Capítulo 37
Joyce seguía mirando el techo de su habitación, dejando que los pensamientos fluyeran sin sentido aparente. Sentía que todo había ido demasiado deprisa, incluida la despedida. De un momento a otro, Leire ya no estaba con él y la sensación de vacío pesaba cada vez más en su interior.
Al ser consciente de que ella se había ido y de que lo suyo no había sido más que una bonita y efímera casualidad, sintió que todo su cuerpo se derrumbaba.
No tenía fuerzas ni para salir de la cama.
Su madre había ido a verlo a la habitación, pero él le había dicho que le dolía la cabeza y que prefería descansar.
En verdad estaba hecho una auténtica mierda, para qué engañarse.
¿Tanto le había afectado la partida de Leire?
¿Y si tomaba un vuelo a España? ¿Sería descabellado o quedaría como un imbécil?
Ya lo habían hablado la noche anterior. Era mejor dejar las cosas como estaban; al fin y al cabo, eran lo suficientemente adultos para entender que a veces las cosas no salen como uno quiere y que no hay que dejarse llevar por los impulsos.
Además de que tenía muchas cosas que arreglar.
¿Tenía ganas de verla? Sí. ¿Sería adecuado apostarlo todo al rojo? No lo tenía nada claro.
Sin despegar la vista del techo, comenzó a perderse en un mar de preguntas sin respuesta.
¿Qué iba a hacer él en Madrid? Iría tras ella, le diría que la quería y que se había encaprichado como un adolescente.
Ella le respondería con esa sonrisa que tanto le gustaba…
¿y luego qué? ¿De qué iba a vivir? ¿Dónde?
Aunque conservaba los ahorros de Le Refuge Enchanté , dudaba de que fueran suficientes para iniciar una nueva vida en otra ciudad, tan lejos de la suya.
¿Espera, qué?
Joyce meneó la cabeza y se sentó al borde de la cama.
Se pasó las manos por el pelo y cerró los ojos unos segundos.
¿Cómo podía su cabeza siquiera valorar la opción de abandonar a su familia e irse a otro país por una mujer?
No. Se negaba a hacer eso, y menos por un pronto.
No quería parecerse a su padre; eso lo tenía cristalino.
Marcharse destrozaría a su madre y a su hermano, no podía hacerles algo así.
Sin embargo, recordó que ellos le habían ocultado la verdad durante cuatro años y chasqueó la lengua.
¿Debía castigarlos yéndose a Madrid tras una chica?
Vale que no era una chica cualquiera, hablaban de Leire, pero…
Las dudas y las preguntas continuaban revoloteando por su cabeza en un bucle infinito.
Estaba hecho un lío. Lo mejor que podía hacer era dormir; mañana sería otro día.
Se sorprendió a sí mismo considerando la idea de hablarle a su padre sobre Leire. Pensó también en llamar a sus amigos Nathan y Dean, pero recordó que los cabrones seguían pegándose la vida padre por ahí y no quería molestarlos con sus comeduras de cabeza.
No obstante, cuando estaba a punto de intentar conciliar el sueño, el móvil sonó: era Nathan. Joyce sonrió al ver la pantalla. Hacía tiempo que no sabía de él, salvo por las fotos que subía a sus redes.
—Hey, tío. ¿Cómo te va? —saludó Nathan, con tono enérgico y eufórico.
—¡Nathan! ¡Cuánto tiempo, cabrón! ¿Dónde te metes?
—¡Anda ya! Si te mandé fotos hace un par de días, no te quejes —Joyce rió al otro lado—. Sigo por Andorra. ¡Esto es una maravilla!
—Me alegro de que lo estéis pasando bien.
—¿Y tú? ¿Qué tal va la cosa con tu padre?
Joyce les había contado la situación y sus amigos se quedaron en shock. Jamás esperaron que volviera a verlo, y mucho menos que aceptara darle una segunda oportunidad. Conocían lo mucho que había sufrido y trataban el tema con cautela.
—Supongo que poco a poco. Mañana hemos vuelto a quedar.
—Bien, me alegro por ti. Si te soy sincero, no daba un duro porque mantuvieras el contacto tras la primera cita.
—Yo tampoco, la verdad.
—¿Y qué ha cambiado para que le des esa oportunidad?
—Bueno, eh…
—¿Tiene que ver con Leire?
—¿Cómo?
—A ver… Últimamente se te nota más alegre, más animado. Se te oye mejor, Joyce. Siento ser yo quien te lo diga, pero llevabas demasiado tiempo cerrado en banda. ¿Lo sabes, no?
—Sí, soy consciente —Joyce tragó saliva al admitir el halo de frustración bajo el que había vivido los últimos años—. Supongo que me ha hecho bien. Me lo he pasado increíble con ella estas dos semanas, pero…
—¿Pero?
—Se ha ido. Tenía que volver con su familia.
—Vaya, tío… Es una putada, pero bueno, tampoco estáis tan lejos. ¿Cuándo os volvéis a ver?
—Nathan, se acabó. No nos vamos a volver a ver. Lo hemos hablado y es lo mejor para no hacernos daño.
—¿Cómo? ¡Ni de coña, tío! ¡Ni de puta coña! No te lo pienso consentir. Llevas cuatro años amargado, pasando del amor, encuentras a una chica que te saca del pozo y… ¿te rindes? ¿Así, sin más?
—Nathan, por favor…
—¡Ni por favor ni leches! Te conozco desde crío, Joyce, y esa tía te flipa. ¡Joder, si estás colado por ella! ¿Cómo quieres que me quede callado? ¡Has estado cuatro años bloqueado!
—Pero…
—¡Pero nada! Mueve el culo, ve a buscarla y dile que la quieres. El resto ya se verá, pero no puedes dejar pasar esto.
—Esto no es una película romántica, Nathan. No puedo plantarme allí a perseguir algo sin saber si durará toda la vida.
—Vive en Madrid, Joyce, no en la otra punta del mundo. ¡Ve a por ella! No quiero que te pases el resto de la vida arrepintiéndote de no haber hecho nada. No es una película, es la puta realidad: aquí la gente arriesga, se la juega y le echa cojones. ¡Hazlo tú también! ¿Qué puedes perder?
Joyce guardó silencio un segundo. En fondo, no le faltaba razón: perder, lo que se dice perder, no perdería nada por intentarlo.
—Le daré una vuelta, ¿vale?
Nathan soltó un bufido de satisfacción. Con que su amigo lo sopesara, se daba por satisfecho.
—Ve contándome, ¿eh?
—Que sí… te voy diciendo. A veces no sé si eres peor que mi madre o un verdadero cabrón, pero te quiero, tío. Eres como un hermano.
—Claro que lo sé, so mierda. Te quiero. Y ve a por todas, por favor. No te arrepientas.
Tras colgar, Joyce se quedó aún más confundido que antes. ¿Qué demonios debía hacer? Se recostó de nuevo en la cama, fijó la mirada en el techo y, asumiendo que le esperaba una larga noche en vela, empezó a darle vueltas a su futuro.
¿Arriesgar o no? Esa era la cuestión.
Tras quedarse dormido casi al amanecer, Joyce se despertó a las tres de la tarde.
Su madre había ido a su habitación, preocupada.
Tras salir del paso mintiéndole con que se había quedado hasta tarde viendo películas, fue directo al baño para darse una ducha rápida y despejarse.
A las cuatro y media había quedado con su padre en Le Ciel de Colmar y quería ser puntual.
Cuando llegó a la cafetería, Antoine ya lo esperaba. Lo saludó con un estrechamiento de manos y se acomodó en la mesa tras pedir un café con leche.
—¿Qué tal, Joyce? ¿Cómo estás? Te noto cansado.
—Mala noche. No podía dormir —Joyce se pasó una mano por la cara, abatido.
—¿Es por esa chica?
Joyce alzó la vista, sorprendido.
—Cuando te vi por primera vez estabas con ella —explicó Antoine esbozando una sonrisa—. Luego os vi de casualidad paseando de la mano por la ciudad… Se os veía muy acaramelados.
—¿Nos viste y no dijiste nada? —balbuceó Joyce.
—No quise molestaros. No era el momento de interrumpir; no después de cómo están las cosas entre nosotros.
A Joyce le sorprendió el gesto. En el fondo, le agradecía que no se hubiera metido de por medio.
—Se llama Leire.
—¿Leire, eh? —asintió el hombre, divertido—. ¿Española?
Joyce asintió mientras daba un sorbo al café.
—Ha vuelto a Madrid y no la voy a volver a ver. Supongo que es lo que hay —confesó, repantigándose en la silla con los brazos cruzados.
—¿Supones?
—Sí. ¿Qué quieres que haga? Ella vive en Madrid y yo en Colmar. Cada uno tiene su trabajo, sus amigos, su familia… una vida. No puedo dejar mi vida aquí.
—Ya, eso lo entiendo. Lo que me preocupa eres tú.
—¿Ahora te preocupas por mí? —torció el gesto, molesto.
Antoine suspiró y se tomó unos segundos antes de responder:
—Mira, Joyce. Si hace falta que te pida perdón mil veces por mi comportamiento, lo haré. Pero quiero ayudarte, y esa chica te gusta; lo vi en tus ojos al mirarla.
Joyce soltó una risotada burlona.
—Créeme, hijo. Reconozco el amor de verdad cuando lo veo.
—Claro, como cuando te fuiste con esa novia tuya, ¿no?
—Se llama Marie y es mi mujer. Y sí, me enamoré locamente de ella.
—Y te fuiste, persiguiéndola.
—Efectivamente. Te sabes la historia de memoria. Tenía que haber hecho las cosas de otra forma, pero arriesgué por ella. Aposté fuerte.
—¿Tú también me vas a saltar con que vaya a Madrid a buscarla?
Antoine sonrió con calma.
—Si no soy el único que te lo dice, por algo será, ¿no crees?
—Nathan me ha dicho que vaya con ella.
—¡Ah! El famoso Nathan, chico listo.
—Pero a ver, ¿qué pinto yo allí? No tengo trabajo ni piso. A vosotros se os olvidan esas cosas, ¿o qué?
—Tengo una solución para eso. Una solución fantástica.
Joyce alzó las cejas, invitándolo a continuar.
—Verás… Llevo tiempo trabajando en esto. Recuerdo que tu mayor sueño siempre ha sido tener tu propio salón de bienestar. He ido a Madrid varias veces por negocios y he adquirido un local allí, en pleno barrio de Justicia. Es el lugar perfecto para ti.
Joyce se le quedó mirando, atónito. ¿Así de fácil? ¿Le regalaba la licencia de un local para emprender?
—Por supuesto, yo te ayudaría con la gestión y los gastos iniciales —prosiguió Antoine—. ¿Qué me dices? Tendrías tu propio negocio y podrías estar con Leire.
—A ver si me entero. ¿Desapareces cuatro años de mi vida y ahora pretendes abrirme un negocio? Perdóname, pero estoy en shock. Resulta un poco absurdo, casi surrealista.
—Entiendo que te pille de sorpresa, y no tienes que responder ahora.
Medítalo. Eso sí, necesitaría saberlo a finales de enero…
Tienes un mes para pensarlo. Joyce… —Antoine tragó saliva—.
He hecho muchas cosas mal y no puedo cambiar el pasado, pero quiero hacer las cosas bien de aquí en adelante.
Si tengo la posibilidad de ayudarte con esto, ¿por qué no lo iba a hacer?
Eres mi hijo y quiero verte cumplir tu sueño; es lo mínimo que puedo hacer. Jamás me olvidé de ti ni de tu hermano.
Joyce resopló. La situación lo desbordaba.
La oferta era muy tentadora, pero le daba rabia aceptar la ayuda de un padre que había estado ausente durante años.
Por otro lado, rechazarlas por orgullo era absurdo cuando se trataba del proyecto de su vida.
Si en Colmar o en París había opciones, ¿por qué no en Madrid?
Verse al frente de su propio negocio lo ilusionaba, pero saber que sería en la misma ciudad que Leire lo entusiasmaba aún más.
—Lo pensaré. Gracias. A pesar de todo, dice mucho de ti que hagas esto por mí.
Antoine sonrió, aliviado.
—¿Y bien?
—Entonces… supongo que lo primero que tengo que hacer es coger un vuelo a Madrid. Al menos, para decirle que quiero estar con ella. Lo demás, se irá viendo sobre la marcha.
Antoine dio una palmada en la mesa y se rió antes de hacer una seña al camarero.
—¡Excelente! ¡Esto hay que celebrarlo! ¡Por la vida, por las oportunidades y por tener la valentía de arriesgar!
—Supongo que sí —sonrió Joyce—. Toca arriesgar.
Brindaron juntos. Joyce se sintió, por primera vez en mucho tiempo, genuinamente ilusionado sabiendo que muy pronto volvería a ver la sonrisa de Leire.