Capítulo 34
Los últimos cuatro días habían sido todo un sueño.
Sin querer pensar en que los días pasaban y el regreso de Leire a Madrid era cada vez una realidad más cercana, ambos se aferraban a cada instante como si pudieran estirarlo más.
Habían aprovechado los últimos días para hacer algo diferente y hacer turismo por los alrededores de Colmar.
Habían realizado la visita a Kaysersberg, ya que no pudieron hacerla anteriormente.
A Leire le había encantado visitarlo. Era cierto que en cuanto a arquitectura era muy similar a Colmar, con las casas de entramado de madera, tejados empinados y fachadas de colores varios que coloreaban sus calles empedradas y serpenteantes.
El paisaje no podía ser más sorprendente, ya que estaba rodeado de colinas cubiertas de bosques, dando un aire bucólico y acogedor al lugar.
Quedó asombrada al ver el río Weiss cruzando por el pueblo, dándole un aire más pintoresco al entorno, con un antiguo puente fortificado que parecía sacado de un cuento de la Edad Media.
También visitaron el pueblo de Eguisheim, ubicado a tan solo quince minutos en coche de Colmar, el cual es reconocido por ser uno de los pueblos más bonitos de Francia.
A Leire le encantó saber que este pueblo también era reconocido por ser la inspiración más latente de La Bella y la Bestia , un clásico de Disney que a ella siempre le había encantado.
Siguieron disfrutando de las luces y mercadillos navideños, lo que hacía que esas visitas fueran una auténtica experiencia inigualable. Sin embargo, en la noche del veintinueve de diciembre, ambos fueron conscientes de que el fin estaba a punto de llegar y que Leire tendría que regresar a Madrid.
Ella había querido olvidarse esos días del hecho de que se tendría que separar de Joyce, a expensas de que no sabía cómo iba a continuar la relación entre ellos una vez que cada uno regresara a su vida anterior después de aquellas maravillosas navidades.
Lo vivido con Joyce le recordaba a un amor de verano, de esos que son intensos, donde la conexión es tan fuerte que parece que no hay nada que lo pueda romper.
Salvo la distancia.
Salvo que ese amor parecía tener siempre una fecha de fin, como si tuviera fecha de caducidad.
Dejarlo ir dolía, dolía mucho. Porque a veces empiezas a imaginar una cantidad de escenarios imposibles de lo que podríais haber hecho juntos, invitando a darte cuenta de que no será así.
De que la rutina y las responsabilidades volverán a estar por delante y de que la realidad golpeaba más fuerte que ese sueño en el que parece que estás viviendo.
Vivir ese amor era como sentirse protagonista de una canción de amor de fondo. Eso era lo que Leire sentía al estar con Joyce. Como si estuviera viviendo su propia película navideña.
Pero nada más alejado de la realidad.
Tenía que volver a su trabajo, a su vida en Madrid, con su familia y sus amigos.
Eso, por un lado, la alegraba, porque significaba ver a la gente que quería y reengancharse con la rutina, pero implicaba alejarse de Joyce.
Alejarse de ese chico que le había robado la sonrisa y le había hecho ver la vida de otra manera, sentir algo por lo que hacía tiempo que no sentía por nadie.
Con Hugo jamás se había sentido así, no había sido capaz de hacerle sentir algo en varios meses.
Sin embargo, en esos días que había estado allí, había logrado sentir por Joyce una cantidad de emociones y sentimientos que no sabía ni cómo poner en orden.
Todo de Joyce le gustaba, sus ojos, su sonrisa, sus gestos, sus miedos y sus manías… pero, sobre todo, le encantaba lo bien que se sentía cada vez que estaba a su lado.
Leire sabía que alcanzar algo así no era fácil, pero con Joyce sentía que no necesitaba filtros ni fingir ser alguien distinta. Con él, podía mostrarse tal y como era, sin máscaras ni barreras que la contuvieran.
Ambos habían visto el lado más vulnerable del otro y en la intimidad habían conocido esas partes que normalmente uno trata siempre de esconder: las inseguridades, sus pensamientos más oscuros e intrusivos, los silencios incómodos y muchas otras cosas que, lejos de ser un impedimento para ellos, habían conseguido abrazar con mucha naturalidad.
Habían aceptado las cicatrices del otro con una ternura que no buscaba reparar, sino que simplemente se quedaba ahí, sosteniendo al otro y haciendo ver que nada podía salir mal o, en caso de que así fuera, pasara lo que pasara, siempre estaría esa persona para sostener los miedos y las inseguridades.
Y no había nada más bonito que eso.
Que te acompañen sin juzgar y sin pretensiones. Simplemente estando y acompañando al otro, abrazando su vulnerabilidad.
No obstante, el reloj seguía avanzando y al día siguiente sería treinta de diciembre.
Era el momento de volver.
La idea de quedarse a celebrar el Año Nuevo en Colmar no le desagradaba del todo, pero se dio cuenta de que sus amigos estaban en Madrid y su familia también.
Le parecía un poco egoísta no estar con ellos para celebrar la entrada del Año Nuevo, tal y como llevaban haciendo los últimos años.
Para ellos era muy importante empezar el año juntos, brindando por los buenos momentos que estarían por llegar y celebrando que habían tenido salud y se habían tenido los unos a los otros en ese año que ya terminaba.
Chloe e Iván entenderían que se quisiera quedar a pasar la Nochevieja allí, aunque en verdad les decepcionara su decisión.
Sabían que estaba siendo feliz viviendo su cuento de amor con Joyce, pero en el fondo sabía que a ellos nada les pondría más contentos que saber que Leire celebraría un año más la Nochevieja con ellos.
—Joyce… ¿Puedo decirte algo? Creo que tenemos que hablar sobre algo importante —Joyce se recostó en la cama, donde Leire descansaba sobre su pecho.
—Claro. Dime, ¿ha pasado algo? —su semblante cambió, de un rostro relajado a uno lleno de preocupación. Tomándole de la mano, la miró a los ojos, expectante.
—Mañana es treinta de diciembre —el rostro de Joyce se ensombreció, sabiendo lo que significaban esas palabras—.
He estado pensando si debería quedarme aquí, pero creo que lo justo es que me vaya a celebrar el Año Nuevo allí, con ellos.
Como he hecho siempre. Sé que te gustaría que mi decisión fuera otra pero…
Joyce la miró algo entristecido, pero asintió.
—Lo entiendo, Leire. No te preocupes por eso.
No te voy a negar que me entristece, pero sé que tu vida está allí y también necesitas a los tuyos —Leire sonrió, agradecida por su respuesta.
No sabía cómo se lo iba a tomar, pero agradecía que él lo entendiera a la perfección—. Entonces… ¿te vas mañana?
—Sí. Hay vuelos a Madrid por la tarde —Joyce asintió, sabiendo que no le quedaban muchas horas para estar juntos. Sintió una punzada en el corazón al entender que ella ya había estado organizando su regreso y él aún vivía con la felicidad de disfrutar de ella un poco más.
—Está bien. Te puedo acercar con el coche al aeropuerto. Así no tienes que coger el tren.
—¿De verdad? No tienes por qué, Joyce, has hecho mucho por mí estos días.
—¿Y tú por mí? Ni te imaginas lo mucho que ha significado tu presencia estos días. Y quiero hacerlo, Leire. Además, si eso me da un poco más de tiempo antes de separarme de ti, lo haré —Joyce se quebró un poco al decir estas últimas palabras. Sin duda, no le resultaría nada fácil.
—Joyce… sé que prometimos no hablar de esto hasta que llegara el momento, pero…
—Es el momento —confirmó Joyce, mientras Leire se limitó a asentir.
Tampoco se sentía preparada para mantener esa conversación, pero sabía que tenía que hacerlo. Tenía que enfrentarse a ello, tal y como se había enfrentado a muchas cosas durante los últimos meses.
—Puede ser el principio de algo nuevo… —Joyce cabeceó confuso.
—Leire. Te prometo no olvidarme de esto. Aunque el mapa nos separe, lo que hay entre nosotros no entiende de fronteras —Leire tragó saliva. Una lágrima cayó por su mejilla.
—¿Pero…? ¿Hay un pero, verdad? —Joyce también tragó saliva, asintiendo.
Bajó la cabeza, apretando con un poco más de fuerza las manos de Leire.
Le acarició la mejilla, eliminando la lágrima que se deslizaba por su rostro—.
Pero no va a ser fácil. Las llamadas no van a poder reemplazar esto —dijo Joyce, señalando la poca distancia que había entre sus cuerpos—.
Nada podrá reemplazar el hecho de que si te necesito, si quiero abrazarte, no voy a poder hacerlo porque te encuentras a varios kilómetros de distancia…
Yo… no quiero que detengas tu vida por mí.
Nada me entristecería más que verte triste por mí, por esto que tenemos y que es difícil de llevar a cabo.
—Pero no quiero perderte, Joyce. No puedo perderte —el dolor que se instauró en su pecho quemaba mucho. Leire estaba entendiendo que eso era una despedida. Supuso que era algo que sabía que tenía que llegar, pero no se había parado a pensarlo hasta ese momento. Y dolía. Vaya si dolía.
—No me perderás, Leire. Podrás contactarme siempre que quieras y nos podremos ver en algún momento de nuestras vidas.
Pero sé que una relación a distancia no nos haría felices.
Lo que sentimos es mucho más intenso y vivir lejos nos va a hacer daño a los dos.
Puedo ser un cobarde, pero no me siento preparado para vivir sin ti.
Me he acostumbrado a tus besos, a tus abrazos, a tus bromas…
—¿Sabes que no te estoy abandonando? Nunca lo haría, solo quiero que mi partida sea honesta, Joyce. Te mereces que esto sea honesto.
—Lo sé y no sabes cuánto te lo agradezco, porque no hubiera soportado que te fueras sin haber hablado todo esto antes —Leire asintió, consciente de que le hubiera hecho mucho más daño si se hubiera ido sin ninguna explicación.
A veces amar implica mantener conversaciones incómodas y, en ese caso, también dolorosas.
—Amar es aprender a soltar. No porque no sea real, sino porque hay amores que no tienen espacio en el tiempo que les tocó.
—¿Entonces esto es una despedida? —preguntó Leire, sin evitar que las lágrimas le resbalaran por el rostro.
—Me temo que sí. Pero que no se nos olvide que esto fue bonito, que fue real.
—Una bonita casualidad —respondió Leire, esbozando una pequeña sonrisa.
—Eso. Una bonita casualidad marcada por el destino y, sin duda, un milagro de Navidad. Porque eso es lo que has sido para mí. Mi mejor regalo de Navidad.
—Joyce…
—Leire, no lo voy a negar, te quiero —Leire abrió la boca ante sus palabras.
La sinceridad con la que contaba las cosas la dejaba totalmente sin palabras—.
Y me va a doler en el alma verte coger ese avión.
Pero precisamente por eso, porque te quiero.
Quiero que seas feliz y sé que tu vida está allí, tanto como la mía está aquí.
Leire suspiró y, admitiendo la realidad de lo que tenía delante, se resignó a aceptarlo.
—Escúchame. Esto no quiere decir que no vayamos a volver a vernos.
El rostro de Leire se iluminó.
—¿Entonces?
—Aún tengo muchas cosas que solucionar aquí, ya sabes, mi familia, mi trabajo… Tengo muchas cosas en las que pensar.
—Lo entiendo. No es nada fácil.
—Pero buscaré la manera de sanar y arreglar las cosas y si esto que tenemos es para nosotros, cuando sea el momento oportuno…
—Lo sabremos —respondió Leire por él.
—Ven aquí —Joyce la atrajo hacia sí y la estrechó con fuerza, depositando un suave beso sobre su cabeza.
—¿Sabes lo que harás con la casa de tu abuela? —Leire se encogió de hombros.
¿Venderla? ¿Alquilarla? No sabía bien qué haría con ella, pero ese era otro tema en el que ahora no quería pensar.
—No lo sé aún, pero no quiero pensar en eso. Solo… antes de que llegue mañana, abrázame, por favor —Leire se sentó a horcajadas sobre él, abrazándolo con fuerza.
—No te pienso soltar en toda la noche. Ven aquí —Joyce juntó sus labios con los de ella, como si en aquel preciso instante estuvieran sellando una bonita historia que empezó sin pretenderlo y acabó siendo un bonito recuerdo que atesorar para el resto de sus vidas.
Un amor como el que su abuela Berta vivió con Étienne.
Intenso y efímero, pero que quedaba guardado en la memoria para toda la vida.
Porque los amores que marcan dejan huella y no hay tiempo que borre eso.
Colmar siempre sería ese rincón del mundo donde se habían reencontrado y se habían unido, donde el hilo invisible que los unió quedaría suspendido en algún lugar entre la memoria y el alma, donde lo verdadero nunca muere, solo se transforma.