Capítulo 39
El día amaneció gris en la ciudad de Colmar cuando Joyce se despidió de su madre y de su hermano para emprender su viaje a Madrid.
Su hermano se había ofrecido a acercarlo en coche al aeropuerto de Estrasburgo, pero Joyce rechazó la oferta: prefería llegar en tren, perdido en sus propios pensamientos.
Ahora mismo tenía muchas cosas en las que pensar.
¿Estaba cometiendo una locura? ¿Era real la idea de su padre?
Le había dado muchas vueltas a la conversación que habían mantenido el día anterior y, aunque la propuesta le parecía buena, estaba muy nervioso.
No se trataba de un cambio normal y corriente, sino de mudarse de ciudad por completo y abrir su propio negocio en Madrid.
Su padre le había dicho que estuviera tranquilo, que iba a apoyarlo en todo momento.
Sin embargo, después de su comportamiento en los últimos años, Joyce sabía que debía ir con cautela y tomarse aquella ayuda como una promesa que podía cumplirse o no.
Su madre se había quedado un poco triste al saberlo, pero no le pareció mal que su hijo intentara hacer una nueva vida en otra ciudad; sentía que Colmar se le había quedado pequeño y que le vendría bien un cambio de aires.
Su hermano pensaba lo mismo, y además le había repetido en varias ocasiones que Leire era la persona que él había estado esperando siempre, porque nunca lo había visto tan comprometido ni tan enamorado de alguien.
Joyce sabía que ese no era un viaje cualquiera, sino el comienzo de algo nuevo en muchas esferas de su vida; y, aunque había tomado la decisión con valentía, sentía un poco de vértigo ante lo nuevo que estaba por acontecer.
Mientras iba a la estación de tren, observó varios de los lugares donde Leire y él habían compartido momentos únicos.
En todos esos días que habían pasado juntos, Joyce sentía que Leire brillaba por cada uno de los rincones de la ciudad.
Miró las luces de Navidad que tan de mal humor le ponían al principio, y ahora sonrió al recordar los paseos nocturnos bajo ellas, así como aquel mercadillo navideño donde se reencontró con Leire y supo que aquello no podía ser una simple casualidad.
Al llegar a la estación, localizó el tren que partía hacia el aeropuerto de Estrasburgo y, tras guardar su maleta en el compartimento correspondiente, se sentó y se puso los cascos.
Nada mejor que un poco de música para animar el viaje que tenía por delante.
Intentó ponerse música alegre, pero su cuerpo le pedía canciones melancólicas, como para añadir más dramatismo al asunto y convertir esa escena en la grabación de un videoclip.
Se puso una canción de un artista español que le había descubierto Leire los últimos días, Noan.
La canción decía exactamente lo que él sentía por ella.
Me mata(s) sonaba como un bombardeo directo a su corazón.
Hablaba de un amor que quemaba por dentro, de jugar con fuego sabiendo que en algún momento las chispas saltarían.
De esa contradicción tan suya: querer alejarse y no poder, morirse por dejarlo ir y morirse todavía más por tenerlo delante y no atreverse a acercarse.
De elegir a la misma persona una y otra vez, aunque doliera, porque a veces amar así, sin miedo, merecía la pena aunque costara la vida.
Joder, cómo quemaban esas palabras. Porque era exactamente lo que sentía por ella.
El recuerdo le ardía por dentro y no creía capaz de soportar vivir con ello.
Vivir lejos de Leire no le parecía posible.
Por eso estaba de camino a Madrid: quería decirle, antes de que acabara el año, que necesitaba empezar el Año Nuevo con ella, descubrir lo que el futuro podría depararles juntos y arriesgarse a probar si, juntos, podían llegar hasta donde el viento los llevase.
Aquel hilo invisible movido por el destino no podía ser obra del azar; estaban destinados a encontrarse y a tenerse el uno al otro.
Eso ya lo había meditado bastante, y lo tenía claro.
Llevaba el nombre de Leire grabado a fuego en la mente y en el corazón.
Al llegar al aeropuerto y pasar el control, localizó su vuelo: aún no tenía puerta de embarque, porque quedaba bastante tiempo para que el avión despegara hacia Madrid.
Encontró una cafetería cerca de las pantallas y pidió un café con leche, ya que iba a necesitar cafeína para el viaje y la noche que le esperaba.
Arrugó la nariz al probarlo. ¡Estaba malísimo!
Echó un sobre de azúcar e intentó tragárselo como pudo.
Mientras esperaba, intentó leer, pero, lejos de concentrarse en su ejemplar de La petite fille sous la neige —la versión francesa de La chica de nieve , de Javier Castillo—, la imagen de Leire se le aparecía constantemente en la cabeza, y no logró avanzar ni un capítulo.
Guardó el libro en el bolsillo delantero de la mochila y sacó el cuaderno que le había regalado Leire.
Sonrió al verlo: era el regalo más bonito que le habían hecho nunca.
¡Cómo no iba a enamorarse de ella! Releyó sus palabras con toda la concentración del mundo, mientras su cabeza recordaba, una y otra vez, cada uno de los momentos que habían vivido juntos y que Leire había incluido en aquel diario, imitando lo que había hecho su abuela años atrás.
La puerta de embarque ya aparecía en las pantallas. Recogió sus pertenencias, se dirigió hacia allí y, tras una breve cola, subió al avión y se sentó, rezando para que las dos horas y veinte minutos de trayecto pasaran rápido. No veía el momento de llegar a Madrid.
Por la mañana había contactado con Iván, el amigo de Leire: localizó su usuario entre las fotos en las que salía junto a ella en Instagram y, sin pensárselo mucho —lejos de parecer un paranoico—, le envió un mensaje directo para contarle sus planes.
Casi se quedó sordo con el mensaje de voz que le respondió Iván, más emocionado que un niño con una piruleta, y tuvo que pedirle mil veces que no dijera nada a Leire.
Iván se lo prometió una y otra vez y le pasó la localización de la fiesta; le dijo que le escribiera al llegar y que bajaría a buscarlo a la puerta del local, ya que no podía enviarle el código QR necesario para acceder.
Joyce había buscado el lugar en internet, porque, aunque el nombre le sonaba de algo, no sabía exactamente dónde estaba.
Su viaje a Madrid con sus amigos no había dado para tanto.
El avión despegó bajo un cielo ya completamente oscuro, pues a esa hora de la tarde era noche cerrada.
Solo esperaba que todo saliera bien y llegar a tiempo antes de las doce.
Mientras escuchaba música, pensó en todo lo que no le había dicho a Leire: en cómo se habían querido a su manera, con urgencia, con ternura, con el temor constante de que el tiempo se les acababa.
Porque sabían que el reloj corría desde el primer instante, pero nunca habían querido hablar de ello hasta el último momento.
Cuando aterrizó en Madrid, se sintió abrumado al ver tanta gente arrastrando maletas de un lado a otro, como si todos se hubieran puesto de acuerdo en llegar ese mismo día para celebrar la Nochevieja con prisa por reunirse con su familia o sus amigos.
Pidió un taxi —no quería líos con el transporte público— y dio la dirección del hotel que había reservado junto a la Plaza de Santa Bárbara.
Cenaría allí y se arreglaría con calma antes de ir al Círculo de Bellas Artes, donde se celebraba la macrofiesta que Chloe e Iván habían organizado con tanto entusiasmo.
Durante el trayecto le pareció que las luces navideñas de Madrid brillaban con más intensidad que nunca, con la ciudad más despierta que de costumbre.
Madrid en noviembre ya le había parecido bonita, pero ver sus calles decoradas con luces y árboles de Navidad era otra cosa muy distinta.
No le extrañaba que tanta gente viajara hasta allí en diciembre: era algo que había que vivir al menos una vez, aunque tuviera que pelearse por subir al metro o abrirse paso por la Gran Vía.
Al llegar al hotel y subir a la habitación, revisó el teléfono.
Sus amigos le habían dado ánimos, y su madre le había deseado un feliz Año Nuevo por adelantado, pidiéndole que tuviera cuidado.
Pero no había ningún mensaje de Leire. No habían hablado desde el par de mensajes que se enviaron el día en que ella aterrizó en Madrid.
Sentía que había pasado toda una eternidad, cuando en realidad solo habían transcurrido veinticuatro horas.
Después de cenar, se enfundó en su mejor traje: negro, con camisa blanca debajo y una pajarita negra que le daba un toque entre divertido y atractivo.
Se peinó la ligera melena, echándose un poco de gomina hacia atrás, y se puso el abrigo estilo Peaky Blinders , completando el conjunto con unos zapatos del mismo color del traje que relucían bajo la luz de las farolas.
Llegó al Círculo de Bellas Artes a las once de la noche, a propósito: no quería aparecer a la hora de la inauguración, sino cuando todo el mundo estuviera ya a su rollo, tomando algo con calma mientras esperaba con impaciencia que llegaran las doce para brindar por el nuevo año.
Tal y como le había dicho Iván, le envió un mensaje y esperó pacientemente a que bajara a buscarlo. Iván, que casi se ahogó con la bebida al recibir la notificación, se excusó lo más discretamente que pudo, fue al baño y bajó a por él.
—¡Por fin! ¡Creía que no ibas a llegar nunca, ya estaba yo atacao perdío!
A Joyce le hizo gracia el acento y los gestos de Iván, y le tendió la mano. Iván la miró con indiferencia.
—¿Qué es esto? Ah, no, no, si vas a ser el futuro marido de mi amiga a mí me saludas con un buen abrazo. ¡Ven aquí!
—Bueno, eso de mari…
No pudo terminar la frase: el abrazo fuerte e impulsivo de Iván lo interrumpió, como si lo conociera de toda la vida.
Sin duda, los españoles eran mucho más sociables que los franceses y eso que él bien podía ser la excepción que confirmaba la regla.
Se acordó de la primera conversación que tuvo con Leire, cuando la conoció en aquella fiesta en Madrid, y de cómo ella le dijo que los franceses tenían fama de bordes.
La cara que puso al darse cuenta de lo que acababa de decir fue para enmarcar.
—¿Estás listo? —le preguntó Iván.
—No… no lo sé —confesó.
Ahora que había llegado el momento de la verdad, unos nervios atroces le recorrían el estómago. Sintió que todo le daba vueltas, pero las ganas de volver a verla eran mucho más grandes que el miedo.
—Dale con todo, tío, ella te quiere. Solo había que verla cuando nos hablaba de ti.
Joyce sonrió al oír a Iván, y aquello terminó de envalentonarlo para adentrarse en el edificio y subir las escaleras que lo llevarían hasta la fiesta, en lo más alto.
Cuando puso un pie allí y localizó a Leire con aquel vestido rojo, más preciosa que nunca, supo que ni la magia de la Navidad podía ser tan fuerte como el amor que sentía por ella.
Leire le había robado por completo el corazón.