Capítulo 38
Leire se encontraba agotada. Había pasado la noche dando tumbos en la cama, en un intento inútil de conciliar un sueño que se le escapaba entre los dedos. Los recuerdos de las últimas semanas y la sonrisa de Joyce se reproducían en bucle, volviendo imposible el descanso.
A menudo se preguntaba si había actuado con sensatez.
Y aunque su razón insistía en que sí, el estómago le daba un vuelco diciéndole que había cometido un error garrafal.
Mierda . Eso le pasaba por dejarse llevar y no medir las consecuencias de colgarse de alguien que ni siquiera vivía en España.
¿En qué demonios estaba pensando? ¿En que el día de la despedida no llegaría nunca?
¿En que la vida era una comedia romántica y él lo dejaría todo por ella? ¡Claro que no!
Leire dejó escapar una risita amarga. Eso de que el amor ciega resultaba ser una verdad como un templo, y a ella le había tocado comprobarlo en carne propia.
Meneó la cabeza con incredulidad y se incorporó hasta quedar sentada al borde del colchón. Apoyó las palmas sobre las sábanas deshechas y dejó colgar las piernas, balanceando los pies en el aire con un ritmo pausado, como si ese leve vaivén pudiera ordenar el caos de su mente.
En una esquina de la habitación descansaba la maleta, todavía cerrada y con la etiqueta del vuelo intacta; solo de mirarla le entraba pereza.
A su lado destacaba una bolsa de papel con estampado floral donde guardaba los recuerdos del viaje.
Leire alargó el brazo, metió la mano entre los pequeños envoltorios y extrajo un frasco de cristal: la colonia que había comprado una tarde mientras paseaba con Joyce por el centro de Colmar.
Se llevó el frasco al pecho y tapó el difusor con el pulgar. Aquel perfume no solo era fresco y agradable; recordaba a la perfección cómo Joyce lo había olido en la tienda antes de ladear la cabeza y decirle que aquello era «lo más cercano a embotellar la magia de la Navidad».
Ese detalle la había cautivado. Al principio, él había mostrado una reticencia hostil hacia las fiestas, pero con el paso de los días Leire presenció cómo se ablandaba su coraza.
Tras esa actitud hosca y distante no había más que un chico herido, con un corazón enorme y un montón de sentimientos esperando salir a flote.
Y hacia ella solo había tenido gestos bonitos, a pesar del auténtico peso familiar que llevaba a sus espaldas.
Con un resoplido, Leire se dejó caer de espaldas sobre la cama.
Se desparramó a lo largo del colchón con los brazos abiertos en cruz y fijó la vista en las molduras del techo, como si esperase una señal divina que le indicara el camino.
¿Cómo se supone que debía gestionar todo aquello a partir de ahora?
¿Cómo borraba de la cabeza y del pecho a Joyce?
¿Acaso no podría haber sido algo más que un simple romance de invierno?
Todo el mundo idealizaba los amores de verano —cálidos, efímeros, apasionados—, pero se olvidaban de las historias que nacían bajo la nieve y las luces de diciembre.
Como si existiera un escenario más idílico que una ciudad de cuento en mitad de la Navidad.
Leire rompió el hilo de sus pensamientos cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesilla. Era una notificación de Chloe: había creado un grupo masivo con las tropecientas personas invitadas a la fiesta de Nochevieja para enviar las instrucciones del evento.
«¿Estáis preparados? —leyó en la pantalla—. ¡Esta noche promete ser el fiestón del año! Acordaos de poneros vuestras mejores galas y… ¡a disfrutar! Nos vemos en el Círculo de Bellas Artes a las 22:30. Para poder entrar tenéis que presentar el código QR que os adjunto a continuación. ¡Nos vemos!».
Leire sonrió. Chloe sí que sabía cómo montar un buen evento. Ojalá supiera organizar la vida con la misma eficacia, porque la suya estaba más patas arriba que nunca.
Dirigió la mirada hacia la puerta del armario, donde el vestido rojo que había comprado en Colmar lucía colgado en una percha. La tela caía con una caída impecable. Acercó la mano y acarició el tejido; la suavidad del material la devolvió por un instante a la tarde de su primera cita con Joyce.
Se obligó a soltar la prenda y suspiró. No, esa no era la actitud.
No podía arrancar el año atrapada en un bucle de nostalgia ni lamentándose por lo que pudo haber sido.
Aprendió de la historia de su abuela que algunos encuentros, por breves que sean, dejan una huella imborrable, y que lo vivido siempre pesa más que lo perdido.
Además, el recuerdo ya descansaba seguro entre las páginas del cuaderno que le entregó a Joyce.
El Año Nuevo no traía respuestas automáticas, pero sí la promesa de un folio en blanco, y ella estaba dispuesta a exprimirlo al máximo.
Salió al pasillo y se encontró a Chloe en la cocina, sentada en el taburete mientras tecleaba risueña en el móvil con una taza humeante entre las manos.
—¡Vaya, vaya! Quien sea el culpable de esa sonrisa tiene mucha suerte.
Chloe alzó la vista de golpe y se topo con Leire, despeinada y con cara de sueño.
—Son mis amigas de Londres, ¡idiota! —soltó una risotada—.
Comentan que se mueren de envidia por la fiesta, pero ya tienen entradas para un garito de allí.
—Chloe se levantó y se acercó a abrazarla, pero al llegar a su altura arrugó la nariz y dio un paso atrás—.
Uf, amiga, siento ser yo quien te lo diga, pero igual deberías pasar primero por la ducha.
—¿Me estás llamando guarra?
—¿Yo? —Chloe abrió los ojos como platos, fingiendo indignación—. ¡Para nada! Solo te invito a darte un agua en nuestra humilde morada, más que nada para no ir dejando ese tufo a mofetilla.
—¡Serás cabrona!
Chloe echó a correr alrededor de la isla de la cocina mientras Leire la perseguía entre risas, intentando atraparla.
Diez minutos después, el vapor del agua caliente inundaba el baño mientras Chloe apuraba los restos de su café sin quitar la vista del teléfono.
Repasaba el perfil de Instagram de Nora, una amiga de la infancia de Emily a la que había conocido en Londres.
Le parecía una chica magnética, pero había algo en ella que no lograba descifrar.
Deslizaba el dedo por la pantalla casi por inercia: Nora en un festival, Nora en la playa, Nora riendo con amigas en una foto con encuadre aesthetic …
Siempre con esa sonrisa enigmática tras la que parecía guardar un secreto.
Chloe entornó los ojos. No eran celos ni desconfianza, sino pura intriga, como cuando intentas recordar el título de una canción que tienes en la punta de la lengua.
Lo que Chloe no sospechaba en ese momento era que esa desconocida acabaría dándole el empujón necesario para plantar cara a sus relaciones futuras.
—Vale —dijo Leire reapareciendo en la cocina, envuelta en el albornoz y quitándole la taza de café directamente de las manos a su amiga—. Ya no huelo a mofetilla, ¿contenta?
—Mucho mejor —Chloe dejó el móvil bocabajo sobre la mesa y la observó con una mueca socarrona—. ¿Lista para deslumbrar esta noche?
—No creo que deslumbre a nadie, pero al menos brindaré con dignidad. ¿Hay que estar allí a las diez y media?
—Sí, pero tú y yo iremos antes para repasar la decoración y comprobar que los accesos funcionen. No quiero imprevistos.
—¿Y la cena? ¿A qué hora comemos nosotras?
—Por eso no te preocupes, nena —guiñó un ojo—. Cenamos en el restaurante del propio Círculo. Tenemos reserva para tres.
Leire abrió la boca, sorprendida.
—¿Cortesía de tu tío también?
—Se podría decir que sí —esbozó una sonrisa de suficiencia.
—Maravilloso. Oye… ¿qué mirabas tan ensimismada en la pantalla cuando he salido del baño?
—¡Ah! Nada… Cotilleaba el perfil de una amiga de Emily que me presentó en Londres. Tenía curiosidad. No sé, transmite un aire raro.
—¿Raro en plan interesante o en plan villana de serie británica?
—Interesante, más bien. ¿No te ha pasado nunca eso de cruzar dos palabras con alguien y decir: « necesito que esta persona sea mi amiga »? —Leire negó con la cabeza mientras daba un sorbo corto al café—. Pues eso me pasa con Nora. Presiento que va a dejar huella en mi vida, para bien o para mal.
—¡Madre mía! Qué intensidad para el primer café del día.
—¡Es el segundo, guapa! Llevo despierta desde las ocho, que estas cosas no se organizan solas. ¡Y creo que voy a necesitar un tercero!
Las dos rompieron a reír. Por primera vez en toda la mañana, Leire sintió que el nudo del pecho empezaba a aflojarse. El último día del año apenas arrancaba, pero el cosquilleo de que algo nuevo estaba por comenzar empezaba a ganar terreno en su cabeza.