Capítulo 35
Eran las dos de la mañana. Leire era incapaz de dormir.
Después de la conversación que había tenido con Joyce, sabía que las cosas tenían que ser así, pero no podía evitar tener un nudo en el pecho.
¿Cómo se superaba un amor así? ¿Cómo se superaba un amor que sabía que no podía ser real solamente por la distancia?
Maldijo para sus adentros. ¿Por qué había tenido que enamorarse?
¿Por qué había tenido que encontrar a esa persona que le hacía perder los estribos tan lejos de su casa?
Vale que Colmar no estaba en China, pero aun así los separaban…
Leire se levantó de la cama, sin hacer ruido para no despertar a Joyce, que dormía plácidamente a su lado, y tras cerrar con sigilo la puerta de la habitación, caminó hacia el despacho y se sentó en el sillón de su abuela, contiguo a la ventana.
Observó el cielo, iluminado por una gran luna llena, y suspiró.
¡Qué vueltas daba la vida! ¡Y qué injusta era a veces!
Siguió pensando en las palabras que había compartido con Joyce esa noche hasta que se le ocurrió una idea.
Una idea bonita y romántica. Un poco cursi si lo preguntabas, pero ella se emocionó solo de pensarlo y se puso manos a la obra.
Rebuscó entre sus cosas y encontró la libreta que le había regalado Rosa, la librera de su librería favorita de Madrid, antes de emprender su viaje a Colmar.
Ya sabía qué uso darle. Comenzó a escribir sin parar, bajo la tenue luz de la luna y una pequeña lámpara de escritorio que había apoyado sobre el alféizar de la ventana.
Emocionada, continuó escribiendo, sin importarle lo mucho que le dolía la muñeca.
Cuando terminó, eran las cinco y media de la mañana, pero sonrió orgullosa.
Había escrito un diario, como el que había escrito su abuela, con sus pensamientos, emociones y sentimientos desde que puso un pie en Colmar.
Ahí había incluido el descubrimiento del diario de su abuela, los paseos por la ciudad con Chloe e Iván, su emoción al descubrir la ciudad llena de decoraciones navideñas, su reencuentro fortuito con Joyce en aquel restaurante, su excursión a la nieve, aquella aventura nocturna en el hotel, la noche del spa, la Navidad con su familia en Colmar…
había enumerado toda una serie de acontecimientos que se habían ido dando durante esas dos semanas.
No había sido consciente hasta entonces de la cantidad de cosas que había descubierto en todos esos días y lo mucho que había significado todo para ella.
Se sentía orgullosa de ese viaje. De la felicidad que le había dado y de lo mucho que había aprendido.
Sabía que Colmar sería un antes y un después en su vida. No solo por Joyce, que también, sino por todos los sentimientos y emociones que había ido sintiendo conforme leía la historia de su abuela. Sabía que le estaría eternamente agradecida por haberle hecho ese regalo.
Miró el cuaderno que había estado escribiendo y, al pasar las páginas, se detuvo en un pequeño trozo de papel. Lo observó un instante y releyó las palabras que había dejado escritas.
Querido Joyce,
No sé cómo empezar esta carta sin agradecerte todo lo que hemos vivido juntos todos estos días. Nunca creí que este viaje a Colmar fuera a descubrir un sinfín de cosas nuevas.
Recuerdo coger el avión con nervios, miedos e incertidumbre por lo que me iba a encontrar.
Sin duda, podemos decir que mi abuela tiene gran parte de la culpa en esto.
Sin ella, no hubiera emprendido este viaje y quizás…
Aquella noche en Madrid solo fue un fortuito encuentro sin más…
pero como bien sabes, me gusta creer en las casualidades y en que el destino hace lo que quiere, jugando con nosotros como si fuésemos marionetas.
También creo que la Navidad ha tenido mucho que ver. ¿Quién dijo que la magia no existe? He crecido toda mi vida viendo Harry Potter, me niego a creer que no existe algo de magia suelta en la vida.
Pero sin duda, no hay magia, ni casualidad ni destino que haya conseguido que mi corazón esté tan pillado por ti. Eso solo lo has conseguido tú. Con tu verborrea, con tu sonrisa y tu mirada tan sincera, con tus inseguridades y tus miedos, con tus abrazos y con tus manos de masajista.
Pero sobre todo con tu verdad, Joyce.
Eres de lo más puro y sincero que he conocido nunca y que me hayas mostrado las heridas de tu corazón ha sido todo un detalle que voy a atesorar siempre conmigo.
Sé que no ha sido fácil y que has sufrido mucho, pero me siento orgullosa de quien eres y de todo lo que has conseguido, de cómo has afrontado las adversidades estos días.
Por lo que he podido conocer, eres una persona honesta, sincera y llena de bondad, por favor, nunca pierdas eso.
Pocas personas en el mundo conservan cualidades tan importantes como esa.
Sé que lo nuestro ha sido corto, efímero, como una estrella fugaz, que aparece por un breve instante y luego se esfuma entre el universo.
Pero me niego a dejar que lo nuestro se esfume con el viento.
Quiero decirte que, pese a que lo nuestro puede ser difícil y que quizás no pueda ser, voy a guardar estos momentos en mi retina, en mi ser y en el fondo de mi corazón, y te juro, Joyce, que no habrá nada ni nadie que pueda borrarlos.
Algo tan bonito no puede borrarse con tanta facilidad.
Sé que esto duele y que nos gustaría que las cosas fueran de otra manera, pero agradezco de veras la confianza y la honestidad con la que nos hemos tratado todo este tiempo.
Prometo no olvidarte nunca, Joyce. Porque como tú me dijiste:
«Amar es aprender a soltar. No porque no sea real, sino porque hay amores que no tienen espacio en el tiempo que les tocó».
Y si alguna vez el destino quiere que nos volvamos a encontrar, siempre serás bienvenido a casa.
Gracias por ser parte de esta Navidad tan perfecta y especial. Sin ti, no hubiera sido lo mismo. Espero que encuentres la felicidad que te mereces, una persona como tú no merece menos.
Te quiere,
Leire.
Cuando terminó de leer la carta, se enjugó las lágrimas.
Qué difícil resultaba todo. ¿Quizás podría dejarlo todo y venirse a vivir a Colmar?
Total, ya tenía la casa. Pero negó con la cabeza.
Sabía que no debía dejar que los sentimientos nublaran su razón y por ese motivo, por más que le gustase, sabía que no sería posible.
Esto era lo que había y así era como debían ser las cosas, y su historia con Joyce quedaría como una bonita historia que contar a sus nietos, igual que la historia que su abuela vivió con Étienne.
—¿No puedes dormir? —la voz de Joyce hizo que Leire diera un pequeño sobresalto y guardara la carta sin que este la viera. Sonrió.
—Me he desvelado un poco, pero podemos volver a dormirnos si quieres.
—No creo que sea capaz de dormir, sabiendo que mañana te vas. Solo quiero mirarte y guardar esa imagen en mi cabeza —Leire sonrió y lo abrazó.
—Creo que si me miras así, no podré coger nunca ese avión.
—A mí no me suena nada mal —Joyce sonrió—. Anda, ven, vayamos a dormir otra vez.
Ambos regresaron a la habitación y, con el brazo de Joyce sobre su cuerpo, Leire se aferró a él mientras lograba conciliar el sueño, sabiendo que esa sería la última vez que dormirían juntos.
A la mañana siguiente, ambos desayunaron en silencio, siendo conscientes de que en menos de una hora tenían que poner rumbo al aeropuerto. Tras vestirse y prepararse, Leire dio un breve paseo por la casa, para no dejarse nada importante allí.
Echó un último vistazo a la casa de su abuela y suspiró.
Bajó los disyuntores de la luz y cerró la puerta con llave, dándole todas las vueltas, y bajó las escaleras hasta el portal, donde Joyce la estaba esperando en su coche.
Al entrar en aquel coche rojo que ya conocía bastante bien, le inundó el olor de Joyce y, tras mirarse detenidamente, emprendieron su camino al aeropuerto.
—¿Preparada? —Leire asintió.
Realmente no estaba preparada, pero tenía que estarlo. No le quedaba otra.
Joyce conducía lo más despacio que podía, como si intentase alargar ese momento lo máximo posible.
Posó su mano sobre la pierna de Leire, mientras la acariciaba con delicadeza.
Sin decir nada, escucharon la canción que sonaba en ese momento, que dadas las circunstancias no podía ser otra que «To love Someone» de Benson Boone, como si la vida se la hubiera puesto justo para ellos.
Después de cuarenta y cinco minutos de trayecto, aparcaron en el parking del aeropuerto y caminaron, cogidos de la mano, mientras Joyce arrastraba con la otra mano la maleta de Leire.
Al observar el panel de las salidas, se dieron cuenta de que a Leire no le sobraba mucho tiempo, el justo y necesario para pasar el control y embarcar.
—Bueno…
—Supongo que ahora es cuando nos despedimos —Joyce suspiró mientras miraba a Leire. Se mordió los labios y añadió—. Ojalá esto no tuviese que ser así.
—Joyce… no lo hagas más difícil de lo que es, por favor —Leire se aguantó las ganas de llorar.
Ya había llorado suficiente anoche mientras escribía el cuaderno y la carta para Joyce.
—Lo sé. Lo siento. Ven conmigo —estrechó fuertemente a Leire mientras le susurraba al oído—. Gracias.
—Soy yo quien te da las gracias, Joyce —sin más dilación, pues no quería alargar mucho más la despedida, abrió su bolso y le dio el cuaderno con la carta dentro—. Esto es para ti.
—¿Para mí? —Leire asintió.
—Es un cuaderno tipo diario, como el que escribió mi abuela. En este caso, he relatado todo lo vivido en Colmar, tanto contigo como con mis amigos y… hay una carta. Una carta para ti. Léela cuando estés solo y tranquilo —Joyce observó el cuaderno con cariño y sonrió.
—Esto es…
—Sé que no es gran cosa, pero me apetecía hacerlo.
—Es un regalo precioso, Leire. Uno de los mejores regalos que me han hecho.
—¿En serio? —Joyce asintió.
Que Leire se hubiese tomado la molestia de escribir todo aquello a mano le hacía ver todavía más lo especial que era esa chica y lo mucho que le dolía que se fuera. ¡Joder! ¿Por qué tenía que ser todo así?
—Te lo prometo. Guardaré esto como un tesoro. De verdad, muchas gracias —dijo mientras se quitaba una de sus pulseras—. Y yo quiero darte esto. Tampoco es gran cosa, pero es la pulsera que llevo siempre conmigo.
—Joyce, no tienes que…
—Quiero —la interrumpió mientras se la ponía—. Así al menos sabré que un pedacito de mí está contigo. Eso me consuela y me hace feliz.
Leire fijó su mirada en el panel anunciante y miró automáticamente la hora en su móvil. Se dio cuenta de que tenía que pasar ya el control, pues de lo contrario, podría perder el vuelo.
—Me tengo que ir ya… —Joyce asintió y, cogiéndole la cara con ambas manos, le dio un suave e intenso beso en los labios, mientras murmuraba sobre ellos—. No te olvides de mí, por favor.
—Nunca —Leire lo besó con fuerza y, tras separarse, murmuró—. Ojalá podamos vernos pronto.
—Haré todo lo que pueda porque eso sea así —Joyce suspiró al oír aquellas palabras salir de su boca y, viendo que no tenía más opción, la dejó ir.
Leire trató de caminar y pasar el control de forma pausada, como si quisiera retrasar el momento lo máximo posible, pero la rapidez con la que la apremiaba el vigilante hizo que todo fuese frenético y con prisa, sin darle tiempo a procesar que aquella imagen de Joyce sería la última que vería desde allí.
Una vez que se despidió haciendo grandes aspavientos con las manos, se refugió en el baño, tratando de calmarse y serenarse, a pesar de lo difícil que le estaba resultando aquel momento.
— Last call. Pasajeros con destino Madrid, embarque inmediato —anunció una voz por megafonía.
Pues ya está. No había vuelta atrás.
Joyce, por su parte, se quedó esperando hasta que la silueta de Leire se perdió entre la gente y, solo y perdido en el aeropuerto de Estrasburgo, se sintió más desorientado que nunca.
Cuando la tristeza amenazaba con embriagarlo por completo, salió del aeropuerto directo al parking , para coger su coche de vuelta a Colmar.
Se sentía vacío, como si le hubieran arrancado una parte de su cuerpo.
Como si le hubieran quitado parte de su alma.
La tristeza que sentía por la partida de Leire no la podía explicar con palabras.
« Nadie habla de lo duro que es decir adiós a alguien a quien quieres tanto… », pensó.
Mientras sonaba « Ne m’oublie pas » de Pablo Alborán, Joyce se juró a sí mismo que ni en mil años olvidaría todo lo que había vivido con ella.
Era demasiado especial como para borrarlo de su memoria.
Sabía que esto había sido una bonita historia que jamás iba a repetir con nadie más, por mucho que pasaran los años.
Porque ella era especial y era incapaz de pensar que hubiese nadie sobre la faz de la tierra capaz de hacerle sentir lo que Leire había conseguido aquellos días.
Miró la libreta que yacía en el asiento del copiloto.
Inquieto por lo que albergaba su interior, condujo de regreso a casa, dispuesto a encontrar algo de paz donde poder leerlo sin que nadie lo molestase.