sociedad le incomoda mirar.
Pero aquí, en el rincón más oscuro y olvidado una habitación en el sótano, la vida no pide permiso para abrirse paso.
Te invito a mirar de cerca, sin miedo. En el suelo frío, una mujer entrega el último aliento de su existencia para dar a luz.
No hay heroísmo en su muerte, solo una desgarradora y desnuda realidad.
Su cuerpo, cansado de habitar laberintos mentales y abandonos, se quiebra en un último esfuerzo.
Y de ese vientre herido nacen gemelas; dos almas idénticas que llegan al mundo despojadas de todo, arrulladas no por cantos, sino por el rugido de los truenos y el silencio cómplice de quienes debieron protegerlas.
Pero el espejo del destino es implacable.
Mientras la madre se desvanece, en las sombras.
Hay quienes ven en este nacimiento clandestino un milagro trágico; otros, solo una oportunidad.
El Lobo se ajustó el abrigo empapado. Su mirada, fría y calculadora, no se posó en el dinero, sino en las dos pequeñas mantas que el director le entregaba.
El Lobo tomaba lo que quería de la vida, siempre lo había hecho.
No, sabía que esas niñas compartían su propia sangre, el fruto de sus abusos silenciosos en la habitación del sótano, ocultos bajo el efecto de los fármacos que el mismo director suministraba para dormir a las víctimas.
Pero ante el mundo, este viaje nocturno bajo la tempestad era un acto de salvación familiar.
El aborto que su esposa había sufrido semanas atrás debido a un alcoholismo que ya no podían ocultar, quedaba borrado esta noche.
Las gemelas serían el accesorio perfecto para simular un viaje de varios meses y regresar con la prueba de una falsa perfección.
Salieron por la puerta trasera, donde la lluvia caía con la fuerza de un castigo.
El Lobo subió al automóvil, colocando a las bebés en el asiento trasero como quien transporta una mercancía valiosa pero ajena.
Mientras el motor cobraba vida y los limpiaparabrisas intentaban inútilmente abrirse paso entre el diluvio, las niñas permanecían ajenas al destino que se acababa de firmar para ellas.A unos kilómetros de ahí, en una casona fría, la madre adoptiva apuraba un trago de ginebra frente a la ventana, ensayando la sonrisa con la que recibiría al mundo exterior, sin saber que la tormenta que golpeaba los cristales estaba a punto de entrar por su propia puerta.
El Lobo sonrió con una amargura triunfal mientras el auto avanzaba entre la neblina y el asfalto mojado de la Ciudad de México.
Miró por el retrovisor los dos bultos silenciosos en el asiento trasero.
En su mente, el plan era perfecto, una obra maestra de simetría y desquite.
Creía estar llevándose a casa el fruto del pecado de la mujer que lo había rechazado; pensaba que esas niñas cargaban en las venas la sangre del primo, que habia muerto meses atrás en un accidente de auto.
Aquel hombre al que ella había entregado el amor que a él le negó.
Comprarlas, meterlas en su casa y criarlas bajo su apellido era el trofeo definitivo: la posesión absoluta de la descendencia de su rival.
Qué ciego es el ego de los hombres que se creen dueños del destino.
El Lobo manejaba orgulloso, saboreando una venganza ajena, sin sospechar que el espejo de la biología ya se había burlado de él en la oscuridad de ese psiquiátrico.
No sabía que los fármacos y el aislamiento con los que el Director corrupto la adormecía no solo habían sepultado sus abusos, sino que habían sembrado su propia semilla.
Las gemelas no eran el recuerdo del primo; eran suyas.
Su propia sangre regresaba a él envuelta en el cobijo de 7 meses y de una mentira.
El automóvil cruzó las rejas de la imponente casona.
Los faros iluminaron los enormes árboles que lloraban agua sobre la fachada de piedra.
El Lobo apagó el motor y el silencio de la noche se volvió espeso, solo interrumpido por el goteo constante del techo.
Tomó a las dos bebés en brazos y caminó hacia la entrada principal.
Al abrir la puerta, el olor a madera cara y calefacción se mezcló con el vapor de la tormenta.
En el fondo del pasillo, vestida de seda impecable pero con la mirada turbia por la ginebra, la madre adoptiva aguardaba.
Sostuvo el aliento al ver los dos rostros idénticos que emergían de las mantas húmedas.
Dos niñas que venían a sustituir su pérdida, a maquillar su vacío y a sostener la gran farsa social que estaba por comenzar.La seda del vestido de la madre adoptiva crujió cuando dio un paso al frente.
Se llamaba Constanza, tenía veintinueve años y su profesión, maestra de piano, era la excelencia.
Era el pilar invisible del estatus familiar, una mujer educada para sonreír mientras los escombros le caían encima.
Al ver a las bebés, sus manos temblaron sutilmente, no por ternura, sino por la urgencia de posesión.
Necesitaba que esas niñas fueran reales ante los ojos de la alta sociedad; necesitaba que borraran el rastro de la sangre y el dolor del aborto que su propio cuerpo, intoxicado de alcohol y desprecio, no había podido evitar semanas atrás.
Su intención silenciosa era usarlas como un escudo de carne para salvar su matrimonio y su apellido.
—Son perfectas —susurró Constanza, y su voz, impregnada del olor dulzón y seco de la ginebra, sonó como un decreto—. Se llamarán Valeria y Victoria.
El Lobo, cuyo nombre real era Aureliano, dejó escapar una risa ronca mientras depositaba las mantas sobre los brazos de su esposa.
A sus treinta y seis años, Aureliano era un tiburón del mundo inmobiliario y financiero; un hombre que construía imperios de concreto sobre las ruinas de otros.
Miró a las niñas con un desdén triunfal.
Pensaba en el primo, en el rival ausente, saboreando la idea de que criaría a sus hijas bajo su propia ley, obligándolas a ser el reflejo de su victoria.
Su intención silenciosa era el control absoluto, la dominación de un linaje que no le pertenecía.