Los Monstruos también merecen ser amados LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #14
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LOS MONSTRUOS TAMBIÉN MERECEN SER AMADOS #14

—Quiero que sepas —añadió Valeria, tomando la mano de Marisol entre las suyas— que aquí siempre tendrás un lugar seguro.

Un refugio de pies descalzos para escucharte, sin juzgarte, sin pedirte nada a cambio más que lo que desees dar.El silencio que se instaló en el departamento fue absoluto.

Marisol no supo qué responder de inmediato.

Escuchar al monstruo —a esa chica que en los pasillos del colegio parecía indomable y distante— expresarse con semejante madurez y generosidad la dejó sin aliento.

Sintió un nudo en la garganta, no de tristeza, sino de la conmoción que provoca ser vista de verdad, en la propia esencia.

Mientras contemplaba los ojos serenos de Valeria y la silueta de los libros apilados en las repisas del fondo, Marisol lo comprendió todo.

Comprendió que los libros no son solo papel y tinta; tienen el poder de transformar vidas enteras, de moldear nuestros conocimientos y, por supuesto, de refinar y expandir los sentimientos más complejos.

La literatura había esculpido el alma del monstruo, dotándola de una vejez prematura pero hermosa, capaz de amar sin poseer.

Marisol no habló. No hacían falta palabras que empañaran la pureza del momento.

Simplemente se deslizó de nuevo hacia el pecho de Valeria, abrazándola con una fuerza contenida, como quien se aferra al único lugar seguro en medio de una tormenta inminente.El lunes llegó arrastrando la pesadez de una puesta en escena obligatoria.

En el comedor de la casona, los cubiertos y la porcelana fina resplandecían bajo la luz de la lámpara de cristal, sirviendo de decorado para la hipocresía de una sociedad sobria que solo vive de las apariencias.

La presencia de la abuela había obligado a un repliegue táctico en las miserias de la familia.

Su madre, con el temblor de la abstinencia forzada disimulado bajo capas de maquillaje caro, sostenía la copa de agua con una rigidez aristocrática; el alcohol se mantenía guardado por puro respeto, o por miedo, a la matriarca.

Victoria se sentaba a su lado actuando como si nada hubiera pasado el jueves anterior, con una ligereza frívola que a Valeria le revolvía el estómago.

Valeria permanecía en un silencio sepulcral.

Observaba la escena con un asco profundo, analizando la falsedad de esos rostros que sonreían y masticaban mientras ocultaban el infierno.

Frente a la crueldad del Lobo, disfrazado detrás de su apellido y el peso de su dinero, el comedor se sentía como una jaula de oro.Sin embargo, en medio de esa podredumbre, el almuerzo tuvo un oasis.

La abuela era el claro reflejo de la única libertad que le queda al hombre: la de leer y pensar.

Ella era la creadora de la verdadera religión que Valeria procesaba, una fe basada en el conocimiento, comprensión, compasión y cariño; ese saber silencioso que no se presume en los cócteles, que no busca la aprobación ajena ni la apariencia, sino la paz absoluta en el alma.

Cada vez que sus miradas se cruzaban en la mesa, Valeria encontraba un refugio seguro.

En los ojos cansados pero lúcidos de la abuela se reflejaba su propio futuro, la explicación exacta de su madurez a los casi dieciocho años.

Para Valeria, disfrutar de ella, escuchar sus comentarios pausados y llenos de cultura viva, era lo único lindo y verdaderamente familiar de la tarde.

La frágil tregua se rompió cuando se anunció una visita inesperada. Al pronunciar el nombre del doctor, el ambiente de la estancia se congeló.

Valeria no pestañeó; sus ojos registraron el sutil cambio en las facciones del Lobo.

El depredador se puso de pie de inmediato, barriendo la mesa con una mirada severa que exigía silencio absoluto.

Sin dar explicaciones, hizo pasar al director del hospital psiquiátrico directamente hacia el despacho del fondo.

La puerta de madera pesada se cerró tras ellos, dando inicio a una larga reunión a puerta cerrada.

El eco de sus voces, discutiendo y los papeles ocultos, se filtraba apenas por los pasillos.

Valeria no dijo una sola palabra. No hizo falta.

Mientras su madre intentaba desviar la atención comentando una banalidad sobre el clima y Victoria revisaba su teléfono con apatía, Valeria tomó con suavidad la mano de su abuela por debajo de la mesa.

La tensión en la casa era máxima, el aire se había vuelto irrespirable para los demás, pero el monstruo se limitó a observar y registrar, sabiendo que el rompecabezas de la corrupción del Lobo estaba terminando de armarse en esa misma casa.

Valeria eligió la paz. Dejó que el Lobo y el doctor se hundieran en sus secretos detrás de la puerta del despacho y concentró toda su atención en la mesa.

No valía la pena arriesgar el único momento limpio de la tarde por escuchar una conversación cuyos hilos ya estaba investigando por fuera.Cuando el postre fue servido, el ambiente tenso comenzó a aligerarse de una manera extraña.

Constanza, con menos alcohol en las venas y contenida por la mirada digna de la abuela, bajó la guardia.

Curiosamente, esa tarde se mostraba cariñosa, un matiz que rara vez aparecía detrás de su máscara habitual.

—El colegio ya está por terminar —comentó la abuela, rompiendo el silencio con su voz pausada, mirando a sus dos nietas—. Prácticamente tienen un pie fuera.

—Y ambas cumplen años pronto —añadió Constanza, con una emoción genuina que suavizó las líneas de su rostro—. Estaba pensando que este año deberíamos hacer una fiesta compartida. En el jardín. Podríamos colgar luces entre los árboles, traer buena música, algo que verdaderamente recuerden.

Victoria levantó la vista del teléfono, entusiasmada de inmediato por la idea de ser el centro de atención, mientras Valeria asentía en silencio, observando a su madre con una mirada nueva.Al ver la fragilidad en las manos de Constanza, Valeria comprendió algo profundo.

El alcoholismo de esa mujer no era un capricho; era el analgésico para un dolor innombrable: el luto silencioso y el peso muerto de estar casada con un hombre aparentemente perfecto, pero de un narcisismo devorador.

Constanza no era feliz. Ocultaba su miseria en el alcohol y en las distracciones frívolas, tal como lo hace la sociedad en la que vivimos, una cultura que prefiere anestesiarse antes que aceptar sus propias grietas.

En ese instante, el asco de Valeria se transformó en una punzada de compasión.

La abuela sonrió, colocando una mano sobre la de Constanza.

—Un festejo en el jardín es una idea maravillosa, hija —dijo la matriarca, validando el esfuerzo de Constanza por conectar—.

La vida se compone de esos momentos de luz.

El conocimiento nos da la libertad de entender el mundo, pero el amor y la tregua en la familia nos dan la paz para habitarlo.Victoria comenzó a planear la lista de invitados en voz alta, perdiéndose en la superficialidad del evento, mientras Valeria intercambiaba una mirada de absoluta complicidad con su abuela.

Sabía que esa fiesta en la vieja casona, el lugar donde días antes había descubierto la podredumbre del Lobo, se convertiría en el escenario perfecto donde el pasado y el futuro de todas ellas terminarían por colisionar.

Pero por esa tarde, viendo a Constanza sonreír sin el velo de la embriaguez, el monstruo decidió quedarse en tregua, disfrutando del calor de un hogar que, aunque roto, intentaba buscar un segundo de felicidad.