Capítulo 36
Joyce llegó a casa abatido. Había comenzado a anochecer y el vuelo de Leire ya debía de haber emprendido el viaje rumbo a Madrid. Al comprobar que no había nadie —ni su madre ni su hermano Jérôme se encontraban allí—, subió a su habitación en busca de tranquilidad.
Tras ducharse y cambiarse de ropa, se recostó en la cama y cogió el cuaderno que le había regalado Leire.
Una leve sonrisa se le dibujó en los labios al ver su nombre escrito en la cubierta y comenzó a leer.
Al llegar al momento de su reencuentro, alzó la vista evocando las puertas de aquel restaurante, un detalle insignificante en apariencia, pero cargado de emoción para ambos.
Su mirada se encendió al descubrir cómo describía ella el día en el spa, cuando sus manos tocaron su espalda por primera vez; ella había sentido la misma chispa que, lejos de apagarse, no había hecho más que avivar lo que nacía entre ellos.
Disfrutó reviviendo la guerra de bolas de nieve y, en cambio, se tensó al releer el choque con su padre.
Le reconfortó conocer la perspectiva de Leire, pues le ayudaba a poner en orden sus propios sentimientos.
Al alcanzar la escapada nocturna al spa en Nochebuena, recordó con anhelo lo especial que fue esa noche y lo mucho que disfrutaron los días posteriores recorriendo los alrededores de Colmar.
Viendo cómo avanzaba todo, Joyce había decidido solicitar sus vacaciones —para sorpresa de su jefe y de su compañero Axel, a quienes había jurado que trabajaría todos los festivos—.
Con Leire, las prioridades habían cambiado por completo, y agradecía profundamente haber dispuesto de ese tiempo para pasarlo a su lado.
Al llegar al final de la libreta, descubrió la carta doblada en cuatro partes entre las páginas y se dispuso a leerla.
« Prometo no olvidarte nunca, Joyce. Porque como tú me dijiste: Amar es aprender a soltar. No porque no sea real, sino porque hay amores que no tienen espacio en el tiempo que les tocó».
Joyce se rompió en silencio al releer la frase que él mismo le había dicho la noche anterior.
Dolía. Esas palabras le calaban en lo más hondo del corazón: un amor que pudo haber sido, pero que no sería; la persona correcta en el momento equivocado.
Se maldijo por su mala suerte. Para una vez que decidía volver a abrirse al amor, la vida le cerraba la puerta en la cara.
¡Maldita sea! Sentía una rabia sorda contra el mundo, contra el destino y sus caprichosas casualidades.
A veces la realidad no tenía nada de bonita. Ni de justa.
El zumbido de un mensaje en el móvil lo sacó de la cantidad de emociones que le atropellaban la mente.
—Hola, hijo. Me gustaría volver a verte. ¿Qué tal si quedamos mañana en la misma cafetería de la otra vez?
Joyce leyó la pantalla. Al principio dudó, pero al recordar su última conversación decidió darle una oportunidad y respondió.
—¿A las 16:30 te viene bien?
—Perfecto, hijo. Allí nos vemos.
Bloqueó el teléfono y suspiró mirando al techo.
¿Dónde se habrían metido su madre y su hermano?
Justo cuando se disponía a llamarlos, el sonido del cerrojo en la puerta principal lo detuvo.
¡Al fin! Salió de la habitación a su encuentro; en ese instante necesitaba el calor de la familia más que nunca, aunque jamás se atreviera a admitirlo en voz alta.
A 1.574 kilómetros…
Leire acababa de aterrizar. El trayecto se le había hecho corto: apenas unas horas de vuelo que pasó durmiendo tras una noche casi en vela escribiendo el cuaderno.
Al cruzar la puerta de salida, una sonrisa le iluminó el rostro al reconocer a su gente.
Sus padres, Marisa y Leonardo, la aguardaban con los brazos abiertos; junto a ellos, Chloe e Iván brincaban de alegría como dos niños pequeños.
—¡Cariño! ¿Qué tal estás? —preguntó su madre espachurrándola a besos.
—Bien, estoy bien —respondió Leire. Abrazó a su padre y se giró hacia sus amigos.
—Ay, amore , esos ojos me los conozco. Ven aquí —Iván la envolvió en un abrazo estrecho, sin necesidad de añadir nada más.
—Lo siento, corazón. Sabíamos que no sería fácil para ti, por eso venimos todos a buscarte —añadió Chloe.
Leire asintió con gratitud. Sus amigos la conocían como si la hubieran parido y sabían que necesitaría tiempo para encajar la despedida de Joyce. Bastaba escuchar los audios diarios donde relataba su viaje para notar lo importante que había sido Joyce para ella.
Chloe contempló a su amiga con admiración. Le costaba entender de dónde sacaba esa entereza para sonreír sin venirse abajo; ella en su lugar estaría hecha un mar de lágrimas.
—¿Qué tal está Joyce? ¿Cómo ha…
—Cariño, ahora no —interrumpió Leonardo a su mujer.
Leire miró a su padre con complicidad. Ya habría tiempo para explicaciones, pero no allí ni en ese momento; no le quedaban fuerzas para hablar de Joyce. Solo deseaba llegar a casa.
—¡Estamos preparando un fiestón para Nochevieja que vas a flipar! —soltó Iván para romper la tensión.
—¿De verdad? ¿Qué habéis estado maquinando?
—¡Uy, querida! ¡No te lo imaginas! ¡El evento del año! Ni Dulceida ha montado una igual. ¡Estamos ready para 2027, reina!
Leire soltó una carcajada. Era justo el soplo de aire fresco que necesitaba.
—Ha abandonado la idea de ser influencer; ahora quiere ser organizador de eventos —le susurró Chloe por lo bajo.
—¡Te he oído! Déjame buscar mi lugar en el mundo, Chloe. Estoy en un proceso de reencuentro conmigo mismo.
—Busca, busca —se rieron ambas.
Chloe le tomó la mano a su amiga mientras ponían rumbo al coche.
—¿Y tú? ¿Qué tal por Londres?
—Si te contara… ¡Hay mamarracheo para rato! Mejor te pongo al día esta noche con unas copichuelas.
Al cruzar el umbral del apartamento compartimiento, Leire no pudo evitar suspirar con alivio.
Por muy maravillosos que hubieran sido estos días en Colmar y por muy acogedora que fuera la casa de su abuela, nada se comparaba con la calidez de su habitación.
Lo había echado de menos. Igual que a Joyce, a quien había escrito nada más aterrizar y de quien ya guardaba un mensaje en la pantalla de su teléfono.
He leído tu carta, Leire. Es lo más bonito que me han dicho nunca. Espero que tengas un feliz regreso a casa. Besos.
Leire sonrió al leer el mensaje. Se alegró mucho de que le hubiera gustado su carta. Hizo lo que le salía del corazón y no se arrepentía de ello. Cuando las emociones son tan fuertes, plasmarlas en el papel resulta de lo más sencillo y liberador.
Dispuesta a centrarse en sus amigos, cenaron entre risas contando anécdotas de los últimos días de vacaciones de Navidad.
—¡No va y suelta el subnormal que los chicos gays no pueden ser altos ejecutivos! Que daña la imagen de la empresa, dice —Chloe estaba contando una de las muchas conversaciones que habían tenido lugar en su cena navideña en Londres, con su familia.
Su tío, el ser más homófobo del planeta, no dejaba de soltar estupideces por doquier.
—No me digas, amiga. Me dejas flipado. ¡Qué homófoba sigue siendo la gente en pleno siglo XXI! —Iván chasqueó la lengua.
Estaba acostumbrado a escuchar cosas por el estilo, pero le daba rabia que algunas personas siguieran viviendo en una cueva.
—¿Y tú qué le respondiste? —preguntó Leire con curiosidad mientras le daba un sorbo a su Sex on the Beach casero.
—Le dije que era mejor ser gay con buenas ideas que un ejecutivo puesto a dedo sin nada bueno que ofrecer.
—Noooooooo. ¡No te creo! ¡Vaya ovarios, tía!
—Estoy harta de ellos, mis tíos son unos pijos estirados que se creen mejores que el resto por tener dinero y eso es algo que me enerva.
Además, él tiene este puesto porque le han nombrado a dedo, gracias a los contactos que tiene.
No porque de verdad se lo merezca, el pobre es muy tonto…
no sabe lo que hace. Habla de meritocracia cuando aggg…
él lo soluciona todo con cuatro billetitos. ¡Estoy harta de eso!
Leire asintió con la cabeza. Por desgracia, sabía bien de lo que hablaba Chloe. Mucha gente dice que todo en la vida es esforzarte al máximo, que seguro que llega tu oportunidad. Pero por desgracia, eso a veces no ocurre y tienes que resignarte a seguir con lo que tienes.
—Contadme. ¿Qué habéis preparado para Nochevieja?
—Uy, nena, ¡vas a flipar! —Iván movió la mano sin parar y se recostó en su asiento, le dio un sorbo a su bebida y prosiguió—. ¡Hemos reservado un hueco en el Círculo de Bellas Artes de Madrid!
—¡No! Pero eso es carísimo —Leire abrió los ojos como platos.
—No, si ha sido su tío quien ha pagado el alquiler de la noche —comentó Iván en tono despreocupado, como si estar en aquella fiesta fuera lo más normal del mundo.
—¿Tu tío? ¿El millonario homófobo?
—Él mismo. Perdió una apuesta y este ha sido mi premio. He de decir que él esperaba que le pidiera un coche o algo.
—¡Ya podías haberlo hecho, perra! Así me hubieras dado una vuelta con tu súper coche por Madrid. Los chicos se volverían locos por mí —añadió Iván.
—No quiero nada material que esté pagado con el dinero de ese gilipollas. Pero ya que estábamos, he dicho: ¿por qué no me puedo dar el fiestón del año con mis amigos? Pues eso es lo que he hecho.
—¡Eres lo más, amiga! ¿Y cuánta gente viene?
—Hemos tirado la casa por la ventana y hemos invitado a todo quisqui. Amigos, conocidos y amigos de sus amigos… ¡Va a ser un auténtico fiestón!
—Por la mejor Nochevieja de todos los tiempos —Leire alzó su cóctel y sus amigos la imitaron.
—Por el trío calavera. ¡ Chin chin ! —Los tres chocaron sus copas y sonrieron, mientras Leire disfrutaba de su compañía.
Su lugar estaba con ellos, no se imaginaba la vida sin ellos. Qué suerte tenía , pensó.
—¿Y… quieres hablarnos de Joyce? —Leire sonrió con una sonrisa nostálgica y les contó la idea que tuvo y la despedida, mientras Iván lloraba a moco tendido.
—Qué bonito y triste todo, amiga. Mira que ese chico me gustaba para ti. ¡Todo un Adonis! Pero bueno, ¿no está todo perdido, no?
Leire se encogió de hombros. Ahora mismo no sabía si realmente existiría un futuro para ellos dos.
—Lo siento, cielo. ¿Estarás bien? —Chloe cogió a su amiga de la mano mientras la miraba apenada.
Sabía que la despedida con Joyce no había sido fácil para ella.
—Estaré bien, te lo prometo —Los tres sonrieron y siguieron hablando del fiestón que se les avecinaba al día siguiente, y hablaron de sus propósitos de Año Nuevo mientras los apuntaban en un papel. Esa había sido su tradición desde hacía varios años y así seguiría siendo siempre.
Hay cosas que no deberían cambiar nunca, y Leire estaba convencida de que esa era una de ellas.