Capítulo 40
Joyce se había quedado paralizado. Por un momento, sus piernas parecieron querer anclarse a la tierra mientras miraba a Leire con una mezcla de admiración y asombro.
¡Estaba preciosa! Eso ya lo sabía desde el primer momento ella le había atraído, pero verla así de nuevo, con ese vestido, lo dejaba sin palabras.
—Venga, vamos, Joyce. ¿Se te ha comido la lengua el gato o te has quedado petrificado? —Iván miraba divertido la escena, lamentándose por no ser el protagonista de aquella bonita historia de amor.
—Eh… sí, algo así —Joyce le dedicó una sonrisa tímida, que a Iván le pareció de lo más tierna.
—Puedes con ello. Sorpréndela.
Joyce avanzó despacio entre la multitud, que hablaba y gritaba efusiva, feliz de celebrar aquella noche mientras esperaba el inicio de la cuenta atrás hacia un Año Nuevo lleno de metas y nuevas oportunidades.
Leire estaba de espaldas, charlando tranquilamente con Chloe, que apenas logró contener el asombro al ver a Joyce e Iván acercarse.
—¿Pasa algo? ¿Qué has visto? —Leire hizo ademán de girarse, pero Chloe la abrazó con fuerza.
—¿Te he dicho lo mucho que te quiero, amiga?
Siguió abrazándola mientras observaba a Joyce a pocos metros de distancia, y a Iván agitando la mano y dando saltitos, incapaz de contener la emoción.
—Chloe, ¿qué pasa? ¿A qué ha venido eso? —Leire se giró y se topó con los ojos azules de Joyce, esos por los que tanto había suspirado y en los que se había perdido más de una vez.
Enfundado en un elegante traje negro, parecía otra persona, con una imagen extremadamente atractiva. Llevaba el pelo cuidadosamente peinado, aunque a Leire siempre le había gustado más la gracia de sus mechones bailando en distintas direcciones.
—A esto —murmuró Chloe, cogiendo a Iván del brazo, suspirando llena de emoción.
—¿Joyce? ¿Qué haces aquí? Pero tú… No sabía… Yo…
Si antes Joyce se había quedado petrificado, Leire en ese momento se sentía como si Medusa acabara de convertirla en piedra, incapaz de mover un solo músculo.
—Tenemos que dejar de encontrarnos en fiestas, ¿no te parece? —Joyce esbozó una amplia sonrisa al verla tan confusa—. O quizás estamos hablando de otra bonita casualidad.
—Joyce… no esperaba… ¡Qué bien que estés aquí! —Leire reaccionó por fin y se abalanzó a sus brazos, estrechándolo con fuerza, como si necesitara comprobar que estaba ahí, en carne y hueso, y no era producto de su imaginación.
—No podía quedarme allí sin más. No sin ti.
Sé que esto es difícil, pero necesito ver qué nos tiene deparado el futuro…
si tú quieres, claro. Quiero arriesgarme por ti, Leire.
Lo que he sentido por ti estos días significa mucho más de lo que imaginas.
La última vez te dije que a veces hay amores que no tienen espacio en el tiempo que les tocó, ¿te acuerdas?
—Leire asintió, emocionada—. Pues creo que el nuestro sí lo tiene.
O al menos se lo merece. Porque, aunque el mapa nos separe, lo que hay entre nosotros no entiende de fronteras.
—Joyce, no sé ni qué decir, eres maravilloso. Lo sabes, ¿verdad? Y me encantaría empezar algo contigo y que funcione, ¿pero cómo?
—Digamos que ahora lo vamos a tener mucho más fácil —hizo una breve pausa y la miró directamente a los ojos—. Estoy valorando la idea de mudarme a Madrid. Y antes de que digas nada…
—¡Waoooooo! ¡Nena, qué notición! —gritó Iván, escandalizado por la revelación.
Iván volvió a dar saltitos, derramando parte de su bebida por el suelo sin que pareciera importarle demasiado.
—¿En serio? ¿Pero por qué? ¿Y qué pasa con tu familia, con tu trabajo?
—En el avión he pensado mucho y bueno… Mi padre ha adquirido un local el barrio de Justicia, donde dice que podrá ayudarme a empezar mi propio negocio…
Leire lo miro perpleja. La entendía, él estaba igual que ella, viendo el rumbo tan rápido y vertiginoso que tomaban las cosas.
—Tendré que volver a Colmar para gestionar muchas cosas, me llevará unos meses, pero la decisión creo que está tomada. ¡Me mudo a Madrid! Mientras tanto, podemos tomarnos este nuevo comienzo con tranquilidad…, pero juntos.
A Leire se le humedecieron los ojos. Estaba muy emocionada y, al mismo tiempo, incapaz de encajar toda la información que acababa de recibir de golpe. Ver a Joyce ya había sido una sorpresa; aquellas últimas noticias no se las esperaba por nada del mundo.
—¿Entonces?
—Puede ser el principio de algo nuevo, si tú quieres.
—¡Como en esa peli de Disney que tanto le gustaba a Chloe de pequeña! ¡Cuando Troy Bolton y Gabriella cantan juntos! —canturreó Iván, incapaz de contener la emoción.
Chloe lo regañó sin apartar la mirada de Leire y Joyce; solo le faltaban las palomitas para completar el espectáculo.
—Pues será el principio de algo nuevo, Joyce. Benditos hilos invisibles del destino…
—¡Vaya! Esto mejora por momentos, pensaba que éramos una bonita casualidad o un milagro de Navidad.
—Nosotros somos algo más intenso que eso. Somos hilos invisibles movidos por el destino.
—Me gusta cómo suena.
—A mí me gustas tú.
Gracias a sus tacones plateados, Leire no necesitó ponerse de puntillas para alcanzar los labios de Joyce, que recibió el beso con una sonrisa nacida desde lo más hondo del corazón. Rozaron sus labios despacio, como si el tiempo se hubiera detenido y el mundo hubiera dejado de girar.
—Qué bonito es el amor, coño —Chloe se limpió unas lágrimas que le rodaban por las mejillas, mientras Iván le daba golpecitos en la espalda, conteniendo las suyas para no estropearse el maquillaje—. ¿Algún día me llegará a mí?
—O a mí, cariño —le murmuró Iván—. Pero creo que de momento, podemos esperar sentados.
Leire miró a sus amigos, esos que siempre estaban ahí para ella, a pie de cañón, y supo que sin ellos nada sería lo mismo.
Iván, tan dicharachero como siempre, seguía dando tumbos por la vida, apuntando el nombre de Bastian (el francés que conoció en Colmar) en su lista de conquistas; como bien le decía Leire, justo cuando algo empezaba a formalizarse, él le ponía punto final.
Ella no lo aprobaba, pero al verlo tan seguro de su decisión, se preguntaba si tenía derecho a meterse en sus líos amorosos.
Chloe, por su parte, seguía buscando al amor de su vida, aunque lo suyo con Biel no hubiese terminado de cuajar.
Su amiga Nora le había abierto los ojos, haciéndole entender que a veces hay que vivir sin preocuparse por si el amor llamará algún día a la puerta, porque cuando lo buscas nunca termina siendo real; los mejores amores llegan cuando menos te lo esperas.
Chloe aún no sabía que no le quedaba demasiado tiempo para descubrirlo.
—Quedan veinte minutos para que suenen las campanadas. ¿Por qué no vais a por una copa y cogéis las uvas que os corresponden?
Chloe los invitó a acercarse a la barra, donde varios camareros servían copas junto a un pequeño puesto lleno de vasos de plástico con doce uvas cada uno.
Leire y Joyce se alejaron cogidos de la mano en busca de una copa de champán para brindar por el nuevo año y, por supuesto, coger sus uvas.
—Es la primera vez que voy a comerme doce uvas a las doce de la noche.
—¡Cierto! Es que esta tradición es muy típica de España.
—Lo sé, me lo contó mi abuelo. Sé tantas cosas sobre España gracias a él.
—El idioma también…
—Cierto. Sin él nunca habría tenido la fluidez que tengo ahora. Y eso fue gracias a tu abuela Berta.
Leire sonrió al oír mencionar a su abuela, a quien recordaba con cariño.
—Por Berta y por Étienne —alzó la copa para brindar junto a Joyce.
—Y por nosotros. Por el principio de algo nuevo.
—Por el destino y las casualidades imposibles.
—O por los hilos invisibles del destino.
Chocaron las copas, dieron un ligero sorbo y se dieron un beso rápido y dulce antes de ir a por sus uvas.
Unos minutos después regresaron junto a Chloe e Iván, que bailaban alegremente.
—¡Venga! ¡Venga! ¡Que casi no llegáis! ¡Quedan solo cinco minutos para los cuartos!
—¿Los cuartos? —Joyce alzó las cejas.
Leire le explicó cómo funcionaba, y él asintió, recordando lo que le había contado su abuelo años atrás.
—¡En cuatro, tres, dos, uno!
Toda la sala estalló en gritos justo antes de la primera campanada de los cuartos. Todos se apresuraron a meterse la primera uva en la boca, luego la segunda, la tercera…
Cuando terminaron y todo el mundo alzó la mano, victorioso por dar comienzo al nuevo año, Chloe se giró para abrazar a sus amigos uno por uno. Todos se rieron al ver a Joyce con los mofletes hinchados como una ardilla: claramente no le había dado tiempo a tragar, aún le faltaba práctica.
—Bo me ha babo diempo —intentó aclarar él.
Todos entendieron entre risas lo que quería decir, y se abrazaron y se besuquearon unos a otros.
—Feliz Año Nuevo, Leire. ¿Sabes? Lo he estado pensando y eres mi serendipia.
Joyce consiguió tragar las uvas que se le habían atascado y sonrió, mirando a la chica de la que se había enamorado. Leire abrió los ojos como platos.
—¿Serendipia? ¡Qué bonita palabra! ¿Qué quiere decir?
—Serendipia es cuando encuentras algo que no estabas buscando, pero termina siendo justo lo que necesitabas. Una bonita casualidad. Como lo que hemos vivido tú y yo.
Leire asintió, satisfecha con la respuesta.
—Me gusta cómo suena. Feliz Año Nuevo, Joyce. Ojalá seas mi serendipia siempre.
Se fundieron en un beso apasionado, cargado de intención. Ambos sabían lo que pasaría después de la fiesta, porque, pese a llevar poco tiempo sin verse, esas horas les habían bastado para echarse profundamente de menos.
—Por cierto, ¿habéis pedido un deseo? —Chloe los miró a todos, alzando al aire su cuarta o quinta copa de champán de la noche.
Leire asintió.
—¿Cuál ha sido el tuyo? —preguntó Joyce. Ella negó con la cabeza.
—No te lo puedo decir, que si no, no se cumple.
Joyce sonrió divertido y cogió a su novia de la cintura.
¡Novia! Qué bien le sonaba eso. No podía sentirse más feliz, bailando con Leire entre los brazos, sintiendo que había encontrado su lugar y a la persona con la que sabía que podía ser feliz y, por qué no, empezar a recuperar la ilusión por la magia de la Navidad.
Leire, por su parte, sonreía, divertida y agradecida de que la vida se hubiera portado tan bien con ella, pese a la tristeza de saber que ese próximo año su abuela ya no estaría con ellos.
Pero sentía que ese nuevo año no podía empezar de mejor manera: con su familia, sus mejores amigos y con Joyce, su milagro navideño y la casualidad más bonita de su vida.
El deseo que había pedido quedó guardado bajo llave en su corazón; no pedía grandezas, solo que aquel hilo invisible que los había unido, ese que ni Berta ni Étienne pudieron conservar, no se rompiera jamás.
Que ese nuevo amor, tejido con manos invisibles entre el cielo y la memoria, no se disolviera nunca y siguiera creciendo, como crecen las cosas que nacen para quedarse.