Los hilos invisibles del destino Capítulo 33
86%

Capítulo 33

Después de una íntima noche en el spa, donde Leire pudo disfrutar una vez más de los buenos masajes de Joyce, subieron a una de las habitaciones libres que quedaban en el hotel.

Habían pasado la noche entre besos, confesiones, risas y dando rienda suelta a la pasión y el anhelo que sentían el uno por el otro. Ocultarlo no merecía la pena.

Desde que sus miradas se cruzaron a la salida de aquel restaurante hacía ya unos cuantos días, ambos supieron que estaban destinados a conocerse, aunque al principio fuera difícil de creer.

Aunque en un primer momento Joyce no creyese en las casualidades ni en la magia de la Navidad, estos días se había convencido a sí mismo de que nunca podía decir que algo fuese imposible, porque la evidencia estaba delante de sus ojos.

Leire le había cambiado toda la concepción que tenía sobre las casualidades imposibles y había hecho, sin querer, que la Navidad no le pareciese tan horrible como le había parecido estos últimos años.

Sí que era cierto que todo lo acontecido en los últimos días había sido duro para él, demasiadas emociones que digerir, pero se alegraba de que Leire hubiera vivido eso con él.

El hecho de que ella hubiese estado descubriendo esa parte de su vida solo significaba que Leire no había llegado a ella como algo pasajero, sino que significaba algo más fuerte de lo que podía expresar con palabras.

Era un sentimiento que tenía calado en el fondo de su corazón y que llevaba estos dos días tratando de poner en orden.

—Tengo una sorpresa más —Leire alzó las cejas mientras se disponía a abrocharse las botas y terminaban de recoger sus pertenencias y abandonar así la habitación del hotel.

—¿Otra más? ¿No te parece que ya te lo has currado demasiado? No sé, déjame que yo piense en algo, prometo compensarte por esta gran noche que hemos pasado juntos —Joyce se aproximó a Leire y, cogiéndola de la mano, la hizo levantarse, quedando sus rostros el uno enfrente del otro.

—Tú eres mi mejor sorpresa. Mi mejor regalo de Navidad —Joyce subió la mano por su brazo, para terminar posando sus dedos sobre sus mejillas.

—Wowwwwww. Esto sí que no me lo esperaba de ti. Te estás volviendo todo un romántico, ¿lo sabías?

—El Joyce romántico siempre estuvo ahí —confesó—. Solo que aún no estaba dispuesto a salir, hasta que llegase la persona adecuada.

Leire tragó saliva mientras sentía cómo se le aceleraba el corazón. Sonrió tímidamente, aunque bajó la cabeza al ser consciente de que su relación estaba avanzando a pasos agigantados y le quedaban pocos días para marcharse. Aún no habían hablado de ello, de la despedida, de qué pasaría después.

Joyce se dio cuenta de todo lo que pasaba por su mente.

Cómo no iba a saberlo. Él también había pensado en ello y, pese a que trataba de tenerlo todo bajo control, eso era algo que se le escapaba totalmente de las manos.

Lo mismo que él no podía jugar con el destino, este sí tenía claras sus cartas y Leire debía volver a Madrid.

Eso estaba claro. Allí tenía su vida, su trabajo, sus amigos y a su familia. Y él… tenía toda su vida en Colmar.

—Quiero presentarte a alguien —interrumpió Joyce, olvidando el silencio que se había instaurado entre los dos.

Leire volvió a alzar la vista, intrigada por la proposición.

—Quiero que conozcas a Étienne. A mi abuelo.

—¿Étienne? —Joyce asintió.

—Sí, así se llama mi abuelo —afirmó Joyce, extrañado por la expresión de ella—. ¿Por qué te extraña tanto?

—¿Étienne Duval? —Joyce asintió, alzando las cejas, sorprendido porque Leire conociese el apellido de su abuelo. No recordaba habérselo dicho ni hablado nunca de ello.

—¡Oh, Dios mío, Joyce! ¡Madre mía! —Leire se echó las manos a la boca, sorprendida por lo que acababa de descubrir.

—Leire, ¿qué pasa? Te juro que no estoy entendiendo nada.

—Ven, llévame a casa. Te lo cuento por el camino. Por favor.

Joyce asintió, todavía aturdido, pero sin ganas de llevarle la contraria ni romper el entusiasmo repentino que se había apoderado de Leire.

La siguió en silencio y condujo hasta su piso.

Leire comenzó a relatarle todo lo acontecido con su abuela, desde su fallecimiento, su cita con el notario, la carta que le dejó su abuela con las indicaciones de ir a Colmar y todos los descubrimientos que había ido haciendo conforme iba leyendo el cuaderno.

Al cabo de escasos minutos, ambos estaban enfrente de la casa de Leire. Sin demorarlo mucho más, Leire abrió rápidamente la puerta del copiloto y corrió, hecha un manojo de nervios, hacia la puerta del portal. De lo nerviosa que estaba, era incapaz de meter correctamente la llave.

—Calma, déjame que te ayude. Me estás preocupando, Leire. ¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que has descubierto? —El corazón de Joyce le iba a mil por hora y, en el fondo, él sabía que lo que estaba a punto de descubrir le iba a dar un vuelco al corazón.

Una vez arriba, Leire irrumpió como un torbellino en el despacho de su abuela. Joyce la siguió y, tomando la fotografía que había encontrado junto a la carta —la misma que había leído con sus padres—, se la tendió en silencio.

Absorto, Joyce comenzó a leer la carta y, cuando vio la fotografía, palideció. El mundo parecía venirse abajo de un momento a otro. No podía creer lo que estaban viendo sus ojos.

—Leire, este es… —Leire asintió emocionada.

—Siiiii, lo es. ¡Es tu abuelo de joven! ¡Y esta es mi abuela de joven! ¡Fueron amantes en el pasado! ¡Qué fuerte! ¿No te parece maravilloso?

—Esto es… madre mía, pero… —Joyce seguía sin poder creerse lo que acababa de ver.

¿La abuela de Leire y su abuelo fueron novios en el pasado?

—Vivo en una jodida simulación, no puedo más con la vida —Joyce se dejó caer en la silla que había frente a la gran mesa de escritorio, observando la foto, intentando asimilar esta nueva noticia. Sonrió. Jodidas casualidades imposibles.

—¿Quieres conocerlo? ¿Quieres que te lleve a verlo?

—Me encantaría —Leire sonrió—. Le puedo llevar la fotografía.

Joyce negó con la cabeza.

—No creo que sea capaz de reconocerla —respondió con la voz quebrada.

Leire se aproximó a él y le echó el pelo hacia atrás con cariño.

—No pasa nada, Joyce. Pero no perdemos nada por mostrársela, ¿no?

—Supongo que no.

Ambos se miraron y, tras darse un rápido beso en los labios, volvieron a bajar a por el coche, poniendo rumbo a la residencia donde ahora vivía Étienne Duval.

Después de conducir lo que a Leire le pareció una eternidad y tras pasar una réplica de doce metros de la Estatua de la Libertad del escultor colmariense Auguste Bartholdi, llegaron a una residencia de personas mayores.

El viento soplaba con fuerza. Leire caminaba sosteniéndose la melena que amenazaba con quitarle constantemente la visión y avanzó por un sendero de piedra que conducía a la entrada principal de la residencia.

Joyce iba delante, con paso decidido. Pese a ser de día, unas pequeñas luces navideñas titilaban en los aleros del tejado.

Los árboles que bordeaban la residencia se agitaban con fuerza por el viento, luciendo esplendorosos gracias a los adornos y las luces navideñas que pendían de ellos.

Joyce respiró hondo antes de entrar y empujó con fuerza una gran puerta de metal, la cual se abrió con un leve chirrido.

—Buenos días, Joyce. ¿Vienes a ver a tu abuelo, cariño? —Una agradable enfermera que trabajaba allí y a la que Joyce parecía conocer muy bien le comunicó que habían venido de visita—. Pasad por allí, está al fondo del salón, junto a la chimenea.

Leire y Joyce avanzaron, ante la mirada inquieta y curiosa de algunos residentes.

Les dieron los buenos días en tono bajo, mientras avanzaban hacia donde les había indicado la enfermera.

El vestíbulo era amplio, con techos altos y molduras envejecidas.

Al lado de la chimenea, un árbol de Navidad se alzaba majestuoso, dando un color y un brío especial a la residencia, adornada con esferas de cristal y luces titilantes.

Acompañado por el crepitar del fuego, hacía de la residencia un lugar más agradable.

Al otro lado de la chimenea, que chisporroteaba con un resplandor anaranjado, un hombre mayor estaba sentado con una manta sobre las piernas.

Observaba el vaivén de las llamas con la mirada perdida, como si buscara algo en el fuego que solo él pudiera ver.

Leire observó su cabello gris, algo revuelto y enmarañado, y su rostro lleno de arrugas profundas, como si cada una de ellas escondiera una historia que contar.

Vestía un jersey grueso y las zapatillas le asomaban por debajo de la manta que cubría el resto de su cuerpo.

Joyce se acercó lentamente y se sentó en una banqueta que había cerca.

Leire se quedó unos pasos más atrás, dubitativa.

No quería molestar o interrumpir una conversación que ella misma no sabía cómo empezar.

—Hola, abuelo, ¿cómo estás? —el señor alzó la mirada y observó el rostro jovial de Joyce, como si fuera la primera vez que lo veía.

—Chico, ¿te conozco? —Leire vio cómo Joyce tragaba saliva. Sin duda, eso no debía ser fácil para él.

—Soy yo, Joyce. Tu nieto. ¿Me recuerdas?

—Me temo que no. Te has equivocado de persona —El señor dirigió la vista hacia el frente y se topó con Leire. Abrió mucho los ojos y balbuceó, alzando una mano hacia ella.

Joyce le indicó a Leire que avanzara y se sentara en el sillón contiguo a Étienne, que quedaba libre.

—Hola, buenos días. No nos conocemos, señor. Me llamo…

—Ber… ta…

Ambos abrieron los ojos de par en par y se miraron, confusos.

—Abuelo, ¿cómo has dicho?

—Berta. Ella es Berta.

Joyce abrió la boca, sin entender lo que estaba pasando. ¿Su abuelo había reconocido en Leire la imagen de Berta cuando era joven?

—Étienne, soy Leire, la nieta de Berta. ¿Se acuerda de ella, verdad? —Étienne asintió con la cabeza, sin apartar la mirada de sus ojos—. Mire, le he traído esto. ¿Lo quiere ver?

Étienne deslizó la mano hacia la fotografía que le tendía Leire y, al verla, arrancó a llorar. Pasó sus dedos por encima de la fotografía, mientras una lágrima caía sobre ella e inundaba sus rostros.

—Mi querida Berta… —Étienne siguió llorando mientras observaba la fotografía.

Joyce no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Sin darse cuenta, dejó que una lágrima cayese por su mejilla. Quizás no lo reconociese a él, pero solo ver su rostro de emoción al ver esa fotografía, ya era suficiente para él.

—Eres la viva imagen de tu abuela, jovencita. Por eso te he confundido con ella. Te pareces mucho a ella.

—Es el mejor cumplido que podían hacerme —Leire sonrió, emocionada por la situación y las palabras de Étienne.

Étienne deslizó la vista hacia Joyce, que seguía absorto ante la situación.

—¿Joyce? ¿Eres tú? ¡Pero claro que eres tú! Esos ojos azules…

—¿Abuelo? ¿Me reconoces? ¿Sabes quién soy? —Joyce se levantó conmocionado y se acercó a su abuelo, para sentarse en cuclillas delante de él.

—Sí. Creo que sí. Eres Joyce, eres mi… —hizo un gran esfuerzo por intentar recordarlo.

—Soy tu nieto, abuelo —el señor asintió, complacido por su ayuda.

—Oh, Joyce. Ven aquí. Hace mucho tiempo que no te veo, ¿verdad? —Joyce asintió, alzando sus brazos para abrazar a su abuelo.

Le hizo creer que llevaban mucho tiempo sin verse, cuando realmente hacía menos de una semana que había ido a verle a la residencia.

—¿Recuerdas a Berta, abuelo? ¿A la mujer de la foto?

—Oh, sí. Berta fue mi primer gran amor. Cómo olvidarla… ¿Qué tal está? —Leire tragó saliva y miró a Joyce.

—Está bien, Étienne. Descansando mucho. ¿Sabe usted que ella lo quiso mucho?

—Lo sé. Fue una historia bonita, pero con un final imposible. Aquellos tiempos eran difíciles… Ahora… ¿Hace mucho de aquello? No consigo recordarlo…

—Fue hace muchos años, abuelo, tú eras un poco más joven que yo… —añadió Joyce.

Étienne asintió. Se giró hacia Leire y le cogió la mano. Esta posó la suya sobre su mano y sonrió.

—Gracias, jovencita. Por recordarme que la imagen de Berta sigue viva en tus ojos.

Leire no pudo evitarlo. Una lágrima resbaló por su mejilla y sonrió agradecida por sus palabras.

—Es un honor para mí que usted me diga eso. Gracias, Étienne.

—¿Gracias, por qué? —miró a Joyce de nuevo y volvió a girar la vista hacia Leire, sin entender—. ¿Por qué me dais las gracias?

—Por…

—¿Y vosotros quiénes sois? ¿Y qué hacéis en mi casa? ¡Fuera de aquí!

Leire y Joyce se miraron apenados. La dureza de una enfermedad como el alzhéimer era así. A veces había periodos de lucidez, tan fugaces y efímeros en el tiempo, pero la realidad es que la persona iba perdiendo la memoria y los recuerdos poco a poco, desvaneciéndose y perdiéndose entre el viento.

—Joyce… lo siento.

—No te preocupes, Leire. Creo que ha sido todo un milagro que reconociese a tu abuela y… me quedo con que me haya reconocido, aunque solo fuera por unos segundos.

—Eso ha sido la magia de la Navidad, ¿sabes? —Joyce miró a Leire a los ojos y le cogió de las manos.

—Empiezo a creer que sí, que todo esto ha sido cosa de la magia de la Navidad.

Antes de marcharse, Leire dirigió una última mirada a aquel hombre, que seguía con la vista fija en el fuego y se preguntó, una vez más, cómo habría sido la vida de su abuela si ella no tuviera que haber dejado Colmar atrás.